Eclipses en la ficción, de Shakespeare a Tintín: apocalipsis, causantes del caos o trucos de magia
Desde la literatura al cine, la televisión o el cómic, infinidad de historias han incluido eclipses como recursos con distintos fines: advertir de catástrofes o provocarlas, servir de artimaña, liberar fuerzas oscuras… Son argumentos que nacen de la experiencia humana sobre estos fenómenos astronómicos, a menudo inspirados en casos reales o en creencias ancestrales.

Era el 15 de febrero de 1961, y en la localidad italiana de Roccastrada se filmaba una recreación de la crucifixión de Cristo. De repente, el cielo se oscureció, tal y como relatan los evangelios. No fue un milagro; por supuesto, tampoco una casualidad. Aquel día, según el calendario de efemérides astronómicas, un eclipse total de Sol recorría parte de Europa. Y el cineasta Richard Fleischer adaptó la planificación del rodaje para añadir así un toque único a su película Barrabás: los efectos especiales más grandiosos de la historia, y totalmente gratis.
Barrabás, con Anthony Quinn en el papel estelar del preso liberado por Poncio Pilatos en lugar de Jesús, marcó un hito incorporando un eclipse solar real como decorado de la escenografía. Es fácil comprender por qué lo conseguido por Fleischer es algo tan insólito.
Como ejemplo, el eclipse total de 2026 es el primero en la España peninsular desde 1912, así que no es precisamente fácil contar con un posado semejante de la Luna y el Sol. Otro eclipse real aparece en Dune: parte dos (2024), de Denis Villeneuve, pero en este caso es solo parcial.
Habitualmente los creadores de producciones audiovisuales deben conformarse con utilizar metraje de archivo o animaciones digitales si quieren retratar estos fenómenos astronómicos en sus obras. Y son muchos los que quieren: lejos de quedarse en el mero motivo estético, los eclipses a menudo son un recurso argumental con un peso poderoso en la trama, y sirve a distintos propósitos que se inspiran en casos o tradiciones ancestrales reales.
Augurios del porvenir
Uno de los propósitos más clásicos es actuar como augurios o señales, más comúnmente de desgracias: el conflicto entre luz y oscuridad, con la segunda imponiéndose sobre la primera. La narración evangélica de la crucifixión es una influencia innegable, pero no es la única ni la más antigua.
Así, se ha propuesto que la Odisea, el clásico griego atribuido a Homero entre los siglos VIII y VII a.C., contiene una descripción de un eclipse de Sol que podría corresponder al acaecido el 16 de abril de 1178 a.C., y que en el poema sirve de preludio a la venganza de Odiseo contra los pretendientes que se aprovecharon de su ausencia.
La interpretación tradicional de los eclipses como heraldos del infortunio es materia de estudio para la historiadora Michelle Pfeffer, de la Universidad de Oxford. Según relata Pfeffer a SINC, alrededor del mundo y a través de la historia estos fenómenos han movido a la reflexión intelectual y religiosa, dejando huella en las culturas.
“Todavía hay muchas culturas que toman los eclipses en serio como augurios del porvenir”, dice la historiadora. “No es sorprendente que hayan servido de inspiración para obras de literatura y arte durante tanto tiempo, ya que son grandes recursos en las tramas de ficción”.
Este atributo agorero del eclipse se ha manifestado en obras como El paraíso perdido (1667) de John Milton, donde la ocultación del Sol simboliza el alzamiento de Satanás. Una idea que inspira también la película española Verónica (2017), de Paco Plaza, en la que el eclipse solar del 11 de julio de 1991 —que existió, pero no fue visible desde España— precede a la posesión demoníaca de la protagonista durante una sesión de espiritismo.
Las reglas se rompen
El eclipse también anticipa el caos cuando no es un mero anuncio, sino el propio causante. “En muchas historias de eclipses, la ruptura del orden cósmico crea también una suspensión temporal de las reglas sociales y morales ordinarias”, cuenta a SINC Lisa Yaszek, profesora de estudios de ciencia ficción del Instituto Tecnológico de Georgia. Así, se convierten en momentos en que cualquier transformación o milagro es posible: “Dicho de otro modo, los eclipses crean permiso narrativo para la transgresión”.
