José Luis Aroca •  Cultura •  10/08/2026

Entrevista con el escritor Unai Arroita: “En el mundo real casi nunca manda quien parece que manda”

Unai Arroita (Vizcaya, 1996) debuta en el mundo literario con la novela “La sombra del trono”, una fantasía épica y oscura que dibuja la otra cara del poder, la invisible, aquella que se mantiene presente más allá de las apariencias.

“La sombra del trono” es la primera parte de una saga compuesta por siete libros. Arroita ha creado un universo que funciona como un espejo; desde la creatividad le muestra al lector las réplicas de cualquier sociedad real. “Un trono vacío no significa que no haya poder, significa que el poder ha dejado de dar la cara. Y ahí es donde empieza la novela: en la sospecha de que la ausencia de los dioses no dejó un vacío, sino una sombra, y de que en esa sombra hay alguien que lleva mucho tiempo decidiendo por todos sin necesidad de sentarse en ningún sitio”, relata el autor.

Entrevista con el escritor Unai Arroita: “En el mundo real casi nunca manda quien parece que manda”

Pregunta: – ¿Cuál es “la sombra del trono”?

Respuesta: – La sombra del trono es, literalmente, lo que proyecta un trono vacío. En el mundo de la novela gobernaron durante siglos quince dioses; un día desaparecieron, y lo que quedó fue un trono que nadie volvió a ocupar. No por descuido: se convirtió en símbolo, en promesa. Nadie gobernaría ese mundo nunca más.

Esa es la superficie. Pero un trono vacío no significa que no haya poder, significa que el poder ha dejado de dar la cara. Y ahí es donde empieza la novela: en la sospecha de que la ausencia de los dioses no dejó un vacío, sino una sombra, y de que en esa sombra hay alguien que lleva mucho tiempo decidiendo por todos sin necesidad de sentarse en ningún sitio.

Me interesaba porque no es una idea fantástica, es bastante cotidiana: en el mundo real casi nunca manda quien parece que manda. Hay una superficie visible, con nombres y ceremonias, y una trastienda donde se toman las decisiones de verdad. El trono es lo que se nos permite ver. La sombra es todo lo demás.

P: – ¿El poder tiene en sí mismo la sombra de lo inhumano?

R: – Creo que sí. El poder no convierte a nadie en monstruo de un día para otro; hace algo más sutil: te obliga a mirar a las personas desde muy arriba, y desde ahí las personas dejan de tener cara. Se vuelven número, territorio, coste asumible. Ahí empieza lo inhumano — no en la crueldad, que llega después, sino en la distancia.

Ya lo decía Platón: los mejores gobernantes son los que no quieren serlo, y hay que obligarles; el que ambiciona el poder es justo el que no sirve para ejercerlo. Dos mil cuatrocientos años después seguimos sin saber aplicarlo.

Por eso en mi novela el trono está vacío. Un mundo que decide que nadie vuelva a gobernarlo está diciendo que no se fía de nadie con ese poder en las manos, ni siquiera de un dios. Lo que no había previsto es que el poder invisible tampoco desaparece: solo deja de rendir cuentas.

P: – ¿Qué historia cuentas en tu primera novela?

R: – Es la historia de Runar Larronag, un niño que empieza su vida en un pueblo pequeño del norte, donde lo más grande que puede pasarte es un mal invierno. Y de pronto el mundo se le viene encima: se ve arrastrado a una guerra que no eligió, que además no es suya — empezó hace mil cien años, mucho antes de que él naciera.

Eso es lo que más me interesaba contar. No al héroe que nace preparado, sino al que no lo está en absoluto. Runar no tiene ni la fuerza, ni el conocimiento, ni las ganas de cargar con lo que le cae encima. Tiene que aprenderlo todo mientras el suelo se le hunde debajo, y equivocarse mucho por el camino.

Y luego está lo otro: cuando un conflicto lleva mil cien años abierto, ninguna de las personas que lo empezaron sigue viva, pero todo el mundo sigue pagándolo. Runar va a descubrir que la guerra en la que le han metido no va de quién gana, sino de por qué nadie ha querido cerrarla nunca. Esa pregunta es la que sostiene los siete libros. Este primero solo la deja caer.

P: – Es tu primera novela, pero estamos ante una saga muy ambiciosa. Se trata de un universo de fantasía épica integrado por siete libros. ¿Diseñaste de entrada este mundo o fue surgiendo poco a poco?

R: – Fue creciendo solo, y creo que es la única forma en la que podía funcionar. Yo empecé escribiendo la historia, sin más. A las pocas páginas tuve que parar: me di cuenta de que no sabía dónde estaba pasando aquello, y me senté a construir el mundo entero antes de seguir.

Lo curioso es lo que vino después. Cuando ya lo daba por terminado y volví a la novela, el mundo siguió creciendo por su cuenta. Cada escena me pedía algo que no estaba previsto: un pueblo, una costumbre, un rencor viejo entre dos familias, una guerra que había pasado antes. Y eso no ha parado. Sigue siendo un mundo en expansión constante — hoy sé cosas de él que no aparecen en ninguno de los siete libros.

Al final creo que ahí está la diferencia entre un mundo diseñado y un mundo habitado. El primero lo dibujas de una vez y ya está cerrado. El segundo no lo terminas nunca, porque cada personaje que entra trae consigo su parte.

P: – ¿Qué es Aureth?

R: – Aureth es el mundo. Ese mundo en expansión del que hablaba antes: el sitio donde ocurre todo. Y es grande. Tiene continentes, ciudades, regiones enteras con sus culturas, sus lenguas, sus maneras de entender lo que pasó con los dioses. Hay lugares de Aureth que todavía no han aparecido en ningún libro, y otros que probablemente no aparezcan nunca. No me parece un problema; me parece justo lo contrario. Un mundo donde solo existe lo que el lector ve es un decorado. Aureth existe aunque no vayas a visitarlo.

