Iñaki Gil De San Vicente •  Opinión •  25/06/2019

Doce apuntes sobre Marxismo (IV)

Doce apuntes sobre Marxismo (IV)

Hacemos la entrega IV de la serie de XII escrita para el colectivo internacionalista Pakito Arriaran.

Como dijimos, en esta entrega analizaremos el período que va de 1871, con las lecciones de la Comuna, hasta la fundación de la II Internacional en 1889. En la V trataremos las constantes del reformismo, surgidas en lo básico en esta épica y que se mantienen en lo esencial hasta ahora. En esta IV entrega la exposición del meollo teórico será sucinta porque en la VI expondremos el marxismo en su primera generación más en detalle.

Una idea constante de esta serie es que el marxismo es la raíz troncal y la matriz teórica que demuestra que todas las resistencias, luchas y emancipaciones se identifican en lo más profundo de ellas, conectándolas objetivamente, por el antagonismo irreconciliable entre el capital y el trabajo. Lo volveremos a ver en la Comuna de París de 1871, que tuvo un impacto cualitativo en el desarrollo del marxismo y de las corrientes socialistas, en todos los sentidos.

El pueblo trabajador parisino se insurreccionó el 18 de marzo de 1871. Como vimos en la entrega III, la burguesía, impotente para dirigir el país, se había rendido al invasor el 29 de enero de ese año, pero la clase obrera se estaba organizando con mucha antelación: el 9 de agosto de 1870 una gran manifestación convocada por la I Internacional había exigido la república y armas para el pueblo lo que causó pánico en la burguesía pro republicana que retrocedió; la manifestación fue disuelta a tiros y el gobierno implantó el estado de sitio y la total censura de prensa. Un embrión de doble poder surgió cuando el 5 de septiembre se crearon los Comités de Vigilancia Republicana. Ese 9 de septiembre, sintetizando las lecciones de la historia para ayudar al proletariado francés, el segundo Manifiesto de la I Internacional redactado por Marx volvía a advertir que: «Ocurre con las naciones lo mismo que con los individuos. Para privarles del poder de atacar, hay que quitarles todos los medios de defenderse. No basta echar las manos al cuello; hay que asesinar». La AIT recomendaba de nuevo al pueblo obrero que no aceptara el monopolio burgués de la violencia, que se armase para no ser asesinado.

El 15 de septiembre, un cartel pegado en un muro exponía una especie de programa de la izquierda: se exigía la defensa de la patria republicana, elegir a todos los cargos, supresión de la policía sustituida por la Guardia Nacional, pueblo en armas, y requisa de viviendas y víveres para ayudar al proletariado. La Guardia Nacional empezó a dividirse entre batallones obreros y batallones burgueses, apoyados por la burocracia del gobierno. El 18 de septiembre el ejército alemán cercaba París. La pasividad del gobierno y la rendición de la vital fortaleza de Metz el 27 de octubre fueron respondidas con la insurrección popular del 31 de octubre que volvió a ser aplastada, deteniendo a dirigentes de la izquierda mientras que otros se ocultaban. A la vez, ciudades como Lyon, Marsella y otras menores se sumaban a la lucha, pero, a diferencia de París en donde la clase trabajadora ya empezaba a tener el embrión de un programa independiente de la burguesía republicana, en estas ciudades el proletariado organizado era más débil aún y más fuerte el radicalismo pequeño burgués. Lógicamente, cuando las fuerzas reaccionarias contraatacaron, los radicales pequeño burgueses volvieron a echarse para atrás; y por si fuera poco, la consigna de varios anarquismos de no «meterse en política» sino sólo en la acción social, coadyuvó a la desorientación del proletariado y a la victoria burguesa.

París quedaba así sola, doblemente aislada: cercada por el ejército alemán y sin aliados exteriores. Viendo el panorama, la clase dominante francesa empezó a preparar la contrarrevolución, y el pueblo trabajador enriquecía su programa: a finales de noviembre el Consejo Federal propuso defender la república, depurar a los bonapartistas, crear una industria armera en manos del pueblo, racionamiento, requisar combustible y víveres, reprimir a los capituladores y traidores, elecciones al Consejo Municipal, suprimir la Prefectura policial, separar la Iglesia del Estado, relevo de funcionarios, crear una Federación de Comunas, devolver la tierra a los campesinos, las minas a los mineros, las fábricas a los obreros, y caminar hacia un República Democrática y Social Mundial. El antagonismo de clase se agudizaba por momentos, a comienzos de enero de 1871 y en previsión de golpes represivos de la burguesía se creó un comité secreto de dirección con cinco miembros, y se empezó a divulgar la consigna de destitución del gobierno burgués.

