André Abeledo Fernández •  Opinión •  25/08/2026

«Matamos niños, pero rápido»: la obscena comparación de un portavoz israelí con España

Camaradas:

Hay frases que, aunque hayan sido escritas hace años, adquieren una dimensión diferente cuando el tiempo demuestra hasta qué punto eran reveladoras.

El 29 de julio de 2014, en plena ofensiva israelí sobre Gaza, el capitán Roni Kaplan, entonces portavoz de las Fuerzas de Defensa de Israel para la prensa hispanohablante, escribió desde su cuenta de Twitter una frase difícil incluso de reproducir sin sentir indignación:

«Matamos niños, sí. Pero de una forma rápida y eficaz, casi sin dolor. ¿Es mejor acaso dejarlos morir de hambre, como hacen en España?»

La frase fue publicada durante una discusión con usuarios españoles. Kaplan también había escrito ese mismo día, refiriéndose a los niños palestinos: «No son niños, son terroristas en potencia».

Y aquí quiero detenerme.

Porque yo soy español.

Y precisamente por eso puedo decir algo que quizá aquel portavoz militar israelí no entendía: España no es Israel.

No lo digo porque España sea perfecta. No lo es.

En España existe pobreza. Existe desigualdad. Existe racismo. Existen abusos policiales. Existen injusticias que debemos denunciar y combatir.

Pero una cosa es vivir en una sociedad con pobreza infantil y otra muy diferente utilizar deliberadamente el hambre como instrumento de guerra.

Una cosa es que un niño viva en un hogar pobre y otra que una población entera sea sometida a restricciones de alimentos, agua, medicamentos y ayuda humanitaria.

Son realidades completamente diferentes.

Y después de lo ocurrido en Gaza durante estos últimos años, aquella frase de Kaplan adquiere una dimensión todavía más siniestra.

Más de 21.000 niños muertos

Las cifras son tan monstruosas que casi cuesta asimilarlas.

UNICEF registraba al menos 21.289 niños palestinos muertos en Gaza entre el 7 de octubre de 2023 y el 3 de febrero de 2026. En ese mismo periodo se habían registrado 71.803 palestinos muertos y 171.230 heridos.

Y estamos hablando de una cifra que ya tiene meses.

Mientras escribo estas líneas, las muertes continúan.

Incluso después del alto el fuego anunciado en octubre de 2025, UNICEF ha seguido denunciando la muerte de niños en Gaza. La organización informó de que durante los primeros 300 días posteriores al alto el fuego habían muerto al menos 300 niños, una media aproximada de un niño al día.

Pensemos por un momento en lo que significa la cifra de 21.000 niños.

No son 21.000 combatientes.

No son 21.000 soldados.

Son niños.

Niños que tenían nombres.

Niños que tenían madres, padres y hermanos.

Niños que iban a la escuela.

Niños que jugaban.

Niños que tenían miedo.

Niños que no eligieron esta guerra.

Y algunos ni siquiera tenían edad suficiente para comprender qué estaba ocurriendo.

Y después está el hambre

Aquí es donde la frase de Kaplan adquiere una dimensión especialmente brutal.

Porque él utilizaba el hambre como comparación.

Pero en Gaza el hambre dejó de ser una metáfora.

En 2025, la Organización Mundial de la Salud informó de que 361 palestinos habían muerto por desnutrición, entre ellos 130 niños, hasta el 5 de septiembre. La OMS describió además una situación de hambruna en la que más de medio millón de personas se encontraban atrapadas en condiciones de inanición, indigencia y muertes evitables.

UNICEF había denunciado meses antes que el bloqueo de la ayuda estaba privando a los niños de alimentos, medicamentos y servicios esenciales. Después de dos meses de bloqueo, más de 9.000 niños habían necesitado tratamiento por desnutrición aguda desde comienzos de 2025 y cientos más no podían acceder al tratamiento que necesitaban.

Y aquí hay que ser rigurosos.

No todos los niños que han muerto durante el bloqueo aparecen estadísticamente clasificados como «muertos de hambre».

