Andreu Fernández •  Cultura •  17/08/2026

Entrevista con el escritor Víctor Kane: “No me interesa que el lector cierre el libro pensando que ha conocido a unos personajes; quiero que sospeche que esos personajes lo han conocido a él”

Viktor Kane es una identidad inventada por un escritor nacido en Bueu, comarca de O Morrazo (Pontevedra). Esa identidad tiene características muy especiales; lo primero es que nace para que la obra sea asumida como la verdadera fuerza creativa, la historia, el mundo por transitar. A partir de ahí el escritor quiere que los lectores solo se fijen en su primera novela titilada “Sin testigos”, un thriller sobre un psicólogo que cree tener el control de sus emociones como el conocimiento de la mente de sus pacientes. Todo cambia cuando dos mujeres aparecen en su vida para trastocarle su seguridad; una amenaza su intelecto, la otra su aislamiento.

Entrevista con el escritor Víctor Kane: “No me interesa que el lector cierre el libro pensando que ha conocido a unos personajes; quiero que sospeche que esos personajes lo han conocido a él”

Pregunta: – ¿La fama del escritor termina por opacar la obra?

Respuesta: – La fama es una forma sofisticada de desaparición. Al principio ilumina la obra; después la interroga, la deforma y, finalmente, la sustituye. Llega un momento en que el lector ya no abre el libro para encontrarse consigo mismo, sino para buscar al hombre que le han contado que eres. Y ahí ocurre algo perverso: el escritor se vuelve personaje, su vida se convierte en argumento y la obra queda reducida a una nota al pie de su propia leyenda.

Quizá por eso todo autor verdaderamente leído termina siendo un desconocido. Cuanto más creen saber de él, menos lo encuentran en sus páginas. La fama no lo hace visible: fabrica un rostro tan enorme que acaba ocultando a quien lo lleva y acaba sustituyendo su obra por su figura pública.

P: – ¿Viktor Kane es el psicólogo que te gustaría ser?

R: – Puede que no sea el psicólogo que imaginaba ser, pero sí el hombre que por fin me permito ser. Gracias a él, estoy redescubriendo una parte de mí que había estado escondida bajo otros nombres, otras responsabilidades y otras versiones de mi vida. Viktor no solo me ha dado una voz, sino también la emocionante oportunidad de empezar de nuevo sin sentirme culpable por quien estoy llegando a ser.

No estoy seguro de si algún día podré estar a su altura, pero lo que sí sé es que no me está sustituyendo; me está devolviendo a mí mismo. No es una amenaza ni un personaje al que temo parecerme; es una identidad que me está ofreciendo vivir de una manera más auténtica.

P: – Más que literatura al uso, tu obra pareciera ser una experiencia literaria.

R: – Porque no escribo para que el lector contemple el abismo, sino para empujarlo dentro.

Una historia puede entenderse, resumirse y hasta olvidarse. Una experiencia, en cambio, invade el cuerpo, altera la respiración y deja residuos. No me interesa que el lector cierre el libro pensando que ha conocido a unos personajes; quiero que sospeche que esos personajes lo han conocido a él. Que han entrado en zonas de su mente donde ni siquiera se atreve a estar a solas.

Si después de leer la última página todo sigue igual, entonces el libro solo ha contado una historia. Yo escribo para que algo cambie y nos deje con un montón de preguntas.

P: – ¿Por qué Víktor Kane?

R: – Tal vez silencio, miedo, terror, ansiedad o simplemente desaparecer. La idea era encontrar un nombre para mi novela que protegiera mi identidad y alejara a la obra de cualquier perspectiva que pudiera dañarla a ella o a mí.

Viktor Kane no es un seudónimo; es una frontera. Al otro lado quedan la prudencia, la vida cotidiana y la versión de mí más delicada. Cuando escribo bajo ese nombre puedo acercarme a pensamientos que, fuera de la literatura, resultarían imperdonables. Puedo mirar al ser humano sin absolverlo y descender hasta donde la moral deja de ser una certeza para convertirse en una pregunta.

En caso de requerir una explicación para la génesis y el origen de dicho nombre, no existe una respuesta definitiva. Surgió espontáneamente en mi mente, un juego de palabras aparentemente sin justificación.

P: – ¿Qué cuentas en el thriller psicológico “Sin testigos”?

R: – ¿De verdad querrías que destripara mi novela como un forense inexperto, aprendiendo anatomía a medida que hundo el bisturí? Pues hagámoslo a mi manera.

Nombre del cadáver: la certeza.
Lugar del levantamiento: la mente de un psicólogo.
Hora de la muerte: diecisiete años antes de que comenzara la novela.
Causa aparente: un incendio.
Causa real: alguien miró hacia otro lado.
mero de testigos: todos.
Número de inocentes: todavía por determinar.

El cuerpo presenta restos de culpa, memoria manipulada y una necesidad enfermiza de control. También encontramos amor, aunque en un estado de descomposición tan avanzado que podría confundirse con violencia.

El principal sospechoso es David Salinas, un psicólogo capaz de entrar en la mente de los demás con precisión quirúrgica. El problema es que alguien ha entrado antes en la suya y ha dejado allí una versión de los hechos que quizá nunca sucedió.

