Adiós a la solidaridad
La derecha más rancia y casposa ha reaccionado con manifestaciones racistas frente a la realidad de una masacre en la frontera marítima de Ceuta. Ha definido como invasores a personas en situación de vulnerabilidad o, en todo caso, movilizadas en un contexto de dejación o permisividad policial marroquí. Ha ignorado la muerte de alrededor de 140 personas en su intento por cruzar la frontera. Ha alentado la persecución organizada e incluso la cacería de inmigrantes. Ha lanzado bulos y fomentado la fobia social en redes. Se ha negado a participar en la acogida de los traslados de menores desde Ceuta a sabiendas de la desprotección y el desbordamiento que la situación ha generado.
Al margen de la utilización política de la frontera por parte de una monarquía autoritaria —razón de más para pensar que puede haber motivos para buscar refugio más allá de una dictadura—, los agentes subversivos del odio están intentando desestabilizar la capacidad de empatía social en beneficio de unas élites que lo único que buscan es gobernar este país «como dios manda» y, a ser posible, al estilo del golpe del 36 (ya no les vale con seguir apuntalando el régimen de la Transición).
Tal vez haya una escasez de neuronas afectivas en todos y cada uno de estos agentes, pero más allá de patologías sin tratamiento posible, el resultado de que asuma el poder la parte más oscura, menos racional y más insensible del ser humano, es el que estamos viendo en muchos de los países en los que, tal y como podemos comprobar cada día, no solo sufren los migrantes, también gran parte de la población que se dice autóctona, la cual es tratada con desprecio, privada de oportunidades y expuesta a los caprichos del autocolonialismo de las grandes corporaciones, también llamadas fondos buitre.
Quienes nos aferramos a la esperanza de que la realidad pueda compadecerse, al fin, de los desposeídos del mundo, no podemos dejar de sentir tristeza frente al hecho de ver cómo una parte de la sociedad ha reaccionado y seguirá reaccionando con furia desmedida en contra de los derechos de otras personas. ¿Cómo mirar para otro lado a sabiendas de que hay una infancia que deambula por las calles de Ceuta sin auxilio ni cobijo? Quienes sentimos esta tristeza, ¿pertenecemos a la misma especie que esos seres infectados de ira que tratan de borrar la condición humana de aquellos que consideran diferentes?
Podríamos exponer aquí cientos de argumentos para desterrar la xenofobia desde la lógica o desde el sentido común, pero nada de lo que se diga vale como argumento en el universo del cinismo y la contradicción: quienes siembran la rabia en redes usan un móvil fabricado en un país asiático con decenas de componentes extraídos de las minas de cualquier territorio pobre, quienes ostentan su capacidad de ser españoles y muy españoles viajan en autos que se mueven con recursos inexistentes en la Iberia taurina, quienes aman la bandera y las tradiciones y toda esa parafernalia que al parecer nos distingue de otros lugares resulta que comen fruta importada de África y recolectada por manos no españolas, quienes más se enfurecen en bares, en tertulias de televisión o en reuniones de familia, también necesitarán en algún momento de su existencia a esas personas a las que verbalmente denigran. Y quienes aplauden o alientan la agresión bárbara —como la quema de campos de refugiados— tal vez en un futuro sean abandonados por sus vástagos éstos cuando apliquen en la práctica la lección recibida.
Las concentraciones de odio llegaron hasta en el pueblo más pequeño de la España, patrocinadas por facciones de partidos amorales con raíces franquistas, y que encuentran en la ya de por sí caciquil atmósfera rural el lugar perfecto para extender su propaganda. Sí, lo han oído bien, hasta en los pueblos más pequeños de las provincias más despobladas y más necesitadas de personas, se concentraron las personas para protestar contra otras personas.
No sabemos hasta qué punto puede dañar la inteligencia la consciencia de ver cómo este movimiento de regreso al fascismo se va abriendo paso en nuestras sociedades desde lo primario, lo ancestral, lo cavernario y lo más rastrero. Lo que sí intuimos es que los valores más valiosos de nuestra especie: la bondad, la búsqueda de la verdad o la solidaridad, pero sobre todo la solidaridad, se están echando a perder por el gran retrete de este capitalismo herido de muerte. Y este proceso acontece sin la observancia de las leyes vigentes.
La entrada irregular en Ceuta no concede por sí misma el derecho a residir en España ni el derecho automático de traslado o libre circulación hacia la Península o el resto de Europa pero las personas que acceden entran automáticamente bajo la jurisdicción de las leyes españolas y comunitarias. Esto implica que la persona migrante adquiere una serie de derechos procesales y de asistencia fundamentales antes de que se pueda determinar si procede su devolución o su permanencia. Está prohibida la expulsión colectiva y las autoridades deben identificar a cada persona individualmente, reseñar sus datos y abrir un expediente específico para evaluar su situación particular. Así mismo, tiene derecho a solicitar protección internacional. Si formaliza esta solicitud, su proceso de devolución queda paralizado de inmediato hasta que se resuelva si es admitido a trámite. Tiene derecho a asistencia jurídica y de interpretación, es decir, tiene derecho a contar con un abogado (de oficio si carece de recursos) y con un intérprete en su propio idioma. Además, tiene derecho a la no devolución en caliente en caso de haber entrado a nado y sin superar una barrera o elemento físico de contención. También tienen derecho a asistencia humanitaria y sanitaria básica. Y por último, en el caso de menores no acompañados, el Estado tiene la obligación legal específica de protegerlo bajo los principios del interés superior del menor, lo que impide su devolución automática y obliga a tramitar un proceso riguroso antes de cualquier reagrupación familiar, unas consideraciones que son idénticas para víctimas de trata de personas.
Para la solidaridad, estas leyes podrían ser infinitamente mejores. Para la insolidaridad son, al parecer, demasiado humanas, y por eso la deshumanización trata de forzar la desobediencia hacia ellas, sin tener en cuenta ni la historia ni el futuro, esa que tanto se ignora y ese que da tantas vueltas.
Relacionado
Información en la que puede confiar:
Reuters, la división de noticias y medios de comunicación de Thomson Reuters, es el mayor proveedor de noticias multimedia del mundo, con un alcance diario de miles de millones de personas en todo el mundo. Suscríbase a nuestro boletín informativo diario gratuito: thomson@reutersmarkets.com
