Santos y pecadores • 19/11/2020

Sobre poesía, poetas y virtualidad

Sobre poesía, poetas y virtualidad

Poesía y poetas

La poesía es incandescente; el que escribe desnuda el alma.

Está expuesto porque no puede haber poesía sin desnudez, sin vísceras.

Pero es una exposición del alma, no es una pose. No es la reina en el palacio, ni el financista en el barco privado, ni el cuerpo joven semi desnudo, ni el auto último modelo.

La exposición del alma duele, consume, devora, porque transporta a quien escribe a un camino pedregoso, donde hay espejos, laberintos, aromas, luz y oscuridad. Hay desvelo por el misterio que es nuestra existencia.

Auto nombrarse poeta es muy presuntuoso; en algunas ocasiones puede ser romántico, pero el poema no tiene nada de romántico; es lacerante. Nos interpela, nos desafía, también nos quita las esquirlas y la auto proclama es una manera de descalificarse.

Hay quienes, en otro tiempo, dieron su vida por lo que creyeron, eran sus batallas.

Y fueron poetas, grandes poetas.

Urondo, Dalton, por ejemplo; Santoro, Bustos; Artaud, en algún punto. Fijman, abandonado en un neuro psiquiátrico.

Esto no quiere decir que la poesía determine esas circunstancias, sino que las circunstancias intervienen en la deriva de los poetas, de los seres sensibles, atravesados por el tiempo, la historia, la vida, en definitiva.

La poesía no nació para adornar vidrieras, para llenar de lugares comunes una boda, una relación o un plato de comida. La poesía, bien entendida, es hambre, es búsqueda, es desolación, es concebir un mundo misterioso e inexplicable que no encaja del todo en este mundo, que no quiere encajar.

La poesía no necesita de estatuas, de pedestales, de guetos donde la superficialidad se choca los codos entre sí, donde sonríen y se adulan mutuamente.

Cortázar es un buen ejemplo de escritor que, a su modo, reveló un costado poético, sin ser poeta. Él incluyó la poesía en su maravilloso mundo literario y le dedicó solo un libro, pero Juan L. Ortiz, según comprendo, nos ha mostrado una obra que no puede separarse de la piel, de la carne, de los aromas, del humo, del agua, de lo verde; también de la soledad, de los pocos amigos, de la observación. Ortiz transforma en palabras el paisaje que lleva adentro. Eso es desnudarse. Y, como buen buceador de los ríos íntimos, prefería la música de su entorno, estar lejos de los focos, de las cámaras, de los honores.

No se estudia para ser poeta; a lo sumo se pueden adquirir algunas técnicas o corregir estructuras, pero poeta se nace, porque es una forma de mirar, observar y sentir que, en determinado momento, volcamos en una hoja o no.

Virtualidad y poesía

A través de la virtualidad vamos construyendo un relato que nos va configurando lo que creemos ser. Y terminamos creyendo que somos eso, como si nuestra existencia se hubiera reducido a una pantalla, a unos cuantos «me gusta» y caritas diversas, a «seguidores» que van en manada detrás de vaya a saber qué espejito de color.

El poema nos viene a decir que la existencia es mucho más que eso; es un universo inabarcable que la virtualidad no puede resumir; es aroma a mate cocido, es la caricia que deja su ADN en nuestra piel, es la contemplación que Internet no puede simbolizar; es el encuentro de tus ojos y tus oídos con un pájaro que canta en el fondo de tu casa, es despedir con un beso en la frente a un ser querido que ha muerto y ese frío en los labios no puede ser representado en la virtualidad porque no se puede materializar virtualmente la energía que significa existir.

Julián Centeya fue un poeta que, al igual que Juan L, devolvió en palabras el mundo que lo atravesaba; pero era un mundo mucho más sufrido, más miserable. El mundo de Julián fue lastimoso, quejoso, lleno de impotencia ante la desigualdad social. Su poesía no tiene el lirismo de otros poetas, pero está desnuda, como su alma. No se guardó nada Julián. El mundo lo golpeó desde pibe, como a tantos y las grandes ciudades suelen ser cementerios perfectos para los convidados de piedra.

Quiero decir que la poesía no debiera ser banalizada por los mercaderes diversos, como tampoco la música, la pintura, la fotografía, el cine. El arte, en general, debiera ser un gran interrogante hacia esas masas que lo consumen; una flecha que atraviese esas masas y las disuelva en individuos que tienen cada uno su origen, su historia, sus olores, sus fotografías.

