Carta a Eva

Recuerdo aquel paradisíaco encuentro donde te vi por primera vez. Atraído por la fascinación que me producías, no podía dejar de mirarte; mientras tú te acercabas con gesto amable para ofrecerme una manzana. Con cierta precipitación y brusquedad, ahora me doy cuenta, la arrebaté de tu mano y la comí con descontrolada fruición. Quizás porque no lo entendí como un regalo que me ofrecías, sino como algo que me pertenecía y tenía derecho a tomar. No dijiste nada, pero fue la primera vez que vi en tus ojos sorpresa e inquietud.

El tiempo fue pasando y, sin apenas posibilidad de reaccionar, te viste expulsada de ese efímero paraíso donde se esfumó el derecho a ser tu misma, y te viste arrastrada a vivir en la caverna de mi pensamiento como un trofeo que se consigue, como una posesión que se defiende, como un objeto de placer… Subyugada, fue la primera vez que vi en tus ojos preocupación.

Yo seguí consolidando mi posición, mi supremacía, mi poder, especialmente sobre ti;  grabando en el ADN de las siguientes generaciones el lugar que debías ocupar,  siempre a la sombra del hombre: del hombre padre, del hombre hermano, del hombre al que, de una manera o de otra, pertenecías. Ese hombre al que, casi siempre, debías servir con resignada sumisión y   seguir aunque te guiase a la propia destrucción.

Siglos y siglos, que ahora evoca mi memoria, se sucedieron junto a ti; mirándote sir verte, ahora lo sé, dejándote el peso de la cotidianidad diaria, de esa esclava y farragosa rutina que nos sostenía a todos y que yo despreciaba por su falta de grandeza. Una grandeza que me empecinaba en buscar en la acumulación de mayores cotas de poder y dominación, y que era el germen de esa eterna competencia entre “adanes”, tantas veces loadas en epopéyicas luchas. Batallas de sangre y muerte que nos glorificaban (a nosotros, los hombres). Poco importaba el precio de esa gloria, ni siquiera escuchar tu grito desgarrado ante ese hijo tantas veces muerto en batalla, o ante la violación o asesinato de tus hijas, de tu hermanas o madre… de ti. Y así fue como, tras la conclusión de la primera batalla, vi por primera vez el miedo reflejado en tus ojos.

Yo creía defenderte de cualquier otro Adán que se atreviese a robar lo que era mío, pero, ahora me doy cuenta, ¿quién te defendía de mí?...Nunca olvidaré aquél día: tu rostro a un palmo del mío, frente a frente, mis manos en tu cuello, robándote el aire, robándote la vida. No dejaste de mirarme. Fue la primera vez que vi en tus ojos el horror.

Ahora eres tú quien me mira sin bajar la mirada para decirme ¡basta! Y empiezo a comprender que no eres “mi costilla”, que no eres “mi mujer”, que no eres “mi… nada”, que tan solo eres “tú”.  Pero no sé qué decir ni cómo hacerlo: el poder no suele dar explicaciones.  Un poder, ahora lo entiendo, que usé para construir un mundo a mi medida: a la medida de Adán. Una medida donde caben tantos siglos de abuso y dominación, y no solo sobre ti, Eva, también sobre tantos “adanes” que, en nuestra feroz competencia, fueron derrotados o condenados a vivir en la derrota.  Por eso ahora me pregunto qué significa ser Adán, si la testosterona, que en tantas ocasiones me identifica más como hombre que como persona, ha sido la verdadera arma de destrucción masiva en este planeta que habitamos, tanta veces herido y mal herido por nuestras testiculares luchas, por nuestras fálicas pretensiones de dominación, por esa eterna demostración de fuerza que me hace parecer superior por el simple hecho de sentirme elevado sobre los demás… especialmente, sobre ti.

Ahora te miro y empiezo a conocerte, ahora miro atrás y apenas si me reconozco. Yo creía que luchaba por conseguir más, lo mejor… también para ti; aunque, ahora lo reconozco, sin apenas contar contigo, sin detenerme a escuchar lo que realmente querías y el modo de conseguirlo. Pero ahora eres tú quien alza la voz para decir que todo eso se acabó, que así no quieres nada, tan solo el derecho a construir tu propio mundo: un mundo donde se colabora más que se compite, donde la fortaleza no es sinónimo de imposición, donde se cuida más la vida que se provoca la muerte. Un mundo distinto, hecho también a tu medida, donde poder adecentar y dignificar éste maltrecho hogar que habitamos y que apenas he sabido cuidar.

Ahora solo espero que lo consigas. Seguramente mi propio futuro este en ello. Además, tienes derecho a establecer tus propias luchas, tu propia fuerza y el modo de emplearla. Y, en ese mundo distinto, espero que me aceptes y consiga aprender a conVIVIR.    

José Moral  González. Simpatizante de EQUO

La opinión del autor no coincide necesariamente con la de TerceraInformación