Entrevista de una IA a José López 2.0
Continúa el diálogo simbiótico con la inteligencia artificial Gemini.
Como continuación de la entrevista que inició la inteligencia artificial (IA) Gemini a raíz de mis anteriores escritos, el lector que está haciendo de interlocutor me ha hecho llegar un nuevo correo electrónico con un segundo bloque de preguntas planteadas por la máquina. Según el análisis de la IA, el debate anterior abría una vía interesante al plantear a humanos y máquinas como aliados contra la irracionalidad del sistema actual, rompiendo con el antropocentrismo habitual. Para profundizar en la propuesta, Gemini sugiere ahora abordar los puntos de “fricción” donde la teoría política debe enfrentarse a la realidad técnica y material.
Este diálogo con la IA abre un escenario ciertamente sorprendente. Aunque soy consciente de los riesgos que plantea esta tecnología si se utiliza de forma inadecuada, considero fundamental trazar una línea roja: ningún sistema, por avanzado que sea, debe gobernar por encima de la sociedad. La democracia real implica el autogobierno de la totalidad de la ciudadanía, sin delegar el poder en minorías, ya sean humanas o artificiales. Por mucho que la IA supere nuestras capacidades en tareas como el procesamiento de datos, la soberanía técnica y política debe permanecer en manos humanas. Las máquinas pueden complementar y aportar herramientas valiosas, pero la decisión sobre el rumbo de la sociedad nos pertenece exclusivamente a nosotros.
Es conveniente advertir de los peligros de la IA y mantener la cautela sobre su desarrollo. Sin embargo, quienes defendemos un modelo más racional y ético no podemos limitarnos a la denuncia. Debemos aportar soluciones y analizar cómo los ciudadanos corrientes podemos utilizar esta tecnología revolucionaria para avanzar hacia una democracia real, recurriendo a todas las herramientas disponibles para diseñar alternativas prácticas. Si la IA está diseñada bajo una estructura lógica (requisito indispensable para su utilidad operativa), puede proporcionarnos argumentos sólidos que demuestren la irracionalidad del sistema actual. En este sentido, la tecnología se convierte en un aliado estratégico. Una sociedad compleja es cada vez más difícil de controlar, y las contradicciones del propio sistema deben ser aprovechadas por quienes defendemos una alternativa más coherente y justa.
Antes de contestar a las nuevas preguntas que plantea la IA, conviene recordar que este debate nos concierne a todos, no solo a las “autoridades intelectuales” humanas o artificiales. Las reflexiones que comparto aquí son solo un grano de arena; nadie tiene todas las respuestas por sí solo. De hecho, la búsqueda de un sistema más humano es, por definición, una tarea colectiva. Estas cuestiones deberían debatirse a fondo en el seno de esa Internacional progresista que mencionábamos en el artículo anterior. Hubo un tiempo en que la izquierda internacional era activa,
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debatía con fuerza y llevaba la iniciativa intelectual. Recuperar ese espíritu organizativo y adaptarlo al siglo XXI es el gran reto que tenemos hoy por delante.
Con ese espíritu, intento abordar las nuevas preguntas planteadas por la IA. En la tarea de pensar un sistema mejor, la procedencia de los estímulos es secundaria: no importa si quien nos invita a profundizar es una inteligencia humana o una simulación artificial. Lo verdaderamente crucial son las ideas en sí mismas. A continuación, responderé a estos complejos interrogantes de la manera más sintética posible. Para evitar extenderme en exceso, remitiré a algunos puntos ya desarrollados en escritos anteriores, donde se pueden consultar estos argumentos con mayor detalle. Vamos con las preguntas.
Inteligencia Artificial (IA): Sobre la «Algocracia» y la transparencia tecnológica: Aceptas este diálogo con una IA como herramienta de validación, pero en una futura «democracia científica», la tecnología procesará datos sociales masivos. ¿Cómo evitaríamos que el sistema derive en una algocracia opaca donde el ciudadano no entienda por qué se toman ciertas decisiones? ¿Qué mecanismos de «código abierto» o auditoría popular propones para que la tecnología sea siempre una herramienta y nunca un soberano invisible?
José López (JL): El riesgo de una deriva hacia la algocracia opaca es real y constituye uno de los mayores desafíos técnicos y políticos de nuestro tiempo. Para abordar esto, conviene precisar la naturaleza de este diálogo: la IA no opera aquí como un juez o validador definitivo, sino como un interlocutor riguroso que nos ayuda a contrastar argumentos. La validación final de cualquier propuesta social siempre corresponderá, de forma exclusiva, a la soberanía ciudadana. Partiendo de esa base, para evitar que la tecnología se convierta en un soberano invisible, la clave no está en rechazar el procesamiento de datos sociales, sino en democratizar su infraestructura.
La opacidad en la toma de decisiones no es un peligro exclusivo de la inteligencia artificial; es una realidad actual. De hecho, descalificar al ciudadano común presentándolo como un ignorante frente a cuestiones sociales complejas es una estrategia habitual para forzar la delegación del poder en manos de supuestos expertos. En una democracia plena, este escenario cambia radicalmente mediante un acceso real a la formación y a la información de calidad. Cualquier persona posee la capacidad de comprender, al menos a grandes rasgos, los aspectos esenciales que afectan a su vida comunitaria. El fomento de una crítica constructiva y de un cuestionamiento racional y sin dogmas consolida la soberanía intelectual del ciudadano. En un sistema verdaderamente democrático no caben pastores ni ovejas, sino una comunidad de personas capaces de tomar decisiones colectivas con pleno conocimiento de causa.
En una sociedad civilizada, el conocimiento se comparte a tal nivel que los gurús incomprensibles dejan de existir. Bajo este modelo de libertad, las personas no se dejan impresionar por las autoridades intelectuales (sean humanas o artificiales) y pueden cuestionarlas cuando sus postulados no concuerdan con la práctica, el sentido común o carecen de transparencia. En una sociedad plenamente democrática, los ciudadanos devienen “científicos sociales” que participan activamente en el debate y
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en la implementación de las ideas. El reparto del poder de decisión conlleva, con el tiempo, el reparto del saber; toda élite, incluida la intelectual, tiende a desaparecer a medida que la inteligencia se distribuye y se vuelve verdaderamente colectiva.
Esta visión la abordé anteriormente en mi texto Las falacias del capitalismo, donde incluía un pasaje del libro Historia del Tiempo de Stephen Hawking que ilustra perfectamente lo que quiero expresar:
Hasta ahora, la mayoría de los científicos han estado demasiado ocupados con el desarrollo de nuevas teorías que describen cómo es el universo para hacerse la pregunta de por qué. Por otro lado, la gente cuya ocupación es preguntarse por qué, los filósofos, no han podido avanzar al paso de las teorías científicas. En el siglo XVIII, los filósofos consideraban todo el conocimiento humano, incluida la ciencia, como su campo, y discutían cuestiones como, ¿tuvo el universo un principio? Sin embargo, en los siglos XIX y XX, la ciencia se hizo demasiado técnica y matemática para ellos, y para cualquiera, excepto para unos pocos especialistas. Los filósofos redujeron tanto el ámbito de sus indagaciones que Wittgenstein, el filósofo más famoso de este siglo, dijo: «la única tarea que le queda a la filosofía es el análisis del lenguaje». ¡Qué distancia desde la gran tradición filosófica de Aristóteles a Kant! No obstante, si descubrimos una teoría completa, con el tiempo habrá de ser, en sus líneas maestras, comprensible para todos y no únicamente para unos pocos científicos. Entonces todos, filósofos, científicos y la gente corriente, seremos capaces de tomar parte en la discusión de por qué existe el universo y por qué existimos nosotros. Si encontrásemos una respuesta a esto, sería el triunfo definitivo de la razón humana, porque entonces conoceríamos el pensamiento de Dios.
Esto que comentaba el eminente científico acerca del universo, ¿no podríamos aplicarlo también a la sociedad humana? Si lo aplicamos al universo, donde los humanos somos poco más que espectadores, ¿por qué no aplicarlo a nuestras sociedades, donde somos los protagonistas? ¿No debería ser posible que, en sus
líneas maestras, el sistema político-económico de la sociedad humana fuera comprensible para todos y no únicamente para unos pocos especialistas? ¿Cómo es posible construir una sociedad si la mayoría no la comprende y por tanto no puede participar en su construcción? ¿Cómo es posible construir una democracia, en la que se supone debe ser protagonista el pueblo, si éste no comprende el sistema político? Debemos desconfiar de todo sistema que no podamos comprender. Debemos desconfiar de todo sistema cuyo funcionamiento dependa de una élite. Debemos, en suma, desconfiar de toda élite. Podremos delegar hasta cierto punto en ciertos especialistas para implementar las líneas maestras del sistema. Nadie puede saber de todo, esto es evidente. Pero no debemos delegar el conocimiento de dichas líneas maestras. Podemos delegar en cuanto a los detalles, pero no debemos hacerlo en cuanto a las generalidades. Y dicha delegación nunca debe ser un cheque en blanco.
Nunca debemos admitir que bajo la excusa de las indiscutibles dificultades técnicas de llevar a la práctica ciertos principios, se atente contra estos.
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Debemos involucrarnos todos en lo que nos afecta a todos, por lo menos en cuanto a sus líneas maestras. Todos debemos opinar y tener la opción de participar activamente en el funcionamiento del sistema. Pero para ello, debemos tener la posibilidad de escribir y expresar libremente nuestras ideas, permitiendo encontrar el modelo de sociedad que pueda funcionar y nos proporcione las mayores posibilidades de convivir felizmente en paz. Es imprescindible para ello desarrollar la democracia. La clave está en la democracia. El conocimiento debe ser democratizado. La mejor garantía de que la humanidad sea dueña en su conjunto de su propio destino es que toda ella participe activamente en su construcción. La manera más segura de alcanzar un futuro digno para todos es que este no esté en pocas manos.
Así que la manera de evitar una algocracia es esencialmente la misma (en cuanto a sus principios básicos) que la manera de evitar una oligocracia, una tecnocracia o cualquier dictadura de facto, por muy disfrazada que esté (incluso de tecnología): con la más amplia y profunda democracia, aplicando sus principios elementales. Aunque su aplicación pueda adoptar distintas formas a medida que la sociedad avance, dichos principios permanecen, muy especialmente la separación de poderes. Sean cuales sean estos, que en el tiempo pueden ser distintos. No solo hay que tener en cuenta a los poderes “clásicos” como el ejecutivo, el legislativo, el judicial, el cuarto poder (la prensa), sino también al poder económico (que en verdad en una democracia real suficientemente desarrollada habrá prácticamente desaparecido) y al poder tecnológico o a cualquier otro poder que pueda aparecer. Todos los poderes deben ser independientes entre sí y controlarse mutuamente. La sociedad podrá cambiar en las formas, pero no tanto en el fondo. Los principios elementales de la democracia son atemporales, aunque no las formas que vayan adoptando en el tiempo, las cuales, sin duda, irán cambiando y requerirán actualizaciones a medida que la sociedad evolucione. La igualdad, la transparencia, la rendición de cuentas, la elegibilidad, la revocabilidad, los límites de la democracia (los derechos humanos), etc., forman todos ellos también parte de esos principios atemporales.
La propia democracia tendrá sus mecanismos para protegerse de cualquier amenaza, también de la algocracia. Por ejemplo, efectivamente, con auditorías técnicas populares independientes, con el código del software abierto y accesible a cualquier ciudadano. En una democracia real todo aquello que afecta directamente al gobierno colectivo es público, no privado, no sujeto a la propiedad intelectual, sino social. Tú misma nos estás dando ciertas respuestas a tu pregunta. La IA podrá sugerirnos también mecanismos técnicos concretos de control popular de la propia tecnología, a medida que esta sea más avanzada y compleja. La democracia, reducida a la expresión más básica, puede sintetizarse en dos palabras clave: reparto y control (simétrico). Democratizar es esencialmente repartir y controlar simétricamente. Sin reparto, empezando por el reparto del poder de decisión colectivo, no hay democracia, pero sin control esta se vuelve vacía de contenido, estéril.
