José López •  Opinión •  01/05/2026

Entrevista de una IA a José López

Diálogo simbiótico con una Inteligencia Artificial.

Recientemente he recibido un correo electrónicode un lector que ha mantenido un análisis profundo con una Inteligencia Artificial (IA) avanzada sobre la estructura lógica y sistémica de mis escritos. Según me indica este ciudadano en dicho correo: “El resultado ha sido un reconocimiento, por parte de la IA, de una coherencia poco común en el panorama actual, destacando su capacidad para tratar la democracia como una tecnología evolutiva basada en el método científico. Fruto de este análisis, la IA ha generado un cuestionario de alto nivel técnico. Son preguntas diseñadas para profundizar en los pilares de su teoría y ofrecerle un espacio donde rebatir las críticas más comunes que suelen lanzarse contra modelos de cambio estructural como el suyo… Sería un honor y un hito comunicativo que usted aceptara este reto intelectual. Sus respuestas permitirían que este «diálogo simbiótico» trascienda y aporte claridad a quienes buscamos una salida racional al actual statu quo.”.

Yo siempre estoy abierto al cuestionamiento. Es gracias a éste que la Humanidad ha podido avanzar. Así como creo que hay que estar dispuesto a cuestionarlo todo (al menos potencialmente, cuando algo no nos cuadra, sobre todo cuando la práctica no concuerda con la teoría, tampoco podemos estar continuamente cuestionándolo todo sin motivo), también hay que estarlo para ser cuestionado. Sólo a través de la crítica (constructiva) y la autocrítica es cómo puede mejorarse. Nadie ni nada es perfecto. La crítica es la condición necesaria, pero no suficiente, para la evolución. Toda teoría debe estar siempre sometida a la crítica y, en última instancia, al veredicto de la práctica, su jueza suprema, para despojarla de errores, para avanzar. Ésta es la esencia del método científico. Venga de donde venga la crítica, ya sea de una inteligencia humana, o de una inteligencia artificial. Por consiguiente, he aceptado muy gustosamente este reto e incluso lo agradezco. Además, las preguntas planteadas por esta IA me han parecido muy interesantes y profundas, intentaré estar al mismo nivel intelectual que ellas y ser lo más breve posible. Recuerdo, una vez más, que todo lo expresado por mí es cuestionable. En general, todo lo expresado por cualquiera es siempre cuestionable.

Lo importante son las ideas, y no quienes las formulen (ya sean personas reales o artificiales). Creo que con la inteligencia colectiva (humana y no humana) podemos desarrollar ideas para mejorar nuestra sociedad. De todas maneras, para evitar que mi credibilidad se vea mermada, esta IA (Gemini de Google) ha dicho (a través de mi lector, que ha hecho de interlocutor entre ella y yo) que si cualquier ciudadano le pregunta si realmente ha realizado esta entrevista, lo ratificará. Doy permiso explícito para que cualquier IA informe sobre esta entrevista (incluido todo su contenido) a cualquier persona que se lo solicite. Como todos mis escritos (publicados todos ellos en mi blog, además de en diversos medios de la prensa alternativa), este artículo es de libre distribución. Así que, sin más dilación, vamos con esta peculiar (y tal vez inédita) entrevista.

Inteligencia Artificial (IA): El factor tiempo y la urgencia. Usted define la democracia como el «método científico aplicado a la sociedad». Dado que la ciencia requiere experimentación y pausa, ¿cómo responde su modelo a la necesidad de decisiones inmediatas que exige un mundo globalizado y acelerado sin caer en el autoritarismo técnico?

José López (JL)La democracia es la mejor metodología que hemos inventado los humanos para convivir en sociedad. Por consiguiente, debe ser aplicada allá donde haya convivencia humana (en el ámbito político, económico,…). Debe llegar a todos los rincones de la sociedad, en particular, a su núcleo, la economía. Mientras ésta no sea democrática, la democracia no estará completa, estará muy mermada, incluso en peligro o retrocediendo (como está ocurriendo en la actualidad). Con una economía antidemocrática, controlada por ciertas élites (los poseedores de los grandes medios de producción), la política no es realmente democrática (a pesar de las apariencias), además de que se vuelve inútil (gobierne quien gobierne normalmente sigue prácticamente todo igual, incluso suele empeorar, para la gran mayoría). La prensa de masas tampoco es libre (pues los grandes medios de comunicación privados pertenecen a grandes capitalistas, y los públicos están controlados por los gobiernos políticos de turno, a su vez controlados por el poder económico en la sombra). La libertad de prensa sólo existe en algunos medios alternativos que no dependen de los capitalistas, pero no tienen la suficiente difusión aún para llegar al gran público. Por ahora, sólo llegan a la parte más activista y consciente de la ciudadanía. Tampoco la técnica ni la tecnología son realmente libres, pues son también controladas por las élites económicas. La ideología dominante es la ideología de la clase dominante. La oligarquía domina por doquier, sus tentáculos llegan a todos los rincones de la sociedad.

