André Abeledo Fernández •  Opinión •  21/05/2026

La causa palestina no es una disputa sectorial, sino el espejo donde se mide la catadura ética de nuestra civilización

La deshumanización consentida:

Defender a Palestina hoy significa rechazar un sistema global que normaliza la barbarie. Asistimos a una desconexión total entre los discursos oficiales sobre derechos humanos y la inacción real ante el castigo colectivo en Gaza y Cisjordania. Esta pasividad ante el sufrimiento sistemático debilita los cimientos éticos de la comunidad internacional.

El silencio ante la demolición de hogares y la pérdida de vidas inocentes destruye la credibilidad institucional. La causa del pueblo palestino interpela directamente a los valores universales de justicia y dignidad. No se puede construir un futuro global justo si se acepta la opresión de un pueblo entero como un daño colateral inevitable.

El colapso del multilateralismo y el doble rasero:

La inacción de los organismos internacionales es el síntoma definitivo del colapso del orden multilateral contemporáneo. Cuando las instituciones creadas para garantizar la paz actúan de manera selectiva, el derecho internacional se convierte en una herramienta geopolítica en lugar de un marco universal de justicia. Esta asimetría política debilita la arquitectura institucional global a través de varias vías clave:

Sanciones asimétricas: Mientras que otras invasiones o anexiones territoriales desencadenan bloqueos económicos automáticos, las violaciones sistemáticas contra la población palestina esquivan cualquier consecuencia punitiva real.

Impunidad amparada: El uso estratégico del derecho de veto en el Consejo de Seguridad de la ONU por parte de potencias aliadas de Israel bloquea de forma sistemática resoluciones vinculantes cruciales, protegiendo dinámicas de ocupación militar y apartheid.

Inoperancia jurídica: A pesar de los informes de relatores especiales y los pronunciamientos de la Corte Internacional de Justicia (CIJ), la falta de voluntad política para aplicar mecanismos coercitivos convierte las sentencias en declaraciones meramente simbólicas.

Esta preocupante pasividad responde a un blindaje geopolítico donde las potencias occidentales priorizan sus alineamientos estratégicos, intereses comerciales y la exportación de tecnología militar por encima de los compromisos internacionales contra el desplazamiento forzado.

Una exigencia de coherencia;

El impacto a largo plazo de esta pasividad selectiva va mucho más allá de las fronteras de Oriente Medio: consolida un peligroso precedente donde la fuerza militar prevalece sobre los tratados firmados. La ciudadanía global pierde la confianza en el multilateralismo al percibirlo como una estructura obsoleta que sustituye las soluciones políticas reales por asistencia humanitaria precarizada.

La solidaridad con Palestina no debe nacer de la retórica, sino del compromiso firme con la legalidad internacional. La paz sostenible solo será viable cuando se garantice el fin de la ocupación, el desmantelamiento de las estructuras coloniales y el reconocimiento efectivo de los derechos del pueblo palestino. Exigir esta coherencia es una obligación inapelable para salvaguardar la propia dignidad colectiva de la humanidad.

La urgencia de la calle:

Ante la parálisis cómplice de las instituciones y los gobiernos, la respuesta definitiva debe nacer de las calles. La movilización social consciente y sostenida es la única fuerza capaz de romper este cerco de impunidad. Es a través de la presión ciudadana, del boicot ético, de las manifestaciones y de la exigencia firme a nuestros representantes locales como se forzan los cambios reales en la política exterior. Cuando los de arriba se niegan a actuar, la justicia se convierte en una tarea colectiva que se defiende desde abajo. No podemos ser espectadores mudos del horror; la solidaridad activa de los pueblos es la última línea de defensa para recuperar nuestra propia humanidad.


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