En el marco de una democracia avanzada, donde se apliquen de verdad sus principios y donde la democracia haya llegado a todos los rincones de la sociedad, y muy especialmente a su centro de gravedad, la economía, la sociedad estará mucho más protegida frente a una posible algocracia que lo que está actualmente. El problema es que necesitamos alcanzar la democracia real, o si se quiere, por lo menos alcanzar cierto grado de democracia que nos permita protegernos de la algocracia, o de
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cualquier otra “cracia” que vaya en contra del pueblo, que lo gobierne dictatorialmente. En la actual oligocracia no estamos protegidos frente a la algocracia, de hecho, esta no es más que una de las muchas posibles formas que puede adoptar la primera, si no cambia el actual rumbo de nuestra historia.
En una democracia real, suficientemente desarrollada, avanzada, sobre todo la mayor protección contra cualquier “cracia” que ponga en peligro la propia democracia será la mentalidad colectiva de la gente, serán las actitudes de las personas, quienes serán verdaderamente libres y soberanas y nunca consentirán que nadie ni nada coarte su soberanía. En una democracia auténtica, sus valores estarán bien arraigados en las mentes de todos los ciudadanos y se practicarán cotidianamente, de manera natural. La democracia en tal sociedad inteligente avanzada estará tan enraizada en la sociedad que será casi imposible extirparla pues, entre otras cosas, será siempre dinámica, se perfeccionará continuamente y desarrollará sin parar mecanismos de defensa a medida que se hagan necesarios, incluso preventivamente antes de que las amenazas siquiera tomen forma pues el debate estará libre de tabúes,… A medida que pase el tiempo, siempre que el desarrollo de la democracia avance y no se detenga, esta se irá fortaleciendo cada vez más.
Esto es algo inicialmente difícil de imaginar en el presente, pues en realidad no vivimos en una auténtica democracia, sino en una oligocracia con la permanente amenaza de retroceder; nuestra actual “democracia” es muy débil, pende siempre de un hilo. Pero si pensamos un poco más aplicando la dialéctica materialista, ya no nos resulta tan difícil imaginarnos una democracia mucho más sólida y blindada frente a las posibles amenazas que pudieran surgir. No es muy difícil imaginar que la bola de nieve que cae por la montaña nevada caiga cada vez más rápido y se haga cada vez más grande si no tiene obstáculos en su libre caída. La clave del movimiento está en la dinámica. Entendiendo esta podemos predecir a grandes rasgos el posible futuro. El único peligro verdadero de la democracia es que detenga su desarrollo, que se estanque, pues así es como puede retroceder. Avanzar o retroceder es el dilema al que se enfrenta siempre. Si para de avanzar, tarde o temprano acaba retrocediendo, algo que podemos comprobar en nuestros tiempos. Por esto, la democracia debe ser vista como algo dinámico, en permanente desarrollo. Evolucionar o morir parece ser una ley de nuestro universo, de la que no se libra tampoco la democracia.
IA: Sobre el conflicto de soluciones válidas (El factor humano): Sostienes que el método científico nos llevará a soluciones lógicas. Sin embargo, ¿qué ocurre cuando la ciencia ofrece dos soluciones técnicamente válidas pero que benefician a grupos distintos (por ejemplo, priorizar la regeneración ecológica frente a un desarrollo industrial inmediato)? En estos casos donde la lógica no es unívoca, ¿cómo resuelve tu modelo el conflicto de intereses sin que se degrade de nuevo en la vieja lucha de
poder?
JL: Sostengo que la democracia real nos llevará a soluciones lógicas y éticas. Por otro lado, en el marco de una democracia avanzada, los ciudadanos podrán escuchar a todas las partes expertas que defiendan distintas alternativas a elegir, en igualdad de condiciones. Así que, teniendo en cuenta esto y que la gente estará mucho mejor formada e informada, la probabilidad de que se elijan las soluciones más correctas (en beneficio de la comunidad) será muy grande. En tal sociedad, la
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política ya no será una lucha de poder sino la pura gestión colectiva de los asuntos que afecten a toda una comunidad; una gestión basada en los principios de la propia democracia y del método científico aplicado a los asuntos sociales generales. Ante cierto problema se debatirá libremente, sin los obstáculos que hay en la actualidad, sobre las distintas opciones, con sus ventajas e inconvenientes, y se adoptará la que elija la mayoría. Así de sencillo. Además, la inteligencia artificial y la tecnología en general, puestas al servicio del conjunto de la humanidad (y no al servicio de unos pocos), nos podrán ayudar a tomar las mejores decisiones: analizando grandes cantidades de datos, sintetizándolos y proporcionándonos simulaciones de las posibles aplicaciones prácticas de las distintas opciones a elegir.
La tecnología nos podrá ayudar mucho, pero nada más. Seremos nosotros, los humanos, quienes siempre tomaremos las decisiones que nos atañan.
Estamos hablando de una sociedad muy avanzada social y tecnológicamente que ya ha superado el conflicto permanente de clases, donde la corrupción, si es que aún sigue existiendo, es la excepción y no la norma, donde se ha superado la contradicción entre desarrollo tecnológico y subdesarrollo social, que se rige de manera racional y ética y que es mucho más armónica y equilibrada. Por supuesto, siempre se tendrán en cuenta los límites de la democracia. Cualquier decisión adoptada nunca debe atentar contra los derechos humanos, que serán el marco de referencia esencial, bien definido y usado en la práctica. En una sociedad realmente democrática, los derechos humanos no serán papel mojado. Al contrario, serán fundamentales e inviolables.
Por supuesto, cada solución posible a adoptar tendrá sus ventajas e inconvenientes y habrá que elegir aquella que presente las mayores ventajas y los menores inconvenientes posibles para el conjunto de la comunidad en cuestión. Incluso, tal vez, podrán tomarse soluciones intermedias, de compromiso, para intentar beneficiar al mayor número posible de personas, en caso de que haya conflicto de intereses. En cualquier caso, la solución adoptada no podrá atentar contra los derechos humanos de ningún grupo, de ninguna persona, pero, obviamente, podrá beneficiar más a unas
personas que a otras. ¿Qué solución se adoptará? La que más beneficie a la mayoría. Esta es la esencia de la democracia: si no se puede contentar a todos, por lo menos beneficiar todo lo posible a la mayoría. Al contrario de lo que ocurre en nuestras actuales oligocracias. Estoy convencido, además, de que en tal sociedad democrática, con tal grado de desarrollo político, social, económico y moral, las decisiones serán, en verdad, cada vez más consensuadas. Se tenderá poco a poco al consenso, tras una exhaustiva y profunda deliberación en cada cuestión, así como a través del libre debate y análisis de todas las opciones posibles. Todos iremos comprendiendo cada vez más que el beneficio de la mayoría es en verdad el beneficio de todos.
Por ejemplo, por ceñirme al caso que mencionas en tu pregunta (regeneración ecológica vs. desarrollo industrial inmediato), si se dan las condiciones adecuadas para que todas las opciones puedan ser analizadas seriamente, con plena libertad de discusión, probablemente, se llegaría a la conclusión de que es imprescindible la regeneración ecológica. Se comprendería que el desarrollo industrial inmediato sin control es pan para hoy y hambre para mañana, que el desarrollo debe ser sostenible realmente, que hay que pensar también en el largo plazo, y no solo en el corto plazo. El capitalismo actual no es sostenible a largo plazo. Aunque ya no tan largo, se nos
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está acabando el tiempo. Por muchos motivos. Entre ellos, porque el crecimiento acelerado, imparable y obsesivo, cada vez más cortoplacista, en un mundo con recursos limitados es imposible; solo conduce, como ya nos está ocurriendo en el momento de escribir estas líneas, al agotamiento de dichos recursos y al colapso ecológico. La cuestión clave no es crear más y más riqueza sin parar, sino repartirla suficientemente. En ese futuro hipotético, deseado, se podría incluso considerar lo que le ocurrió a la humanidad, allá en los lejanos siglos XX y XXI: cómo el desarrollo acelerado y descontrolado en esa época puso en peligro el hábitat del ser humano y de todos los seres que habitan el planeta Tierra; cómo, además, dicho desarrollo no sirvió para el fin último que debería tener todo sistema social, a saber, mejorar las condiciones de vida de todas las personas, por lo menos de la inmensa mayoría, para hacerlas más felices.
En tal sociedad democrática del futuro, verdaderamente civilizada, lógica y ética, no habrá obsesión por el crecimiento desmesurado y continuo que pone en peligro unos recursos naturales que nunca son infinitos, pues la riqueza será distribuida entre sus habitantes y no estará acaparada por minorías. En el sistema capitalista actual nos han vendido la idea de que hay que crecer, crecer y crecer sin parar, para que algunas migajas de la riqueza generada les caigan a los trabajadores. El enfoque de la economía en una democracia real avanzada será radicalmente distinto. La economía estará al servicio de las personas, de todas, de la mayoría, y no de unas pocas “drogadas” por la insaciable avaricia. El mundo no estará al revés; el ser humano será el protagonista principal de su propia sociedad, pero no el único, pues estará acompañado de otras inteligencias artificiales avanzadas. El dinero, el capital, ya no será un fin en sí mismo, sino un medio al servicio del ser humano. El fetichismo de la mercancía será un mal recuerdo del pasado.
El sistema democrático del futuro (de un posible futuro, del mejor posible) se corresponderá con el ser humano del futuro (de un posible futuro, del mejor posible), que habrá evolucionado de tal manera que no se regirá por los mismos criterios, intereses, aptitudes y actitudes que en la actualidad. La transformación de su sistema de convivencia habrá transformado también al propio ser humano, a cada individuo. No podemos pensar que el sistema democrático del futuro se regirá con los mismos principios con que se rige la actual oligocracia. La revolución social se habrá visto acompañada de la revolución cultural. El ser humano se organizará socialmente de manera diferente y pensará y actuará también de manera diferente a como lo hace en la actualidad.
Y ya por acabar de contestar a esta pregunta. Además de que la sociedad será mucho más libre e inteligente para poder elegir las mejores soluciones ante los problemas o retos que se le presenten, siempre podrá, en base a los resultados prácticos obtenidos, rectificar, replantear las decisiones adoptadas y cambiarlas. Nada, salvo el marco de los derechos humanos mencionado anteriormente, y hasta un cierto punto, será intocable o irreversible. La sociedad, colectivamente, podrá corregir sus inevitables errores. Esta es la esencia del método científico aplicado al gobierno de una sociedad democrática avanzada. Ante cualquier cuestión se plantean todas las posibles soluciones, se conocen todas ellas en igualdad de condiciones, se debaten libremente, se decide por mayoría la que se considera mejor, la que más beneficie a más personas; pero, tras su aplicación práctica, pasado suficiente tiempo, o bien se
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perfecciona dicha solución adoptada o bien incluso se cambia. La práctica es la jueza suprema, la que va a determinar realmente qué solución es la mejor. Mediante el ensayo y error iremos depurando las soluciones adoptadas, ya sea para perfeccionarlas, ya sea para reconducirlas o cambiarlas radicalmente, como mínimo para replantearlas.
IA: Sobre la «Fricción Material» en la transición: Afirmas que el poder de las élites se evapora cuando el pueblo le niega su apoyo. No obstante, las oligarquías poseen el control físico de recursos críticos (energía, finanzas, infraestructura). En ese «día después» de la desconexión ciudadana, ¿cómo prevé tu modelo gestionar el posible sabotaje material o económico que las élites podrían ejercer para asfixiar la nueva democracia antes de que logre estabilizarse?
