Rosa Moro •  Opinión •  16/06/2016

¡Pobre Burundi! injerencias, mentiras y oro

¡Pobre Burundi! injerencias, mentiras y oro
El presidente de Burundi Pierre Nkurunziza anunció en abril de 2015 que se presentaría a un tercer mandato presidencial. Inmediatamente estallaron manifestaciones de protesta, que fueron fuertemente reprimidas por las fuerzas de seguridad. Nkurunziza quería cumplir lo que habían hecho antes, entre otros, el presidente de Uganda en 2005, el de Ruanda en 2010 y el de República Democrática del Congo en 2011, interpretar que el límite constitucional de dos mandatos presidenciales se refiere a los que se ha sido elegido por sufragio universal directo, no designado por algún otro proceso circunstancial, como haber sido designado tras acuerdos de paz o altos al fuego. 
 

Todos sus vecinos (Paul Kagame, Yoweri Museveni, Denis Sasso Nguesso y Joseph Kabila) han pasado este mismo estadio con relativa calma y han superado después con éxito el siguiente, el de modificar la constitución (Kabila está en ese proceso ahora) para perpetuarse en el poder, sin tanta oposición internacional como está teniendo el actual presidente de Burundi, ni siquiera al modificar la carta magna.
 

En los medios internacionales se ha dicho hasta la saciedad que Nkurunziza intentó reformar la constitución “y no pudo”, algo totalmente infundado y falso. Sencillamente lo repiten todos citándose unos a otros. Lo que ocurrió en Burundi es que el gobierno y la oposición llevaron sus diferencias ante el Tribunal Constitucional y éste dictaminó que el tercer mandato era constitucional porque el artículo 8 limita los mandatos a dos, “habiendo sido elegido por sufragio universal directo”, es decir en las urnas. El primer mandato de Nkurunziza fue por designación, no por sufragio, solo se había presentado a unas elecciones. Los tan citados acuerdos de Arusha, sencillamente remiten a la constitución, para exigir el límite de «dos mandatos constitucionales», así que todo parece dentro de lo normal. El Tribunal Constitucional es un órgano compentente en los países europeos, (aunque sus decisiones sean desacertadas muchas veces), pero en los países africanos, o dicta lo que las potencias occidentales desean oir, o no lo dan por válido y exigen que no se acaten sus decisiones, violando la soberanía de los estados con total impunidad y descaro.
 
No es mi intención defender el gobierno de Nkurunziza. No creo que haya un gobierno perfecto o digno de más alabanzas que críticas, y el de Burundi no es excepción. Me sería mucho más fácil criticarlo, porque hay motivos, y unirme a la corriente, pero no puedo hacerlo, porque me parece mucho más criticable el “linchamiento” internacional que está sufriendo. Ha sido designado “villano” en una guerra sucia y es injusto.
 
Las injerencias en un país tan desconocido por la mayoría como Burundi son más fáciles de llevar a cabo, tanto por los podersos como por los medios, máxime si está en África, donde el lector enseguida pierde el interés “Ah, bueno, por ahí, donde todos son dictadores”, por estar sometidos como estamos de modo continuado e implacable a estereotipos negativos y manipulación mediática.
 
El primer mediador designado para la crisis de trasferencia de poder, Yoweri Museveni, de Uganda, lleva él mismo en el poder 30 años, desde 1986, agotó un largo mandato por designación hasta que se organizaron las elecciones en las que fue elegido, agotó su segundo mandato y cuando llegó la hora de dejar el poder, cambió la constitución para seguir, ha ganado las últimas elecciones en febrero de 2016. No parece la persona más apropiada para asesorar a Burundi. Tampoco parece un asesor ideal el otro vecino y participante en las “conversaciones de paz”, Paul Kagame de Ruanda, quien lleva en el poder desde 1994 y acaba de reformar la constitución para seguir en él hasta 2034, un total de 40 años, mínimo. Joseph Kabila de Congo, en 2016, intenta por todos los medios cambiar la constitución para “legalizar” su aferramiento al poder. Después de Museveni se nombró mediador al presidente de Angola, José Eduardo Dos Santos, en el poder desde 1979. Menudos asesores… del diablo. Ahora el mediador es el expresidente de Tanzania Benjamin Mkapa.
 
Hagamos una breve linea de tiempo de la crisis:
– Entre abril y mayo de 2015, debido a la represión de las manifestaciones de quienes se oponían a la candidatura de Nkurunziza, unas 20 personas perdieron la vida.
 
– El 14 de mayo tuvo lugar un intento de golpe de estado, que incluso apareció en la wikipedia inmediatamente como exitoso, -aunque durase más en la wikipedia que en Bujumbura-, encabezado por el entonces recién destituido jefe de los servicios secretos, el general Godefroid Nyombare.
 
– Tras el frustrado golpe, la violencia se intensificó y el 21 de julio de 2015, día de las elecciones, los muertos ya ascendían a 77 y los desplazados a 127.000.
 
– Nkurunziza ganó las elecciones con más del 69% de los votos y a partir de entonces la violencia se disparó. 
 