Este comportamiento humano alterado por los eclipses ha aparecido en la literatura desde antiguo. El conde de Gloucester ya advertía al Rey Lear de William Shakespeare (1606) de que los eclipses traían rebeliones, desórdenes, discordia y traición. En el relato Anochecer (1941), de Isaac Asimov, el planeta Lagash solo conoce la noche cuando un eclipse oculta su sol una vez cada 2.049 años; el miedo a la oscuridad sume a la población en una locura colectiva que conduce al fin de la civilización.
También los personajes del maestro del terror, Stephen King, sufren el influjo del eclipse. El que tuvo lugar el 20 de julio de 1963 interconecta dos libros distintos, ambos llevados al cine: la protagonista de Dolores Claiborne (1992, versión cinematográfica en 1995) mata a su marido maltratador en la oscuridad del ocultamiento, mientras que la de El juego de Gerald (1992, película en 2017), en un flashback de su infancia, sufre una agresión sexual por parte de su padre en el mismo momento.
La muerte y el sexo
Este vínculo entre eclipses e impulsos sexuales no es un caso aislado: “Hay una tradición sorprendentemente vieja y extendida de ligar los eclipses a la sexualidad y el deseo”, apunta Yaszek. La experta en ciencia ficción explica que en algunas culturas antiguas, por ejemplo en el oeste de África, los eclipses se imaginan como la unión o cortejo entre la Luna y el Sol.
Dicha visión también ha quedado recogida en el cine, en este caso en sus inicios: en la cinta muda de 1907 L’Éclipse du soleil en pleine lune (El eclipse: el cortejo entre el Sol y la Luna), el cineasta e ilusionista francés Georges Méliès, pionero de los efectos especiales, convertía el eclipse en un encuentro amoroso entre ambos astros.
“En este sentido, las historias de eclipses a menudo nos devuelven a dos de las preocupaciones más básicas de la humanidad: el sexo y la muerte”, apunta Yaszek.
Todo este influjo de los eclipses como causantes de cambios en la conducta de los personajes tiene, para Pfeffer, una raigambre en una antigua creencia: la astrología, según la cual los cuerpos celestes no solo reflejan o presagian los destinos de los humanos “por alguna idea sobre el orden natural de las cosas o porque los cielos se ven como los bloques de escritura de Dios o los dioses”; sino que también los dirigen: “Estaba claro que el Sol influía en el clima, y la Luna en las mareas”. Esta influencia se extendía a todos los aspectos de la vida.
Engañar a los indígenas
Otro uso recurrente de los eclipses en la ficción es servir para el engaño: personajes instruidos sobre el funcionamiento de estos fenómenos y su predicción se aprovechan de otros que ignoran sus causas y les atribuyen un origen mágico. Aunque esta situación suele presentarse como el progreso de la ciencia moderna frente a la superstición antigua, es inevitable caer en el menosprecio o la burla hacia culturas indígenas.
También este planteamiento de la ficción se basa en un precedente histórico real, cuyo protagonista fue nada menos que Cristóbal Colón. En su cuarto viaje en 1503, el navegante genovés y su tripulación se quedaron varados en la isla de Jamaica. Al principio, los nativos taínos les proporcionaban alimentos, pero al no recibir nada a cambio fue creciendo su rechazo hacia los visitantes, a los que finalmente dejaron de abastecer de víveres.
Según el cronista Diego Méndez de Segura, Colón se valió de un almanaque astronómico para saber que habría un eclipse lunar el 29 de febrero de 1504, y chantajeó a los caciques locales con la ira de Dios si no les proveían comida.
Como señal y prueba de la veracidad de su advertencia, el navegante les aseguró que Dios apagaría la luz de la Luna. Los taínos se rieron de la amenaza, pero quedaron aterrados cuando vieron que el disco lunar se oscurecía. Así, la estratagema de Colón funcionó y los nativos reanudaron sus suministros.
De Mark Twain a Tintín
Con o sin conocimiento de la anécdota de Colón, infinidad de autores de ficción han reflejado situaciones similares en sus obras. Tal vez el primero en explotar este recurso en la literatura popular fuese Henry Rider Haggard en Las minas del rey Salomón (1885). En este clásico de aventuras, el héroe Allan Quatermain aprovecha la predicción de un eclipse lunar contra la hostilidad de una tribu africana.
