Kepa Arbizu •  Cultura •  16/03/2026

“La voz de Hind”, de Kaouther Ben Hania. Una llamada de auxilio universal

  • La multipremiada -con galardones en Venecia y Donostia- cinta tunecina, apoyada en la producción por Brad Pitt, Joaquin Phoenix, Alfonso Cuarón o Jonathan Glazer, es una recreación realista de la llamada efectuada a un número de emergencias por una niña palestina al verse asediada y tiroteada por el ejercito israelí.
“La voz de Hind”, de Kaouther Ben Hania. Una llamada de auxilio universal

En una entrevista, el cineasta galés Peter Greenaway, declaraba, a la hora de diagnosticar el clima cultural procedente de Estados Unidos, que la Coca Cola te pudre los dientes; Disney la imaginación y Hollywood el cerebro. Una lapidaria, pero muy certera, sentencia que tiene también sus propias vinculaciones con el ámbito ideológico. Porque el autoproclamado Edén del séptimo arte lo es, principalmente, en cuanto a su condición de espectáculo y sobre todo como propagador de todo un ideario que, oculto entre purpurina y letreros de oro, sirve para blindar su bandera. Uno de sus estandartes, los premios Oscar, celebrados la madrugada del 16 al 17 de marzo, no pueden ser entendidos aislados de todo un engranaje industrial que, como tal, no es ajeno, lo desee o no, a todo un posicionamiento en el organigrama internacional de su país. No es casualidad por lo tanto que la realidad social se entrelace tantas veces con esa pasarela de las vanidades expuesta sobre una alfombra roja a la que este año no ha podido acudir el actor Motaz Malhees, incapaz de conseguir que su tarea artística, como intérprete de la nominada “La voz de Hind”, haya podido esquivar las leyes racistas de Trump que impiden cruzar sus fronteras a los ciudadanos palestinos. Una perfecta, y dramática, expresión de que ninguna disciplina creativa, y mucho menos si tiene como público a grandes masas, es ajena a las circunstancias que golpean al mundo, algo que lo sabía muy bien la realizadora tunecina Kaouther Ben Hania cuando decidió ceder su cámara al sobrecogedor episodio que da nombre al título de su obra, cuando en 2024, tanques israelíes disparaban al coche donde se escondía una niña de cinco años con su familia. Concretamente 355 balas fueron las encargadas de firmar un acto nauseabundo y de servir de argumento para esta extraordinaria y necesaria película.

Partiendo de una reconstrucción basada en los hechos reales, tanto es así que la reproducción de la llamada efectuada por la joven a los servicios de urgencias de la Media Luna Roja es la original, su puesta en escena, sobria pero agitada como termómetro del increscendo trágico que va acumulando, escoge un formato, utilizado de manera sobresaliente por ejemplo en “The Guilty”, de Gustav Möller, donde solo conocemos los hechos por lo escuchado al otro lado del auricular. Una división de escenarios, invisibilizando uno de ellos, que promueve un mayor grado de incertidumbre y cede todo el protagonismo en la pantalla a los receptores del mensaje, una labor solventado de manera excelente por un plantel en el que cada uno de sus integrantes adopta su particular manera de encajar, y buscar salidas, a ese drama. Porque la voz de esa niña que implora ser rescatada conmueve casi tanto con su iniciático desconcierto, donde cuesta descifrar que sus familiares duermen, pero en sangre, como en el desgarrador lamento de socorro. Una situación observada con estupefacción y extrañeza por unos jóvenes ojos incapaces de traducir bajo ninguna lógica lo que está sucediendo. Que el mundo haya aprendido a hacerlo es la peor noticia existente.

Posiblemente, más allá del pálpito nervioso, a pesar de conocer el desenlace, que produce la cinta, resulta especialmente destacable la kafkiana situación con la que deben negociar los sanitarios, un colectivo donde el factor humano irá tomando el control frente al más dogmático. Pese a los escasos ocho minutos que separan a la ambulancia del lugar atacado por los tanques, un asesinato a sangre fría en primera instancia negado por el Estado sionista y más tarde demostrada su veracidad por investigaciones independientes, entra ellas las del Washington Post , dicha intervención se verá ampliamente demorada por las innumerables trabas ofrecidas desde las instancias israelíes, ya que tienen que ser ellas en último término las que ofrezcan una ruta segura, sin serlo nunca del todo, como se pudo comprobar en este caso, para materializar el acceso a una zona tomada por el ejército. Una situación solo explicable bajo la dialéctica sangrienta de un genocidio donde el asesino es quien debe abrirte la puerta para curar a la víctima de sus propias atrocidades. Una fúnebre paradoja que alentará un contraste entre las formas de actuar desde la organización humanitaria, siendo todas ellas dignas de entender y de poner en duda, porque al igual que las entrañas impulsan a tomar una decisión efectiva y inmediata, que ésta sea abortada de manera mortal solo supondría la acumulación de dolor y ninguna solución.

Que durante la cinta se otorgue importancia y presencia a unos primeros planos que resaltan ese compromiso directo por salvar a la niña, donde los rostros se irán cubriendo de lágrimas, el maquillaje se irá disolviendo en una oscura mancha y los gestos cada vez serán más rudos, sirve para resaltar la figura de quien hace de su trabajo diario un tránsito hasta sensaciones heroicas o mancilladas por la frustración de sumar un nombre más a la galería de desaparecidos. Mientras desde dentro de los tanques o esa burocracia israelí que demora cualquier salvoconducto que pueda resultar imprescindible solo se conjuga el idioma de la muerte, hay quienes capitalizan sus esfuerzos para que esa huella mortuoria no se expanda todavía más. Un intento trasladado de manera tensa pero sobresaliente a lo largo de una escasa hora y media donde las ondulaciones de voz registradas en la grabación de la llamada, acompañadas de constantes salvas de artillería, se parecen peligrosamente a los monitores de frecuencias cardíacas a la espera de que llegue ese gran pitido final, en este caso en forma de silencio.

Siempre se habla de la magia del cine, de la posibilidad de obtener un desencadenante feliz incluso para la historia más desoladora. Por desgracia, la realidad no tiene un realizador que solo con borrar una palabra consiga alterar el destino fatal de sus protagonistas. Kaouther Ben Hania pese a no poder transformar ese trágico desenlace ha conseguido adentrarse de tal modo en nuestro sentimiento que logra alumbrar la esperanza de que esa ambulancia no acabe hecha un amasijo de hierros e Hind Rajab, y su familia, como nuevas víctimas de las miles que acumula la barbarie israelí. Para que ese alternativo desenlace sea factible debemos asimilar que la próxima llamada de auxilio que se produzca también está sonando en nuestros teléfonos y es parte de nuestra responsabilidad. Y es que la única posibilidad de encontrar un final feliz para una cinta como ésta pasa por cambiar la realidad, construir un escenario donde no existan guiones que rodar entre los escombros de Palestina.

Kepa Arbizu.


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