Paco Campos •  Opinión • 20/03/2019

Cómo acceder a los objetos

Pensamos muchas veces que cuando nos las vemos con un objeto o conjunto de ellos, lo identificamos porque nuestro yo y la entidad en cuestión quedan inseparablemente descritos por mor de una especie preconceptual por la que accedemos a ellos de un modo cognitivo. Los empiristas ingleses achacaban esto a que transformamos las cualidades primarias de los objetos concernientes a la vista, el tacto, el oído, el gusto y el olfato en sensaciones, y las podíamos entonces manejar a nuestro antojo y ponerles los nombres, sin advertir con ello que una cosa es nombrar y otra decir.

Kant, sale de ese psicologismo inglés y se adentra en el ámbito de la subjetividad y con ella en la transcendentalidad mediante un relato sobre las intuiciones sensibles de carácter espacio-temporal en el que el yo del sujeto construía el fenómeno de la percepción a modo de una fábrica de sensaciones, emulando así con la teoría absoluta del espacio-tiempo newtoniano; de este modo el sujeto se convierte en una especie de ámbito de la verdad porque en él se produce la jodida identidad, por la cual el ser humano lucha desde los tiempos de Platón o Buda.

Sin embargo todo este follón metafísico se resume en dos prácticas activas que desarrollamos desde nuestro nacimiento: una es la distinción entre decir y nombrar, y otra la del aprendizaje de la gramática de los conceptos, esto es, del uso adecuado de las palabras, que permitan la comunicabilidad, y que impidan que nuestras cabezas se despeñen pensando en nosotros mismos como ‘un-tal-que’ que  funciona al margen de los demás.


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