La respuesta del gobierno fue lanzar un ataque contra el cerco alemán planificado de tal modo que los batallones obreros de la Guardia Nacional fueran destrozados, quedando indemnes los burgueses, como así sucedió. Descubierta la trampa, la ira popular estalló en la tercera insurrección, la del 22 de enero de 1871, que también fue ametrallada ante la pasividad de los republicanos burgueses. El 28 de enero se rindió la Francia del capital, pero no la del trabajo: la unidad y lucha de contrarios partía por la mitad la nación burguesa acelerando su choque a muerte con la nación proletaria, con la Comuna que, en palabras de Marx «era, pues, la verdadera representación de todos los elementos sanos de la sociedad francesa, y, por consiguiente, el auténtico Gobierno nacional. Pero, al mismo tiempo, como Gobierno obrero y como campeón intrépido de la emancipación del trabajo, era un Gobierno internacional en el pleno sentido de la palabra. Ante los ojos del ejército prusiano, que había anexionado a Alemania dos provincias francesas, la Comuna anexionó a Francia los obreros del mundo entero».

Mientras empeoraban las condiciones de vida y la Francia del capital preparaba con el capital alemán el ataque definitivo a París, terminaba de romperse en dos uno de pilares del orden basado en la propiedad privada: su monopolio de la violencia. El 23 de febrero de 1871 comenzó el debate, entre otros temas, sobre la política de la Guardia Nacional, sobre cómo elegir y obedecer a los mandos, sobre si entregar o no las armas al poder todavía burgués, debate que se vivía dentro de la autoorganización del pueblo trabajador, que dio un salto cualitativo el 6 de marzo con la creación de un mando proletario único. Faltaban doce días para la revolución, pero la burguesía también se organizaba rápidamente porque sabía que, según palabras de Marx: «París armado era el único obstáculo serio que se alzaba en el camino de la conspiración contrarrevolucionaria. Por eso había que desarmar París». Las mujeres comuneras dieron la voz de alarma en la madrugada del 18 de marzo de que el capital quería apropiarse de los cañones del pueblo: ellas fueron las primeras en practicar la violencia defensiva y ejercitar el derecho a las armas, prendiendo la mecha de la revolución, luego darían la vida en las barricadas decisivas cuando los hombres flaqueaban.

Pero la respuesta reaccionaria no fue sólo la de la Francia del capital, sino también la del capital como relación de explotación mundial del trabajo porque la dialéctica de la unidad y lucha de contrarios se había agudizado tanto que, según afirmó Marx sobre la Comuna: «La dominación de clase ya no se puede disfrazar bajo el uniforme nacional; todos los gobiernos nacionales son uno solo contra el proletariado». ¿Por qué un solo gobierno internacional del capital contra el Gobierno internacional del proletariado, que era la Comuna? La respuesta es, de nuevo según Marx:

«La Comuna estaba formada por los consejeros municipales elegidos por sufragio universal en los diversos distritos de la ciudad. Eran responsables y revocables en todo momento. Lo mismo se hizo con los funcionarios de las demás ramas de la administración. Desde los miembros de la Comuna para abajo, todos los que desempeñaban cargos públicos debían desempeñarlos con salarios de los obreros. […] Una vez suprimido el ejército permanente y la policía, que eran los elementos del poder material del antiguo Gobierno, la Comuna tomó medidas inmediatamente para destruir la fuerza espiritual de la represión, el “poder de los curas”, decretando la separación de la Iglesia del Estado y la expropiación de las iglesias como corporaciones poseedoras. […] Los funcionarios judiciales perdieron aquella fingida independencia que sólo había servido para disfrazar su abyecta sumisión a los sucesivos gobiernos, ante los cuales iban prestando y violando, sucesivamente, el juramento de fidelidad. Igual que los demás funcionarios públicos, los magistrados y los jueces habían de ser funcionarios electivos, responsables y revocables. […] En vez de decidir una vez cada tres o seis años qué miembros de la clase dominante han de representar y aplastar al pueblo en el parlamento, el sufragio universal habría de servir al pueblo organizado en comunas, como el sufragio universal sirve a los patronos que buscan obreros y administradores para sus negocios. […] La Comuna convirtió en una realidad ese tópico de todas las revoluciones burguesas, que es “un Gobierno barato”, al destruir las dos grandes fuentes de gastos: el ejército permanente y la burocracia del Estado»

Por estas razones el Gobierno internacional del capital tenía que asesinar al Gobierno internacional del trabajo, la Comuna, con la mayor brutalidad posible, y así lo hizo aprovechando, además de su absoluta superioridad represiva material y espiritual, también sus debilidades internas. El marxismo es, antes que nada, la teoría de la crisis en su sentido total, o sea la teoría de la revolución comunista. Es por esto que la crítica del capitalismo y la autocrítica de la revolución están dialécticamente relacionadas: Marx y Engels aplaudieron la Comuna pero mostraron las debilidades e incoherencias que le frenaron a la hora de ser lo suficientemente radical. Todavía en 1891, Engels recordaba que «Lo más difícil de comprender es indudablemente el santo temor con que aquellos hombres se detuvieron respetuosamente en los umbrales del Banco de Francia. Fue éste además un error político muy grave».