Eso es lo que intento que se note al leer: que cuando Runar cruza una frontera, al otro lado hay algo de verdad, con su historia, sus muertos y sus cuentas pendientes. Aunque en ese momento la novela solo se detenga a mirarlo de pasada.

P: – Runar y Eira, dos personajes claves de “La sombra del trono”. ¿Quiénes son? ¿Qué representan para ti como autor?

R: – Son las dos mitades de la misma persona, y esa persona soy yo.

Runar nació como el personaje más cercano a mí: un chico que recibe muy joven una responsabilidad demasiado grande y que duda todo el rato de si va a ser capaz de sostenerla. Se preocupa por los demás antes que por sí mismo y, cuando no sabe cómo afrontar algo serio, muchas veces le sale sonreír. Es la parte de mí que calcula cuánto puede perder antes de dar el siguiente paso.

Eira apareció después, y escribiéndola me di cuenta de que era mi otra mitad: la descarada, la directa, la sinvergüenza. Es el contrapunto de Runar y la voz que avanza cuando él todavía está dudando. La parte que echa a andar antes de haber dejado de tener miedo.

Los dos forman un dúo que permanece unido por fuerzas que todavía no comprenden. Y cuanto más avanza la historia, más importante se vuelve lo que significan el uno para el otro. Al principio pensaba que Runar iba a ser mi personaje. Terminé entendiendo que hacían falta los dos para describirme entero.

P: – Cuando no se cierran las heridas, el pasado siempre regresa y con mayor fuerza. ¿Esta es una lección histórica que respira en tu novela?

R: – Totalmente, y no es solo de la novela. Toda herida que no se cierra acaba pasando factura: da igual que sea personal, familiar, de una ciudad o de un país entero. Cambia la escala, no el mecanismo. Lo que no se resuelve no desaparece, se queda esperando.

En el libro lo llevo al extremo: la guerra que arrastra Runar lleva mil cien años abierta. Nadie que la empezó sigue vivo, nadie recuerda del todo por qué empezó, y aun así todo el mundo la sigue pagando. Eso es exactamente lo que hace una herida sin cerrar — se transmite. Pasa de una generación a la siguiente convertida en rencor heredado, en versiones incompatibles de lo que ocurrió, en gente que odia por cuenta de muertos que no conoció.

Y creo que ahí está lo importante: si queremos avanzar, si queremos que algo prospere de verdad, esas heridas hay que cerrarlas. No taparlas ni aplazarlas, cerrarlas. Porque cuando el pasado vuelve —y vuelve siempre— lo hace con más fuerza que la primera vez.

P: – ¿Dioses y humanos se confunden en tu obra por igual o protagonizan situaciones radicalmente distintas?

R: – Se parecen mucho más de lo que a ninguno de los dos le gustaría admitir. Los quince dioses de Aureth gobernaron el mundo durante siglos, y lo hicieron con las mismas miserias con las que gobierna cualquiera: ambición, orgullo, rencores entre ellos, decisiones tomadas muy lejos de la gente que iba a pagarlas. Ser dios no los hizo mejores. Solo hizo que sus errores se midieran en siglos y en continentes.

La diferencia real está en las consecuencias. Cuando un humano se equivoca, lo paga él y los suyos. Cuando se equivoca alguien con ese poder, lo paga un mundo entero durante mil cien años — y ahí está la guerra que le cae encima a Runar.

Los humanos son quienes viven con la herencia: los que nacieron después, los que no eligieron nada de aquello y sin embargo cargan con ello. Me interesaba mucho esa asimetría. Arriba, quien decide y desaparece. Abajo, quien no decidió nada y se queda a recoger los escombros.

P: – ¿Tienes planificada la frecuencia de publicación de cada libro de la saga?

R: – Prefiero ser honesto: yo no soy escritor de profesión. No es mi trabajo, mi vida no depende de esto, y escribir es sobre todo mi manera de escaparme un rato de la realidad. El primer libro salió casi sin querer. La historia sí está planificada, entera, los siete libros. Sé adónde va todo esto. Lo que no me pongo son fechas. Ahora mismo estoy escribiendo el segundo, avanzo a mi ritmo y quiero terminarlo contento con el resultado, no contento con haber llegado a tiempo. Prefiero tardar más y que el libro sea el que quería escribir.

Y hay otra cosa que aprendí con el primero: uno siempre sigue mirando lo que ya publicó, viendo qué haría distinto. Eso también forma parte del oficio, supongo. Escribo lo que me gusta, como me gusta, y prefiero que la saga llegue cuando tenga que llegar.

P: – Dices que sigues mirando el primer libro. ¿Qué cambiarías de él?

R: – La forma, no el fondo. El contenido es exactamente el que quería contar; no cambiaría nada de lo que pasa ni de lo que significa. Lo que cambiaría es cómo está escrito.

Es mi primer libro y se nota. Sé que puede costar entrar en él, que el principio es más áspero de lo que me gustaría. Hoy escribiría esas mismas páginas de otra manera. Pero prefiero decirlo abiertamente antes que fingir lo contrario.

Y hay algo bonito en eso, si me lo permites: quien lea la saga entera no va a ver solo la evolución de los personajes, va a ver también la mía. Dentro del propio primer libro ya se aprecia —no escribe igual el que empieza el capítulo uno que el que llega al final—, pero comparado con el segundo y con los que vienen, se va a notar muchísimo más. El lector va a crecer con Runar y, de paso, conmigo.


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