Así mismo, hoy en día, se suele asimilar una imagen poética, por ejemplo, con un amanecer, o con un crepúsculo; no está mal, si no desconocemos que también hay poesía en la tragedia.

En este sentido, hay un ejemplo que siempre viene a mi memoria y es el comienzo de la película Apocalipse Now, de Francis Ford Coppola: la selva vietnamita incendiada por bombardeos con napalm y el tema de The Doors, The End; es una sucesión de imágenes que provocan sentires trágicamente poéticos en quien pueda apreciar ese derivar. No todos están abiertos a estas cuestiones.

Hace unos años el escritor italiano Umberto Eco dijo una frase que me pareció genial: «Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas». Y más allá de que uno no tenga nada contra los idiotas que, por otra parte, tienen el derecho de reafirmarlo cada día, entiendo que la frase nos viene a decir, de manera sencilla y directa, que estamos atravesados por la legitimación virtual de esos personajes; lo que no quiere decir que sean valiosos o que contribuyan en algo a la confusión general.

Sin embargo, también la virtualidad nos ha ayudado a recuperar ciertos vínculos, a conocer personas creativas, a «acercarnos» a artistas que admiramos, a escuchar obras altamente virtuosas; pero no es lo que abunda.

Guetos

Con los años uno va modificando ciertas concepciones, descartando algunas cosas y aceptando otras. En cuanto a la poesía, el vasto mundo de enormes poetas ha producido alimento eterno para generaciones y generaciones. Contrariamente a lo que se piensa, la poesía «no vende», pero convoca más que otros géneros.

Hay muchos sitios, pequeños reductos, donde los seres se juntan a leer o a escuchar poesía.

La lengua no debiera ser un impedimento para acercarse a ella; debiera existir traducción simultánea para que cada uno reciba la letra en el idioma que desea.

De todos modos, le escapo un poco a esos sitios llamados «grupos literarios». Suelen ser merenderos de egos donde se reúnen los «prestigiosos de siempre» a la espera de ser barnizados con elogios al paso.

Eso le hace mucho mal a la poesía y también al arte en general. 

No conozco muchos espacios que sean realmente abiertos a nuevas expresiones, a desconocidos, a los que no portan apellidos; al contrario, se arman programas de radio, o lectura de poemas, o conciertos, o conversaciones, siempre con la misma tribu. Todo comienza y termina «entre amigos», porque hay una especie de jerarquización que no sale de lo afectivo. Se privilegia la afectividad en lugar de la creatividad.

Hay un elenco estable que va y viene a todos lados, que aparece en cuanto espacio se abre; eso es grave, pero más grave aún es que presuma de ser amplio y federal, cuando se comporta como cerrado y auto referencial.

Por eso admiro a Juan L Ortiz o a Cortázar, quienes, cada uno con su estilo, le escapaban a esos circuitos cerrados y preferían estar al margen de las vidrieras. 

O a Borges, una enormidad de poeta, tal vez el mejor. Creo que, más allá de sus creaciones y sus historias, no han sido hipócritas.

Néstor Alejandro Tenaglia


Santos y pecadores / 

Comunicador y escritor argentino: En 1989 comienza una experiencia comunicacional en Radio Nacional Esquel, Patagonia, Argentina, por lo cual es convocado por la Dirección Municipal de esa ciudad para realizar trabajos de prensa y difusión. A partir de 1992, en Buenos Aires, comienza el programa de radio "SANTOS Y PECADORES "que se extenderá en el tiempo hasta 2018. Allí vincula las letras con las entrevistas, convoca a importantes músicos, historiadores, artistas y vuelca periodísticamente todas esas experiencias en lo que se denomina "radio arte". Con una fuerte impronta en los derechos humanos, colabora para el periódico Madres de Plaza de Mayo, organismo mundialmente conocido. La poesía ha sido siempre la forma de encarar los proyectos comunicacionales, anclando las temáticas en cuestiones marcadas por sucesos históricos y también atemporales. Su trabajo comunicacional le ha valido algunos premios y varios reconocimientos. En 2005, la Editorial Dunken edita "La gran apuesta", antología poética donde participa con el texto "Mapuche". En 2020, Ediciones La Esfera Cultural (España) edita "El club de los relatores" donde participa con el texto "Un árbol gigante" siendo premiado entre más de seiscientos participantes. Actualmente reside en Gandía, Valencia, desde 2019.