La abandona en pleno vuelo: Uribe no advirtió que las alas de Paloma estaban pegadas con cera electoral
Pero en política los padres fundadores también calculan, administran su sombra y miden el costo de cada abrazo, por lo que el primer desplante llegó cuando la idea de llevar a Uribe como candidato vicepresidencial no encontró pista de aterrizaje, dejando a Paloma suspendida entre la devoción proclamada y la distancia prudente del patriarca.
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En la mitología griega, Ícaro cayó por volar demasiado cerca del sol, pero en la agitada campaña presidencial colombiana parece estar escribiéndose una versión más tropical, más política y menos inocente, donde Paloma Valencia descubre que no todas las alas sirven para cruzar el cielo electoral, sobre todo cuando están pegadas con cera, nostalgia uribista y cálculo desesperado.
La candidata del Centro Democrático emprendió vuelo sostenida por el viejo aparato de Álvaro Uribe, líder histórico de esa organización y figura tutelar de la derecha colombiana, convencida de que la proclamación de obediencia filial podía convertirse en combustible electoral, con lo que resumió su dependencia política en una frase tan reveladora como riesgosa: “Uribe es mi papá”.
Pero en política los padres fundadores también calculan, administran su sombra y miden el costo de cada abrazo, por lo que el primer desplante llegó cuando la idea de llevar a Uribe como candidato vicepresidencial no encontró pista de aterrizaje, dejando a Paloma suspendida entre la devoción proclamada y la distancia prudente del patriarca.
Alas de cera en cielo caliente
La segunda escena no fue menos reveladora, porque ante el rechazo del jefe natural a acompañarla en la fórmula presidencial, Paloma intentó recolocarlo en el imaginario de campaña como eventual ministro de Defensa, como si el padre que no quiso subir a la cabina pudiera ser presentado, de todos modos, como copiloto armado desde tierra.
Ese movimiento, lejos de mostrar fortaleza, dejó ver una dependencia política casi infantil, pues mientras la candidata intentaba convertir a Uribe en amuleto, escudo y brújula, la campaña colombiana se calentaba como el sol de Creta, derritiendo lentamente la cera electoral con que fueron pegadas sus alas.
En ese escenario aparece Abelardo de la Espriella, otro rostro de la derecha dura, quien disputa el mismo mercado electoral y ha desestimado el debate reclamado por Paloma, calificándolo como una maniobra desesperada, con lo que la deja hablando desde una cornisa donde cada gesto parece más un pedido de auxilio que una ofensiva política.
La paradoja es cruel, porque Paloma no encuentra debate donde busca confrontación, no encuentra padre donde proclama filiación, y no encuentra espacio propio donde el uribismo debería garantizarle techo, con lo que su candidatura empieza a parecerse menos a un vuelo ascendente que a una caída administrada.
Cepeda y el sol de la campaña
Mientras tanto, Iván Cepeda permanece como el sol incómodo de esta mitología electoral, situado en el centro de una contienda donde aparece como favorito en encuestas recientes y suma respaldos de sectores progresistas, liberales y antiguos espacios del centro político colombiano, lo que le permite empujar a sus adversarios hacia una disputa defensiva.
La más reciente fotografía electoral muestra a Cepeda encabezando escenarios, mientras Abelardo de la Espriella y Paloma Valencia se disputan el terreno de la derecha, aunque varias mediciones colocan al abogado por encima de la candidata uribista, convirtiendo la batalla interna de ese sector en una pelea por sobrevivir antes de pensar en gobernar.
Ahí está el filo de la sátira: Paloma quiso ser Ícaro, pero con nombre de ave; quiso volar con alas prestadas, pero el arquitecto del laberinto ya no parece dispuesto a cargar con todos los riesgos; quiso enfrentar a sus adversarios, pero algunos prefieren verla consumirse en el aire antes que reconocerla como rival de peso.
Por eso el título no es solo una ocurrencia, sino una imagen política: “Mi papá” la abandona en pleno vuelo porque sabe que las alas no fueron hechas para resistir el sol de una campaña ardiente, y Paloma descubre, demasiado tarde, que en política la cera electoral no se derrite por accidente, sino por cálculo, soledad y exceso de confianza.