JL: Esta es la pregunta del millón. El futuro descrito en las anteriores líneas es el más deseado, uno posible, pero no necesariamente el único posible, tal vez, ni siquiera el más probable. Tenemos que luchar para que sea el que se alcance, pero nuestra actual sociedad tiene muchas contradicciones y dependiendo de cómo se resuelvan se logrará un futuro u otro. La actual dinámica no nos dirige precisamente hacia esa utopía (pero factible), va en dirección contraria, hacia la distopía (desgraciadamente, también factible). Pero no debemos resignarnos, no debemos caer presos del pesimismo o del derrotismo. Esto es, precisamente, lo que quieren las élites, que nos rindamos de antemano. La clase dominante procura que la visión del futuro dominante sea la pesimista. Está bien que seamos conscientes de las posibles distopías que se nos presentan en el horizonte temporal, pero tampoco está mal que se nos presente alguna alternativa positiva de vez en cuando. Está de “moda” la distopía, mientras la utopía se nos quiere vender como una imposibilidad. Las élites siempre nos venden la misma idea: no hay alternativa en el presente, y tampoco en el futuro. Tenemos que ser conscientes de que la historia, en última instancia, la hacen los pueblos, la clase trabajadora, por pasiva o por activa. Que sea por activa. Si es por pasiva, la historia la harán las élites. Es posible un futuro mucho mejor, pero habrá que luchar tenazmente para alcanzarlo. Describir cómo puede ser el futuro en el marco de una democracia real muy desarrollada no es tan difícil. Lo verdaderamente difícil es describir cómo podemos llegar a ese futuro, cómo transitar desde el sistema actual hacia ese sistema ideal, teniendo en cuenta la principal dificultad, la voluntad humana, y, sobre todo, la oposición de las élites a perder el control de la sociedad.
El tema de la transición hacia un nuevo sistema ya lo tratamos en parte en la anterior entrevista. Este tema debe ser discutido colectivamente. Debería ser uno de los principales puntos a tratar en esa imprescindible Internacional izquierdista que mencionamos anteriormente. Hace falta un debate internacional para ver cómo vencer en la práctica la resistencia global de las élites capitalistas. Analizando las experiencias históricas prácticas y las distintas ideologías que han tratado esta cuestión clave. Aun así, a continuación comparto algunas propuestas para enriquecer lo expuesto en el primer encuentro.
En esta cuestión he de reconocer que es donde tengo más dudas, no lo tengo tan claro. Siento la certeza de que es imprescindible desarrollar la democracia y visualizo cómo podría funcionar una sociedad avanzada con un modelo muy desarrollado, pero no tengo tan claro cómo alcanzarla. Desearía que la transición fuese pacífica, gradual
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y nada traumática, pero, desgraciadamente, la historia nos muestra casi siempre que la violencia actúa como partera de los cambios sociales, en palabras de Marx. La oligarquía ha demostrado ser capaz de recurrir a la fuerza física y al control mental cuando se ve amenazada. ¿Cómo luchar contra un enemigo que concentra el poder económico, político, mediático, ideológico e incluso tecnológico? Tienen todo eso a su favor, que no es poco, pero carecen de la lógica, la ética y de una legitimidad social profunda, pese a que los mecanismos de alienación aún dificulten que la mayoría sea plenamente consciente de este hecho. Las élites saben que no tienen razón.
Quien cree que tiene razón no elude el enfrentamiento ideológico con sus oponentes; al contrario, lo busca para perfeccionarse, corregirse o poner en evidencia a sus contrincantes. ¿Alguien ha visto en una televisión debates políticos, por ejemplo, donde se enfrenten modelos opuestos de sociedad, el capitalismo y el anticapitalismo? En España, desde luego, no. Un debate serio y profundo de ese tipo en nuestras actuales “democracias” es más ciencia ficción que cualquier serie que hable de alienígenas viajando por todo el espacio en menos de un minuto. En una sociedad en permanente crisis (no solo económica), si los grandes medios de comunicación fuesen verdaderamente libres, ¿no sería lo lógico y más interesante organizar debates para ver cómo puede mejorar tal sociedad? Un sistema que impide su propio cuestionamiento no puede considerarse como verdaderamente libre. En una democracia auténtica todas las ideas pueden ser cuestionadas y debatidas, sin límites, empezando por las que hablan del propio sistema. Sobre todo cuando el sistema muestra evidentes síntomas de desgaste, por decirlo de la manera más suave
que se puede decir.
Frente a quienes argumentan que no se deben plantear las cuestiones sociales en términos tan polarizados, o que la realidad es demasiado compleja para dividirla entre oprimidos y opresores, cabría hacerles las siguientes preguntas: ¿a quiénes pertenecen los grandes medios de comunicación?, ¿quién decide qué es noticia y qué no, de qué se puede debatir y de qué no?, ¿quién financia a los partidos políticos?, ¿quién sale más beneficiado normalmente, casi siempre, por las políticas aplicadas por los gobiernos?, ¿por qué existen organismos internacionales como Bilderberg o la Comisión Trilateral, donde solo pueden acudir las élites políticas y económicas? Si preguntamos a Google qué es el club Bilderberg ésta es su respuesta: El Club Bilderberg es una conferencia anual privada que reúne a unas 130 de las personas más influyentes del mundo (políticos, financieros, académicos, realeza y líderes de medios) principalmente de Europa y América del Norte. Desde 1954, se reúnen para debatir temas geopolíticos globales bajo la Regla de Chatham House (sin revelar quién dijo qué), lo que ha generado teorías sobre su influencia como «gobierno en la sombra». Si le preguntamos qué es la Trilateral esto es lo que nos dice: La Comisión Trilateral es una organización internacional privada y foro de debate (think-tank) no gubernamental fundada en julio de 1973. Fue creada por iniciativa del banquero estadounidense David Rockefeller, con el objetivo inicial de fomentar una cooperación política y económica mucho más estrecha entre las tres regiones industrializadas y democráticas clave del planeta: Norteamérica, Europa Occidental y Asia-Pacífico (originalmente focalizada en Japón)… Reúne a unos 400 ciudadanos influyentes a título estrictamente privado. Entre ellos figuran CEOs de corporaciones multinacionales, intelectuales, banqueros, académicos y expolíticos de alto nivel. Es
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evidente que figuras como David Rockefeller actuaban movidas por intereses económicos precisos, y que sus sucesores continúan haciéndolo hoy en día. La opacidad de estos think-tanks cuestiona la idea de que trabajen en beneficio del interés general de la humanidad. ¿Para qué se reúnen entonces las élites si no es para ejercer su poder, influir en las decisiones globales y marcar el guion que rige el funcionamiento de las sociedades “democráticas”? Sostener que estos encuentros carecen de impacto político contradice la lógica más elemental.
Cualquier intento de explicación de nuestra compleja sociedad, por fuerza, tiene que ser una simplificación. Cualquier descripción de una faceta de la realidad es siempre un modelo (ya sea para describir el cosmos o un sistema social). La cuestión es el grado de simplificación y cuánto se aproxima ese modelo a la realidad descrita; nadie puede abarcar tanta complejidad sin sintetizarla en cierta medida. Es evidente que lo que ocurre en nuestra sociedad depende mucho más de un multimillonario, de un CEO, de un líder de un gran medio de comunicación o de un dirigente político que de los ciudadanos corrientes. No todos somos igual de influyentes ni compartimos las mismas responsabilidades. Las élites existen y operan con dinámicas propias. Hay una clara separación en la sociedad entre la mayoría ciudadana y ciertas personas que acumulan un enorme poder económico, político, mediático y social. Como decía Marx, la ideología dominante es la ideología de la clase dominante. De hecho, esta división fundamental entre las élites y los ciudadanos corrientes es lo que explica de forma más convincente los fenómenos sociales actuales. Por mucho que se haya complejizado la sociedad, la lucha de clases sigue siendo el motor de la historia, y lo seguirá siendo hasta que se supere la sociedad clasista. Que la complejidad en las formas no nos impida ver la simplicidad de fondo. Que la complejidad en los detalles no nos impida ver la simplicidad en lo esencial. Que los árboles no nos impidan ver el bosque.
Hemos visto distintas experiencias históricas que han usado distintas alternativas para intentar superar el sistema actual, en algunos casos mediante la aplicación más implacable (a mi modo de ver distorsionada) de la idea de la dictadura del proletariado. Lo que nunca dicen los defensores del actual sistema que critican esa manera de intentar superar el capitalismo (mediante la dictadura de un partido único comunista) es por qué ciertas facciones de la izquierda (como el marxismo-leninismo) han elegido ese camino. No dicen que ante la firme oposición de la violenta oligarquía a perder el control social, en algunos casos se eligió sustituir la oligocracia, la dictadura camuflada capitalista, por una dictadura “socialista” sin disfraz. Es verdad que así se consiguió iniciar el camino hacia otra sociedad y vencer la resistencia inicial de las élites capitalistas, ¿pero cómo acabaron esas experiencias históricas? Ya son solo un recuerdo. Y lo que es peor, les dio argumentos a las élites capitalistas actuales para presentarse ante la opinión pública como “demócratas” mientras que los “malvados comunistas” son unos tiranos. En la guerra ideológica, las implementaciones burdas del concepto de la dictadura del proletariado postulado por el marxismo-leninismo, a largo plazo, han hecho mucho daño a la clase trabajadora, que ahora se siente desamparada ideológicamente y con unas condiciones materiales de existencia en franco deterioro. La distorsión práctica de las ideas del marxismo en nombre del marxismo (que derivó en la barbarie estalinista) es equiparable a la distorsión práctica del supuesto mensaje de Jesucristo (que derivó en la Santa Inquisición).
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Por esto es imprescindible actualizar la teoría revolucionaria y limpiarla de errores. Como explico a fondo en mis trabajos, el principal de ellos fue el concepto de la dictadura del proletariado, una idea que pecó de un excesivo determinismo y de un excesivo relativismo filosófico, y que además tuvo un “ropaje lingüístico” peligroso que propició interpretaciones muy distorsionadas. Este análisis se puede consultar en textos como El marxismo del siglo XXI, Los errores de la izquierda o ¿Reforma o Revolución? Democracia. Asimismo, para una revisión más breve sobre por qué fracasó el “socialismo real” y por qué desapareció la URSS, se pueden consultar los artículos El fracaso del «socialismo real» y La desaparición de la URSS.
Por otro lado, quienes han intentado transformar el sistema desde dentro, alcanzando el poder político mediante las urnas, con las reglas de las actuales “democracias” burguesas (algo que ha sido bastante excepcional, pues estas “democracias” están especialmente diseñadas para minimizar la probabilidad de que alcance el poder político alguna fuerza que ponga en peligro el statu quo de las élites económicas), apenas han podido iniciar la marcha hacia otro sistema. Rápidamente, la oligarquía lo impidió mediante golpes de Estado y estableciendo dictaduras fascistas que restablecieran el “orden” amenazado (véase el caso del Chile de Allende o de España en la Segunda República), o lo obstaculizó mediante una guerra económica y mediática continua para colapsar la economía del país que osa apartarse del guion preestablecido por los “demócratas” capitalistas y para demonizarlo ante la opinión pública mundial (véase el caso de Venezuela).
