Isaac Enríquez Pérez •  Opinión • 30/07/2020

La mentira y el rumor como dispositivos para la construcción del poder

“Si una mentira se repite mil veces de manera adecuada,

se convierte en verdad”

(Frase atribuida a Joseph Goebbels, Ministro para la Ilustración

Pública y Propaganda del Tercer Reich, 1933-1945).

La irradiación masiva de las llamadas fake news (noticias falsas) se amplifica con las redes sociodigitales y se fundamenta en la exaltación de las emociones por encima de la razón y los argumentos dotados de reflexión. Sin embargo, ello no es un fenómeno nuevo ni privativo de las sociedades contemporáneas o de aquellas subdesarrolladas como México. Es parte consustancial de la construcción del poder y de las estructuras que lo encauzan y profundizan. La disputa por la construcción de una narrativa que se erija en «la verdad», es uno de los dispositivos para controlar las conciencias, las mentes y los cuerpos, y para incidir en la cotidianidad de los individuos. Sin esa capacidad discursiva que abre cursos de acción, el poder y los respectivos contrapoderes fácticos, estarían desprovistos de legitimidad. Esto es, el emperador quedaría desnudo y sus intereses creados (sus hidden goals) serían evidenciados a flor de piel.

En principio, el poder es una adicción delirante que nubla y empequeñece el entendimiento; encubre y distorsiona la realidad y tergiversa la palabra; y, conforme se consolida o languidece, abre cauces a la reacción, el conservadurismo y la entronización del statu quo. De ahí que la mentira sea una forma de violencia; una manera de suplantar la razón y ningunear a «el otro». Lo que ahora se denomina como post-verdad, desde siempre fue denominado como mentira y negación de lo factual; lo que hoy se denomina como fake news, en otros tiempos se llamó rumor. Y ambos, en las sociedades contemporáneas, trivializan nociones como la distinción verdad/mentira, al tiempo que siembran y esparcen la desconfianza, el sectarismo y el odio respecto a aquello que se cuestiona desde la reacción y desde los beneficiarios de las estructuras de poder, dominación y riqueza.

Detrás de la mentira y el rumor subyace un vaciamiento del lenguaje y un arrinconamiento de los conceptos fundamentados en el razonamiento y el rigor analítico. Ello marcha a la par del encubrimiento de la realidad a través de los velos del prejuicio, así como de un silenciamiento de aquellas otras posturas y saberes que planteen miradas alternativas sobre la vida pública.

La mentira y el rumor no solo socavan la palabra, sino que contribuyen a la configuración de nuevas significaciones y a la construcción de causas ideológicas atractivas para los seguidores. De ahí que el lenguaje se erige en la principal arena donde se disputa la construcción del poder en las sociedades contemporáneas. En estas disputas, juegan un papel crucial el odio, la “rotulación” o estigmatización, el resentimiento, el sectarismo, el racismo y el clasismo, como botones propulsores de las emociones de las audiencias pasivas y acriticas.

Para la irradiación y masificación del rumor basado en la mentira, se precisa de sociedades polarizadas (confrontadas), desinformadas (pese a su acceso a las tecnologías) y vaciadas del mínimo sentido de cultura política. Por esos resquicios abiertos se filtra la intransigencia y los oídos sordos que esculpen la vanidad y la mezquindad de quienes intervienen en la praxis política. El tema tiene implicaciones profundas pues, si bien, la mentira y el rumor generalizado se fundamentan en el descrédito y el ninguneo de «el otro», ello va más allá cuando, en sí, entrañan el socavamiento de la vida pública y el asalto y defenestración del Estado.

Más aún, la configuración de la era de la desconfianza, no solo desvanece el sentido de la noción de comunidad y abona a la entronización del individualismo hedonista; sino que la misma crisis institucional de las sociedades contemporáneas –relacionada dicha crisis con la desilusión y el desencanto masivos ante las promesas incumplidas por el mercado, el Estado y sus valores liberales (que mutaron en valores conservadores)–, ahonda la atomización de los individuos, exacerba dicho individualismo y minimiza las posibilidades de certidumbre. “Todo lo sólido se desvanece en el aire” (frase introducida por Marshall Berman), no solo es un enunciado bien acomodado, sino que justamente remite a ese desgajamiento de los valores absolutos e instituciones implantados y emanados del movimiento filosófico/ideológico de la ilustración europea que brindaron certezas y seguridades a los individuos y sociedades en la era del capitalismo. Perdida la fe y la confianza en el Estado como macroestructura capaz de impulsar y conducir el cambio social y de resolver los problemas sociales más inmediatos a los ciudadanos, éstos perdieron referentes para su actuación en la vida pública y para construir sentido de comunidad y lazos confiando en “el otro”. Socavada esa confianza en los demás y erosionada la cohesión social, los hechos pierden relevancia. Es el destierro del mundo factual, la emergencia del negacionismo y el ascenso masivo de lo que los psicólogos denominan como el efecto de la «ilusión de verdad».