La muerte por hambre no consiste únicamente en morir literalmente de inanición.

Un niño desnutrido tiene muchas más probabilidades de morir por una infección que su organismo ya no puede combatir. Una diarrea que normalmente sería tratable puede convertirse en mortal. Una enfermedad curable puede acabar con la vida de un niño cuando no existen medicamentos.

Un bebé prematuro puede morir cuando no hay incubadoras, electricidad, oxígeno o atención neonatal suficiente.

Por eso no debemos sumar alegremente todas las muertes de Gaza a las muertes por hambre. Pero tampoco debemos cometer el error contrario y reducir el problema a los casos oficialmente clasificados como muertes por inanición.

La desnutrición, la falta de agua, la destrucción sanitaria y la ausencia de medicamentos multiplican las posibilidades de morir.

UNICEF ha documentado precisamente ese deterioro: hospitales destruidos o parcialmente operativos, restricciones para introducir medicamentos y equipamiento, enfermedades infecciosas y un sistema sanitario prácticamente colapsado.

No son solamente las bombas

Hay otro dato que debería estar presente cuando hablamos de Gaza.

En agosto de 2026, OCHA informaba de que el 90 % de la población sufría interrupciones frecuentes e imprevisibles en el acceso al agua potable.

¿Podemos imaginar eso en España?

¿Podemos imaginar que nuestros hijos no sepan cuándo podrán beber agua limpia?

¿Que un hospital infantil no tenga electricidad suficiente?

¿Que una madre tenga que elegir entre dar agua a su bebé, cocinar o lavarse?

¿Que la ayuda humanitaria quede bloqueada mientras la población está sometida a una guerra?

Pues eso es Gaza.

Y por eso considero que la comparación de Kaplan con España no solo era ofensiva.

Era una inversión completa de la realidad.

España no es Gaza

Yo puedo criticar a España.

Y lo hago.

Puedo criticar a mi Gobierno.

Puedo denunciar la pobreza infantil, los desahucios, el racismo o los abusos policiales.

Puedo denunciar cualquier injusticia cometida por nuestras instituciones.

Pero precisamente porque vivo aquí sé también lo que España no es.

En España no existe un sistema de justicia militar de ocupación aplicado a millones de palestinos.

No existen niños detenidos por el Ejército español por vivir en un territorio ocupado.

No existe una política estatal de privar deliberadamente de alimentos y medicinas a una población infantil para someterla.

No existe la pena de muerte.

Y el Estado español no ordena a su Ejército bombardear a niños por pertenecer a una determinada etnia, religión o nacionalidad.

Esto no significa que España sea perfecta.

Significa que las situaciones no son comparables.

Y decirlo no es patriotismo.

Es describir la realidad.

Lo que ocurre en Gaza no tiene equivalente en nuestra vida cotidiana

A veces escuchamos que «en Europa también hay guerras».

Sí.

Existe Ucrania. Existen conflictos terribles en Oriente Medio. Existe Sudán. Existe Yemen. Existen muchas tragedias que merecen nuestra atención.

Pero comparar automáticamente cualquier guerra con Gaza tampoco ayuda a comprender lo que está sucediendo.

En Gaza se ha producido una combinación extraordinaria de bombardeos masivos, desplazamiento de población, destrucción de viviendas e infraestructuras, colapso sanitario, restricciones de agua, hambre, bloqueo o limitación de la ayuda humanitaria y una mortalidad infantil de dimensiones espantosas.

No hace falta exagerar las cifras.

No hace falta inventar nada.

Los datos disponibles ya son suficientemente terribles.

Más de 71.000 palestinos muertos ya estaban registrados por UNICEF a comienzos de 2026.

Más de 21.000 eran niños.

Más de 171.000 personas habían resultado heridas.

Y posteriormente han seguido produciéndose muertes.

Mientras tanto, OCHA continúa describiendo una Gaza sometida a desplazamiento masivo, condiciones de vida extremas, ataques militares, restricciones de acceso y una profunda crisis humanitaria.