Hasta aquí puedo abrir el cadáver.

Lo demás aún respira.

P: – ¿Quién creía tener el control termina cayendo a pedazos?

R: – El control es el delirio favorito de los que tienen miedo. Y de eso me aprovecho.

Nuestro protagonista siempre ha creído que podía entender a los demás, anticipar sus movimientos y guiarlos. Pero, como suele pasar, al intentar comprender una mente, uno termina sintiéndose influenciado por ella. A medida que avanza la historia, no pierde el control, sino que se da cuenta de que nunca lo tuvo del todo. Y esa comprensión es bastante impactante.

Empieza a cuestionarse si sus decisiones, deseos e incluso recuerdos son realmente suyos. Al final, la historia nos invita a reflexionar sobre qué queda de una persona cuando descubre que también él ha sido una marioneta.

P: – De maneras distintas, dos mujeres representan el espejo que le muestra al psicólogo su fragilidad. ¿Quiénes son estos personajes?

R: – Carla y Nora. Aunque llamarlas personajes sería casi tranquilizador: en realidad son dos formas de asedio.

Carla accede a su despacho simulando vulnerabilidad, transformando el entorno que él percibía como su dominio en un escenario de interrogatorio.

Nora irrumpe en su existencia armada con una libreta, una mirada penetrante y la peligrosa habilidad de percibirlo como un individuo, en lugar de la identidad que ha forjado para su supervivencia.

Una amenaza su intelecto; la otra, su aislamiento. Carla evidencia su susceptibilidad a la manipulación. Nora le expone una realidad aún más insoportable: la posibilidad de ser amado. Ambas mujeres no desmantelan su fachada; logran algo más significativo: inducen en él, por primera vez, una sensación de incomodidad al portarla.

P: – ¿Las emociones representan el mejor ingrediente de suspense de tu literatura?

R: – Las emociones no son un ingrediente del suspense. Son la escena del crimen.

El miedo más poderoso no nace de lo que puede ocurrir, sino de reconocer que, en determinadas circunstancias, podríamos desear que ocurriera. La culpa, el amor, la vergüenza o el deseo no acompañan a mis personajes: los interrogan, los corrompen y terminan declarando contra ellos.

Un cadáver puede explicar una novela. Una emoción no se confiesa puede perseguir al lector durante años. Por eso no escribo para averiguar quién lo hizo, sino para descubrir qué parte de nosotros comprende por qué lo hizo. Y esa comprensión —ese segundo en que el monstruo deja de parecernos completamente ajeno— es donde empieza el verdadero suspense.

P: – ¿La mente del ser humano es el detonante que te mueve a escribir?

R: – No me interesa la mente por lo que piensa, sino por lo que es capaz de ocultarse a sí misma.

El ser humano puede sobrevivir a casi cualquier verdad, excepto a la verdad exacta sobre quién es él mismo. Por eso la deforma, la fragmenta, la convierte en recuerdo, síntoma, coartada o destino. Después llama identidad al relato que ha construido para no derrumbarse.

Escribo en ese espacio donde la historia que alguien cuenta de sí mismo deja de funcionar. Todos tenemos una voz interior que narra nuestra vida, pero no siempre es la verdad. Y a veces, cuando logramos silenciarla, nos damos cuenta de que el monstruo no estaba en nuestra mente, sino en la forma en que nos lo contábamos.

P: – Si no pudieras escribir, ¿te ves atrapado en los laberintos de tu mente?

R: – No. Me vería obligado a vivir en ellos sin dejar ninguna señal de por dónde pasé.

Escribir no me permite escapar de mi mente; me permite cartografiarla. Cada libro es una marca en la pared, una forma de distinguir el camino de regreso del lugar exacto donde empecé a perderme. Sin la escritura, los pensamientos no desaparecerían: seguirían descendiendo, reproduciéndose en la oscuridad, aprendiendo a hablar con mi voz.

Quizá por eso escribo. No para salir del laberinto, sino para mantener ocupado al monstruo que vive en el centro. Mientras le doy historias, permanece allí. Si algún día dejara de hacerlo, no sé cuál de los dos vendría a buscar al otro.

P: – ¿Qué vendrá después de “Sin testigos”?

R: – Sobre mi mesa hay tres palabras:

NOVIA.ESPOSA.OTRA.

Todavía no diré si son tres historias, tres mujeres o tres nombres para una misma forma de destruirse.

También existe la posibilidad de regresar a Sin testigos. Hay una segunda parte respirando en algún lugar, pero aún no sé si debo abrirle la puerta, depende únicamente de mis lectores, es una historia en conjunto. Antes necesito tiempo para comprender qué ha sucedido con este libro y qué parte de mí ha quedado atrapada en él.

No quiero publicar por miedo a desaparecer. Sin testigos necesita crecer, encontrar a sus lectores y ocupar su propio espacio sin que otro libro mío venga a interrumpirlo. Mi obra exige continuación y reposo.

Así que, aunque haya nuevas historias esperando y alguna ya esté buscando la luz, probablemente debería mantenerme en silencio.

Al menos hasta que Viktor Kane decida romperlo.


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