– A comienzos de 2016 los muertos ascendían a 400 y los desplazados a 220.000, en un pequeño país de apenas 10 millones de habitantes, cuya composición social se asemeja a la de su vecina Ruanda: mayoría Hutu, minoría Tutsi y Twa.
 
– Los llamados rebeldes, comandados por el ex general Godefroid Nyombare, que se han refugiado en la vecina Ruanda, cometen desde allí ataques a cuarteles militares, incluso uno al palacio presidencial, pero sobre todo atentados y asesinatos selectivos de líderes civiles, políticos y militares.
 
El periodista burundés Willy Nyamitwe, asesor de comunicación de la presidencia, señala en una entrevista concedida a la periodista estadounidense Ann Garrison que la mayoría de las más de 500 víctimas mortales son responsabilidad de los llamados rebeldes y remarca que hasta que ellos entraron en acción, los muertos por la represión del gobierno -la cual no niega- no llegaban a dos docenas.
 
Destacados analistas de la región no comprenden el empeño de los organismos y medios internacionales por ver factores étnicos, incluso alertar sobre el peligro de un nuevo genocidio. Esta crisis es política. El gobierno, el ejército, la administración y los partidos políticos en Burundi son diversos, de hecho la mayoría de la oposición está formada por Hutus como el propio presidente. El periodista ruandés Claude Gatebuke, afirma que estas insinuaciones son propaganda de quienes pretenden despertar los fantasmas del genocidio para obtener un beneficio político, la imposición de sanciones a Burundi desde la comunidad internacional. Alguno, como el padre Thomas Nahimana, de Burundi, va más allá y acusa al presidente de Ruanda, Paul Kagame, de querer provocar en Burundi un «genocidio” de cara al exterior, aunque no sea verdadero en la realidad, para tener el pretexto de invadir el país y acabar dominando la región entera.
 
Estas sospechas de los burundeses se vieron respaldadas por el último informe confidencial de expertos de la ONU, presentado el 15 de enero de 2016. En este informe se afirma que entre mayo y junio de 2015, el ejército de Ruanda llevó a cabo una campaña de reclutamiento forzoso de refugiados burundeses en el campo de Mahama, durante la noche, algunos de ellos menores de edad, para convertirlos en rebeldes que operen en Burundi. Tras el reclutamiento -según declararon a los expertos de la ONU los propios rebeldes forzosos– tenían un entrenamiento militar de dos meses, bajo la batuta de los militares y oficiales ruandeses en los propios cuarteles del ejército de Ruanda. Según estos mismos testigos, habría unas cuatro compañías formadas, armadas y financiadas por los militares ruandeses, de unos 100 hombres cada una.

Aunque Samantha Power, la embajadora de Estados Unidos en la ONU, una figura muy implicada en la política de la región, ha dicho que conoce y cree ciertas las denuncias de dicho informe, su gobierno no se ha posicionado al respecto. Este informe no ha sido citado por apenas nadie, ONG, organismos preocupados por la paz y la estabilidad, gobiernos y parlamentos internacionales, medios y expertos, el informe ha caído en el olvido. No parece que a estas alturas, tras seis meses, vaya a haber reacciones que impliquen ni tan siquiera una reprimenda a Ruanda, por las probadas acusaciones de agresión internacional.
 
Se sigue insistiendo en enviar una fuerza policial a Burundi para “proteger a la población”, ciertamente algo necesario, pero sin hacer referencia al principal factor desestabilizador, el país vecino que recluta, entrena, arma, paga y comanda a los llamados rebeldes, que en nuestros propios países serían denominados terroristas y tratados como tales. 
 
Solo con la ayuda de Rusia y China, que hicieron uso de su derecho a veto en el Consejo de Seguridad para evitar que se mandase una fuerza de intervención desde la ONU o la UA, Burundi pudo mantenerse alejada de lo que seguro aumentará la inseguridad de su pueblo, más militarización, sin reconocer el objetivo a combatir. Algo demasiado común en la región.
 
Europa, la ONU, Estados Unidos, Francia, Bélgica, Reino Unido… todos están empeñados en que en Burundi hay una crisis que necesita invertir el dinero de nuestros impuestos en enviar una fuerza que obligue a un gobierno soberano a incluír en sus instituciones (ejército, gobierno, administración, etc) a grupos armados que están cometiendo ataques terroristas con total impunidad y amparo de la comunidad internacional.
 
Esto mismo ha sido lo que han obligado tantas otras veces a hacer a la República Democrática del Congo, ahora, hasta su presidente Kabila habla mejor kiñaruanda [idioma de Ruanda] que lingala [el idioma más hablado en Congo]…
 

El 10 de junio de 2016 comenzaron las conversaciones de paz en Bruselas. Es algo impuesto desde Europa, desde la Unión Africana solo asienten a lo que mande Europa, pero no tienen visos de llegar a ninguna solución que beneficie al pueblo burundés. ¿Cómo podrían beneficiar a los burundeses? Estas conversaciones giran en torno a una historia falsa impuesta desde fuera y apoyada por una oposición que solamente piensa “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”. Pero no piensa en el bien del país, solo en llegar al poder y -hagan sus apuestas- rescindir el contrato de venta de oro que Nkurunziza firmó con China el año pasado, y los burundeses lo saben.

 


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