En Un yanqui en la corte del rey Arturo (1889), Mark Twain utilizó la predicción de los eclipses como uno de los elementos de confrontación entre el conocimiento moderno y la oscuridad medieval. Cuando el protagonista Hank Morgan viaja en el tiempo desde el siglo XIX a la Britania de Camelot, la anticipación de un eclipse solar histórico que tuvo lugar en el año 528 le libra de morir en la hoguera y le granjea la confianza del rey.
Entre otros ejemplos, uno de los más conocidos traspasa las fronteras de la literatura hacia el cómic. En El Templo del sol, el dibujante belga Hergé sitúa a Tintín y a sus amigos en el trance de morir a manos de una civilización incaica, en una pira prendida por el dios Sol. Sabiendo de la proximidad de un eclipse solar, el joven periodista hace creer a los incas que él domina a la divinidad, lo que evita el encendido de la hoguera y sirve al grupo para salvar sus vidas.
Un tópico falso
Pero además de su carácter ofensivo, el tópico puede ser falso: según Yaszek, “culturas antiguas incluyendo los mayas, babilonios, chinos y muchos otros registraban y predecían los eclipses con notable sofisticación mucho antes que la moderna astronomía occidental”.
En la película de Mel Gibson Apocalypto (2006), ambientada en la civilización maya del siglo XVI, un eclipse de Sol interrumpe los sacrificios humanos. Aunque podría parecer que el fenómeno llega por sorpresa, Yaszek aclara que en realidad invierte el tópico: los sacerdotes mayas lo tenían previsto, y lo utilizan para mantener a la población atemorizada.
Así, en su cuento El eclipse, el escritor guatemalteco Augusto Monterroso cambia el final típico: un misionero cristiano que va a ser sacrificado por los mayas amenaza a estos con oscurecer el Sol, sabiendo que un eclipse se avecina. Pero los indígenas lo matan igualmente, pues conocen a la perfección todas las fechas previstas de los eclipses. El relato se basa en la existencia del Códice Dresde, un libro maya del siglo XIII que incluye calendarios de eclipses.
Pfeffer aporta un motivo poderoso para la existencia de documentos como el Códice Dresde; es decir, por qué antiguas culturas se molestaban en elaborar almanaques predictivos de eclipses. No era por simple curiosidad: “A lo largo de la historia, la creencia en la astrología solía impulsar la dedicación a progresos científicos en astronomía, porque se pensaba que una mejor astronomía llevaría a mejores predicciones astrológicas”.
Fenómenos sobrenaturales
Por último, los eclipses en la ficción también propician fenómenos sobrenaturales; es una extensión hacia el extremo más fantasioso de la ruptura de las reglas de la realidad que cita Yaszek.
En la serie de TV Héroes (2006-2010) los eclipses catalizan o desactivan los superpoderes de los personajes, mientras que en Lady Halcón (1985), de Richard Donner, la noche en pleno día rompe la maldición que convirtió a sus protagonistas en animales. El eclipse es parte del hechizo que trae a la vida al dios Set en La momia (2017), de Alex Kurtzman, y del ritual satánico de sacrificio de niños en Darkness (2002), de Jaume Balagueró.
Este poder sobrenatural incluye la aparición de criaturas imposibles: un ejemplo clásico es la planta carnívora gigante Audrey Junior de La pequeña tienda de los horrores, película de 1960 dirigida por Roger Corman y versionada después.
El ocultamiento del Sol puede liberar bestias nocturnas, como en el planeta de los tres soles de Pitch Black (2000) de David Twohy, el primer episodio de la saga Las crónicas de Riddick; una idea replicada también en videojuegos como The Dark Pictures Anthology: House of Ashes.
“Los eclipses han fascinado a los contadores de historias durante miles de años”, concluye Yaszek. A lo largo de esos miles de años, nuestra relación con los eclipses ha evolucionado, desde el terror hasta el conocimiento. Todas estas experiencias han dejado huella en nuestra ficción, pero lo que nunca ha desaparecido es la fascinación; “el reconocimiento de que, incluso cuando entendemos plenamente la ciencia de los eclipses, todavía pueden abrumarnos emocionalmente, recordarnos el pequeño lugar de la humanidad en el vasto cosmos”.
Fuente: SINC
Relacionado
Información en la que puede confiar:
Reuters, la división de noticias y medios de comunicación de Thomson Reuters, es el mayor proveedor de noticias multimedia del mundo, con un alcance diario de miles de millones de personas en todo el mundo. Suscríbase a nuestro boletín informativo diario gratuito: thomson@reutersmarkets.com