La diferencia entre una muerte y una política

Aquí está, para mí, el núcleo de la cuestión.

Una guerra siempre produce muerte.

Pero no todas las guerras producen exactamente las mismas condiciones.

No es lo mismo morir en combate que morir porque un hospital ha sido destruido.

No es lo mismo morir por una herida que morir porque no hay antibióticos.

No es lo mismo morir bajo los escombros que morir porque no tienes agua potable.

No es lo mismo una situación de pobreza que una población sometida a restricciones que impiden la entrada de bienes esenciales.

Y no es lo mismo que un niño muera accidentalmente en una sociedad que garantiza jurídicamente sus derechos que privar a una población de los medios indispensables para sobrevivir.

Por eso no acepto que se banalice lo que ocurre en Gaza comparándolo alegremente con cualquier otro problema europeo.

Hay que mirar los datos.

Hay que escuchar a los médicos.

Hay que escuchar a UNICEF.

Hay que escuchar a Naciones Unidas.

Y hay que mirar a los niños.

Porque cuando apartamos la propaganda, las banderas y los discursos políticos, queda una realidad elemental:

decenas de miles de niños palestinos han muerto o han quedado heridos durante esta guerra.

Y ningún argumento político puede convertirlos en cifras sin nombre.

«No son niños»

Quizá por eso aquella otra frase de Kaplan sea todavía más importante:

«No son niños, son terroristas en potencia».

Ahí está la clave.

Para poder matar a un niño sin que la conciencia se rebele primero hay que dejar de verlo como un niño.

Hay que convertirlo en una amenaza.

En un enemigo.

En un «terrorista en potencia».

Y después resulta mucho más fácil justificar su muerte.

Ese mecanismo de deshumanización no pertenece exclusivamente a un pueblo, una religión o una ideología.

Es uno de los mecanismos más antiguos de la barbarie:

primero se deshumaniza; después se discrimina; después se castiga colectivamente; y finalmente se mata.

Por eso no debemos permitir que ningún niño sea convertido en «enemigo potencial».

Ni palestino.

Ni israelí.

Ni ruso.

Ni ucraniano.

Ni español.

Ningún niño.

Y por eso digo: en esto, España no es Israel

No estoy diciendo que España sea perfecta.

No estoy diciendo que nuestro país esté libre de injusticias.

No estoy diciendo que el Estado español no haya cometido errores o abusos.

Estoy diciendo algo mucho más concreto:

En el trato institucional a los niños, en el reconocimiento de sus derechos y en el marco jurídico que protege sus vidas, España y la realidad que viven los niños palestinos no son comparables.

Y precisamente porque soy español puedo decirlo.

No necesito idealizar España para defender a Palestina.

No necesito negar nuestros propios problemas para denunciar los de otros.

Y tampoco necesito fingir que todas las guerras son iguales para demostrar que rechazo todas las muertes de civiles.

Una vida humana vale lo mismo en Gaza que en Madrid.

Pero precisamente por eso debemos mirar de frente lo que está sucediendo en Gaza.

Porque si aceptamos que miles de niños pueden morir, que una población puede ser desplazada, que el hambre puede convertirse en una herramienta de guerra y que la destrucción de hospitales y servicios esenciales puede normalizarse, entonces no estamos defendiendo los derechos humanos.

Estamos seleccionando quién merece tenerlos.

Y yo no estoy dispuesto a aceptar eso.

Un niño palestino no vale menos que un niño español.

Un niño palestino no vale menos que un niño israelí.

Y ningún Estado tiene derecho a convertir la infancia de un pueblo entero en objetivo de guerra.


Opinión / 

Información en la que puede confiar:

Reuters, la división de noticias y medios de comunicación de Thomson Reuters, es el mayor proveedor de noticias multimedia del mundo, con un alcance diario de miles de millones de personas en todo el mundo. Suscríbase a nuestro boletín informativo diario gratuito: thomson@reutersmarkets.com