Rafael Fenoy Rico •  Opinión •  20/05/2026

Elecciones Andaluzas y hegemonía cultura de Antonio Gramsci

Cuando Carlos Marx, en 1859, refleja en el «Prólogo» de la obra Contribución a la crítica de la economía política, un principio marxista que ha sobrevivido en el tiempo: La infraestructura material condiciona (otros, entre ellos Althusser, consideran que “determina”) la superestructura ideológica. La lógica de esta formulación conllevaría que quienes más deprivación sufren en la sociedad mayor conciencia de ello tendrían y que consecuentemente apoyarían con su voto a quienes les propongan superarla. Es decir, las personas que peor viven no apoyarían a quienes les causa esa pobreza. Las elecciones políticas desde que se instaló hace más de un siglo el parlamentarismo y el sufragio universal han venido constatando que en raras ocasiones las gentes del pueblo dejan de votar a partidos que defienden la riqueza y a quienes se hacen ricos a costa del pueblo. En las últimas elecciones en España, tanto generales como autonómicas y municipales, sin embargo, se ha ido instalando en un amplio sector de la población la desilusión hacia las votaciones. Este fenómeno afecta a un tercio del censo electoral que no se asoma a las urnas. Además, algo más del 40% del censo vota a partidos políticos que desarrollan claras políticas contrarias a los intereses del “pueblo”. Temas recurrentes que empeoran las vidas de las gentes normales y corrientes, como, la privatización de la sanidad, la educación, la ayuda a la dependencia y un buen número de servicios públicos que permitirían velar por el mejor y más honesto uso del dinero público, no parecen ser tenidos en consideración por quienes votan a esos partidos. 

Hace un siglo, en 1926, en Italia, Antonio Gramsci se hizo una pregunta fundamental: ¿Por qué el capitalismo sobrevive si la mayoría de la población es explotada? Hay que situar esa fecha, ya que pocos años antes se había producido por primera vez en la historia un hecho impensable en esos momentos: la revolución rusa. En teoría, luego se vio que no era todo oro lo que relucía; el pueblo había conquistado el poder del Estado y podía gobernarse a sí mismo. Hacía muy poco que había terminado la Primera Guerra Mundial, que escindió al movimiento obrero europeo y terminó fracturando al socialismo, emergiendo partidos comunistas. Y sin embargo Antonio se quedaba perplejo, como más de una persona en esta tierra, porque las gentes del pueblo votaban “fascista”.

Entonces la mente preclara de Gramsci elaboró un concepto, que operativamente podía desarrollarse socialmente: Hegemonía Cultural. Que definió como un proceso por el que las clases dominantes, los que mandan de verdad, logran, mediante la seducción, el consentimiento, en amplios sectores del pueblo, sobre la realidad que viven y la visión sobre el mundo que se les ofrece. 

Esto siempre ha ocurrido. En el refranero se encuentra “Más vale malo conocido que bueno por conocer”. Y en nuestra cultura judeocristiana, aquello del “SINO”, el destino… Fórmulas arcaicas que se pierden en la noche de los tiempos y que han invitado a los pueblos a asumir el “mal menor”. Y más aún, todo ello instalándose en el sacrosanto “sentido común”.

En redes hay quienes se prodigan opinando que estos comportamientos, que entienden erráticos, se deben a una especie de “entontecimiento” general de amplias capas de población. No pueden comprender que gentes necesitadas en la salud, en la educación, en las rentas, en el trabajo, en la ayuda a la dependencia, que a pesar de su dura realidad, voten, una y otra vez, a quienes causan sus deprivaciones. Esta respuesta seguro es simple y con ella poco se puede avanzar. La pregunta de Gramsci, que aún tiene vigencia, sería: ¿Cómo es eso posible, después del mandato nefasto de la sanidad o educación… andaluza, que el PP haya obtenido el respaldo de más de un millón de votantes? Ese millón largo que ha votado el PP en Andalucía, más los centenares de miles de votos que ha recibido VOX, no dejan lugar a dudas. Hay más de una Andalucía. Y si eso es así, la otra pregunta es: ¿En qué Andalucía viven los votantes del PP y VOX? Porque lo que está claro es que casi un millón y medio de votantes prefieren que sigan las políticas privatizadoras de los servicios públicos a pesar de que les afecte negativamente. ¿Igual se quedan en Guatemala para no caer en Guatapeor? Y una de las batallas culturales que la derecha va ganando (Agustín Laje) es desacreditar a los oponentes, para que así las gentes se queden con ellos por ser menos malos. Se tacha a los adversarios políticos de “comunistas”, de que dan prioridad a los migrantes sobre las gentes de esta tierra, que toda la culpa de la tardanza en las citas, la falta de atención sanitaria, educativa, la ayuda a la dependencia que no llega… es culpa de la “izquierda” que monta chiringuitos, que da ayudas a todos menos a los propios… Mentiras sin duda, pero eso sí bien contadas y asumidas por personas que han perdido la confianza en una alternativa a quienes los explotan y desatienden.

Por otro lado, es cierto que la izquierda, lo que se llama izquierda, concurre a las elecciones muy fragmentada. Pero aun juntando el total de votos de “izquierda”, no suman lo suficiente para poder gobernar. ¿Qué queda por hacer? Es evidente que la “derecha” ha venido ganando lo que Gramsci denominó la “Batalla Cultural”. 

Falta escasamente un año para las Elecciones Generales y lo que se entiende por Izquierda debe reformular una opción electoral que consiga tres objetivos: A) Generar un ámbito de unidad de acción. B) Proyectar la urgente necesidad de retomar la gestión pública de lo público. C) Aprobar un código ético para quienes en esas formaciones de izquierda se dediquen a la política, similar al de Adelante Andalucía. Concentrar el voto de quienes votan izquierda por la defensa de lo público, factor común en toda ella. Dar ejemplo de vida política para que de esta forma las gentes hastiadas de tanto “politiqueo” puedan recobrar la confianza y abandonar el absentismo electoral, apoyando una opción de izquierdas claramente definida.

Hará falta mucho más, sin duda, sobre todo en los canales de comunicación, redes, medios, etc., sin olvidar el poder del “ejemplo de vida”, haciendo efectiva que la militancia de quienes creen en un mundo mejor se impliquen en los movimientos vecinales, sociales, sindicales, comunitarios… porque también ahí se da la “batalla cultural”. Lo suyo es no perder tiempo, ya que hay bastante quehacer. Sumar más de 11 millones de votos dentro de un año no será tarea fácil.


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