Laura Sebastiá, autora de la novela “Los hijos del vacío”: “Escribo para que, al cerrar el libro, el lector no pueda seguir mirando hacia otro lado”
“Creo que el vacío es el gran protagonista de nuestro siglo”. Con esa contundente frase, la escritora Laura Sebastiá (Castellón, 1978) revela algunas de las claves de su novela “Los hijos del vacío. La autora ha escrito un thriller psicológico que contiene un detonante de emociones. Andrés es un treintañero que un día echa la mirada atrás y se enfrenta a su pasado, tiempo en el que para ganarse el respeto cruzó límites junto a una pandilla que optó por el narcotráfico.
Sebastiá presenta una novela que emociona y entretiene sí, pero su propuesta “no termina en el libro: me ofrezco personalmente para visitar los centros que acepten esta lectura y realizar charlas con los chavales”.

Pregunta: – Tu novela se ubica en la corriente “ficción con propósito”. ¿Cuál es el objetivo de tu literatura?
Respuesta: – Para mí, escribir no tiene sentido si la historia se queda en la superficie. No escribo para crear relatos planos, vacíos o que dejen al lector igual que estaba. Mi objetivo es que mi literatura sea un puente: quiero que, al leer, la gente pueda mirar de frente lo que pasa realmente en nuestras casas, en los patios de los institutos y en la calle. Al final, es un reflejo de lo que ocurre en el mundo que nos rodea.
Mi literatura tiene un propósito claro porque nace de la escucha y del deseo de entender. No quiero juzgar a nadie (ni a los chavales ni a sus familias), sino poner el foco en lo que está ocurriendo hoy en día. Escribo para que, al cerrar el libro, el lector no pueda seguir mirando hacia otro lado, para que mi historia remueva algo por dentro y sirva de excusa para hablar de todas esas cosas incómodas que, por miedo o por falta de costumbre, preferimos ignorar.
P: – ¿Escribes para entretener o para conmocionar al lector?
R: – Escribo para las dos cosas, porque para mí la escritura no tiene sentido si estos dos elementos no van de la mano. Aunque estemos hablando de un thriller psicológico o de una historia basada en hechos reales, si estamos dentro del terreno de la ficción, el libro tiene que atraparte y, al mismo tiempo, removerte por dentro.
Lo más bonito que podemos conseguir los escritores es llegar a esas dos partes. Por un lado, quiero que la lectura sea ágil, que el tiempo se pase volando y que el lector no pueda soltar el libro. Pero, por otro, quiero que al cerrarlo le quede ese «sabor de boca», esa emoción que te obliga a darle vueltas a lo que acabas de leer. Mi mayor satisfacción es que alguien me diga: «Ostras, este libro me ha servido para algo; me ha ayudado a entender algo de mi vida o a solucionar algo dentro de mí». Para mí, eso es el éxito real.
P: – ¿” Los hijos del vacío” es un detonante de emociones y de realidad?
R: – Sin duda. Esta historia es, fundamentalmente, un caos de emociones desordenadas que los personajes no saben gestionar. Al no saber ponerles nombre, al no saber cómo organizarlas y, sobre todo, al no pedir ayuda, se acaba produciendo un estallido. La novela está llena de golpes de realidad: situaciones que vemos en el día a día y que ocurren precisamente por esa incapacidad de gestionar lo que nos pasa.
En el caso de los adolescentes, el problema es ese silencio, el no hablar con sus familias o con los adultos a su cargo. Y en el caso de los adultos, a veces es el ego el que nos domina; esa falsa creencia de que ya lo sabemos todo y que no necesitamos escuchar ni aprender. Por eso, Los hijos del vacío funciona como un detonante total: es una explosión de vivencias que golpean porque son reales. Son realidades que incomodan, que son duras, pero también realidades que esconden esperanza. Estoy muy orgullosa de haber contado este «batiburrillo» de sentimientos, porque al final es la vida misma: un camino complejo donde, si te atreves a pedir ayuda y a hablar, todo cambia.
P: – Andrés, a sus treinta y tres años, echa la vista atrás y ve el fondo de su historia personal, pero también de la historia de una pandilla que creyó que el respeto se ganaba cruzando líneas extremas. ¿Qué ve Andrés en ese viaje a su pasado?
R: – Al mirar atrás, Andrés ve pasar toda su vida como si fuera una película. Es un viaje donde se encuentra con todo lo que hizo mal, pero también con todas esas veces en las que las cosas podrían haber sido diferentes. Lo más importante es que Andrés llega a esa etapa de su vida aceptando su pasado; intenta rescatar el aprendizaje de cada error y convertirlo en algo útil. Su misión al contarlo, a través de sus propios ojos y de los de su pandilla, es activar una alarma necesaria en la sociedad: para los padres, para los centros educativos y para cualquiera que tenga cerca a un adolescente. Quiere mostrar lo difícil que es crecer y lo increíblemente fácil que es equivocarse de camino cuando te sientes perdido.