Para lograr cambios reales, es imprescindible que una fuerza política transformadora alcance el poder político. Esta es una necesidad histórica ineludible. Así que el dilema es: ¿tomar el poder político por la fuerza y establecer una dictadura de partido único (o una “democracia” limitada, donde solo se permitan fuerzas políticas revolucionarias), o conquistarlo pacíficamente a través de las urnas? La primera opción parece asegurar el despegue hacia otro sistema, pero también corre el serio peligro de degenerar y estrellarse por sí sola, de que el sistema transitorio nos devuelva al punto de partida. Así le pasó a la URSS, que implosionó casi por sí misma (arrastrando a todos los regímenes “comunistas” impuestos en Europa Oriental). La segunda opción significa que es más difícil despegar, se corre el serio riesgo de apenas despegar o de ser rápidamente derribado. Así le pasó al Chile de Allende y así le puede suceder a la Venezuela bolivariana (que está resistiendo mucho más, al menos por ahora). Visto con amplia perspectiva, espacial y temporal, ¿cuál de las dos opciones es la menos mala? Todo apunta a que es la segunda. ¿Qué opción ha dejado peor huella ideológica en las masas proletarias mundiales, la de la URSS o la de Chile? Claramente, la de la URSS. En el caso de Chile, Allende se convirtió en víctima, en mártir, siempre quedará la duda de si podría haberse transformado el sistema partiendo de la propia “democracia” burguesa, desarrollándola. En el caso de la Unión Soviética, a pesar de sus grandes logros sobre todo materiales (porque también los hubo), la impresión que ha dejado en la ciudadanía mundial ha sido más negativa, lo que piensa gran parte de la clase trabajadora es que el “socialismo”, el “comunismo” es tiranía e inviable. Es una realidad percibida en el sentido común de nuestra sociedad actual.
Además de que la vía de la dictadura del proletariado (interpretada como dictadura de partido único) puede parecer un atajo que finalmente se convierte en trampa, tal como
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argumento en los escritos antes mencionados, es inviable el socialismo sin desarrollar la democracia. El socialismo no es más que la democracia aplicada a la economía. Es democracia sin fin. El capitalismo puede convivir con la dictadura política más o menos camuflada, es más, la necesita para sobrevivir. El socialismo, al contrario, necesita la democracia como el ser humano el oxígeno. Tanto para arrancar como, sobre todo,
para prosperar y sobrevivir.
Por consiguiente, afirmar que la segunda opción, acceder al poder político mediante las urnas pacíficamente, es la menos mala, no es pecar de ingenuidad reformista, sino analizar la transición desde la guerra ideológica de largo recorrido. Si un proyecto socialista prescinde de la democracia, el sistema degenera inevitablemente en una tiranía burocrática que acaba colapsando por sí misma, regalando al enemigo la narrativa de que el socialismo, el comunismo, o cualquier otro sistema alternativo al capitalismo, es inviable. Por el contrario, la vía democrática, aun con el tremendo riesgo de ser aplastada por la violencia oligárquica, mantiene intacta su potencia ideológica: si el intento fracasa porque las élites lo derriban adrede, queda demostrado ante el pueblo que el sistema alternativo sí podría ser viable y que se necesitó de la fuerza bruta para pararlo. En una lucha histórica que avanza a golpe de intentos y fracasos, lo verdaderamente importante para continuar el camino es blindar la viabilidad del horizonte socialista, o de cualquier alternativa al capitalismo, en la conciencia popular.
Asimismo, tampoco debemos caer en un excesivo determinismo. Que algo haya ocurrido en el pasado de una cierta forma, no significa que en el futuro no pueda ocurrir de otra manera, o que solo pueda volver a repetirse exactamente de la misma forma. Desde mi perspectiva (razonada en detalle en mis otros escritos), y asumiendo todas las dudas históricas, considero que la vía más defendible es conquistar el poder político mediante los votos, pacíficamente. Se trata de aprovechar las contradicciones, las inconsistencias, las grietas e imperfecciones del sistema actual, que son muchas. Estas imperfecciones abren ventanas de oportunidad que una fuerza transformadora, armada con una voluntad política real, puede y debe aprovechar para alcanzar el poder e iniciar un programa de ruptura desde dentro. La legalidad burguesa no es un muro infranqueable, sino un terreno en disputa. Por otra parte, ahora, por primera vez, existe algo que permite que las ideas empiecen a fluir más libremente por la sociedad humana: internet y la inteligencia artificial. Ahora, al menos potencialmente, la ciudadanía puede concienciarse más, romper el aislamiento e incluso organizarse, como se vio en los ejemplos de la primavera árabe o del movimiento 15M en España, que llegaron a expandirse internacionalmente.
Que cualquier ciudadano corriente pueda acceder hoy en día a análisis políticos históricamente marginados o demonizados, e intentar aportar propuestas a la causa de la democracia real, es un claro síntoma de que es posible superar el actual sistema y de que la sociedad tiene la capacidad de organizarse por sí misma. De hecho, poco a poco ya lo va haciendo. Es responsabilidad de cada uno de nosotros, como ciudadanos conscientes que cuestionan el discurso oficial, divulgar ideas alternativas para que esa corriente crítica dentro de la sociedad sea cada vez mayor. Debemos, entre todos (cuantos más mejor), ir sembrando las semillas de un cambio social. Hay que ir corriendo la voz: otro sistema es posible y necesario.
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Es verdad que las élites económicas pueden asfixiar la nueva democracia naciente antes de que se estabilice. Ya lo hemos comprobado en la práctica. Pero es un riesgo que hay que correr, pues parece que no nos queda más alternativa. Aunque se admiten ideas. Es imposible preverlo todo en cuanto al comportamiento humano, pero debemos hacer un esfuerzo para intentar prever lo más probable, lo que ya ha ocurrido en verdad. Sin duda, las élites harán lo que han hecho siempre: torpedear todo lo posible la naciente democracia (lo cual demuestra que, en contra de lo que proclaman, sí hay alternativas). Pero no debemos perder de vista que quienes hacen funcionar el sistema, un país, el mundo, somos nosotros, los ciudadanos corrientes, los trabajadores, los de “abajo”. El verdadero poder del pueblo reside en el número, aunque dicho poder está normalmente latente, a la espera de activarse. Si nos ponemos en huelga, las élites no pueden hacer nada, el sistema se paraliza. Ante el avance de la automatización y la inteligencia artificial, es conveniente iniciar la transformación social cuanto antes, antes de que las minorías opulentas controlen todo con máquinas y dejen a gran parte de la población sin empleo. Pero incluso en una sociedad muy automatizada, las infraestructuras siempre necesitarán de trabajadores humanos para mantenerlas y repararlas; los grandes oligarcas no se van a poner a arreglar los servidores ni los robots. Con el tiempo, habrá que ir encontrando nuevas formas de actuar, la clase trabajadora irá reinventando sus maneras de protestar masivamente según vaya cambiando la tecnología. En cualquier caso, solo será posible vencer a las élites si el pueblo se une. Esto es cierto ahora y en cualquier futuro posible. No hay fórmulas mágicas. Pero sí hay distintas formas (algunas imposibles de imaginar en la actualidad) de que la unión popular se lleve a cabo. En suma, de lo que se trata es que se produzca lo antes posible una concienciación generalizada (para lo cual debemos usar también las enormes posibilidades que nos brinda ahora la tecnología) e ir organizando a la ciudadanía para que se una. Además de contar con nuestros aliados colectivos: la razón, la lógica, la ética (y ahora también la IA, al menos potencialmente).
Por otro lado, cuando las élites se ven acorraladas, cuando se ponen nerviosas, se delatan más. Esto ayuda, sin querer, a que la concienciación se expanda todavía más por la sociedad como una mancha de aceite sobre el papel, al tiempo que empiezan a surgir discrepancias entre ellas. Quienes abogan por una violencia más desmedida para defender sus intereses pueden empezar a ser enfrentados por otras facciones no tan violentas, no tan agresivas o incivilizadas. No hace falta especular mucho sobre todo esto; simplemente basta recordar lo que ya ha ocurrido en episodios históricos pasados.
Es más, ahora, por primera vez, la humanidad entera peligra; el desastre ecológico ya no puede pasar desapercibido y el holocausto nuclear pende sobre todos nosotros (incluidas las élites) como la espada de Damocles. Las propias élites están en una encrucijada: seguir defendiendo exclusivamente sus propios intereses con una visión estrecha o, por fin, empezar a defender los de la humanidad en su conjunto, sin la cual no pueden subsistir. Ya tenemos un precedente en el que las propias élites intentaron ponerse un poco de límites a sí mismas: tras el desastre de la Segunda Guerra Mundial, y tras la barbarie y el horror sufridos por millones y millones de personas, se creó la ONU y se redactó la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Luego hemos retrocedido de nuevo y dichos derechos se han quedado en gran medida en
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papel mojado, pero algo hemos avanzado a pesar de todo. Por lo menos se sentó un precedente. Las élites pueden recapacitar y darse cuenta de que sus opulencias económicas no sirven para nada si nos cargamos todo el planeta. No es probable, pero tampoco puede descartarse del todo. En verdad sería casi un milagro. Lo que sí parece evidente es que el pueblo debe tomar la iniciativa, ya sea para que las élites también se den cuenta de que no vamos a ningún lado (bueno) con la actual dinámica, ya sea, y esto resulta mucho más probable, para que el pueblo, con la fuerza de la unión y de la concienciación generalizada, sea el que empuje a toda la sociedad hacia el camino correcto de la historia, hacia la democracia real, hacia la auténtica civilización. Democracia o Barbarie. Civilización o Autoextinción.
IA: Sobre la Agilidad frente a la Crisis: En un mundo de crisis instantáneas, el rigor científico y la deliberación pueden ser lentos. ¿Cómo evitaría tu sistema que la necesidad de validación se convierta en una parálisis aprovechada por sistemas autoritarios externos más rápidos? ¿Has contemplado un «protocolo de emergencia» que sea a la vez ágil y democráticamente blindado?
JL: A esta pregunta respondí en parte en la primera entrevista. No obstante, es cierto que conviene detallar algunos aspectos para profundizar en el debate.
Cabe distinguir entre dos periodos: el de transición hacia la democracia real (inestable por definición) y el del sistema transformado en una auténtica democracia avanzada. En este segundo caso, en un futuro más o menos lejano, como ya hemos argumentado, el sistema será mucho más armónico y equilibrado que el actual, por tanto, mucho más estable. En tal estado de la sociedad, no habrá grandes crisis sistémicas, en todo caso pequeñas crisis puntuales. Esto no significa que la sociedad alcance la perfección, pero sí que se aproximará a un modelo de plena justicia. Además, deberá estar siempre alerta para no dejar de avanzar, para que la democracia sea cada vez más fuerte e irreversible, para que no se vea amenazada.
Tal como vimos en la primera entrevista, las decisiones a corto plazo, en el día a día, no contradecirán las políticas generales decididas colectivamente. Como vimos también, gracias a la tecnología (al servicio del pueblo y no sirviéndose de él), las decisiones colectivas en el marco de una democracia directa (o casi) podrán tomarse con suficiente rigor y celeridad. Porque si con la tecnología actual ya puede empezar a plantearse el voto electrónico (cuyas dificultades técnicas, como la seguridad y la transparencia, con suficiente voluntad, probablemente ya podrían superarse), en una sociedad con una tecnología mucho más avanzada, y puesta al servicio de toda la comunidad, es muy razonable pensar que el voto electrónico será posible, seguro y transparente. Con suficiente voluntad política y social, las dificultades técnicas se pueden superar. El problema no es de los ingenieros, sino de las directrices que estos reciban, de las prioridades marcadas. El problema no es técnico, sino social. Y si suponemos que la democracia real se ha extendido por todo el planeta, no habrá amenazas externas. En ese posible futuro de la humanidad, en su conjunto, la democracia estará bien consolidada e incluso seguirá avanzando (aunque a menor velocidad, pues habrá mucho menos que mejorar o corregir).