Detrás de la mentira y el rumor, afloran confrontaciones facciosas propias de las élites políticas y empresariales que pretenden afianzarse en las estructuras de poder y dominación. A través de las campañas negras del ataque y el miedo afloran y avivan los prejuicios y fragmentan a la población en una lógica maniquea (negro o blanco; “conmigo o contra mí”; aquel es el rival a vencer y destruir) con la finalidad de atraer adeptos a partir del ataque infundado, la denostación y la ridiculización del otro, del asumido como enemigo por alguna de esas facciones de las élites. Por ejemplo: “López Obrador es un peligro para México” en el 2006; Donald Trump es un enfermo y retrasado mental, un psicópata, un acosador, un racista, acusan su adversarios de las castas y dinastías beneficiarias del complejo militar/bancario/tecnocientífico/financiero/cinematográfico/comunicacional; “el populista de Nicolás Maduro es un dictador”; “no hacen nada. Más de un billón de reales al año estamos gastando en ellos. No sirven ni para procrear», Jair Bolsonaro refiriéndose a los brasileños afrodescendientes. Con la mentira y el rumor terminan por encubrirse los poderes fácticos y los intereses creados en una sociedad; al tiempo que se azuza a las masas para que tomen partido a favor de esos intereses creados y ocultos. Se les irrita a partir de la construcción de un “enemigo imaginario” (pobres, terroristas, psicópatas y locos, machistas, migrantes, narcotraficantes, huachicoleros, corruptos, etc.) al cual destruir para legitimar el ascenso y ejercicio del poder por parte de esa élite que gana la partida –o bien, que está a punto de perderla o la perdió– en cierta coyuntura.

El síndrome de la post-verdad se orienta –a partir de la manipulación emocional y la generalización de una débil o ausente cultura ciudadana– a la «búsqueda del enemigo perfecto» para someterlo al (pre)juicio de las multitudes ciberespaciales y derivarlo a su crucifixión en los nuevos escenarios de la plaza pública virtual. Es una forma de lapidación contemporánea, simultánea y en tiempo real. Ello se relaciona con otro fenómeno más amplio: la expansión del dislocamiento de la praxis política respecto a la realidad y sus lacerantes problemas públicos –lo cual es una de las expresiones de la crisis (des)civilizatoria contemporánea– (https://bit.ly/2OdSmBL), que conduce a que los tomadores de decisiones y las élites asuman a la realidad como una ficción fantasmagórica, que amerita configurar un discurso encubridor y regido por la manipulación emocional y la mentira.

Esta crisis (des)civilizatoria –que subyace en el desencanto y malestar en la democracia y con la democracia– no ofrece las condiciones ni abre las puertas para la construcción de propuestas políticas o el planteamiento de proyectos de nación. Al incentivarse la denostación, la trivialización, el espectáculo, la exaltación de las pasiones, y la mentira encubierta que se hace rumor al magnificarse, no solo se sepulta el pensamiento utópico y la capacidad para pensar alternativas de sociedad, sino que también se le resta valor a la praxis política como forma de organización orientada a la negociación y la eventual solución de los problemas públicos. De ahí que, de los proyectos de conciliación nacional, la praxis política contemporánea se orienta a cimbrar el odio y a atizar la polarización y la fragmentación social, a partir de una cultura del miedo, el ninguneo del «otro» y la mentira que entraña la post-verdad y las fake news como dispositivos de control social. No solo es una crisis de las ideologías y una entronización del pragmatismo, sino una lucha desgarrada del poder por el poder mismo. Y, en esa lucha, la palabra y el control de la misma y de sus contenidos semánticos, juegan un papel crucial.

A grandes rasgos, tanto el patrón de acumulación como sus estructuras de poder, precisan de una dominación fundamentada en el control cotidiano de las mentes, las conciencias y los cuerpos, así como de una tergiversación semántica (una distorsión conceptual, diríamos) que vacíe de contenido al lenguaje y a la realidad misma y que sirva para irradiar el miedo con miras a anteponer las emociones por encima de la razón y los argumentos. La mentira y el rumor cumplen esa función, y tienen como correlato la pérdida de sentido en la política; lo mismo en México que en el resto de las sociedades. Solo que la situación se agrava en aquellas naciones subdesarrolladas donde se radicalizan las disputas por el poder y las luchas sordas entre las élites que pretenden alcanzarlo. De ahí la importancia de reivindicar y reinventar la palabra; evitar la distorsión conceptual; y construir cultura(s) política(s) informada(s) que trastoquen la correlación de fuerzas en las estructuras de poder y conduzcan los debates públicos hacia las problemáticas reales, más allá del narcicismo, el protagonismo, la vanidad y la mezquindad. A ello abonaría la capacidad del ciudadano para informarse de manera efectiva y opinar críticamente; esto es, formarse a través del pensamiento crítico (https://bit.ly/2BMr039). Entendiendo por critica, no destrucción de “el otro”, sino imaginación creadora y creativa para dialogar, para (de)construir, contrastar y debatir ideas y proyectos de nación y para configurar posibles alternativas de sociedad que nos alejen de la (in)cultura política fundamentada en las entrañas, los instintos despectivos y en los intereses creados. 

Académico en la Universidad Nacional Autónoma de México.

Twitter: @isaacepunam


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