Orcos

Cuando se utiliza el insulto y se transforma en enemigo al adversario, podemos decir que se vulnera toda regla democrática para dar paso a otra cosa.
Ya no es solamente el ciudadano el que elige a su gobierno, sino que son las élites las que construyen los relatos que luego repetirán los vecinos en la feria, en el supermercado o en la peluquería.
Las élites tecnológicas se mueven por intereses concretos. Para eso disponen de organizaciones, fundaciones, medios de comunicación y pseudomedios.
También de inteligencia sobre redes y partidos.
Poseen el negocio de la idiotización colectiva y se mueven mucho mejor en el caos que en el orden y la convivencia.
Sus lacayos políticos (partidos políticos) utilizan las emociones para llegar al hombre y a la mujer común, siendo los jóvenes su principal materia prima.
No hay forma de legitimar sus relatos si no es a través de la creación machacosa de miedos e incertidumbre.
El poeta y director de cine, Pier Paolo Pasolini, ya lo advertía en los albores de la década del 70 cuando decía que la sociedad italiana le tenía más miedo a la pobreza que al fascismo.
Es decir, que a la hora de decidir, decidiría no ser pobre a no ser fascista.
Por eso el fascismo podría venir de la mano de un obrero, de un juez o de un político de saco y corbata.
Pasolini lo tuvo claro en la Italia de los años setenta.
En sus escritos, Tolkien diseñó una maravillosa y terrible Tierra Media en donde la armonía y la convivencia de una civilización estaban amenazadas por las oscuras sombras de Sauron y la búsqueda del poder supremo.
Los señores de la oscuridad no se detendrían para lograr sus fines y, si era necesario arrasar una civilización, lo harían sin inconvenientes.
Por estos días los orcos tienen nombre y apellido. Los vemos en la tele, los vemos en cadenas, los vemos en actos partidarios.
Insultan, amenazan, censuran, persiguen, matan.
Pero en esa actitud hostil yo veo nerviosismo. Las élites los han puesto allí para hacerse con fortunas inimaginables, pero no tienen mucho tiempo.
Cuando las sociedades descubren que fueron estafadas y que las emociones patriotas eran un señuelo para lograr apoyo, suelen movilizarse para reivindicar su poder y sus derechos.
Y en esas movilizaciones no está todo a favor de las élites.
A no ser que den por finalizada la era democrática e inauguren una dictadura tecnológica que nos arrase.
La pregunta sería: ¿sabemos diferenciar nuestros intereses reales de los inoculados por los orcos?
De cada uno de nosotros depende.

