Diseccionando a El País •  07/03/2016

Frank Underwood, un Neoliberal en el corazón del partido Demócrata

Frank Underwood, un Neoliberal en el corazón del partido Demócrata

Atención: spoiler desde el primer párrafo.

Consultadas varias críticas de la excelente serie de intriga política House of Cards [1], en ninguna encontré lo que más me llamó la atención. Volveré a eso al final… Una trama de conspiraciones bien urdidas y entrelazadas, sin demasiada profundidad, conducida por el cinismo y los tejemanejes maquiavélicos de sus principales personajes con varios retratos: Frank Underwood, el vil político y sus retorcidas maniobras para alcanzar el máximo escalón en la pirámide del poder. Claire, la esposa fría y calculadora, alter ego de su marido pero un paso por detrás en la necesaria deshumanización del monstruo político, susceptible -por tanto- de errores de cálculo. Zoe Barnes, la periodista que desea reconocimiento, que pasa por cualquier aro, desprovista de ideología política. Todos ellos emparentados por un rasgo común: la ambición. Luego Doug Stamper, el fiel perro del jefe, soldado leal cuya eficacia solo es vulnerable ante malas pasadas del amor y la empatía. Completan el cuadro otros personajes apenas esbozados, tales como el político alelado en su juventud; el mismo político con escasas luces en su madurez, aquel que supo trepar situando la lealtad por delante de cualquier otra cosideración; el asesor que saltó al mundo empresarial de las corporaciones en busca de dinero; la prostituta ignorante y superviviente, etc.

Frank Underwood, versión contemporánea del príncipe de Maquiavelo, alma desalmada de la serie, nos invita a la reflexión con sus salidas a la cuarta pared y frases lapidarias que definen en gran medida cómo se estructura y cúal es el funcionamiento de la política-espectáculo servida para el gran público. Pero antes, desde el salvaje cinismo de un cabrón que despierta insólita simpatía, desnuda la política de puertas para adentro y nos muestra sus estrechas relaciones con el establishment económico;

“No somos nada más ni nada menos que lo que escogemos revelar de nosotros […] La democracia está sobrevalorada […] Para quienes escalamos a la cima de la cadena alimenticia, no puede haber piedad; sólo hay una regla: cazar o ser cazado […] El camino hacia el poder está pavimentado de hipocresía […] Si te quieres ganar mi confianza, entonces tendrás que ofrecerme la tuya a cambio […] A veces, la mejor manera de ganar el respeto de tus superiores consiste en desafiarlos […] Tusk entiende la diferencia entre dinero y poder. Eso es precisamente lo que lo hace peligroso. Él no mide su riqueza en jets privados, sino en almas compradas […] La naturaleza de las promesas es que permanecen inmunes a los cambios según las circunstancias […] Los momentos así requieren de alguien que actúe, que haga lo desagradable, lo necesario […] La generosidad también es una forma de poder […] Para algunas personas, el orgullo es su punto fuerte y también su debilidad; si consigues parecer humilde delante de ellos, harán cualquier cosa que les pidas […] No existe la justicia. Sólo partes satisfechas […] Sólo un tonto prueba el agua con ambos pies […] Si ves una oportunidad perfecta, entonces hay algo que has pasado por alto […] Coopera: hazlo a mi manera […] No puedes cambiar de “no” a “sí” sin un “quizás” entre medias […] No hay mejor manera de disipar las dudas que con una avalancha de verdad al desnudo”.

Y junto a estas y otras sentencias, la columna que -creo- vertebra el argumento de House of Cards: “qué desperdicio de talento. Él eligió el dinero en vez del poder, un error que casi todos cometen. Dinero es la gran mansión en Sarasota que empieza a caerse a pedazos después de diez años. Poder es el viejo edificio de roca que resiste por siglos. No puedo respetar a alguien que no entienda la diferencia“.

Es en esos momentos en los que Underwood rompe la cuarta pared para describirnos cómo funciona el entramado del poder político – poder económico – poder mediático cuando House of Cards alcanza los momentos más sinceros, pues resumen una crítica despiadada a la corrupción, al tráfico de influencias, a las redes clientelares, a la financiación legal -o no- del bipartidismo por parte de las mismas multinacionales, a la sumisión de los medios corporativos al establishment político-económico y -en suma- a las cloacas por las que discurre toda esa mierda: más modernas, sofisticadas y -por tanto- mejor preparadas para acumular y conducir hacia la sociedad el enorme cúmulo de inmundicia que genera la íntima relación entre los poderes antes citados.

