Rafael Fenoy Rico •  Opinión •  15/09/2026

Pisa Sí, Pisa No. Esa no es la cuestión

Se publicaron el 8 de septiembre de 2026 los resultados de las pruebas PISA aplicadas en 2025, y no han faltado voces en todo el mundo que los valoran desde muy dispares puntos de vista. Recojo una reflexión que me hace llegar el profesor D. Luis Castilla Fernández, quien hasta su jubilación desempeñó su tarea docente en el IES Híspalis, de la Diputación sevillana: «Como hemos visto en los informativos estos días, los datos más recientes del Informe PISA revelan una tendencia preocupante en el sistema educativo español —aunque era de esperar por la evolución de estos últimos 15 años—: caídas históricas en Competencia Matemática y Comprensión Lectora, acompañadas de un estancamiento a la baja en Ciencias. Esta coyuntura ha puesto en el centro del debate la gestión institucional y la reestructuración de los currículos escolares».

Su reflexión comienza abordando una cuestión de perogrullo: si alguna persona no sabe leer —es decir, comprender lo que lee—, difícilmente podrá responder a cualquier cuestión escrita que se le plantee. Centrándose en esta España cuarteada 17 veces y teniendo en mente la trayectoria de las mencionadas pruebas PISA, los productos que el sistema educativo genera son originados por múltiples factores. D. Luis señala, por ejemplo, el impacto de la gestión política y las reformas educativas: «La constante inestabilidad legislativa —con cambios de leyes orgánicas según la alternancia política— ha generado un escenario de incertidumbre e hiperregulación en los centros educativos. La inestabilidad curricular, la aplicación cuestionable del denominado «bilingüismo», la sobrecarga de la labor burocrática del profesorado restando espacio al acompañamiento pedagógico directo…».

Hoy son las pruebas PISA las que traen a la actualidad la falta de calidad del sistema educativo, no solo en España. Estas no bastan para diagnosticar sus graves déficits, por más que pretendan medir las llamadas «competencias». De hecho actúan como distractores de los aspectos que realmente deben abordarse. Es preciso analizar pormenorizadamente la mismísima estructura del propio sistema, ya que esta quizás sea el mayor de los defectos. De hecho, la dialéctica privada-pública y los vaivenes que producen las ideologías religiosas y políticas no permiten observar con detenimiento que educar es una cosa y enseñar es solo una de sus facetas.

Desde el siglo pasado se vienen haciendo consideraciones que ponen de manifiesto cómo el sistema educativo es zarandeado por intereses políticos partidarios y económicos, porque una educación de calidad otorga poder a quien la recibe. ¿Qué interés tendrían las élites que ostentan el poder en España en compartir ese poder con el pueblo? Se invierte en educación el dinero público justo para que la enseñanza privada haga su trabajo, reproduciendo ideologías y legitimando a las nuevas generaciones que les sucederán en el control del poder real. El que un porcentaje mínimo de estudiantes del «pueblo» pueda alcanzar éxitos académicos o profesionales que les hagan entrar en el exclusivo club de los poderosos precisamente prueba que el sistema educativo está organizado al servicio de esas élites que deben reproducirse.

Desde el trabajo de supervisión del sistema educativo se han generado informes rigurosos sobre las deficiencias del mismo, proponiendo modificaciones para solventarlas: la inestabilidad docente en la educación pública, la escasa inserción laboral del alumnado que termina su formación y obtiene grados y titulaciones que actúan como émulos de aquel alumnado al que se le pide «esfuerzo», y la sobrecarga curricular que ha ido aumentando, dado que aquello que la política no resuelve se le encarga a la «escuela» (educación ambiental, vial, sexual, financiera, etc.), más los idiomas, que no pueden faltar aunque se impartan «de aquella manera».

No obstante, los resultados de las dichosas pruebas PISA no pueden medir lo que dicen que miden. Desde hace años, en foros donde se ha participado para el diseño de las preguntas que aparecen en las pruebas, se ha venido repitiendo una duda: antes de aplicar la prueba, ¿se controla la variable «motivación» del alumnado que va a realizarla? A falta de estudios sobre las diferencias culturales que afectan a la personalidad del alumnado en cada país o región planetaria, cabe formular hipótesis sobre el impacto de la motivación del alumnado ante la prueba en los resultados obtenidos.

Un alumno cualquiera, después de terminar de cumplimentar el cuestionario antes de que finalicen las dos horas, debe, según las instrucciones: «Permanecer en silencio y en su sitio: no puede levantarse, hablar ni utilizar el ordenador para otras tareas distintas a la plataforma de PISA. Tampoco puede consultar material de lectura ajeno o dispositivos electrónicos personales. Y esperar el fin de la sesión: debe esperar pacientemente a que se cumpla el tiempo oficial asignado para que todo el grupo termine simultáneamente». ¿Existe la posibilidad de que una parte significativa del alumnado que participa no colabore eficientemente al cumplimentarlo? Si no se controla la variable motivacional, ¿es posible validar los datos que aportan los informes?

Otro aspecto de las pruebas PISA, y de otras —TALIS, PIAAC…—, que desarrollan empresas privadas contratadas por la OCDE (que también es una entidad internacional no gubernamental) es que, para esas empresas y para quienes trabajan en la OCDE, tiene mucho sentido mantener el «negocio» de estas pruebas que pretenden evaluar… ¿qué? La OCDE subcontrata a grandes multinacionales y organizaciones privadas especializadas en tecnología de evaluación e investigación educativa. Es un negocio que mueve al menos 126 millones de euros, lo que supondría cobrar 180 euros por cada uno de los 700.000 alumnos y alumnas participantes, quienes por cierto «no reciben nada».

Si la OCDE —que lleva años, desde 1968 con la creación del Centro para la Investigación e Innovación Educativa (CERI), desde 1992 cuando comenzó a publicar indicadores, o desde 2000, año de la primera prueba PISA— tuviera por objetivo que los sistemas educativos del mundo mundial mejoren, ¿se puede afirmar que lo está consiguiendo?

Los centros educativos, las comunidades educativas, padres, madres, profesorado y alumnado conocen lo que no funciona en sus centros y las dificultades que deben superar. Posiblemente, permitiendo que tengan los recursos humanos y materiales precisos y la capacidad de organizar pedagógicamente el currículo, algo se mejorará. Toda autonomía debe ir acompañada de la supervisión precisa para que las medidas que se adopten consigan el objetivo deseado.

Para comprender, paso previo para transformar, entablar una discusión sobre PISA, ¿sí o no? Esa no es la cuestión si de lo que se trata es de mejorar la educación de las gentes que habitan esta nación.


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