¿Qué había sucedido desde 1871 para que en 1891 Engels viera la necesidad de recordar los errores de la Comuna? Veámoslo rápidamente: el desarrollo del marxismo vivió un enorme salto teórico gracias a las lecciones de la Comuna. En 1875 Engels reconoció que él y Marx se habían equivocado al utilizar el término Estado porque el de Comuna era el adecuado a su concepción revolucionaria. Marx seguía avanzando en diversos estudios y en 1875 escribió Crítica del programa de Gotha, criticando a la corriente de Lasalle en puntos centrales de la teoría revolucionaria, mientras que mantenían una correspondencia ingente con la AIT, auto disuelta en 1876, con las fuerzas políticos-sindicales y con infinidad de personas, además de entre ellos mismos.

La salud de Marx empeoró hasta que en 1878 se le aconsejó abandonar todo trabajo, muriendo en marzo de1883, no sin antes dejar desparramados montones de borradores de ilegible letra sobre muchos temas, muchos de ellos aún sin publicar, de entre los que queremos resaltar dos problemáticas cruciales, ambas de 1881: una, la cuestión del potencial revolucionario de la comuna campesina rusa, de su inserción en la lucha de clases proletaria, de si con ello es posible «dar saltos en la historia» ahorrándose los pueblos sufrimientos atroces llegando así antes al socialismo, es decir, la impresionante carga emancipadora de su correspondencia con Vera Zasúlich de marzo de 1881; y otra, la permanente adecuación de la teoría de la violencia a las exigencias del momento, por ejemplo en la respuesta a Domela Nieuwenhuy del 22 de febrero de 1881: «Un gobierno socialista no puede ponerse a la cabeza de un país si no existen las condiciones necesarias para que pueda tomar inmediatamente las medidas acertadas y asustar a la burguesía lo bastante para conquistar las primeras condiciones de una victoria consecuente».

Este esfuerzo último de Marx era simultáneo al de Engels, sobre todo centrado en tres grandes objetivos: descifrar y publicar los borradores sobre El Capital, intervenir en la lucha de clases sometida a toda serie de represiones directas o indirectas –por ejemplo, la socialdemocracia alemana estuvo ilegalizada entre 1878 y 1900, por citar un solo caso–, impulsado la fundación de la II Internacional en 1889, etc.; y corregir el interpretación economicista del marxismo que él y Marx habían tenido que dar en algunos textos llevados por las urgencias del momento, como él afirmó autocríticamente en la carta a José Bloch del 21-22 de septiembre de 1890, recuperando y desarrollando la concepción dialéctica y materialista de la historia.

Fue en este contexto cuando en 1891 volvió a recordar las glorias y errores de la Comuna de dos décadas antes: como veremos en la V entrega dedicada al reformismo, desde la década de 1870 Marx y Engels endurecieron la lucha contra esta peste, sobre todo cuando Bismarck exigió a la socialdemocracia que, si quería volver a la legalidad, renunciara a la revolución y aceptara el pacifismo parlamentarista. Naturalmente, Engels se negó. Pero no nos adelantemos. En 1881, como hemos visto, Marx insistió en que un gobierno socialista ha de asustar a la burguesía para obligarle a aceptar, bajo la presión obrera, las medidas anticapitalistas imprescindibles. Marx recordaba así los errores y debilidades de la Comuna que facilitaron el exterminio en un frenesí de horror y sangre.

Este criterio era una constante desde sus primeros textos, y en el Manifiesto Comunista de 1848 ya estaba teorizado de forma básica, pero la Comuna había añadido lecciones aplastantes que no debían olvidarse nunca porque su trágica debilidad había confirmado lo escrito en el Libro primero de El Capital de 1867: cuando chocan dos derechos iguales pero antagónicos, el del capital y el del trabajo, decide la fuerza. El gobierno socialista ha de asustar a la burguesía, convencerle de que no puede aplicar su fuerza contrarrevolucionaria porque perderá ya que, gracias a las medidas socialistas tomadas, la fuerza proletaria es superior.

En 1891 ya estaba legalizada de nuevo la socialdemocracia alemana, y Engels sabía del ascenso del reformismo en su interior, sobre todo de su obediencia perruna al legalismo. La referencia directa que hace al Banco de Francia no es casual. Todo Banco Central es el «alma» de la nación burguesa, el sancta santorum de la civilización del capital en esa área geo cultural productora de plusvalía y beneficio, y de acumulación ampliada de capital, que viene a ser el secreto de la nación en su forma burguesa. La nacionalización proletaria del Banco Central es un ataque tan devastador a la propiedad privada en su misma raíz que el capital internacional nunca lo aceptará sin lanzar la guerra de exterminio más atroz contra el socialismo. Pero la nacionalización proletaria del Banco Central es una necesidad ineludible para emancipar a la humanidad. ¿Entonces…? Adelantándose a la pregunta, Engels recurre a las lecciones de la Comuna para advertir a la socialdemocracia alemana y a la entera II Internacional: el santo temor a la propiedad privada significa la condena eterna de la humanidad a la explotación asalariada.


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