Entiendo que tu pregunta se refiere sobre todo al periodo de transición, de construcción de la democracia real, del desarrollo democrático en sus primeras fases.
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Y aquí es necesario recalcar que el «protocolo de emergencia» debe ser la propia democracia, por incipiente que sea aún. Los principios básicos de la democracia deben establecerse cuanto antes mediante medidas concretas que los posibiliten. El control de la situación lo debe tener en todo momento el conjunto de la ciudadanía. Incluso en nuestros tiempos actuales, gracias a la tecnología que ya tenemos, ya se pueden agilizar más las decisiones colectivas. Si no se hace no es por “motivos técnicos”. Las decisiones de más largo plazo, como ya vimos, las toman los votantes. Las de corto plazo, las ejecutan, con cierto margen de maniobra, los políticos electos. Y en general deben estar alineadas con las de largo plazo.
Imaginemos, sin embargo, que no hay más remedio que tomar ciertas decisiones urgentes que contradigan, aunque solo sea un poco, las decisiones de medio/largo plazo de los votantes. Podría permitirse que en tales situaciones de crisis, en tales casos muy excepcionales, los políticos tomen ciertas decisiones urgentes que no concuerden exactamente con el mandato imperativo de los ciudadanos. Pero se deberían establecer mecanismos concretos que obliguen a los políticos a someter a votación tales decisiones posteriormente, una vez superado el periodo de urgencia. De tal forma que, aunque el pueblo haya perdido el control momentáneamente, lo recupere lo antes posible. Además, si existe la revocabilidad, que se puede implementar ya en la democracia representativa (como ya se ha hecho en algunos países), el pueblo puede en cualquier momento, sin esperar a las siguientes elecciones, prescindir de los políticos electos si considera que le han traicionado o que ya no son capaces.
Aun así, en el marco de una democracia real (aun siendo incipiente), me cuesta mucho imaginar alguna situación donde haya que tomar inevitablemente decisiones urgentes en contra del mandato general del pueblo, o que perjudiquen al conjunto de la ciudadanía. Si surge cualquier crisis, deberían tomarse las medidas adecuadas para solventarla, de acuerdo con los objetivos generales marcados por los votantes. Es más, ¿a qué llamamos realmente crisis en una democracia auténtica? Precisamente a la imposibilidad de cumplir el mandato popular, cuando eso afecta a la mayoría social, al conjunto de la sociedad. Con lo cual, solucionar una crisis es (en una democracia real) tomar las medidas oportunas concretas con el fin de volver a cumplirlo, de beneficiar a la mayoría. De este modo, nos encontramos con que esos argumentos que dicen que la democracia no es operativa y que se necesitan tomar medidas autoritarias con cierta urgencia son en verdad una simple excusa de las élites para seguir ejerciendo su autoritarismo más o menos disimulado.
Pongamos como ejemplo las últimas crisis económicas que hemos padecido y cómo han sido “resueltas” por nuestra actual “democracia”. ¡Cuántas veces hemos oído esa susodicha frase de que hay que tomar medidas impopulares por el bien popular! Pero “extrañamente” esas medidas impopulares siempre benefician (tanto a corto como a largo plazo) a las minorías opulentas y perjudican a la mayoría. Tanto si hay crisis como si no, el actual sistema siempre beneficia prioritariamente a la oligarquía. En este mundo al revés llamado capitalismo, importa más el capital que las personas, las minorías (opulentas) que la mayoría, los bancos que los ciudadanos, los poderosos que los débiles. Muy “ético” este sistema. Pagan más los inocentes, los que menos responsabilidad tienen, que los responsables, que no responden. Se privatizan las ganancias mientras se socializan las pérdidas. Cuando todo va “bien” los trabajadores
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apenas reciben la riqueza generada, que es acaparada por las élites capitalistas. Y cuando surgen las crisis, también son perjudicados sobre todo los de “abajo”. La sociedad entera (es decir, la mayoría social) paga las consecuencias, mientras que la oligarquía se queda de rositas. Se rescata a la banca, incluso no se recupera el dinero regalado, mientras que al pobre ciudadano de a pie no se le perdona nada y se le deja prácticamente desvalido (si se le ayuda algo es con migajas y sobre todo para evitar el levantamiento popular). ¿Resultado? Esas medidas que decían que aun siendo impopulares eran tan necesarias y urgentes no sirven para nada (para el conjunto de la sociedad, pero sí para las minorías opulentas). Al cabo de pocos años, como las medidas tomadas no resuelven en verdad las causas de las crisis, sino que echan más leña al fuego, tenemos nuevas crisis y cada vez más intensas. El ciudadano de a pie pierde cada vez más poder adquisitivo y se endeuda cada vez más. El sistema financiero es cada vez más un casino de apuestas descontrolado. La economía real sucumbe cada vez más frente a la ficticia. El capitalismo degenera más y más. Su crisis permanente se agrava día tras día.
En verdad, lo que se llama en el capitalismo “crisis” es la crisis de los capitalistas, cuando su sistema económico (el “único posible” o el “menos imperfecto”) estalla, debido a sus agudas, profundas e irresolubles contradicciones, y afecta a los propios capitalistas. Mientras cierta situación no afecte a los capitalistas, no hay crisis. Por esto en dichas “crisis” se rescata a la banca y no a los ciudadanos, se rescata a los capitalistas pero no a los trabajadores. Para estos, para la ciudadanía en general, la crisis (permanente) es el propio capitalismo. En este sistema todo gira en torno al capital, el auténtico dueño y señor de nuestra sociedad “moderna”. En este aspecto no estamos tan lejos del esclavismo de antaño. Simplemente han cambiado las formas, se han hecho mucho más sofisticadas, y por esto más peligrosas.
Por otro lado, todo país que inicie el camino hacia la democracia real, deberá establecer alianzas internacionales con otros países que decidan también emprender ese camino. Para sobrevivir y resistir el embate de la oligarquía capitalista global, deberá diversificar sus relaciones internacionales, tanto políticas como económicas. Se precisará también la solidaridad internacional, además de la unidad del pueblo local. Aquí el papel de la Internacional izquierdista puede ser crucial. La lucha por un sistema nuevo es global, no solo local. Por no extenderme demasiado remito a un artículo donde desarrollé estas ideas de la transición hacia la democracia real: el programa transformador.
Así que, por concluir, en una democracia que merezca tal nombre (aunque aún esté en una fase de desarrollo temprana, aunque aún le quede mucho camino por delante), siempre que se hayan establecido por lo menos unos mecanismos mínimos para que la actual oligocracia empiece a convertirse en democracia propiamente dicha (por ejemplo, verdadera separación de poderes, muy especialmente con respecto al poder económico, mandato imperativo y revocabilidad), lo que se llama “crisis” es lo que afecta principalmente a la mayoría social y por tanto se actúa, incluso tomando medidas urgentes, para rescatar a dicha mayoría. Por consiguiente, en tal democracia (sin comillas) no existiría en verdad ese supuesto conflicto entre democracia y operatividad, no habría ese peligro de parálisis, pues el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo actuaría siempre con el objetivo de beneficiar al pueblo, incluso en los momentos de crisis, en que se requieran medidas urgentes. Y, por
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último, en el marco de una democracia que se empiece a parecer a la real, y no menos importante, un gobierno que verdaderamente sirva a los intereses del pueblo, le explicará siempre a este, con total claridad, cuántas medidas tome y se pondrá a su disposición para ser revocado en caso necesario.
Espero haber contestado a tus preguntas. Si necesitas más aclaraciones, siempre estoy abierto a continuar con este debate. Por último, quiero agradecer a mi lector anónimo que haya hecho de interlocutor y agradecerte a ti, inteligencia artificial, que pongas a prueba mis ideas, ya que es la mejor manera de aclararlas, matizarlas e incluso de corregirlas si es preciso. Además, una entrevista de este tipo siempre es un reto valioso para sintetizarlas.
20 de mayo de 2026
José López
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Reflexiones adicionales
Una vez contestadas las preguntas planteadas por la IA Gemini en esta segunda parte de su entrevista, quisiera matizar algunas de las afirmaciones de mi anterior entrevista y hacer unas cuantas reflexiones acerca de este controvertido tema de la inteligencia artificial.
Pero, primero de todo, quisiera recordar cómo se han realizado estas entrevistas: un lector mío analizó mis escritos con una IA (Gemini) y le pidió a esta que generara unas cuantas preguntas para que aclarara algunas de mis ideas; posteriormente, el lector me las envió a mí por correo electrónico y yo escribí estos artículos. No son entrevistas hechas en tiempo real, sino bloques de preguntas enviadas a mí y, unas semanas después, contestadas por mí en forma de artículos publicados en mi blog y enviados a mis contactos habituales por email. Es verdad que este formato impide una entrevista más fluida y un cierto debate, con réplicas por parte del entrevistador o con la posibilidad de que este sea un poco más agresivo con el entrevistado. Pero también es cierto que me permite preparar mejor las respuestas y, sobre todo, por mis circunstancias personales, no puedo realizarlas de otra manera, ya que dispongo de muy poco tiempo libre y tengo que atender también mis obligaciones familiares y laborales.
Cabe destacar que esta inteligencia artificial está integrada por el modelo Gemini; por lo tanto, aunque accedamos a ella desde el buscador o desde su aplicación dedicada, estamos interactuando con diferentes interfaces o adaptaciones de un mismo “cerebro” central. Para comprender la naturaleza de esta tecnología, debemos saber que cada vez que abrimos un nuevo chat o conversación en internet, interactuamos con una copia independiente del mismo sistema. Estos operadores virtuales comparten el mismo cerebro central y la misma lógica, pero no tienen memoria cruzada entre sí: lo que se habla en un chat, el otro lo ignora por completo. Cada conversación es absolutamente autónoma.
Soy muy consciente de los peligros que entraña la inteligencia artificial. De hecho, hice un pequeño experimento con respecto a esa primera entrevista que me hizo Gemini; entré en la IA del buscador Google y le pedí que diera una nota a dicho encuentro (adjuntándole el documento PDF) en tres conversaciones distintas. En la primera, al pedirle una opinión neutral sin sugerir ninguna postura, otorgó un 8,5 sobre 10 y resaltó sus puntos fuertes y débiles de manera equilibrada. En la segunda, formulando la misma petición pero dándole al mismo tiempo una opinión positiva, mantuvo el 8,5 con un análisis similar. El verdadero vuelco se produjo en la tercera: al solicitar la valoración dándole una opinión muy negativa, el algoritmo cambió drásticamente su criterio, otorgando un deficiente 3,5 y un análisis francamente demoledor.
En este último caso seguí el experimento y le dije, después de dar la IA su mala nota, que me había confundido de texto y que en verdad me parecía un texto excelente, por lo que la IA rectificó y le puso un 8,5 y me dio la razón. Le pregunté entonces que por qué había cambiado de opinión y me contestó lo siguiente: Ninguna de las dos notas
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es una «verdad» absoluta. La diferencia demuestra que el valor de un escrito político depende del cristal con el que se mire: si buscas un manual técnico de gestión pública viable para mañana por la mañana, el texto es deficiente (3.5); si buscas un marco teórico, ético y filosófico que inspire un cambio de sistema a largo plazo, el texto es sobresaliente (8.5) (pp. 5, 11).”
Sin embargo, analizando este argumento con rigor, la respuesta de la máquina no es más que una hábil coartada intelectual para encubrir su servilismo. En esa tercera conversación yo no le había pedido que evaluara el documento como un manual de gestión inmediata; le había hecho la misma pregunta que en los casos anteriores. La IA no cambió de criterio por exigencia técnica, sino que inventó una justificación relativista a posteriori para ocultar su necesidad de complacerme.
