André Abeledo Fernández •  Opinión •  11/09/2026

El genocidio no tiene coartada semántica

Cuando a quienes denunciamos el genocidio en Palestina nos acusan de antisemitas, asistimos a una de las inversiones morales más obscenas de nuestro tiempo. Es como si, ochenta años atrás, los verdugos del Holocausto hubiesen acusado de «antialemanes» a quienes señalaban las cámaras de gas. Ningún genocidio merece el silencio cómplice. Y quien calla ante un genocidio por miedo a una etiqueta ya ha empezado a perder la humanidad que dice defender.

Antisionistas, no antisemitas

Hay que decirlo con toda la claridad que exige el momento: somos antinazis, somos antifascistas, somos antigenocidas y somos antisionistas. No somos antisemitas.

El sionismo es una corriente y un proyecto político, no una religión ni un pueblo. Por eso, criticar el sionismo o denunciar las políticas del Estado de Israel no equivale a odiar a los judíos ni al judaísmo. Confundir deliberadamente ambas cosas es una maniobra que pretende convertir cualquier crítica política en una acusación de odio étnico o religioso.

No hay acusación de antisemitismo que pueda utilizarse como escudo cuando lo que se denuncia son ataques contra la población civil, la destrucción de infraestructuras esenciales y la muerte de niños y adultos. Rechazar esas políticas no significa rechazar el judaísmo ni a las personas judías.

Nuestra denuncia se dirige contra un proyecto político y contra las decisiones de un Gobierno y de un Estado. Del mismo modo que denunciar los crímenes cometidos por cualquier otro Estado no implica odiar al pueblo al que ese Estado representa.

La ultraderecha, fiel a su historia

No es casualidad que determinados sectores de la ultraderecha internacional que hoy respaldan al Gobierno israelí sean también herederos políticos de tradiciones profundamente autoritarias, racistas y supremacistas. La historia demuestra que el supremacismo nunca ha sido patrimonio exclusivo de una bandera.

Siempre está del lado equivocado de la historia: del lado de los verdugos, de la deshumanización y del bestialismo disfrazado de civilización.

El supremacismo, venga de donde venga, es enemigo de toda la humanidad. Y quien hoy justifica o aplaude la violencia indiscriminada contra una población civil deberá responder ante la historia con la misma firmeza con la que juzgamos cualquier otro crimen contra la humanidad.


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