Al echar la vista atrás, Andrés ve al niño que fue y lo reconcilia con el hombre en el que se ha convertido. Es un relato de crecimiento personal marcado por baches, obstáculos, aventuras, risas, lágrimas y ese amor y desamor que te forma a golpes. Sin entrar en spoilers, su historia es una contradicción constante que al mismo tiempo debemos y no debemos seguir. Andrés tiene mucho que contar, y echar la vista atrás era la única forma posible de que su voz sirviera como advertencia y como guía para otros.
P: – Andrés, Nora, Lara, Nero, Gonzalo y Marc, integran la pandilla. ¿Cuál es el perfil de cada uno de estos personajes?
Andrés: Es el hilo conductor y quien nos cuenta la historia. Es un chaval que carga con un profundo complejo de inferioridad, una inseguridad que intenta compensar adoptando una actitud de «malote». Se convierte en el colíder y la sombra de su mejor amigo, dejándose arrastrar por la necesidad de encajar y de demostrar algo que, en el fondo, no siente.
Nora: Representa la lucha constante contra la falta de autoamor. Es una chica con muchísimos complejos que, al no tener una autoestima fuerte, toma decisiones muy dañinas. Para intentar gustar a los demás y llenar ese vacío interno, se pone en situaciones vulnerables y se pierde muy pronto en los excesos, siendo su peor crítica.
Lara: Es la imagen de la contradicción. Es espectacular, la chica a la que todos miran al pasar, pero detrás de esa fachada hay una personalidad egocéntrica y profundamente destructiva. Es egoísta y, sin duda, es el personaje que más va a dar que hablar por el rastro que deja a su paso.
Nero: Es el pilar sobre el que se sostiene la historia y el líder natural. Es inteligente, magnético y tiene una sed de adrenalina que contagia a todo el grupo. Sus palabras tienen un poder inmenso; es capaz de arrastrar a cualquiera a hacer lo que él quiera simplemente por esa forma tan envolvente que tiene de vivir.
Gonzalo: Es la vulnerabilidad hecha persona. Es ese amigo al que todos acuden cuando tienen problemas, el confidente, pero él es incapaz de abrirse con nadie. Introvertido y sintiéndose siempre como el «patito feo» de la pandilla, guarda todo lo que siente bajo una coraza que le hace mucho daño.
Marc: Es el inteligente y guapo que, paradójicamente, no se lo cree. Siempre intenta pasar desapercibido, pero es una bomba de relojería. Cuando explota todo lo que lleva dentro y no sabe nombrar, acaba cruzando líneas que nunca pensó que cruzaría; la situación simplemente se le va de las manos.
P: – “Los hijos del vacío” es un thriller emocional que mantiene al lector atrapado en una historia que tiene mucho de aventura, pero también es una novela que sacude nuestra comodidad. ¿Un equilibrio pensado para abrir los ojos a la sociedad?
R: – Totalmente. Es un equilibrio buscado precisamente porque necesitamos despertar. Hay lectores que se sienten profundamente identificados con la historia, mientras que otros prefieren creer que esto es solo ficción o «cosas de películas», cuando la realidad es mucho más cruda y cercana. Tras más de un año de trabajo de investigación y de entrevistar a personas inmersas en este mundo, el impacto de lo que ocurre hoy en día es innegable. Basta con mirar las noticias: el narcotráfico en nuestro país crece y se profesionaliza, y los narcos tienen claro que el eslabón más fácil de manipular es el joven, ese que busca una salida rápida a sus vacíos.
Necesitamos abrir los ojos en casa y como sociedad. Hay que dejar de normalizar el consumo de sustancias bajo la excusa de que «todo el mundo lo hace» o de que es algo propio de la edad. Debemos entender que quien recurre a la evasión, en el fondo, está ocultando un problema. Otras generaciones ya recorrieron este camino y vimos cómo terminó; ¿por qué seguimos tropezando en la misma piedra? Sé que es un tema difícil de abordar sin molestar, pero si hay que incomodar para empezar a solucionar este problema, hay que hacerlo. Mi novela está pensada para eso: para ser un altavoz, un mensaje que llegue a los padres, a los jóvenes y a las aulas. La literatura es un medio valioso, a veces el único, para expresar verdades que nos duelen pero que ya no podemos permitirnos seguir ignorando.

P: – Siempre se ha dado por sentado que los adultos no entienden a la juventud, como si ser adulto significara olvidar que un día se fue joven. ¿La juventud actual padece de mayor indiferencia social?