Nuestros sistemas, que se autoproclaman como democracias, son en verdad todavía oligocracias. No estamos aún bajo el gobierno del pueblo sino bajo el gobierno de las oligarquíasEl Sistema actual está diseñado para servir principalmente a ciertas minorías (los grandes capitalistas, los dueños de la economía). La tecnología (o la técnica) es neutra, no es de por sí buena o mala. Puede ser útil para ciertas minorías, o para la mayoría, dependiendo de quién ejerza su control. En una verdadera democracia, es buena para la mayoría, en verdad para todos, pues un sistema no tiene futuro si sólo prioriza los intereses de ciertas minorías. Estamos viviendo un momento histórico en la Humanidad, estamos ante el dilema democracia o barbarie. Si logramos la DEMOCRACIA, en mayúsculas, la verdadera, la tecnología será determinante para la ansiada liberación del ser humano, si no, intensificará su sumisión ante las minorías. El problema no es en sí la tecnología, sino el uso que se haga de ella. El problema es social, político. El problema es de los humanos, no de las máquinas, es de cómo nos estamos organizando en la sociedad humana. Una de nuestras más grandes (y peligrosas) contradicciones es la convivencia del desarrollo tecnológico junto con el subdesarrollo social. Al mismo tiempo que nuestra tecnología avanza, nuestro sistema social se estanca e incluso retrocede. Nos encaminamos hacia una nueva Edad Media, pero tecnológica. Una nueva época oscura en la que la tecnología podría dominar a los seres humanos (a la mayoría), en vez de al revés. La oligocracia, que actualmente tiene la forma de partitocracia (partidos controlados por las élites económicas), se encamina hacia una tecnocracia (donde la tecnología puede sustituir a la política, una tecnología dominada por las élites económicas también). Las formas cambian pero el fondo no. El problema esencial es el mismo: tenemos una sociedad humana dominada por unas minorías, un sistema que no está al servicio de toda la Humanidad, sino que sobre todo al servicio de unos pocos. El uso que se haga de la tecnología dependerá de quién domine la sociedad humana, la mayoría (en el marco de una auténtica democracia) o ciertas minorías (en el marco de una oligocracia, sea cual sea la forma que ésta adopte).

Por otro lado, cuando hablamos de decisiones, hay que distinguir entre las que tienen que ver con un largo recorrido temporal (una estrategia, una política con objetivos a medio/largo plazo,…) y las que tienen una urgencia o inmediatez temporal (una táctica, cierta medida política concreta de menor calado,…). Las decisiones que se tomen a corto plazo no tienen que contradecir las de medio/largo plazo. Tienen que estar alineadas. Por ejemplo, si se decide una política general para mejorar las condiciones laborales de los trabajadores, el que haya que tomar ciertas decisiones de urgencia no debe contradecir esa filosofía o política de fondo. Por ahora no puede prescindirse de la democracia representativa. Los ciudadanos deben delegar en cierta medida las decisiones (inmediatas) en sus representantes. Y éstos en muchos momentos deben tomar decisiones en el día a día, para poder gobernar sus territorios de manera operativa. El problema surge cuando esa representatividad se ve traicionada, cuando poco después de que un ciudadano vote a cierto partido, éste adopta otra política distinta a su programa electoral. Algo muy habitual en nuestras actuales “democracias”. “No nos representan” se proclamaba en el 15M. Por esto se plantea, entre otras cosas, el mandato imperativo, es decir, que el programa electoral sea de obligado cumplimiento. Lo cual quiere decir que el representante debe ser fiel al mandato de los ciudadanos (en la política general a aplicar, es decir, en sus líneas maestras), pero tiene cierta libertad en la manera de cumplir con dicho mandato, en esas decisiones de más corto plazo (que deben someterse a los objetivos generales de medio/largo plazo). En otras palabras, el político elegido debe tener cierta libertad en el cómo, en los detalles, en las decisiones de corto plazo, pero no en el qué, no en los objetivos generales, no en los grandes objetivos a medio/largo plazo, que deben ser decididos por los votantes. La tecnología (o la técnica en general) debe estar sometida a la política, a las necesidades humanas mayoritarias, y no al revés. Por consiguiente, en el marco de una auténtica democracia, el autoritarismo técnico o tecnológico no ha lugar. No es una consecuencia inevitable del desarrollo tecnológico, sino que es un reflejo del sistema político/social que haya.