House of Cards nos muestra una ficción desmesurada en la figura del psicópata protagonista pero poco alejada del funcionamiento real de las intrincadas cañerías del poder. Observamos cómo las piezas se mueven con fingida libertad en un tablero siempre patrocinado por la banca y las grandes empresas en el que se ataca y desprecia la esencia de la democracia. Pocas reflexiones describen con tanta nitidez el cinismo de las oligarquías que nos imponen gobiernos serviles a sus propósitos como esta: “a un solo paso de la presidencia y ni un solo voto emitido en mi nombre: la democracia está muy sobrevalorada“. Es la burla desde el poder hacia las clases populares. La convicción de que -aunque la sociedad no vote lo que ordenan sus medios de comunicación- siempre existe un plan B, o bien, como ocurre en Europa, mecanismos para corregir los anhelos democráticos de gobiernos díscolos (véase la deuda ilegítima).

Salvando las distancias, lo más valorable de la serie es el relato del fenómeno del travestismo político que azota los partidos socialdemócratas europeos o el actual partido Demócrata estadounidense. En Underwood se detecta enseguida, desde la primera temporada y de manera más acentuada cuando accede a la vicepresidencia y consigue sacar adelante su propia agenda neoliberal explotando la debilidad del presidente. Pero es en la tercera temporada cuando lanza la campaña central de su ilegítimo mandato: “America Works“. Se trata del típico proyecto de gran calado que desmantelará las prestaciones sociales entre otros derechos del trabajador medio estadounidense a golpe de marketing. Un partido Demócrata con dos almas, una que desea recuperar valores de los padres fundadores basados en el bien común y otra que abraza los postulados de la desregulación económica. Una que se apoya en la clase trabajadora y otra que la embauca. Mientras una pretende ganar derechos tales como una sanidad pública eficiente (el gran fracaso del Obama maniatado), la otra trabaja duro por aumentar los beneficios de las aseguradoras y multinacionales farmacéuticas. He aquí el discurso del halcón neoliberal, el cínico, el impostor;

Buenas noches.

Durante demasiado tiempo, nosotros en Washington les hemos mentido. Decimos que estamos para servirles, cuando de hecho, nos servimos a nosotros mismos. ¿Y por qué? Nos impulsa nuestro deseo de ser reelegidos. Nuestra necesidad de seguir en el poder eclipsa nuestro deber de gobernar. Eso termina esta noche. Esta noche, les ofrezco la verdad.

Y la verdad es esta: el sueño americano les ha fallado. ¿Trabajan mucho? ¿Siguen las reglas? Eso no les garantiza el éxito. Sus hijos no tendrán una mejor vida que la de ustedes. Diez millones de ustedes no consiguen empleo aunque quieran uno desesperadamente. Nos ha paralizado la Seguridad Social, Medicare, Medicaid, la asistencia social, las prestaciones sociales. Y esa es la raíz del problema: las prestaciones sociales.

Que quede bien claro. Ustedes no tienen derecho a nada. No tienen derecho a nada. Estados Unidos de América se construyó con el espíritu de la industria. Ustedes construyen su futuro. No se lo dan en bandeja. Y el problema con Washington es que no les hemos dado las herramientas para construirlo. La única manera de servirles es darles los medios para servirse a ustedes mismos. Y eso es exactamente lo que planeo hacer. No dádivas, sino empleos. Empleos bien remunerados.

En las próximas semanas, los líderes demócratas presentarán un programa llamado “America Works”. Su objetivo es simple: poner a trabajar a los diez millones de ciudadanos desempleados. A todos ellos. Si quieren empleo, lo tienen.

El costo es de 500 mil millones de dólares. Eso es mucho dinero. Para pagar el programa, tendremos que replantear radicalmente la Seguridad Social, la asistencia médica y los beneficios. No podemos mantener el Estado Benefactor como lo conocemos.

Eso no es algo popular para decir. Cualquiera que se quiera postular no se atrevería a decir esas palabras. Cualquier asesor y consultor y miembro del gabinete le rogaría al candidato presidencial que no las dijera. Pero yo puedo decirlas. Porque no buscaré la candidatura demócrata en 2016.

Los candidatos son cautelosos. Tienen que hablar con evasivas. Eluden y andan de puntillas. Pero prefiero dejar este gobierno habiendo logrado algo de valor que asegurar otros cuatro años sin haber logrado nada en absoluto.

