Mi patria es mi clase, mi matria es Galiza
Hay quien confunde la patria con una bandera de bolsillo, con un himno recitado de memoria, con un delirio de grandeza que solo sirve para tapar la miseria que administran. Esos, que se queden con su patria de cartón piedra. La mía es otra, y es mucho más real: mi patria es mi pueblo, es mi clase social, es mi cultura, es mi idioma.
1. La patria no se hereda, se construye desde abajo. No es un escudo ni un desfile militar. Es la fábrica, la caja del supermercado, el turno de noche, la lucha diaria por llegar a fin de mes. Esa es la patria verdadera, la que no aparece en los discursos institucionales porque no interesa que se reconozca.
2. El facherío tiene su propia patria, y no es la nuestra. La suya cabe en una cuenta en un paraíso fiscal. Es la patria de quien enarbola la bandera para dividir a los de abajo mientras negocia con los de arriba. Su patriotismo es xenofobia con máscara, racismo con lazo tricolor y desprecio de clase disfrazado de orgullo nacional. Esa patria no tiene nada que ver conmigo ni con la gente que lucha cada día.
3. Y luego están los que no tienen patria porque no tienen ni conciencia. Aquellos que no saben ni cuál es su clase social, que no son capaces ni de defender sus propios intereses, que son siervos y lacayos del mismo amo que los explota, que se sienten cómodos lamiendo las botas del poder. Esos no son mis compatriotas. Esos no tienen patria. Esos no tienen nada que sea suyo, porque hasta su rabia se la alquilan a otro.
4. Tengo la suerte de tener una matria: Galiza. No como esencia mística ni como pureza inventada, sino como lengua, como memoria colectiva, como pueblo trabajador que ha resistido siglos de expolio y emigración forzada. Galiza es matria porque nos parió, nos dio una lengua y también nos dio la conciencia de que otra vida es posible, más allá de la que nos imponen.
5. Y tengo hermanos en todas las partes del mundo. Esa es la contradicción que el nacionalismo reaccionario nunca podrá entender: se puede ser profundamente de un lugar y, al mismo tiempo, profundamente internacionalista. Mi patria de clase no termina en ninguna frontera. Está en quien lucha en Palestina, en quien resiste en Latinoamérica, en quien se levanta en cualquier rincón contra el capital y contra el fascismo. Esos son mis compatriotas, aunque hablen otra lengua y pisen otra tierra.
6. Mi patria no es egoísta, es inclusiva, tiene empatía. No es la patria de quienes miran para otro lado; es la patria de quienes aman. No es la patria de quienes siembran violencia para cosechar más violencia. Todo lo contrario: es la patria de quienes trabajan para que nuestra sociedad sea cada vez mejor para todos, sin violencia, sin abusos y sin exclusión. Mi patria no es clasista; mi patria es igualitaria.
7. Esa patria de la clase trabajadora, sea nacional o extranjera, es la mía. La de quien respeta lo que somos, la de quien viene a aportar lo que sabe y a sumar fuerzas: esa patria es la mía. La otra, la que cree en el abuso, la que inventa mentiras, la que no sabe ni quiere saber y que lo único que lleva dentro es odio, esa no es mía.
8. Frente a la patria de la explotación, la matria de la justicia social. No necesitamos himnos que nos hagan olvidar quién nos roba el salario. Necesitamos organización, conciencia de clase y un horizonte claro: un futuro socialista, construido mano a mano entre pueblos hermanos.
Que se queden ellos con su patria de bolsillo, con la cartera llena, con la bandera como escudo de sus privilegios y con el miedo como única propuesta para el pueblo. Nosotros no necesitamos que nadie nos diga cuál es nuestra patria ni a quién debemos lealtad.
Nuestra lealtad está con la clase trabajadora. Nuestra raíz está en Galiza. Nuestra bandera es la solidaridad. Y nuestro horizonte es la emancipación.
No aceptamos una patria construida sobre la explotación, el racismo, la desigualdad o el privilegio de unos pocos. No queremos cambiar de amo: queremos dejar de tener amos.
No queremos una Galiza condenada a emigrar, a obedecer y a sobrevivir. Queremos una Galiza dueña de sí misma, socialmente justa, económicamente soberana y construida para quienes la trabajan y la sostienen cada día.
Y sabemos que esa lucha no termina en las fronteras de Galiza. Porque frente a quienes quieren dividirnos por nacionalidad, lengua o procedencia, nosotros respondemos con una verdad sencilla: quien vive de su trabajo tiene más en común con quien trabaja a su lado que con quien lo explota desde un despacho, hable la lengua que hable y lleve la bandera que lleve.
Por eso no nos van a robar ni la patria ni la esperanza.
Nuestra patria no es una bandera. Es una clase.
Nuestra matria no es un mito. Es Galiza.
Nuestro enemigo no es quien está a nuestro lado. Es quien vive de nuestro trabajo.
Y nuestro futuro no nos lo va a regalar nadie: tendremos que conquistarlo con organización, conciencia y lucha colectiva.
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