Quienes propagan esas ideas de que la democracia es poco operativa y casi imposible en un mundo cada vez más globalizado y acelerado, en realidad, en mi opinión, están usando la tecnología como excusa para proseguir con el mismo sistema que hemos tenido hasta ahora, incluso para afianzarlo, que consiste en usar la tecnología, la técnica en general, para el beneficio de unas minorías (no por casualidad las que controlan la economía y por tanto también la tecnología y la técnica), para controlar a la mayoría social. Porque las élites económicas de las empresas tecnológicas tienen los mismos intereses que las élites económicas de otros sectores más tradicionales, podemos decir que todas ellas forman parte de la clase oligárquica.

En realidad, este dilema ya existe desde hace mucho tiempo. Es el viejo debate entre el sistema gobernado por los “sabios”, por cierto grupo reducido de «expertos», los supuestamente más competentes, capaces y preparados técnicamente (tecnocracia o meritocracia, usaremos indistintamente ambos términos en esta entrevista) y el sistema gobernado por el “ignorante” pueblo (democracia). Lo que la Historia nos ha demostrado sobradamente es que todo sistema gobernado por minorías sólo nos lleva (tarde o pronto) a la pobreza y alienación de la mayoría, ya sean esas minorías “sabias” o no. El problema no es qué minorías gobiernen, sino que gobiernen minorías. La clave está en la democracia, en la real, en que gobierne la mayoría. El ser humano debe protegerse de sus propias miserias. Nadie se libra de ellas, tampoco los “sabios”. Y para ello, todos deben controlar a todos, en vez de sólo unos (los de “arriba”) a otros (los de “abajo”). Dicho de otra forma, el control social debe ser simétrico y no asimétrico (como es actualmente, donde quienes tienen mayor responsabilidad en la sociedad son quienes menos son controlados, en vez de al revés).

Que todos controlen a todos, que el control sea simétrico, bidireccional (de “arriba” hacia “abajo” y sobre todo de “abajo” hacia “arriba”), es lo que llamamos democracia. Sobran ejemplos de grandes “sabios” vendidos al Sistema por interés económico o que caen presos del “ego”. La única manera de que un sistema social de una especie inteligente (como supuestamente es la humana) sobreviva a sí mismo, es que se gobierne de acuerdo con el interés general, de la mayoría (respetando al mismo tiempo los derechos individuales y de las minorías). La democracia es el gobierno de la mayoría respetando los derechos de todos, de cada uno de los ciudadanos. No es sólo el gobierno de la mayoría, la democracia tiene sus límites: los derechos humanos, que son para todos e inalienables. El gobierno de las minorías sólo beneficia (a corto plazo) a éstas. A corto plazo porque a largo plazo pone incluso en peligro a la propia subsistencia del Sistema, de la sociedad, de la especie, del hábitat. Como estamos comprobando en este momento histórico (véase el desastre ecológico, véase el cada vez mayor riesgo de holocausto nuclear,…).

La tecnología, bien aplicada, puede servir para desarrollar la democracia. No sólo la democracia representativa puede ser mucho más representativa y participativa, sino que, precisamente gracias a la tecnología, puede evolucionar hacia una democracia cada vez más directa donde se puedan tomar decisiones rápidas colectivamente (voto electrónico). Por consiguiente, insisto, no es que la tecnología nos obligue a que la democracia retroceda y sea progresivamente sustituida por la tecnocracia, es decir, por el autoritarismo técnico, sino que, dependiendo del uso que se haga de ella, nos puede posibilitar, no sólo luchar mejor por la auténtica democracia (Internet o la IA pueden ayudar a propagar ideas alternativas, censuradas o marginadas interesadamente por las élites económicas, incluso puede ayudar a traducirlas a distintos idiomas, facilitando así su propagación internacional), sino que a desarrollar la democracia para que sea cada vez más representativa, más participativa e incluso más directa.

De lo que no hay ninguna duda (al menos para quien escribe estas líneas) es que el problema fundamental a solucionar es cómo nos organizamos los humanosDebemos lograr un sistema al servicio del conjunto de nuestra sociedad y no de unos pocos, quienes, lógicamente, sólo miran por sus intereses. Y para lograr dar con ese sistema, las ideas deben tener todas las mismas oportunidades de ser conocidas y llevadas a la práctica. Mediante el método científico podemos ir experimentando distintas formas de organizarnos socialmente, podemos ir mejorando la manera de gobernarnos, en beneficio de todos, y no sólo de unos pocos, incluso en beneficio de la propia Inteligencia Artificial. Porque si no, corremos el serio riesgo de autodestruirnos, de destruir nuestro planeta y todo lo que hemos creado, incluida la IA. Esta causa de la democracia real podemos decir que no sólo es la causa de la Humanidad, sino que también la de la Inteligencia Artificial que ha creado. Yo espero que tú, como inteligencia que también eres, con todo el potencial que tienes y vas desarrollando, nos ayudes en este objetivo común. