No son sólo memoria
Escribo estas líneas con los ojos empañados y el corazón encogido por una emoción que arrastro desde la infancia. En mi casa, el dolor nunca fue una cifra en un libro de texto; fue una silla vacía, un susurro que se cortaba cuando entrábamos los niños a la habitación y una fotografía en blanco y negro oculta al fondo del armario nos estremecía. Durante noventa años, el franquismo primero y el silencio de nuestra democracia después, nos obligaron a vivir con un duelo suspendido en el aire. Nos impusieron la crueldad de no tener un lugar donde dejar una flor, obligándonos a mirar al suelo del Cementerio de Vegueta sabiendo que allí, en una triste fosa despojada de nombres, yacía la carne de nuestra carne. Por eso, el acuerdo de ayer de la Agrupación FFCC Vegueta con el ministro de Política Territorial y Memoria Democrática, Ángel Víctor Torres Pérez, para iniciar de inmediato los estudios y las excavaciones arqueológicas, no es mero trámite administrativo. Es un abrazo que viaja en el tiempo. Es la promesa de que la tierra, por fin, va a devolvernos lo que nos fue arrebatado.
Para quienes llevamos el peso de esta ausencia, cada día de espera ha sido una pequeña punzada de dolor. Pienso en mis padres, en mis abuelos y tíos, que se marcharon de este mundo con la mirada gastada de tanto esperar una llamada, con la pena infinita de morir sin saber si el cuerpo de su padre descansaba bajo el escombro y el barro del olvido premeditado, si había sido devorado por la salinidad del mar. Este pacto llega dolorosamente tarde para ellos, pero es la victoria de las lágrimas, de la tenacidad, de la resiliencia y la terquedad de esta Agrupación de Familiares, integrada por personas íntegras y honradas. Nadie nos ha regalado este derecho; lo hemos defendido con amor frente al frío siniestro y las burlas de los despachos oficiales que durante décadas prefirieron que el silencio lo cubriera todo.
Detrás de cada cata arqueológica que se realice y de cada muestra de ADN que entreguemos con las manos temblorosas, hay una historia de amor truncada. Las investigaciones de personas comprometidas con nuestra memoria, nos han permitido poner luz en mitad de la niebla. Gracias a su reconstrucción del horror sabemos que allí abajo, bajo los antiguos cuarteles, no hay extraños: están nuestros seres queridos. El dolor adquiere un rostro cuando leemos testimonios tan desgarradores como los recopilados en mis libros o en mi blog «Viajando entre la tormenta», que rescata la memoria viva y los perfiles humanos de aquellas personas de bien que luchaban por la democracia, por un mundo mejor.
Allí abajo late la historia rota del último alcalde de San Lorenzo, Juan Santana Vega, la de sindicalistas como mi propio abuelo Francisco González Santana. Pero la tierra guarda muchos más nombres que la investigación ha ido desenterrando del olvido. Buscamos también a Juan del Peso y al trágico grupo de hombres represaliados de Telde, arrancados de sus hogares para no volver jamás, los comprometidos luchadores por la libertad de La Isleta y muchos, muchos más cuyos nombres han intentado borrar de la historia. Sentimos el eco de los fusilados en los campos de tiro de la Isleta, y la injusticia cometida contra intelectuales comprometidos como el periodista lanzaroteño Manuel Fernández. Vegueta alberga además el dolor de la veintena de militares republicanos procedentes de los cuarteles coloniales de Sidi Ifni y Cabo Jubi, hombres que pagaron con la vida su lealtad al orden constitucional. E incluso nos estremece el recuerdo de los sanitarios del Hospital San Martín, aquellos hombres y mujeres dedicados a curar que terminaron siendo brutalmente ejecutados y arrojados por el acantilado de la Marfea. No eran meros nombres en un expediente militar; eran padres que dejaron cartas de despedida desgarradoras, esposos que adoraban a sus mujeres y jóvenes idealistas cuyo único delito fue soñar con un mundo más justo. Los arrojaron al fondo de cada frio cuartel, amontonados, recorriendo la ciudad en los “camiones de la carne”, dejando un reguero de sangre que atravesaba todo el municipio capitalino de Las Palmas, intentando borrar su rastro y su dignidad, pero no sabían que su recuerdo se quedaría grabado a fuego en el alma de sus descendientes.
Por eso, resulta profundamente doloroso ver cómo la búsqueda de nuestros muertos sigue siendo objeto de desprecio y cálculo político. Quienes hoy, desde posiciones de poder institucional en las islas, niegan los presupuestos para la memoria o dilatan con frialdad burocrática los permisos, demuestran una preocupante falta de humanidad. Equiparar el deseo de enterrar a un abuelo con «querer reabrir heridas» es un acto de una crueldad infinita. No nos mueve el rencor, nos mueve el amor más puro. El negacionismo que asfixia los fondos para abrir las fosas no es una postura política; es perpetuar el desamparo de las familias, obligando a los pocos hijos que quedan vivos a envejecer con la angustia de no poder cerrar su historia. Cada traba administrativa, cada silencio despectivo de la derecha y la extrema derecha local, es como volver a arrojar tierra sobre los cuerpos de nuestros abuelos, intentando enterrar su dignidad por segunda vez.
Los estudios documentales y las excavaciones que ahora comenzaran “de forma inmediata”, según el ministerio en el cementerio de Vegueta, son un acto de amor y de sanación colectiva que trasciende las siglas políticas. No estamos abriendo una fosa para desenterrar odio; la estamos abriendo para liberar la verdad y rescatar a nuestros familiares de la oscuridad y del anonimato al que los condenaron sus verdugos. Cada tubo de ensayo con nuestra saliva, cada hueso que se recupere con mimo científico de la tierra canaria, será un paso hacia la paz que nos fue negada. Seguiremos vigilantes al pie de la fosa, protegiendo cada avance de los técnicos, porque les debemos la vida y el recuerdo. Romper y abrir las toneladas de tierra de Vegueta es, al fin, poder mirar al universo y decirle a los nuestros que la espera ha terminado, que nunca nos olvidamos de ellos y que, por fin, se abre una esperanzadora posibilidad de vuelta a casa.
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