El paripé humanitario: cuando el genocida se disfraza de rescatista
Y por si hiciera falta una prueba más de hasta qué punto el sionismo necesita lavar su imagen con sangre ajena, ahí está Colombia. Tras el terremoto de magnitud 7,4 que sacudió el occidente del país el pasado 10 de agosto, el nuevo presidente colombiano, Abelardo de la Espriella, agradeció públicamente a Netanyahu el apoyo israelí, calificando la conversación con el primer ministro como «muy cálida y enriquecedora». Un gesto que no es casual: Netanyahu lo celebró como el inicio de «un nuevo capítulo» en las relaciones bilaterales, justo después de que Colombia reconociera la soberanía israelí sobre los Altos del Golán.
El ejército más inmoral de la historia reciente, el que prefiere bombardear hospitales y matar niños antes que enfrentarse a un combatiente armado, mandó a Cali una delegación de más de ochenta efectivos bajo el nombre de «Pacto de Amigos». Pero el detalle revelador es este: la misión está operada conjuntamente por el ejército israelí y la Cancillería israelí, y su cabeza visible, Roni Kaplan, no es rescatista sino Mayor en la reserva y portavoz militar en español, denunciado penalmente en Uruguay por crímenes de guerra, de lesa humanidad y genocidio.
Mientras tanto, voluntarios colombianos que llevaban días excavando entre los escombros del edificio Vanessa denunciaron haber sido apartados del operativo por la Policía tras la llegada de la delegación israelí y fueron señalados como guerrilleros por portar la bandera de Palestina en sus espaldas como gesto de solidaridad. Rescatistas de verdad, humillados por llevar un símbolo de paz, apartados por un ejército de ocupación que aprovechó una tragedia ajena para hacerse la foto.
No tengo confirmación verificada de cada detalle que circula —si mancharon o no el uniforme, cuánto tiempo estuvieron realmente sobre el terreno—, y como editor de estas líneas prefiero no afirmar lo que no puedo sostener con fuentes. Pero lo documentado ya es suficientemente vergonzoso: un ejército señalado por la ONU de cometer genocidio en Gaza, usando la desgracia del pueblo colombiano como decorado publicitario, mientras amordaza a quienes se atreven a mostrar solidaridad con Palestina en pleno terreno de rescate.
De la Espriella se suma así a la larga lista de lacayos regionales —Milei, Noboa y compañía— dispuestos a mover la cola cada vez que el amo de Tel Aviv chasquea los dedos. Una vergüenza que la historia recordará igual que recordó el silencio ante el Holocausto: como cómplice, por acción o por omisión, de la barbarie genocida que hoy se comete contra Palestina.
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