Carlos Taibo •  Opinión • 24/03/2020

Sobre usos perversos de la doctrina del shock

No faltan las reflexiones que atribuyen al capital una capacidad omnímoda de control sobre lo que ocurre en estas horas en el planeta. Según la versión más extrema de esas reflexiones, el capital, al menos en alguna de sus modulaciones, estaría en el origen de la aparición del coronavirus y habría previsto de forma meticulosa la expansión de éste en el tiempo y en el espacio. No sólo eso: tendría puntillosamente preparados los mecanismos de ratificación de la explotación de los desheredados –y, con ellos, de control y represión de poblaciones enteras- que se palpan o se adivinan en tantos lugares. No sé si por detrás de la percepción que gloso no hay sino un resabio, tardío y un tanto patético, de la dramática idealización de las capacidades del capitalismo que arrastraron en muchos de sus textos, un siglo y medio atrás, Marx y Engels.

Es frecuente que la visión que me ocupa invoque una argumentación que, muy sugerente, debe ser administrada, sin embargo, con prudencia. Me refiero a una doctrina, la del shock, que se vincula con el nombre de Naomi Klein. Nada tengo que oponer a las consideraciones, extremadamente lúcidas, que Klein ha realizado en lo que respecta, por ejemplo, a la activa turistificación que cobró cuerpo en las costas orientales de Ceilán luego del tsunami de 2004 o a la privatización salvaje que los gobernantes estadounidenses desplegaron en Nueva Orleans en 2005, tras los estragos provocados por el huracán Katrina. Debo subrayar, aun así, que esos dos ejemplos, y algunos más, no remiten tanto a la capacidad del capital para generar interesadamente problemas como a su talento a la hora de aprovechar éstos una vez se han hecho manifiestas situaciones delicadas. De la mano de un argumento paralelo, creo que sería absurdo concluir que el presidente español, el señor Sánchez, tenía en mente desde hace tiempo un prolijo plan de control y represión de la población, habida cuenta de que, conforme a determinada visión de los hechos, y permítaseme la ironía, la ley mordaza no daba para mucho. Otra cosa es que se afirme, y esto sí merece atención, que algunos de quienes mueven muchos de los hilos del planeta –los que convierten en meros títeres a Sánchez y a tantos otros gobernantes- contemplan expectantes cómo se desarrollan los hechos en ese terreno, el del control y la represión, a efectos de preparar escenarios futuros.

Pero, y más allá de lo anterior, la lectura del libro de Klein puede conducir a la conclusión, equívoca donde las haya, de que el capital se mueve en todos los escenarios con la presteza y la lucidez que demostró en Ceilán y en Nueva Orleans. Los hechos invitan a concluir, antes bien, que un capitalismo aberrantemente cortoplacista, inmerso en la rápida obtención del beneficio más descarnado, incapaz de imponerse frenos y carente de un plan de futuro que merezca tal nombre sigue campando por sus respetos. Esto aparte, convertir la doctrina del shock en una macroexplicación que dé cuenta de manera cabal y rigurosa de la condición del capitalismo contemporáneo es, como poco, delicado. Parto de la firme convicción de que ese capitalismo, pese a algunos juegos de apariencias, no es tan capaz como lo interpretan quienes se adhieren a pies juntillas a una interpretación simplota de lo que reza esa doctrina.

Nada de lo que acabo de señalar significa que no debamos prestar atención a un incipiente ecofascismo que a buen seguro contempla con mucha atención la irrupción fulgurante de proyectos jerárquicos, autoritarios e hiperrepresivos, y, con ella, el paralelo asentamiento de increíbles formas de servidumbre voluntaria. Si hoy por hoy el fenómeno correspondiente tiene un relieve limitado, mal haríamos en desdeñarlo o, lo que es lo mismo, mal haríamos en dejar de contestar esos proyectos y en abandonar la construcción, en paralelo, de realidades vinculadas con la resistencia, la autogestión y el apoyo mutuo. No nos dejemos engatusar por la conclusión de que nada podemos hacer frente a un capitalismo que, inmerso en salvajes contradicciones, no es, en cualquier caso, tan omnisciente y omnicontrolador, aunque pueda ser tan omnirrepesivo, como parece. Prestemos atención, eso sí, al camino que empiezan a seguir algunos de sus segmentos más criminalmente conscientes.

Fuente: https://www.carlostaibo.com/articulos/texto/?id=660


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