Franklin D. Roosevelt marcó el comienzo de una era de esperanza y progreso cuando propuso el New Deal. Y, en ese tiempo, sus reformas se consideraron radicales. Pero él dijo una vez: “Este país exige que experimentemos de manera atrevida. El sentido común nos dicta que elijamos un método y lo pongamos a prueba. Y si fracasa, reconozcámoslo sinceramente y probemos con otro. Pero ante todo, intentemos algo distinto”. Roosevelt habría entendido mejor que cualquiera la necesidad que hay de probar algo distinto. El New Deal tuvo éxito durante muchos años, pero ahora debemos intentar algo innovador antes de que fracase.

Si “America Works” prospera, reinventaremos el sueño americano. Si fracasamos en el intento, lo reconoceremos sinceramente y probaremos con otro. Pero, ante todo, debemos intentar algo.

Gracias, y que Dios bendiga a los Estados Unidos de América.

Es un discurso atractivo que engaña desde la primera línea. A partir de una situación económica desastrosa, justo la que vivimos hoy día, emplea un ejercicio de audaz desmemoria para sustituir las causas y los causantes de la crisis y aprovechar eso para profundizar en la desregulación económica y el aumento de las desigualdades. Veámos como se mancilla la realidad desde la estrategia política de Underwood para crear falsas espectativas;

LA REALIDAD

El sujeto: la banca, las corporaciones, los especuladores.

Las causas: la práctica legislativa, la desregulación de la mano de políticos serviles a las élites económicas que posibilitó sus desmanes, la sociablilización de las pérdidas.

Las consecuencias: el paro, la precariedad laboral, el robo de derechos.

EL PERVERSO RELATO ULTRALIBERAL

El sujeto: los políticos, el estado “benefactor”.

Las causas: las coberturas sociales como “raíz del problema”:

Las consecuencias: el paro, la precariedad laboral, el robo de derechos.

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El remate del discurso de Underwood es establecer un paralelismo entre su “America Works” y el New Deal que puso en práctica en Estados Unidos el presidente F. D. Roosevelt de manera exitosa a partir de 1933 para salir de la Gran Depresión de 1929. Una politica keynesiana de inversiones públicas para estimular la economía incrementando la masa de consumidores y -por tanto- la producción y el tejido empresarial, es decir, lo contrario al austericidio neoliberal. Un estado fuerte, mayores coberturas sociales e incremento de salarios fueron los pilares del New Deal de Roosevelt en un momento de crisis sistémica casi análogo al actual y -justo la destrucción de todo eso- lo que propone el nuevo presidente “Demócrata” de House of Cards.

Trasladada la propuesta a España, son las políticas económicas expansivas del tipo del New Deal lo que proponen partidos como Podemos, Izquierda Unida, las confluencias y Compromís, justo lo contrario a las tesis de Ciudadanos, PP y PSOE. Por descontado que, en este país, la sutilidad y el fino cinismo de Frank Underwood se sitúa a varias constelaciones de distancia respecto a los torpes mensajes basados en una falsa dicotomía que nos envían los relaciones públicas del PSOE para justificar la ratificación de las políticas neoliberales impuestas por Alemania a través del pacto con C´s: es incomprensible que Podemos vote alineado con el PP / Podemos vota contra el cambio / Iglesias ha decidido “mantener a Rajoy en la Moncloa”. Donde dice “gobierno del Cambio” debe decir “gobierno del continuismo”, que quede bien claro. Pero si el discurso de America Works cuela incluso para que muchos televidentes lo consideren atractivo, no ocurre lo mismo con el argumentario reiterativo del PSOE, que se tomó muy a pecho aquella premisa de Goebbels: toda propaganda debe ser popular, adaptando su nivel al menos inteligente de los individuos a los que va dirigida”.

Volvemos al punto de partida. Lo apreciable ante todo en House of Cards es el retrato impecable del dirigente farsante que se dice socialista, laborista o socialdemócrata pero aplica una tercera vía basada en políticas económicas neoliberales. El político travestido, el fraudulento, el engañabobos, el impostor: llámese Felipe González (en su versión más decrépita), Bill Cinton, Tony Blair, Rodríguez Zapatero, François Hollande… o el Pedro Sánchez que conocemos hasta día de hoy. Un matiz: si en House of Cards, Underwood es la hipérbole del estereotipo, en la superación de la ficción la mayor parte de la dirigencia participa de la farsa.

[1] Dirección,  interpretaciones, banda sonora y otros aspectos técnicos de sobresaliente no son objeto de esta crítica.


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