Redacción •  Ciencia •  13/08/2026

Crónica de un eclipse anunciado

El 12 de agosto había una decisión que tomar y no era una decisión menor: quedarse en la Costa da Morte, en Bergantiños o A Coruña y confiar en que las nubes respetasen el momento más esperado del año, o hacer kilómetros en busca de un cielo que ofreciese más garantías. Las previsiones meteorológicas mantenían la incertidumbre en el litoral coruñés. Para A Coruña se hablaba de nubes y claros, con posibilidad de nubosidad baja durante las últimas horas de la tarde, y Bergantiños y la Costa da Morte aparecían entre las zonas con mayor riesgo de que esas nubes arruinasen una cita única. Era el tipo de pronóstico que obliga a mirar varias veces los mapas, cambiar de opinión y volver a mirar. Así que al final tocó viajar a Lugo.

Crónica de un eclipse anunciado

Claramente era la mejor apuesta. Lugo estaba dentro de la franja de totalidad y allí la Luna ocultaría por completo el Sol sobre las 20:28 horas durante aproximadamente un minuto y veinticuatro segundos. Y había otro detalle decisivo: el Sol estaría ya muy bajo, a unos 11 grados sobre el horizonte, lo que hacía especialmente importante encontrar un lugar abierto hacia el oeste.

El objetivo del viaje era, además, muy concreto: el fotografiar la totalidad, intentar atrapar con la cámara aquello que apenas iba a durar unos segundos y, de alguna manera, inmortalizar un momento irrepetible. Por eso consideré que no se trataba sólo de estar allí para verlo, sino que había que encontrar un cielo limpio, un encuadre adecuado y confiar en que, cuando llegara la totalidad, la técnica estuviera a la altura del espectáculo.

Al llegar a la ciudad me quedó claro que no era el único que había tomado aquella decisión, pues la muralla romana, uno de los grandes escenarios que Lugo ofrecía para contemplar el eclipse, estaba saturada. También la plaza del Ayuntamiento rebosaba de gente. Pero había algo hermoso y revelador en aquella multitud porque a la vista quedaba claro que miles de personas que normalmente viven pendientes de sus relojes y obligaciones habían organizado su tarde alrededor de un fenómeno que ocurre cuando la geometría de tres cuerpos celestes encaja con una precisión extraordinaria.

En esa situación había que buscar otro sitio, y la elección terminó siendo la zona baja del parque Rosalía de Castro. Quizá no tuviera el carácter monumental de la muralla, pero ofrecía lo esencial: horizonte, espacio y una oportunidad razonable de contemplar el Sol sin que ningún obstáculo se interpusiera entre la vista, la cámara y el cielo. Y entonces llegó la recompensa porque la tarde estaba completamente despejada.

Durante la fase parcial, el eclipse avanzó con una lentitud casi engañosa. A través de las gafas homologadas el disco solar iba perdiendo pedazos, como si alguien estuviese borrando poco a poco una esfera luminosa. Científicamente, todo aquello era perfectamente previsible: la luna avanzaba sobre el disco solar y su siluete iba ocultando progresivamente la fotosfera. Pero saber lo que está ocurriendo no disminuye necesariamente la emoción, sino más bien la aumenta porque uno contempla las leyes de la mecánica celeste delante de sus propios ojos.

La luz comenzó a cambiar y, justo antes de la totalidad, cambió por completo. Fue uno de esos instantes que resulta difícil describir con precisión porque parecen más propios de un sueño que de una tarde de agosto. El paisaje perdió de repente su apariencia habitual y el cielo adquirió un tono violáceo, extraño y hermoso. La iluminación se volvió crepuscular sin que hubiese llegado la noche. Todo parecía haber perdido intensidad y, al mismo tiempo, haber ganado profundidad. Era como si Lugo se hubiera deslizado durante unos segundos hacia otra hora del día.

Las sombras parecían más duras y extrañas; el ambiente se volvió expectante. El Sol, cada vez más fino, se convirtió en una especie de cuenta atrás celeste. Y en ese momento también apareció otra preocupación, inevitable para quien había viajado con la intención de fotografiarlo, el saber que la oportunidad estaba a punto de llegar y que sólo había unos instantes para convertirla en imagen. No habría repetición, no habría un segundo intento.

Y ahí llegó la totalidad. El último fragmento brillante del astro solar desapareció y, de repente, ya no había que mirar el eclipse a través de las gafas de protección. La Luna estaba exactamente en la posición adecuada para cubrir por completo la brillante fotosfera y lo que quedó delante de los ojos fue un disco negro rodeado por una luz delicadísima: la grandiosa corona solar, la atmósfera exterior del sol, extendiéndose alrededor de la silueta lunar. Aquí necesito tomar aire porque es difícil explicar la totalidad sin recurrir a la poesía, aunque la explicación sea rigurosamente científica.

