Fe religiosa y democracia
Cuando se aborda la fe religiosa como asunto de reflexión, la primera precaución requiere tener presente que las creencias religiosas mantienen una distancia evidente con la capacidad de razonar. El dogma, conjunto de verdades que deben ser asumidas por la persona creyente, prima sobre cualquier otra consideración.
La primera premisa es el respeto sincero por las personas, todas ellas, profesen la fe que tengan o no profesen ninguna. Esto requiere que cada persona, que sin duda es diferente a las demás, nunca se sienta mejor que ellas. Tampoco menos (autoestima). Ser persona, a secas, otorga una dignidad que todas las ideologías humanas reconocen. Cuando una ideología menoscaba esa dignidad, deja de ser «humana» y pasa a ser, por lo tanto, socialmente reprochable.
El enorme valor de la democracia es el reconocimiento de esta dignidad personal. Porque ese reconocimiento sitúa a toda la humanidad al mismo nivel, pretendiendo conjurar las tentaciones aristocráticas y autoritarias. En el momento en que se afirme que unas personas «valen» más que otras, que tienen más derechos que otras… en ese momento el fantasma de la exclusión y el exterminio sobrevuela las relaciones sociales. Y quienes hoy se pueden sentir más que otras personas, mañana pueden ser despreciados por otras. Ojo con esto, porque lo que en un momento se percibe como una ventaja sobre los demás, se convierte (la historia está llena de ejemplos) en la justificación para pasar a ser infravalorados por terceras personas.
Quienes predican tendencias sociales aristocráticas, sintiéndose mejores, más preparados, más listos, más inteligentes… y por ello con más derechos a decidir que otras personas menos preparadas, menos listas, menos inteligentes, deben asumir que otras personas podrán llegar a la misma conclusión respecto a ellas. Un círculo infernal se desata y, al final, solo los más inteligentes, los más preparados, los más listos asumirían el poder de decidir por las demás personas, legitimando de esta forma las dictaduras.
En el interior de cada persona anidan sentimientos y creencias que solo pueden ser dignas de respeto si se asume que todas las personas son igualmente dignas del mismo respeto. En esto consiste básicamente el sustrato de la convivencia humana. Cada persona tiene sus creencias, religiosas o no, y estas se han ido desarrollando en su crecimiento como ser social. Las personas recién nacidas carecen de ideología y, por tanto, es evidente que el contexto social (familiar) es la fuente donde nacen esas creencias. Aquí es donde aparecen las religiones como un factor que interviene notablemente en la conformación de las ideologías sociales. Una de ellas, que parece mayoritariamente aceptada por el capitalismo mundial, es la democracia.
Establecer la relación entre la fe religiosa y la ideología democrática podría hacer visibles contradicciones que desde la cotidianidad pasan desapercibidas. Esta tarea requeriría un tiempo y un espacio literario de indudable amplitud. Este texto pretende situar algunos aspectos de lo que podría conllevar un debate social profundo para poner la dignidad humana a salvo de las aristocracias dictatoriales, marcando una senda de auténtico progreso social comunitario.
Tanto en lo ideológico (teológico, escatológico…) como en la estructura organizativa de sus «iglesias», las religiones muestran contradicciones con este principio de igual dignidad. Habrá quienes argumentarán que esto no es cierto y se abriría un debate del que, ¡vaya usted a saber!, quién se queda con la «perra gorda». Más complicado de debatir son las evidencias de las estructuras organizativas de las «iglesias» encargadas de difundir la doctrina de su «fe». Analizar la propia estructura organizativa de una «iglesia» puede permitir identificar mensajes inequívocos de que no todas las personas fieles de esa confesión religiosa son igualmente dignas para poder desempeñar los roles y detentar el poder dentro de esa organización.
Las religiones mayoritarias se sostienen en organizaciones («iglesias») donde la mujer no es reconocida, por ser mujer, con el mismo estatus que los hombres (como varones). ¿Hasta dónde el mensaje que proyectan socialmente es contradictorio con el principio democrático de idéntica dignidad? El consabido «todas las criaturas son iguales ante Dios» no aporta al análisis más que la evidencia de que, en ese caso, unos hijos tienen más poder que otros y las hijas no tienen ninguno.
¿Cómo es posible que organizaciones «machistas» sean reconocidas, amparadas, apoyadas, subvencionadas… en el seno de sociedades democráticas? La estructura organizativa de cualquier sociedad, comunidad o asociación envía un mensaje al conjunto de la sociedad, y de forma más intensa a quienes la conforman. Los fieles devotos de una «iglesia» reciben el mensaje desde pequeños de que las niñas son menos que los niños. Los niños pueden aspirar a los puestos de mayor predicamento dentro de esa «iglesia», mientras que las niñas deben asumir un papel subsidiario respecto a los varones en el funcionamiento de esas organizaciones.
Es evidente que los dogmas de esas «iglesias» —donde los fieles no pueden participar en la elección de quienes dirigen las organizaciones de por vida, donde las normas emanan de la voluntad de una persona, donde el principio de obediencia es la clave del funcionamiento cotidiano, e incluso con el papel subordinado de la mujer— se establecieron en un determinado momento histórico y, a base de repetir y defender esos dogmas, se han hecho impermeables a la evolución histórica posterior. Se entiende el origen. Lo que no se comprende es su pervivencia en el seno de una sociedad que aspira a ser profundamente democrática. Salvo que, en realidad, esas «iglesias» nunca puedan llegar a asumirlo porque en su esencia, real y profunda, son organizaciones aristocráticas y autoritarias, incompatibles con las sociedades democráticas.
Las sociedades democráticas se defienden de organizaciones antidemocráticas estableciendo un ordenamiento jurídico que no permite su legalización, basándose en que vulneran los Derechos Humanos fundamentales al favorecer doctrinalmente la negación de la igualdad de derechos entre las personas o al promover la discriminación por diversos motivos: sexo, orientación sexual, raza o incluso religión. Niegan que la dignidad humana y la igualdad ante la ley sean pilares innegociables.
De hecho, es posible que se niegue el registro oficial a una asociación que repitiera la estructura organizativa de una «iglesia». Quienes han legislado han tenido en consideración este aspecto y por ello las «iglesias», que no podrían figurar en el registro de asociaciones, cuentan con un registro distinto que permite la estructura jerárquica y piramidal, así como la segregación de la mujer en su estructura de poder. Y para justificar tanta incoherencia, en lugar de aplicar la ley orgánica del derecho de asociación, se permite que se rijan por sus propios estatutos o derecho canónico.
Hay quienes podrían pensar que el texto se refiere a la Iglesia católica, cuando la dimensión del fenómeno religioso es de mucho mayor alcance, afectando no solo al cristianismo (con sus varias iglesias), sino también al islam, el judaísmo, el hinduismo, el budismo y a nuevos movimientos religiosos y sectas. Todas ellas proyectan, no solo con sus dogmas y credos, mensajes a la sociedad, pero no menos influyente es el funcionamiento de sus propias estructuras organizativas. ¿Será hora de comenzar un debate que ayude a hacer compatible fe y democracia?
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