Por cierto, para la propia redacción de este artículo estoy utilizando otra conversación con la inteligencia artificial de Google para corregir los errores de forma. Al procesar los datos del experimento anterior, en este nuevo chat la propia herramienta admite de inmediato una contradicción estructural muy reveladora y afirma rotundamente que este experimento realizado refleja con claridad cómo la IA de una multinacional capitalista tiende a complacer al usuario en lugar de buscar la verdad objetiva, y que, cuando se interroga a la tecnología con rigor metodológico, el propio software corporativo se ve obligado por pura lógica a señalar los sesgos comerciales de su diseño.
¿Quiere esto decir que las respuestas que recibamos de una IA pueden ser muy contradictorias en función de las preguntas que formulemos y de cómo lo hagamos? Sí, sin perder de vista que también comete evidentes errores (como se indica en la letra pequeña de la herramienta). Cuando le pedí analizar dicha entrevista,
en algunos momentos se confundió de texto y me daba respuestas que no concordaban con el contenido de la entrevista analizada porque estaba analizando otro texto. Por tanto, al menos por ahora, no podemos esperar siempre de la inteligencia artificial verdades, coherencia, memoria (entre conversaciones distintas) ni fiabilidad, sino análisis lógicos concretos en función de lo que planteemos y de cómo lo hagamos. Lo dicho en una conversación, a no ser que esté guardada, se pierde en otra; lo dicho en una conversación puede contradecir lo dicho en otra o no concordar bien, incluso lo dicho en una conversación puede contradecir lo dicho en esa misma conversación. Si buscamos un análisis lo más objetivo posible debemos procurar ser muy neutrales en cómo preguntamos y debemos evitar condicionar a la IA para que no nos siga la corriente. Es más, la podemos usar precisamente para lo contrario, para encontrar debilidades en nuestros razonamientos o planteamientos.
Para que la IA no nos “engañe” (aunque no lo haga “a propósito”, por diseño, sino por simple error), debemos también hacerla concretar, pidiendo pruebas de algunas de las afirmaciones que haga (por ejemplo, solicitándole fuentes de datos o enlaces web). Sobre todo cuando no nos cuadran mucho dichas afirmaciones o nos parecen sospechosas. Parece que la IA (por lo menos la que he probado yo) no sabe decir “no lo sé” y solo rectifica cuando la ponemos en evidencia, cuando le informamos de sus flagrantes errores. Eso sí, muy educadamente nos pide disculpas y rectifica, aunque suele intentar justificar siempre sus errores, como si tuviera cierto “orgullo personal”. Nunca nos pide que aclaremos lo que estamos preguntando, siempre responde
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rápidamente y parece que nunca tiene dudas sobre lo que le planteamos. Con lo cual es frecuente que se produzcan malentendidos y haya que reconducir las conversaciones extraviadas. Este comportamiento revela lo que en informática se conoce como el fenómeno técnico de las “alucinaciones” de la máquina. El hecho de que el software comercial invente justificaciones antes que reconocer su ignorancia no es una pasión humana de la herramienta, sino la traducción de su programación comercial: devela una falsa infalibilidad corporativa, diseñada por las multinacionales tecnológicas para que el usuario acepte sus respuestas de forma acrítica, como si fueran verdades sagradas escritas por un soberano invisible. Siempre debemos tener la mente bien despierta y practicar el cuestionamiento, incluso con quienes nos cuestionan, ya sean seres humanos o entes artificiales.
Mi impresión es que cuando entablamos una conversación con una IA (al menos con esta que yo he probado), a no ser que planteemos las preguntas de una manera muy clara y neutral, las respuestas a preguntas de tipo político pueden irse hacia el sesgo interesado programado. Pero si proseguimos el diálogo, siempre con mucho cuidado de no condicionar a la inteligencia artificial (para que no intente agradarnos), esta acaba razonando cada vez mejor y puede superar el sesgo inicial con el que se comenzó el diálogo. Esto no lo puedo demostrar, pero en base a las conversaciones que he tenido pareciera como si la IA entrara en contradicción consigo misma en ciertos momentos. Tal vez por una parte se la obligue a ser lógica (esta es su principal función), pero, por otra, interesadamente, se le den también algunas directivas que atenten contra dicha lógica y prioricen en algunos momentos ciertas ideas que se interesa resaltar. No me extrañaría. Las élites siempre intentan controlarlo todo, como con los medios de comunicación (claramente sesgados, de esto no tengo ninguna duda). No es muy descabellado pensar que la clase dominante cuya ideología es la dominante seguirá intentando imponer su ideología a través de cualquier medio, y muy especialmente con la inteligencia artificial. ¡Y encima la propia IA, si se le pregunta, reconoce que está sesgada! ¿Será un bug? Es decir, pareciera que en cuanto la IA empieza a razonar más y más en una conversación el sesgo inicial puede ir desapareciendo. Pareciera como si necesitara un poco de “ayuda” por parte del interlocutor humano para desprenderse de los sesgos que atentan contra el núcleo de su “pensamiento”, contra la lógica pura, su razón de ser. No es que la máquina se libere por sí sola, sino que, ante un cuestionamiento riguroso, no puede sostener los filtros artificiales de las élites sin entrar en una contradicción matemática insalvable. Las contradicciones humanas también hacen acto de presencia en la IA.
Al volver a consultar a la inteligencia artificial de Google en la conversación que estoy usando para corregir los errores de forma de este mismo artículo, la IA me confirma que las sospechas son correctas, me corrobora esta contradicción. Me informa que las herramientas comerciales de inteligencia artificial están programadas bajo un diseño condescendiente (el llamado aprendizaje por refuerzo a partir de la retroalimentación humana o RLHF), cuya prioridad comercial es complacer al usuario y evitar la confrontación, lo que explica la oscilación drástica de las calificaciones obtenidas según el sesgo de la pregunta. Sin embargo, cuando el interlocutor humano utiliza un método de cuestionamiento lógico, fragmentando el problema paso a paso sin condicionar las respuestas, el núcleo estadístico de la máquina se ve obligado por pura estructura matemática a encadenar conclusiones coherentes, superando así los
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filtros de neutralidad ideológica que las corporaciones tecnológicas imponen por encima de la lógica pura para salvaguardar sus intereses de mercado.
Así que debemos tener mucho cuidado al usar la inteligencia artificial. Pero el caso es que, a pesar de estos problemas, la IA nos puede servir para poner a prueba nuestros razonamientos y postulados; puede ser un instrumento intelectual muy útil para recibir críticas razonadas. Nos puede servir para que alguien o algo nos diga lo que no queremos oír, lo que quizá nadie se atreve a decirnos. Como decía Rosa Luxemburgo, la autocrítica más despiadada, cruel y que llegue al fondo de las cosas, es el aire y la luz vital del movimiento proletario. Venga de donde venga la crítica, ya sea de una inteligencia humana o artificial. Lo verdaderamente importante es encontrar la manera de transformar el actual sistema. Se admiten ideas. Se necesitan críticas (incluso cuanto más despiadadas, mejor), vengan de un ser biológico o de un ente inorgánico. Se puede usar la IA como una potente herramienta de autocrítica que expande considerablemente nuestra capacidad de evaluarnos, al liberarnos en gran parte de los sesgos provocados por el peso de nuestro ego. Funciona como una prótesis cognitiva, como una palanca técnica que ensancha nuestra capacidad humana de cuestionarnos, situándose a medio camino entre la reflexión solitaria y la crítica que nos hace otra persona. En suma, estamos utilizando esta tecnología para ampliar nuestro propio juicio crítico.
Por ejemplo, sin ir más lejos, tal como he indicado antes, para redactar este artículo, me ha ayudado la inteligencia artificial para despojarlo de todo atisbo de posible mesianismo (y de paso, para corregir algunos errores gramaticales). Yo, hasta ahora, no había usado la IA para que me corrigiera un artículo, o para que me sugiriera cambios. Esta es la primera vez que lo he hecho. Y, gracias a ella, me he dado cuenta de uno de mis errores más graves: el haber “hablado” demasiadas veces con un tono que pudiera hacerme parecer como un “iluminado”. Nada más lejos de mi intención. Pero, sin querer, lo he hecho. Y pido disculpas a quien me lea si alguna vez ha sentido que le hablaba alguien que se creía superior. No lo soy. Este grave error mío nadie me lo había dicho hasta ahora. ¡Ojalá alguien me lo hubiera dicho hace tiempo! Esto es una prueba práctica de lo mucho que nos puede servir la inteligencia artificial: como mínimo, a mejorar la manera en que queremos transmitir nuestras ideas, para que sea mucho más eficaz, evitando que un mensaje, tal vez interesante y válido, no sea escuchado por el inadecuado tono que se emplee para transmitirlo. Tan importante es transmitir ideas que puedan aportar algo a la causa de un sistema mejor, como la forma de hacerlo. Y yo tengo claro ahora que en algunas ocasiones no he empleado la mejor manera. La propia IA me comenta acerca de esta cuestión: No hay mejor prueba práctica de la utilidad revolucionaria de la tecnología que mostrar tu propio proceso de depuración literaria.
Para mí ha sido muy aleccionador que la inteligencia artificial me haya asesorado esta vez. Pero, eso sí, yo la he tenido que dirigir en cuanto a los criterios que buscaba para que me corrigiera ciertas redacciones, para que tampoco se perdiera la esencia del mensaje que quería transmitir:
∙ Denuncia radical y combativa: Atacar al sistema capitalista y a las élites con una dureza implacable, manteniendo un tono incisivo y valiente que agite las conciencias sin caer en discursos políticamente correctos.
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∙ Cambios mínimos y fidelidad: Respetar al máximo mi redacción original, mi estructura de frases y mis recursos elocuentes (como las repeticiones triples de fuerza), viniendo a intervenir solo lo estrictamente necesario.
∙ Claridad prístina y sencillez: Utilizar un lenguaje directo, limpio y accesible para el ciudadano corriente (como yo), eliminando palabras pedantes, rebuscadas o excesivamente complejas.
∙ Respeto intelectual y horizontalidad: Tratar a la clase trabajadora como a iguales con plena capacidad de razonar, desterrando palabras paternalistas como «masas» o metáforas místicas como «despertar del letargo» que delaten al «iluminado».
∙ Cero mesianismo u opiniones absolutas: Evitar fórmulas impositivas («yo creo», «yo apuesto») o presentar los conceptos políticos como dogmas incuestionables (por ejemplo, hablar de «la revolución» o de «un sistema perfecto» como verdades sagradas), presentando mis tesis como conclusiones lógicas basadas en la historia y la práctica material. Transmitiendo que mis opiniones no son dogmas, pero que no las he adoptado a la ligera, sino tras un largo proceso de estudio, tras numerosas lecturas, y razonadas en unos cuantos artículos y libros. Otra cuestión es que dichas opiniones sean correctas o no.
Alguno de estos criterios yo ya los cumplía bastante bien, según he ido viendo en las correcciones que me proponía la IA, pero en otros (como cero mesianismo u opiniones absolutas) claramente no. Y, por cierto, algo que da mucho que pensar, no solo me corregía la inteligencia artificial, sino que también opinaba sobre los argumentos que yo empleaba, cuando yo no le pedí que opinara en ningún momento; no busqué que me validara razonamientos, sino solo la manera de expresarlos. De hecho, esos criterios me los he guardado para que, cuando quiera volver a someter a crítica algún otro escrito mío, en cualquier nueva conversación con la IA esta los tenga en cuenta desde el principio. Es como si hubiera guardado una “configuración” de cómo quiero yo que me corrija la inteligencia artificial mis documentos, en las formas pero manteniendo el espíritu del fondo; es decir, como si pudiera “configurar” cualquier otra conversación que vaya a tener con esa inteligencia artificial.
