Las mujeres y la belleza. Yo también fui una niña fea
Ayer me saltó en Instagram una entrevista a Carmen Posadas. Bien sabido es que no eliges lo que el algoritmo selecciona para ti.
En esta entrevista contaba que había sido una niña fea y que eso la inició en la lectura y, después, en la escritura. Cuando llegó a la adolescencia, esto deja constancia de la existencia de universos paralelos, su madre la llevó a París, le operaron la nariz, le colocaron los dientes y le hicieron un fantástico corte de pelo. Et voilà, como en el cuento del patito feo,así mismo lo dice, se convirtió en guapa.
O sea, que a ella la fealdad le duró lo justo.
Yo también fui una niña fea.
A los seis años sufrí un accidente de coche que me dejó enormes secuelas: fracturas y cicatrices en la mitad derecha de la cara. Pero mi historia, como casi todas, por cierto, no tuvo un final feliz. O, al menos, no tan pronto como el de doña Carmen Posadas.
No fue fácil transitar la infancia y la adolescencia con la cara, que es lo primero que todos y todas ven de ti, tan señalada.
Mi abuela paterna dijo que pondría velas a no sé quién si, después de las numerosas operaciones a las que me sometí, «quedaba perfecta». No me consta que este tributo a los santos se llegara a realizar.
Como la imaginación infantil es infinita y los criterios de realidad durante la adolescencia bastante escasos, yo pensaba que después de cada intervención quedaría perfecta. A las pruebas me remito: no fue así.
En mi entorno detecté algo que, ahora que lo escribo, se me hace mucho más evidente: el miedo que había a que me quedara sola, me refiero en este caso al aspecto afectivo.
No sé hasta qué punto ese miedo se me transmitió de manera explícita o fui yo quien aprendió a percibirlo, pero estaba ahí. Durante muchos años compensar esta dificultad, hacerme querida e integrarme en entornos diversos requirió mucha energía por mi parte.
Estudié Ciencias Físicas y pienso que mis resultados académicos habrían sido mejores si hubiera podido dedicar toda mi energía personal al estudio. Quizá me estoy justificando, pero creo que a estas alturas no tengo esa necesidad. Buena parte de toda mi energía estaba dedicada a otras cosas: a encajar, a relacionarme, a hacerme querer, a intentar que aquello que se veía primero no condicionara todo lo demás.
Y no era poca cosa.
A día de hoy me siento un poco más a gusto con mi cuerpo. Sigo sufriendo en las épocas estivales, cuando el exceso de fotos quiere dejar recuerdo de todo. Para algunas personas una fotografía es un recuerdo; para otras puede seguir siendo también una confrontación con la propia imagen.
Pero he alcanzado cierta estabilidad. Y esa estabilidad me permite dedicar mi fuerza a otros proyectos que, en mi caso, son bastantes, creo.
Al escuchar a Carmen Posadas pensé en todo esto. En su historia y en la mía. Y, sobre todo, en cuántas historias habrá entre ambas.
Porque la belleza y la fealdad no son asuntos menores cuando eres una niña. A todos se nos juzga por nuestro aspecto, pero creo que a las mujeres se nos ha juzgado, y se nos sigue juzgando, de una manera especialmente intensa. La belleza femenina continúa funcionando como una carta de presentación, como si dijera algo no solo sobre nuestro cuerpo, sino también sobre nuestro valor.
Y lo aprendemos muy pronto.
Lo aprendemos cuando se dice que una niña es guapa o fea. Cuando se habla de arreglarla, de mejorarla, de sacarle partido. Cuando una abuela promete velas a los santos para que su nieta «quede perfecta». Cuando una adolescente espera que la siguiente operación sea por fin la que la convierta en otra. Cuando alrededor de una chica existe el temor, pronunciado o no, de que quizá nadie llegue a quererla.
Por eso la historia del patito feo me resulta ahora menos inocente de lo que me parecía de niña. El final feliz consiste en descubrir que el patito no era realmente feo. Era un cisne. Pero algunas no nos convertimos en cisnes a los quince años.
Algunas simplemente fuimos creciendo, viviendo, estudiando, trabajando, queriendo y siendo queridas. Y aprendiendo, con bastante más tiempo del que nos habría gustado, a sentirnos algo más cómodas en nuestro propio cuerpo.
Yo también fui una niña fea.
Y quizá lo verdaderamente reivindicativo sea poder contarlo ahora sin necesidad de añadir que, al final, me convertí en guapa.
*Elsa Campano.
Profesora de la Educación Pública.
Activista en colectivos diversos.
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