Lois Pérez Leira •  Opinión •  26/07/2026

El derecho a dudar: la traición de la metafísica al pensamiento revolucionario

La consigna «dudar es traición», popularizada en ciertos círculos políticos en relación con la realidad de Venezuela, representa una de las desviaciones teóricas más graves y, paradójicamente, más conservadoras dentro de los movimientos que se reclaman de izquierda. Lejos de constituir una muestra de firmeza ideológica o lealtad revolucionaria, prohibir el cuestionamiento es un acto de capitulación ante el dogmatismo. Desde una perspectiva rigurosamente materialista e histórica, decretar que la duda es un delito no es más que una postura idealista, metafísica y profundamente reaccionaria que traiciona los cimientos fundamentales del pensamiento de Karl Marx y Vladímir Lenin.

​Para Karl Marx, la duda no era una debilidad ni una vacilación pequeñoburguesa, sino el motor fundamental del método científico y la única herramienta capaz de desentrañar la realidad detrás de las ideologías dominantes. En la década de 1860, al responder un cuestionario informal de sus hijas sobre sus preferencias personales, Marx eligió como su máxima favorita la frase en latín de omnibus dubitandum: hay que dudar de todo. Esta convicción no nacía de un escepticismo paralizante, sino de la necesidad de someter todo dogma a un riguroso examen crítico. Ya en 1843, en su célebre carta a Arnold Ruge, un joven Marx definía su labor como la «crítica despiadada de todo lo existente», una crítica que no debía temer ni a sus propios resultados ni al conflicto con los poderes establecidos. Convertir las directrices políticas en verdades sagradas e incuestionables es recaer en el idealismo que Marx combatió toda su vida; es transformar la teoría social en una teología estatal destinada a justificar el orden vigente y a desarmar la praxis transformadora de la sociedad.

​Por su parte, Vladímir Lenin libró una batalla constante contra quienes pretendían momificar la teoría revolucionaria. Citando con frecuencia a Friedrich Engels, Lenin repetía que el marxismo no es un dogma rígido, sino una guía para la acción cuyo núcleo vivo es el análisis concreto de la situación concreta. En la práctica política, Lenin fomentó debates internos sumamente enconados y defendió la autocrítica como un mecanismo de saneamiento indispensable para corregir los errores del partido y del aparato estatal. Imponer el absoluto de que dudar equivale a cometer una traición anula de golpe la posibilidad de evaluar la realidad material. Quien prohíbe la duda asume de manera metafísica que las decisiones del liderazgo político son infalibles y eternas, ignorando deliberadamente que las condiciones materiales cambian y que los procesos humanos están plagados de contradicciones que exigen rectificación.

​La postura de anular el pensamiento crítico es, por definición, idealista y metafísica porque divide el mundo en absolutos morales abstractos —leales contra traidores— en lugar de analizar las contradicciones materiales de la sociedad. Al rechazar el debate y la confrontación de ideas, el dogmatismo no resuelve los problemas reales como la escasez, la ineficiencia o la injusticia; simplemente los oculta tras un manto de fe ciega. Esta actitud acaba siendo profundamente reaccionaria porque despoja a las masas de su capacidad de análisis y las convierte en receptoras pasivas de consignas vacías, protegiendo los privilegios de las burocracias y congelando el proceso histórico para evitar que avance.

​En el caso específico de la compleja situación política de Venezuela, no se requiere la asimilación de intrincados manuales de geopolítica ni la aceptación sumisa de discursos herméticos para comprender la crisis. Lo único que se necesita es recuperar la facultad humana más elemental: hacer una simple reflexión de duda. Dudar de las narrativas oficiales, contrastar las promesas de bienestar con la realidad del día a día, y cuestionar si las políticas implementadas sirven verdaderamente a las mayorías o si solo sostienen estructuras de poder. Cuando un sistema exige suspender el juicio crítico bajo amenaza de castigo o estigma, la duda deja de ser una opción intelectual y se convierte en el acto de resistencia más básico y necesario. Restablecer el derecho a dudar es, en última instancia, devolverle a las personas su dignidad como sujetos políticos capaces de pensar, evaluar y transformar su propia realidad.


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