Durante un eclipse parcial, aunque el porcentaje de ocultación sea muy grande, la fotosfera conserva una intensidad deslumbrante. En cambio, cuando la Luna alcanza el cien por cien de cobertura, esa luz directa desaparece y la corona, mucho más tenue, se hace visible a simple vista. Es precisamente por eso que entre un eclipse del 99% y uno total existe una diferencia cualitativa, no simplemente cualitativa. La corona emerge, el cielo se oscurece de una forma extraordinaria y alrededor del Sol aparecen fenómenos tan bellos y fugaces como el de las perlas de Baily o el denominado anillo de diamantes, producidos por los últimos rayos solares que atraviesan los relieves del borde lunar.

Sin embargo la ciencia no explica todo lo que sucede dentro de uno mismo. Porque durante apenas minuto y medio Lugo dejó de parecer una ciudad normal y la tarde se convirtió en otra cosa. Y allí, en la zona elegida para el milagro, la sensación era la de haber entrado por unos instantes en un paisaje que normalmente sólo existe en las fotografías de las expediciones astronómicas.

Durante esos segundos también estaba la cámara porque había que mirar, pero también había que fotografiar. Intentar conservar en un sensor la corona solar, el disco oscuro de la luna y aquella iluminación imposible era una manera de luchar contra lo fugaz. Porque no habría forma de detener el tiempo ni de prolongar la totalidad sino sólo de guardar, en forma de imagen, una pequeña huella de aquel instante que no volvería a repetirse.

Finalmente, y de manera abrupta, el sol reapareció, la luz regresó con una rapidez casi violenta y la ciudad volvió a ser la ciudad. Y el eclipse siguió su camino hasta el final del fenómeno.

UNA NOCHE PARA DISFRUTAR (Y REFLEXIONAR)

Como reflexión quizás lo más interesante de la tarde del 12 de agosto de 2026 no sea solamente lo que ocurrió durante esos 84 segundos, sino en lo que nos recuerda sobre el firmamento y el cielo nocturno.

Porque para contemplar un eclipse solar no necesitamos un cielo oscuro, sino que basta con que el cielo esté despejado. Pero para contemplar una noche de Perseidas, en cambio, necesitamos oscuridad total. Y este año la coincidencia fue extraordinaria con el máximo de estrellas fugaces de las «Lágrimas de San Lorenzo» coincidiendo la misma noche del eclipse. En plena Luna nueva el cielo volvía a ofrecernos, sin interferencia lunar, otra oportunidad excepcional de mirar hacia arriba. 

El cielo regalándonos dos acontecimientos astronómicos excepcionales casi seguidos y al mismo tiempo planteando una pregunta incómoda: ¿y qué hacemos nosotros por ese cielo?

Aquí cobra especial importancia el trabajo de científicos como el profesor Salvador Bará, que es una de las voces que con mayor rigor viene estudiando -y denunciando- la contaminación lumínica. Su trabajo y tesón han demostrado que la luz artificial nocturna no es simplemente una cuestión estética ni un problema reservado a los astrónomos, sino una alteración ambiental con consecuencias científicas, culturales y ecológicas. Y algo especialmente relevante para Galicia porque sus investigaciones han demostrado que el resplandor producido por las fuentes artificiales puede propagarse a grandes distancias.

Bará, junto a otros especialistas, también ha estudiado de manera específica el impacto nocturno de los parques eólicos. Las luces de señalización de los aerogeneradores pueden convertirse en elementos muy visibles a grandes distancias: en determinadas condiciones, un único foco de una turbina puede resultar más brillante que Venus a varios kilómetros y seguir siendo perceptible a decenas de kilómetros. No se trata de negar la necesidad de señalizar las estructuras, sino de recordar que esas luces también forman parte del paisaje nocturno y deben ser tenidas en cuenta cuando se evalúa el impacto ambiental de una instalación.

Más allá de instalaciones industriales es necesario recordar que cada vez que una farola dispersa luz donde no hace falta, cada vez que se ilumina en exceso una fachada, una carretera vacía, una plaza o directamente el cielo, estamos perdiendo oscuridad natural.

En este punto, Galicia tiene una responsabilidad especial y también una oportunidad. Porque puede iluminar mejor y no necesariamente más, decidiendo de manera responsable que la eficiente energética, la seguridad y la calidad de vida no estén reñidas con conservar una noche verdaderamente oscura, yendo mucho más allá del etiquetado turístico -y en ocasiones falsario- de las zonas Starlight.

QUÉ SE PUEDE APRENDER DEL ECLIPSE

A nivel personal, creo que la principal lección que nos deja este eclipse es que siempre podemos levantar la mirada y maravillarnos ante fenómenos que no podemos controlar, acelerar ni consumir a nuestro antojo, recordándonos que hay fenómenos que exigen paciencia, planificación y, ante todo, respeto por la naturaleza. También nos enseña que el derecho a un cielo en buenas condiciones no debe ser un lujo, sino un patrimonio que merece ser protegido. Porque quizá conservar la noche sea, en el fondo, una forma de conservar nuestra capacidad de asombro.

Moncho Varela es periodista ambiental y amante de la astrofotografía.


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