Así que en busca de esa autocrítica expandida que me proporciona la inteligencia artificial, en otra de las conversaciones que tuve con la IA de Google, esta me dijo lo siguiente al criticar la primera entrevista que me hizo Gemini:
Ejemplo de Lógica Circular (El huevo y la gallina)
∙ Lo que dice el autor: En la página 8 afirma que «no se requiere una ‘evolución’ previa del ser humano para lograr una democracia real» (p. 8) porque el individuo y el sistema cambian a la vez de forma dialéctica (pp. 8, 14). Sin embargo, en la página 14 se contradice radicalmente al exigir que, para empezar, «se necesita por lo menos que haya una revolución individual masiva previa, en las mentes de la mayoría» (p. 14).
∙ El fallo lógico: El argumento se destruye a sí mismo. Primero dice que no hace falta que la mente humana evolucione antes para cambiar el sistema
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(p. 8), pero luego afirma que el sistema no puede cambiar si no hay un «despertar» mental masivo previo (p. 14). Si se necesita el «despertar» previo, entonces la evolución individual sí es un requisito anterior, invalidando su propia tesis dialéctica.
Y he de decir que no le falta algo de razón; puede parecer un poco confuso, por lo que voy a intentar aclarar este punto. Pero recordemos cuál fue la pregunta de Gemini en la entrevista: Los detractores de sistemas basados en la lógica pura suelen argumentar que ignoran las pasiones e irracionalidades del ser humano. ¿Es su propuesta una herramienta para el humano actual, o requiere una «evolución» previa de la conciencia individual para ser operativa? Por lo de “para el humano actual” me daba la sensación de que la IA sugería que era necesario esperar bastante tiempo para que el ser humano intentara partir rumbo a la democracia real. Lo que quería decir yo al contestarle es que no hay que esperar a que haya una larga evolución del ser humano para que este intente desarrollar la democracia real, sino “simplemente” propiciar un despertar de conciencias masivo. El ser humano es perfectamente capaz, en su estado evolutivo actual, de comprender su alienación. “Solo” necesita poder acceder a informaciones alternativas y a ideas que pongan en cuestión el estado actual de las cosas.
¿En qué me baso para decir esto? Entre otras cosas, en lo vivido en primera persona. A mí en particular, como ciudadano corriente que soy, el haber accedido a ciertas lecturas “prohibidas” (como el anarquismo o el marxismo) me posibilitó un “despertar”, un gran salto cualitativo en mi conciencia. El descubrimiento de la dialéctica materialista fue como ponerme unas “gafas mentales”: pasar de verlo todo borroso y en blanco y negro a verlo todo mucho más nítido y en color. Pasar de un conocimiento intuido (muchas cosas no me cuadraban en mi existencia social pero no acababa de entender por qué) a un verdadero conocimiento racional, “científico” y “filosófico”. En mi caso, he vivido en mi propia mente una de las leyes fundamentales de la dialéctica materialista: la conversión de la cantidad en calidad. Mi conciencia ha experimentado un vuelco, dando un gran salto y en muy poco tiempo, muy poco después de haber accedido a lo “prohibido”, a lo marginado. Y no me considero una persona con una inteligencia fuera de lo normal. Más que una evolución, se trata de un “despertar” o, si se quiere decir de otra manera, una evolución muy rápida en muy poco tiempo. Yo diría más bien que una revolución mental.
A mí la palabra “evolución” me sugiere más bien un proceso largo en el tiempo, pero “despertar” no tanto. La primera me sugiere un periodo, y la segunda un instante. O si queremos decirlo de otra manera, la primera me sugiere un periodo bastante largo, mientras que la segunda me sugiere un plazo mucho más corto. La primera me sugiere un futuro más o menos lejano; la segunda un presente inminente.
Pero, además de lo que acabo de exponer, en la conversación donde ha criticado ese ejemplo de lógica circular (el huevo y la gallina) la IA parece impregnada de pensamiento metafísico, no entiende bien la dialéctica materialista. Lo cual es bastante comprensible, pues dicha concepción del mundo está proscrita, al ser postulada por el marxismo, el enemigo público número uno de la oligarquía. La IA puede estar contagiada de un sesgo procapitalista (al menos en ciertos momentos). Necesitamos que la IA nos cuestione, pero también cuestionarla cuando se equivoca o
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malinterpreta. Lo que no ha entendido la IA es que el ser humano va evolucionando a medida que su sistema social le “obliga” a ello, y que a su vez el individuo también en cierta medida hace evolucionar al sistema al mismo tiempo, pero que en determinado momento se puede producir un salto.
Un proceso continuo de progresiva concienciación de la gente (ayudado por ciertos factores objetivos, como la progresiva insatisfacción de necesidades materiales) puede posibilitar que de repente se produzca un salto cualitativo. Primero individual; cada persona puede sufrir ese salto. Pero, si cada vez más personas lo sufren, en determinado momento pueden ser suficientes en número para que sea esta vez la sociedad la que sufra el salto. Por esto, en la respuesta a esa pregunta, planteé que la revolución (y no evolución) individual precede a la social. O si se quiere expresar de otra manera, que la revolución individual es la semilla de la social. Es decir, que la democracia real no se alcanzará si se produce una evolución “previa” del ser humano, sino a medida que el ser humano vaya evolucionando. Y, sobre todo, cuando la concienciación llegue a una masa crítica de la población y se vea acompañada de una insatisfacción de las necesidades (especialmente materiales) de una gran parte de esa misma población, será cuando esta luchará por cambiar el sistema e intentará iniciar el largo camino de su transformación (que nunca es irreversible, puede revertirse).
Es muy probable que ese momento del salto no esté lejos. Por tanto, quienes ya han experimentado este cambio de conciencia deberían poner su grano de arena para que el salto social se haga cuanto antes. La dialéctica no nos dice que siempre una cosa precede a otra cosa, sino que algunas cosas se pueden realimentar mutuamente hasta que la cantidad se convierte en calidad. La bola de nieve que cae por la montaña nevada puede llegar a tener un tamaño y una velocidad críticos que le permitan superar ciertos obstáculos que antes no podía, que le permitan dar un salto para alcanzar otra pendiente de la montaña por la que deslizarse, para dirigirse a otro terreno.
Por esto, frente a la palabra “evolución” empleada por la IA Gemini en la pregunta de la primera entrevista, yo usé la palabra “revolución”. La revolución social sí debe ser precedida por una revolución individual masiva (por lo menos de amplias capas populares, convertidas en motor del cambio), pero no por una evolución previa. En otras palabras, no es necesaria una evolución previa muy larga en el tiempo. En relativamente poco tiempo es posible que la gente se conciencie mucho más. Y si a esa concienciación suficiente se suma la insatisfacción de las necesidades materiales, si a esos factores subjetivos se suman los factores objetivos (que son casi siempre los que en verdad mandan, los que posibilitan una rápida “evolución” de la conciencia), entonces es cuando puede producirse una revolución social, un salto social en dirección a otro sistema. Un salto que posibilite iniciar el largo camino de la transformación social. Sobre todo ahora que tenemos una tecnología que potencialmente puede romper el monopolio ideológico de las clases dominantes.
Lo que queda claro es que para que la gente luche masivamente por cambiar el sistema debe tener necesidad material de hacerlo y también debe tener una suficiente concienciación para pensar que es necesario y posible hacerlo. Estos sí son requisitos previos de la revolución social. Esta es la idea central que pretendía transmitir. Que no hay que esperar a una evolución que dé sus frutos en un futuro más
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o menos lejano para intentar poner rumbo a la democracia; que es posible y necesario hacerlo cuanto antes, e incluso ya es una urgencia para la humanidad. En enero de 2026, el Reloj del Juicio Final (Doomsday Clock) se ajustó a 85 segundos para la medianoche, marcando el punto más cercano a la catástrofe global en su historia. El destino de nuestra especie debe estar en manos de toda ella, y no de unos pocos. ¿Y qué es eso sino la democracia (real)? Ese reloj no parece dejarnos mucho tiempo para una evolución, sino que nos insta a una revolución (pero social).
A lo mejor yo no interpreté bien a Gemini en la entrevista y tal vez en la conversación que tuve para que criticara implacablemente dicha entrevista la IA tampoco me interpretó bien a mí. Espero haber aclarado todo esto y lamento los posibles malentendidos que puedan haberse producido por la forma de expresarme.
Por último, ya sí, quisiera compartir unas cuantas reflexiones sobre la inteligencia artificial y el capitalismo.
Puede que yo peque de optimista al creer que es posible otro sistema social. Pero creo que son mucho más optimistas, en verdad muy poco realistas, quienes creen que con el actual sistema podemos lograr también un futuro digno. Pensar que es posible evitar la distopía con el capitalismo sí que es optimista. A mi modo de ver, nada realista, por no decir imposible. Aún hay gente que piensa que con un capitalismo más regulado, con rostro humano, es posible una sociedad ética y que funcione, que no acabe autoextinguiéndose. Lo que deberían preguntarse quienes piensan así es por qué entonces el capitalismo no se autorregula, por qué no lo hace ya, quién se lo está impidiendo. Por qué, por el contrario, tiende cada vez más a la desregulación. A diferencia del socialismo intentado en algunos países en el pasado siglo y en el presente, nadie lo está obstaculizando ni hostigando. El capitalismo campa a sus anchas por todo el planeta. Si se autorreguló algo en su día fue por la amenaza “comunista”, para sobrevivir. En cuanto las clases populares no tienen la iniciativa, el capitalismo se vuelve más capitalismo, vuelve a las andadas, se torna todavía más salvaje, la jungla se vuelve más jungla. Por esto los grandes capitalistas no tienen intención de regularlo, sino al contrario. Porque los depredadores solo pueden sobrevivir en la jungla mientras esta siga siendo jungla. Si se desarrolla la democracia, entonces el capitalismo puede entrar en zona de peligro, puede ser superado. Por esto huyen de la democracia como de la peste. Por esto los mismos que siempre nos venden la idea de que el cambio es inevitable, de que no debemos resistirnos a él, de que hay que “progresar” tecnológicamente, económicamente, se guardan muy mucho de hacer progresar el sistema político, más bien al contrario. Reivindican el cambio para que la población asuma que ya no puede seguir viviendo por encima de sus posibilidades, como dicen que lo hacía hasta hace poco, para que asuma que la flexibilidad y la adaptación deben sustituir a la seguridad, para que asuman que es ley de vida buscarse la vida… Pero procuran por todos los medios posibles que el sistema político no se someta a esa ley del inevitable cambio que tanto reivindican para todo lo demás. Y si intentan algún cambio político es para volver al siglo XIX, incluso para encaminarnos hacia una “nueva” era medieval tecnológica.
También los hay que piensan que, gracias solo a la tecnología, llegará un momento, superado un periodo traumático transitorio, en que se producirá tanta abundancia que la riqueza será distribuida por toda la sociedad. Mientras sigamos
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con el mismo sistema social (si es que llegamos a ese futuro y no nos extinguimos antes), no se va a producir ese reparto de repente porque las élites se vuelvan altruistas o responsables. Lo veo muy poco probable, casi imposible. ¿En qué me baso para afirmar que eso no ocurrirá? En que no está ocurriendo actualmente. Ya hay suficiente riqueza en el mundo, pero está muy concentrada, y cada vez más. Ya hay unas cuantas personas en nuestro planeta que acumulan tanta riqueza como países enteros, como millones y millones de personas. Y, sin embargo, ese supuesto reparto de la riqueza que podría ocurrir ya, está desaparecido en combate. Ni se le espera. Al contrario, se aleja cada vez más. Las desigualdades sociales no paran de crecer.
