José Haro Hernández •  Opinión •  30/05/2026

Andalucía: el declive de la izquierda subordinada al PSOE

Qué poco ilusionante resultó el discurso de Por Andalucía —el Sumar de las tierras béticas— durante la pasada campaña andaluza: “queremos gobernar”. Traducción: aspiramos a formar gobierno con el PSOE, a imagen y semejanza del que hoy ocupa La Moncloa. Parecía que el objetivo no era otro que contribuir a que los de Sánchez siguieran aferrados al poder. Triste deriva la de quienes, hace décadas, irrumpieron en la vida política enarbolando las banderas de la oposición a la OTAN y a las políticas neoliberales impulsadas por los gobiernos socialistas de entonces. Hoy han quedado reducidos a la condición de simple muleta electoral de una socialdemocracia incapaz de trascender, en su gestión, los límites que le impone un capitalismo desquiciado que oscila entre los casinos de la especulación y las fábricas de armamento donde se alimentan guerras interminables.

Y como se recoge lo que se siembra, ahí están los resultados electorales del domingo 17 de mayo para demostrar que, cuando los principios se arrinconan por un puñado de sillones y tertulias televisivas, las cosas se tuercen. Y entonces ya no queda ni transformación de la realidad ni gobierno capaz de frenar la llegada de quienes jamás deberían gobernar: PP y Vox.

De poco sirve, pues, invocar constantemente que viene el lobo —los fachas— para empujar a la ciudadanía a cerrar filas en torno al Ejecutivo. La gente lo que quiere es vivir mejor. Y si ese gobierno no garantiza salarios dignos, vivienda accesible, infraestructuras decentes ni servicios públicos que funcionen, el progresismo del mal menor acaba agotándose.

Todo esto ha estallado en Andalucía, donde buena parte del electorado ha optado por castigar al gobierno central, pasando por alto incluso las tropelías perpetradas por el PP en la tierra de García Lorca. El PSOE se hunde y Por Andalucía no logra capitalizar el desgaste socialista, mientras esa otra izquierda desligada de La Moncloa —Adelante Andalucía— mejora notablemente sus posiciones. Es decir: el universo de Sumar no suma; divide y, en ocasiones, resta.

A la izquierda no le queda otra salida que emprender una profunda reflexión sobre lo hecho durante estos últimos seis años. Para empezar, debería dejar de autoengañarse: la vida de la mayoría trabajadora no es hoy mejor que en 2020. Los salarios han perdido poder adquisitivo, el acceso a la vivienda se ha convertido en una auténtica tragedia social y la pobreza infantil continúa creciendo. Los trenes funcionan peor y el viejo “no a la guerra” ha dejado de resultar creíble: el grito queda sepultado bajo contratos multimillonarios con la industria armamentística, compras militares a Israel y el envío constante de dinero y armas a Zelenski.

Y una vez asumida la realidad tal como es, toca decidir qué camino seguir. Si el de la izquierda italiana, diluida en un socialiberalismo acomplejado, o el de una izquierda francesa que ha sabido conectar con las demandas de los barrios populares y con las aspiraciones de regeneración republicana de amplios sectores de las clases medias.

Tras el fiasco andaluz, lo que corresponde es ponerse las pilas y comprender dos cosas. Primera: que pegándose al PSOE se termina cayendo en la irrelevancia. Segunda: que en este país confluyen dos crisis de enorme profundidad, la del régimen del 78 y la del capitalismo global. La corrupción del bipartidismo, la desigualdad, la impunidad y el avance del fascismo que brotan de esa combinación convierten la convivencia social en algo cada vez más asfixiante. Y la izquierda no puede seguir actuando como mera acompañante de un sistema que alimenta frustración y desesperanza.

Tiene la obligación de dar un puñetazo sobre la mesa y decir: hasta aquí hemos llegado. Debe ser capaz de reeditar el espíritu del 15M. Y para ello necesita superar de una vez ese complejo histórico derivado de que el acceso al gobierno siempre le haya sido vetado por quienes realmente mandan; un complejo que explica que, una vez conquistado un sillón en el Consejo de Ministros, termine aceptando cualquier renuncia con tal de conservarlo.

Porque ha convertido el hecho de gobernar en un fin en sí mismo: tenemos que estar nosotros para que no estén los otros -los malos-, ya sea en Andalucía o en España. El gobierno ha dejado de ser un instrumento para avanzar en justicia social y se ha transformado en una simple trinchera defensiva. Y, claro, desde esa lógica se acaba tragando con todo lo que ordena quien verdaderamente manda con tal de resistir un poco más en la posición.

Mientras este diagnóstico no sea asumido de manera autocrítica por una izquierda que lleva gobernando desde 2020, resultará imposible recomponer un verdadero proyecto de cambio. Y esa reconstrucción pasa también por abandonar tanto las luchas de egos como los codazos por los puestos de salida en las listas electorales. Sólo así podría producirse el milagro de reencontrarse con una unidad de la izquierda capaz de volver a ilusionar a una parte importante de la población.

La tarea, sin embargo, no será sencilla. Hay demasiada gente acostumbrada a vivir confortablemente en los salones de unas instituciones que pagan generosamente; demasiada gente extraordinariamente “flexible” cuando se trata de exigir el cumplimiento de los programas. “Hay que aceptar la correlación de fuerzas”, repiten. Lo que nunca explican es para qué sirve el poder, desde una perspectiva progresista, si no es para garantizar vivienda digna, trabajo decente y servicios públicos de calidad.

En definitiva, mientras no se produzca un verdadero rearme ético de la izquierda, ésta no tendrá futuro. Porque para las marrullerías, los oportunismos, las corruptelas y la sumisión ante los poderosos ya están el PSOE y las derechas.

joseharohernandez@gmail.com


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