R: – Más que indiferencia, creo que estamos viviendo una desconexión provocada por cómo educamos. No es verdad que a todos los adultos se les haya olvidado su adolescencia; el problema es que hoy estamos haciendo lo contrario a lo que necesitan. Sobreprotegemos a los niños y, para compensar nuestras ausencias, los llenamos de cosas: les damos todo lo que piden, les compramos el último móvil o el videojuego de moda pensando que así los hacemos felices. Pero lo que estamos haciendo es sustituir nuestro tiempo y nuestro cariño por objetos. Les ponemos una pantalla delante desde muy pequeños para que no nos molesten, y luego, cuando llega la adolescencia y nos responden mal, nos sorprendemos.
Tenemos que aprender cómo funciona realmente la mente del adolescente. No todo son «cosas de la edad». Cuando tu hijo está muy callado o deja de hablarte, a menudo es una señal de alerta; es el momento de hacernos preguntas incómodas como padres. Muchos de los jóvenes a los que he entrevistado me confesaban que sus padres no sabían lo que consumían simplemente porque estaban «demasiado ocupados trabajando para darles todo lo que querían». Al final, los estamos acostumbrando a que tengan de todo, pero les falta lo único que realmente importa: nuestra atención plena, nuestra escucha real y, sobre todo, tiempo de calidad.
P: – ¿El vacío es una característica del siglo XXI?
R: – Sin duda, y es algo verdaderamente preocupante. Creo que el vacío es el gran protagonista de nuestro siglo, y es una realidad que aterra. Solo hay que ver cómo las consultas de psicología están completamente desbordadas; la salud mental debería ser una prioridad absoluta en nuestra sanidad porque la gente está sobrepasada, muchas veces sin saber siquiera identificar qué es lo que siente, lo que los lleva a tomar decisiones equivocadas constantemente.
Ese mismo vacío está detrás de lacras como el bullying en colegios e institutos: personas que, sintiéndose vacías por dentro, buscan hacer daño a los demás para proyectar su propio dolor. Y es una pena, porque nos estamos olvidando de que ese vacío se puede llenar con cosas maravillosas, gratuitas y accesibles. Nos falta valorar la «dopamina de la buena»: un abrazo sincero, un paseo, una charla de verdad con alguien que te quiere, dedicarse tiempo a uno mismo o hacer deporte. Tenemos al alcance de la mano gestos tan poderosos como un «estoy aquí y no te voy a soltar», pero no les damos valor porque son gratuitos. Es urgente que nos demos cuenta de lo fácil que puede ser llenarse de verdad, antes de que el vacío termine de consumirlo todo.
P: – No te conformas con haber escrito y publicado “Los hijos del vacío”, ahora quieres llevar el libro a escuelas e institutos. ¿En qué consiste este plan?
R: – Mi plan consiste en romper la barrera que existe entre la literatura y la realidad de los jóvenes. Normalmente, cuando se habla de prevención en los institutos, se recurre a charlas de la policía o de personas que han pasado por la cárcel; son iniciativas valiosas, pero a menudo los alumnos las perciben como una «chapa». Lo que yo propongo es usar la literatura como puente. A través de la historia de esta pandilla, es imposible que no se sientan identificados con uno o con varios de los personajes, y eso abre una puerta natural para hablar sin filtros de sus acciones y de las consecuencias reales que tienen.
Creo que debemos replantearnos seriamente qué libros estamos obligando a leer en los centros. Muchos jóvenes odian leer precisamente porque les imponemos obras que no conectan con su lenguaje, su jerga o sus inquietudes actuales; a mí misma me pasaba cuando era adolescente. No digo que debamos olvidar nuestros clásicos, pero el mundo ha cambiado y tenemos que ser más flexibles: si queremos atrapar a los chavales en la «adicción» a la lectura, debemos ofrecerles historias que hablen en su idioma y que les resulten cercanas.
Mi proyecto es unir una lectura que realmente les apasione con un mensaje necesario sobre la salud mental y las adicciones. Si les damos libros que les motiven y dejen de ser un «ladrillo» aburrido, evitaremos que tengan que recurrir a la inteligencia artificial para hacer trampas en los exámenes. Necesitamos atraerlos, hacerles disfrutar y, a partir de ahí, construir una conciencia crítica.
Por supuesto, mi propuesta no termina en el libro: me ofrezco personalmente para visitar los centros que acepten esta lectura y realizar charlas con los chavales. Creo que conocer a la autora y profundizar en la historia de primera mano puede ser una experiencia muy transformadora para ellos. Cualquier instituto o profesor que quiera poner en marcha este proyecto conmigo, puede ponerse en contacto directamente a través de mis redes sociales. Estoy deseando que hagamos algo muy chulo y necesario juntos.
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