La libertad que mata

Ayer fueron las calles las que sangraron por los ojos eclipsados de la furia oficial.
Un carro hidrante corría a la multitud que en paz miraba al cielo y al Congreso.
¿Dónde ha quedado el encanto, la templanza y la armonía?, se preguntó alguna vez mi amiga María Inés en uno de los pocos poemas que escribió.
Entre harapos anda el odio recorriendo las calles y avenidas, las torres de cristal y el rancherío.
Un odio programado inoculado por décadas para alejarnos de lo importante.
Los jefes no mandan. La jefa baila maquillada en el balcón del ego. Los dioses están en sus burocráticas residencias. El gentío deambula. Va de la avenida a la plaza para buscar un abrazo que no lo deje caer.
En el transporte público las miradas son como bombas a punto de estallar. Las palabras cortan como navajas y cada uno arma su muralla como puede.
Lejos, en la oquedad de la tarde, las calles de barro como en el siglo pasado. Las casas sin luz y sin cloacas. Los jubilados desnudos y golpeados. El tren que ya no pasa. El río contaminado. Los bosques y lagos en venta y «Las Malvinas son argentinas».
Nada se parece a lo que fue. Una larga espiral de rencor se mueve entre la gente.
El sálvese quien pueda de la catástrofe.
¿Cómo llegamos hasta aquí?, se preguntan muchos.
¿Cómo fue que la potente Argentina de los escritores, los músicos, los artistas y los militantes ha dado paso a este ejército de zombies mal hablados y con resaca de alcohol y estupefacientes?
¿De qué subsuelo fétido han brotado estos seres malvados que contaminan el aire que se respira?
Por lo que sea, las grandes masas han llevado al poder a estos engendros perversos. Las grandes masas también se equivocan. Levantan mausoleos y se arrodillan sin pensar.
Hay que hacerse cargo de lo que puede el odio inculcado. La ignorancia llevada al grado de virtud. La mala educación. La indiferencia hacia el que no tiene nada. El abuso. La corrupción. Los derechos que no fueron protegidos y que se creían conquistados para siempre. El hambre. La orfandad.
Hay que hacerse cargo de los escritorios ocupados por personas equivocadas.
Y del legado recibido.
Y de la serpiente que crece entre las ruinas maquilladas de un país que llora y reza, y de vez en cuando despierta y se rebela.
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