Verjas psicológicas y Muros de desigualdad
Ayer, Gibraltar fue la noticia mundial. Desde el terruño cuesta valorar lo que significó la noche de ayer, no sólo para los yanitos y campogibraltareños, piojosos o especiales, que de todo hubo. El mundo miró a Gibraltar y quienes en esa roca viven deben sentirse orgullosos del reconocimiento que el tratado les otorga, acercando a pueblos con lazos afectivos y familiares, rotos desde 1968. Lo que les pasa y les pasará a las gentes en cada pueblo de la bahía de Algeciras será responsabilidad suya. Mezclarse, convivir, cooperar, más allá de quienes política o económicamente pretenden dividirlos es el reto. No dejarse engañar por los cantos de sirena de la «prosperidad compartida» porque esa aún no llega. ¿Que podrían estar sentadas las bases para que llegue? ¡Sin duda!, pero esas bases teóricas, aguantadas exclusivamente negro sobre blanco, de momento no garantizan nada.
Existe un grupo de irreductibles «autodenominados patriotas» que pretenden sostener la añeja consigna de «Gibraltar Español», después de más de 300 años en los que las cabezas coronadas de Gran Bretaña y de España han perdido el lustre de antaño y, sobre todo, la energía precisa para renegociar entre ellas aquello que los franceses firmaron por España en Utrecht. La realidad impone mirar hacia adelante buscando en el futuro las claves para que todo este territorio de la Bahía de Algeciras sea un espacio de prosperidad compartida de verdad.
No conviene ser miope en este momento histórico, ya que la prosperidad debe vivirse en cada casa, para de esa forma poder compartirla con la vecina. Y ahí es donde se precisa derribar los muros de la desigualdad, porque manteniéndolos será imposible que se volatilicen las verjas psicológicas que atenazan a las gentes trabajadoras, a las gentes de los pueblos.
Esta noche del 15 de julio de 2026, «mágica» para muchos, permite algo importante, pero no resuelve las situaciones que los muros de las desigualdades producen cotidianamente. En Gibraltar, La Línea de la Concepción, Los Barrios, San Roque y Algeciras están instaladas verjas psicológicas, creadas por los muros de desigualdades entre las personas. Quienes viven muy, pero que muy bien, no tienen ni idea de los obstáculos, de los dramas, que deben afrontar las personas menos pudientes. Las gentes acaudaladas no saben cómo pasa la vida por las familias trabajadoras. Incluso los políticos municipales se dedican con sus estrategias electorales a subir algo más los muros de las desigualdades. Porque no gobiernan para las gentes humildes y trabajadoras, sino para quienes más tienen. Sus proyectos, que ellos creen «faraónicos», remachan más el abandono de las zonas populosamente habitadas de las ciudades. Y como no viven en esos barrios congestionados de infraviviendas, sin servicios públicos, sin transporte, sin parques ni jardines, sin… sus mentes están afectadas por las «verjas psicológicas» que les impiden actuar a favor de las gentes de sus pueblos. Han tirado la toalla ante la gran patronal, ante las administraciones públicas que los ningunean, esta y la siguiente, que los pone en «su sitio», como politicuchos de pueblo, que deben obedecer a su partido, el «glorioso movimiento» partidario. Desde Madrid o Sevilla les dictan qué deben o no hacer, qué asuntos deben asumir y cuáles deben dejar que se duerman en la noche del olvido. Y así se explican los muros de las desigualdades de estos pueblos con otros más boyantes, artificialmente alimentados por la partitocracia que no ceja en sus cálculos electorales.
Gibraltar y La Línea de la Concepción han vivido un hito histórico, del que se hablará en las siguientes generaciones, aunque a algunas personas les suene a poca cosa, aunque se le ponga, con la prudencia, pero firmeza debida, todos los interrogantes.
Quienes, ostentando responsabilidades políticas, critican la evaporación de la Verja y entonan el cántico de los Muros de la desigualdad, convendría que se aplicaran aquello de que deberían ver la viga en su ojo, más que la paja en el ajeno. Les queda mucho por hacer para ir haciendo de sus ciudades espacios de prosperidad compartida dentro de ellas. Todos los ayuntamientos del territorio tienen que dar la talla, y la definición de la prometida Zona Económica Especial (ZEE) debe contemplar la reducción de impuestos indirectos como el IVA, la exención de tasas municipales e incluso fórmulas singulares de financiación para los ayuntamientos involucrados.
Al hilo del tratado que celebra un día muy especial este 15 de julio, merece contemplar en el proyecto de esa futura ZEE las compensaciones de los daños y limitaciones que las poblaciones de las ciudades que se asoman a la Bahía de Algeciras han venido soportando desde que se instalaron los polígonos industriales siderometalúrgico y petroquímico, así como el intenso y extenso desarrollo portuario.
Sin embargo, como estas zonas se diseñan dentro del marco legal de la Unión Europea y de la soberanía fiscal de cada país, estas medidas están sujetas a condiciones muy específicas, que permiten a quienes diseñen esa futura ZEE que todas las gentes, desde sus hogares, puedan beneficiarse ampliamente de la reducción de impuestos que ahogan sus economías familiares. No es sólo una cuestión de delimitar una Zona Franca, al uso, donde los grandes capitales hacen sus agostos. La ZEE debe garantizar rentas dignas a todas las personas que en ella habitan. Menos de eso no podrá nunca enmarcarse en el manoseado rin-tintín de «compartamos prosperidad».
Es la hora de la ciudadanía que se asoma a la Bahía de Algeciras, hay que ir a por todas. Si después de la caída del que dicen «último muro de Europa”, cada cual sigue ahogado en problemas económicos insolubles, falta de vivienda, de trabajo,… las verjas psicológicas y los muros de las desigualdades seguirán existiendo. Y si eso se mantiene y nada cambia “ahora” ¿para qué tanta pompa y tanto boato?
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