Cuerda nueva para violín roto

Tenía una caligrafía preciosa. Yo soñaba con verlo escribir en una hoja blanca el nombre de su nieto, Inar, con sus manos duras y ásperas. Y así fue su vida, igual que sus manos: duras y ásperas. En el trabajo, en la miseria, la pobreza y el sufrimiento. ¿Conoció alguna vez la felicidad? ¿O conoció realmente la vida? Creo que ahora estará soñando con una nueva vida en estas horas frías en la cámara frigorífica. Hasta que descanse bajo la tierra. Creo que solo ahora sabrá el significado de la vida. El significado del descanso. El descanso que siempre intentó buscar en vano. Y sus sueños no serán inalcanzables en este largo dormir al que ha entregado su cuerpo: tocar el violín que su padre le rompió en la cabeza cuando era niño. Porque quería un hijo duro, no tierno como una cuerda. Encontrarse con su amada Khalida a la puerta del cine de Jableh. Ver un partido de fútbol. Lanzar los dados de la suerte, tirada tras tirada. Cultivar el huerto en el que decidió que lo enterrasen: pimientos, pepinos y tomates. Comer cebolla y halawa. Cantar en hindi. Gritar, gritar y gritar. Y creo que también soñará con ver a Inar, su nieto menor, hijo de su hijo menor.
Ahora se abren las heridas. Sus arrugas, que guardan los dolores del país, abrazan mis hombros. Su voz fugitiva me sacude las entrañas. Y una orquestra de gritos me hace temblar. Ayudadme, palabras. Y tú, lengua, no seas avara conmigo. ¿Qué memoria es capaz, en este instante, de atraer su rostro a mi mente? ¿Y cómo construyo con él todo lo que el polvo ha derribado? ¿En qué apoyarme? Clavo la mirada en mi pensamiento y no veo más que destellos lejanos que llegan de él: la imagen del pájaro volador, el brillo de las canicas, el juego de “shalq balq”, el fútbol, la piscina de Zeitún, mi primer teléfono, un coche tipo “Laptop”, el cordero del Eid que escapó de mis manos y temí, y nuestras batallas feroces en el juego de cartas, en el “Shesh besh” y en el ping-pong.
Y de pronto llama a la puerta. Entra apoyado en los hombros de un compañero, con la cabeza vendada. Es 2008 o quizá 2009. Madita seas, memoria. No te lo perdono, Lengua. El último día del año. O el primer día del nuevo. Y ahí está mi hermano, Alí, el mediano, quitándole de la cabeza los fragmentos de cristal. El accidente no fue grave. Pero aquel día yo no me acerqué a él. Me quedé lejos, observando y esperando. Siempre observaba desde lejos. Hasta ahora sigo lejos, observando. Así me gusta vivir: al margen. Pero en el cuerpo de su vida. En su hígado. Y me gustaba dejarle el corazón a mi hermano Alí, los pulmones a Urwa y los ojos a Layal. Y creó que él lo sabía.
El año 2008 iba a ser maravilloso para mí. Mi padre se trasladaría a trabajar a Latakia. Eso significaba que no estaría presionándome y recordándome una y otra vez más la necesidad de estudiar, la necesidad de aprobar el Bachillerato con una nota alta. No suspiraría preocupado. Y así fue. Estaba ausente, pero era una ausencia presente. Y yo sabía que estaba presente. Una vez, de camino a casa, me preguntó: “¿La quieres?”. Y le respondí que sí. Esa fue la única vez que hablamos del amor.
Nuestra relación cambió mucho. Apenas hablábamos ya, ni siquiera por teléfono. A partir de 2021, empezó a preferir ver a Inar y hablar con él directamente. Inar, su nieto, nacido el primer día de aquel año. Lo veía y se echaba a reír. Luego se reía otra vez. Y gritaba por teléfono: “¡Yido!”. Inar apenas entiende árabe. Veía a su abuelo y se reía. Nunca lo vio más que a través de una pantalla.
El lugar por donde se movía mi padre (Abu Urwa) es una herida abierta. El tiempo no ha sabido cicatrizarla. Y las nubes que pasaban sobre su cabeza nunca aprendieron a llorar. En nuestro país, parece que la tumba es el otro nombre de la almohada. Parece ser un lecho cómodo. ¿Cómo has podido, oh tierra, tragártelo? ¿Y por qué solo sabes alimentarte de los que amamos? ¿Cómo mantenerse mi cabeza en su sitio a partir de ahora? El sol odia nuestro país. El sol no es nuestro.
Anoche, Inar me despertó. Me dijo que había tenido una pesadilla: Una policía morena me arrastraba de la mano hacía ella. Aunque yo no había cometido ningún delito. Nuestra casa rebosaba agua. El agua brotaba de un agujero que no dejaba de ensancharse. Inar se despertó gritando. Hoy ha muerte mi padre. Tal vez murió ahogado por toda esa agua desbordada en nuestra casa. Quizá se lo tragó aquel agujero que sigue ensanchándose. Anoche no soñé nada. Mi almohada no es cómoda para soñar. Hoy he llorado mucho. Mañana cerraré los ojos e intentaré soñar con una cuerda nueva que añado a su violín roto.
Jaafar Al Aluni:
Poeta y traductor de origen sirio. Autor de “Diván de poetisas árabes contemporáneas”. Traductor de “Adoniada” y “Entre lo fijo y lo mudable. Creación y la tradición en la cultura árabe”, entre otros.
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