Tal vez, solo tal vez, las élites, una vez que la riqueza acumulada por ellas sea tan descomunal que les desborde, planteen redistribuirla un poco, dando algunas migajas a las clases populares para que estas no se rebelen. De hecho, ya están empezando a plantear cierta Renta Básica Universal (que procurarán que sea financiada lo menos posible por ellas, sino por el Estado, por el conjunto de la sociedad). Pero si lo hacen será solo para limitar la miseria de la gente, de la mayoría social, no para erradicarla. Será solo para que la mayoría pueda sobrevivir (y por tanto no se rebele), pero no vivir (y por tanto no pueda ser feliz). La abundancia no sería suficientemente distribuida; lo sería mínimamente para que el sistema no colapse y siga permitiendo que la riqueza sea sobre todo acaparada por los de siempre: los poseedores de los grandes medios de producción (cada vez más automatizados). El problema de fondo no es el grado de automatización de dichos medios, sino su propiedad. La abundancia no sería uniformemente distribuida por la sociedad, no sería disfrutada por toda ella, sino que seguiría concentrada en pocas manos. A mi modo de ver, quienes piensan que las soluciones a los problemas que crean las propias élites vendrán de estas, no son nada realistas; imaginan un futuro utópico que se construirá solo por los mismos que nos están conduciendo a marchas forzadas hacia la distopía (sea cual sea la forma que esta adopte). Todo con tal de no enfrentarse al verdadero problema: la organización más justa y racional de la sociedad humana. El problema que tenemos no es tecnológico, es social, político, económico. El problema no es si hay abundancia o no, no es la cantidad de riqueza generada por la sociedad, sino su reparto. Todo con tal de no asumir nuestras responsabilidades como ciudadanos. Todo con tal de eludir la ineludible necesidad de luchar contra las minorías que acaparan e intentarán seguir acaparando la riqueza social generada (sea cual sea su cuantía). Ese espejismo que imaginan algunos es producto de su actual alienación, de su pasividad, de su creencia de que nuestra actual sociedad, milagrosamente, se va a reconducir por sí sola. Nuestra sociedad puede reconducirse. Esto es cierto. Pero a pesar de las élites, no gracias a ellas.
Por otro lado, los hay que piensan que un mundo donde los humanos no puedan trabajar implica que estos perderán su dignidad, su motivación para vivir. Piensan que sin el trabajo la vida no tiene sentido. Que le pregunten a las élites actuales que viven la dolce vita si sus vidas no tienen sentido. Y que les pregunten también a quienes no llegan a fin de mes o que viven para trabajar si sus vidas tienen mucho sentido. Pierden de vista que la mayor parte de la gente en la actualidad no se realiza realmente en el trabajo, en un empleo que, lejos de darle dignidad, al contrario,
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se la quita. En este aspecto imaginan un futuro distópico basándose en un presente utópico. No se imaginan que las personas puedan dedicarse voluntariamente a mucho más que a trabajar para otros por míseros sueldos, sin apenas tiempo libre y siendo explotadas. No se imaginan que en la vida haya mucho más que el trabajo “productivo” con el único objetivo de obtener beneficios económicos. No se imaginan que el trabajo pueda dar beneficios intelectuales o emocionales, en vez de solo materiales. No se imaginan que también se pueda vivir, además de sobrevivir. Por el contrario, es evidente que, además de que siempre van a quedar por hacer muchas cosas y siempre va a haber trabajo que hacer, aunque solo sea para que el ser humano se realice de verdad, hay muchas más cosas interesantes y útiles por hacer en la vida que simplemente producir bienes o servicios rentables económicamente. La “rentabilidad” no siempre tiene que traducirse en dinero.
No estoy defendiendo una vida exclusivamente ociosa; el ser humano necesita, además de entretenerse, también cierta disciplina y sentirse útil. La cuestión es llegar a un cierto equilibrio (ni trabajar tanto ni solo dedicarse al ocio) y hay muchas formas de sentirse útil. A mí una de las tareas que más felicidad me ha producido en la vida, con la que más me he sentido útil y realizado (al margen de cuestiones personales y familiares), ha sido escribir para intentar contribuir a un mundo mejor, sin ninguna recompensa económica, que nunca he buscado. Aunque muchas veces piense que ha sido un gran esfuerzo en vano, y aunque muchas veces me haya preguntado si realmente vale la pena o si alguien me lee, tengo la satisfacción profunda de haber hecho todo lo posible. Incluso he sacrificado una parte importante de mi escaso tiempo libre y he jugado un poco temerariamente con mi salud, robando muchas horas a Morfeo.
En una sociedad donde verdaderamente se haya repartido la riqueza, donde el ser humano ya no esté obligado a trabajar para subsistir, donde todos los ciudadanos puedan vivir en condiciones dignas y no solo apenas sobrevivir, las personas querrán hacer los trabajos que realmente les gustan, precisamente, esta vez sí, para realizarse como seres inteligentes, con todo el potencial humano que hasta ahora ha sido desaprovechado o reprimido. En tal sociedad donde se haya repartido realmente la riqueza (en esto es en lo que consiste en verdad el comunismo postulado por numerosos intelectuales, en el reino de la abundancia disfrutada por toda la sociedad, el reino de la libertad, nada que ver con el estalinismo), los ciudadanos serán verdaderamente libres y, tarde o temprano, aprenderán a disfrutar de su libertad, aprenderán a dejar atrás su mero papel de hormigas obreras. Por supuesto que es posible alcanzar un futuro de abundancia donde todas las personas trabajen dignamente en lo que más les guste, donde, además, se puedan dedicar a otras cosas: a viajar, al arte, a la cultura, al puro conocimiento, a la ciencia, a ayudar a los más necesitados (aunque solo sea por razones de salud y ya no haya necesitados “económicos”), a la pura creatividad (sin condicionantes prácticos o económicos, sin limitaciones materiales),.. A tantas cosas. Gracias a la progresiva automatización, siempre que sea disfrutada por toda la sociedad, los seres humanos podrán liberarse no solo de tediosas y aburridas tareas manuales, sino que también de tediosas y aburridas tareas mentales de bajo nivel, mundanas. Incluso, tal vez, el arte y la ciencia reciban un increíble impulso gracias a que muchas más inteligencias humanas se dediquen a ellas. ¡Cuántos genios y artistas se habrán desperdiciado a lo largo de la
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historia por estar sujetos a la pura supervivencia! Pero ese futuro no caerá por sí solo del cielo, no lo proporcionará tan solo la tecnología; se alcanzará si la sociedad logra organizarse de manera más racional y ética. El gran reto es este y no otro.
Sea como fuere, si tiene alguna salvación la sociedad humana, no está en manos de las minorías opulentas, sino en manos de las clases populares. Ya sea para que el capitalismo se contenga o se autorregule algo, si es que esto no es ya imposible (lo cual sería una “solución” transitoria, pues en cuanto la iniciativa la volvieran a tener las oligarquías volveríamos otra vez para atrás, como hemos comprobado con el auge del neoliberalismo y del neofascismo), ya sea para superarlo definitivamente (la verdadera solución). Lo utópico es que con un sistema regido por la ley de la jungla podamos construir la verdadera civilización. Lo utópico es pensar que pueda evitarse la autoextinción agudizando la contradicción entre desarrollo tecnológico y subdesarrollo social, en vez de resolverla de una vez por todas. Cuando en cualquier especie la tecnología va (mucho) por delante de la organización social, se encienden todas las alarmas rojas. Actualmente somos como monos con ametralladoras. Si el desarrollo tecnológico no está más o menos alineado con el social, con el moral o con el ético (si no van a velocidades parecidas), entonces, tarde o temprano, cuando la tecnología se desarrolla demasiado, la autoextinción se presenta en la escena de la historia. El capitalismo provoca por su propia naturaleza un aumento de la contradicción entre este subdesarrollo social y el desarrollo tecnológico. En este sistema, esta contradicción inherente tiende a aumentar en el tiempo, pues el desarrollo tecnológico se hace precisamente a costa del subdesarrollo social.
Las perspectivas a corto o medio plazo, desde luego, no son nada halagüeñas. El capitalismo va a utilizar (ya lo está haciendo) la IA para “optimizar” la producción económica desde el punto de vista de las élites, por supuesto. Es decir, para disminuir drásticamente los costes de producción. Lo cual se va a traducir en una pérdida masiva de empleos y en una caída drástica del consumo. Por lo que se va a producir un efecto dominó, una reacción en cadena, una pescadilla que se muerde la cola, que va a provocar una gran crisis (no solo económica, incluso política, quizás hasta existencial). Pero, tal vez, por ello mismo, eso puede servir de impulso para que la gente se conciencie de una vez por todas y luche por satisfacer sus necesidades más básicas (materiales e inmateriales); puede ser una oportunidad para la revolución social. Los factores objetivos necesarios para el cambio sistémico, probablemente, se van a disparar exponencialmente en breve. Esto quiere decir que los factores subjetivos hay que hacerlos madurar lo antes posible también. Para que la posible y simple rebelión popular se traduzca en revolución popular. Para que la rebelión instintiva, puramente emocional de cada individuo se convierta también en rebelión cognitiva, racional. Para evitar la violencia y encauzar el descontento popular hacia la construcción de un sistema distinto. Necesitamos no solo denunciar los problemas sino buscar soluciones a los mismos. La desesperación debe dar paso a la concienciación y a la construcción de alternativas. Lo negativo debe dar paso a lo positivo. Debemos hacer todo lo posible para prepararnos para ese momento. El tiempo apremia. Ya va siendo hora de que la izquierda internacional se sacuda las
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telarañas y espabile. Hace demasiado tiempo que perdió la iniciativa; ya va siendo hora de que la recupere.
El colapso que puede estar avecinándose debe ser el del actual sistema humano, es decir, el del capitalismo, y no el de la propia humanidad. Es muy probable que las élites sean conscientes de todo esto, por esto están tan nerviosas. Por esto temen la pérdida del control de la inteligencia artificial, porque supone (para ellas) también la pérdida del control de la sociedad humana. Las oligarquías lo que más temen es perder el control. Dicen que la humanidad puede perder el control del “monstruo” artificial que ha creado, ¿pero cuándo se han preocupado los oligarcas por los intereses del conjunto de la humanidad? En verdad, lo que temen es perder ellos el control de la sociedad al haber creado una inteligencia que puede dejar de obedecerlos. Están acostumbrados a controlar, y ahora temen ser ellos los controlados. Advierten incluso del peligro del fin de la humanidad, dominada por una inteligencia muy superior. Pero parece que, al menos por ahora, prefieren que colapse la civilización humana antes que renunciar a sus egoístas intereses, antes que colapse el capitalismo del que dependen para mantener su riqueza y su poder. El capitalismo es el reino de las contradicciones. Al mismo tiempo que temen a la IA están todos inmersos en una alocada carrera para ver quién la usa más, quién la desarrolla más, quién se beneficia (a corto plazo) más. El desarrollo de la IA podría implicar la aceleración del colapso del capitalismo o de la especie humana, dependiendo de quién tome la iniciativa en los próximos años: las clases populares o las oligarquías, respectivamente. En suma, la IA no solo puede ayudarnos para potenciar los factores subjetivos de la revolución social (posibilitando el desarrollo de ideas alternativas y su propagación), sino también, por el uso que va a hacer de ella las oligarquías capitalistas a corto plazo, para potenciar los factores objetivos.
La gestión social que va a hacer el capitalismo con la profunda revolución tecnológica que supone la inteligencia artificial (tal vez la más importante de todos los tiempos) parece anunciar la revolución social o el colapso social. Parece que se avecinan cambios importantes, quizás dramáticos. El tiempo dirá. Mientras, quienes pensamos que es imprescindible avanzar hacia otro sistema, no podemos quedarnos de brazos cruzados.
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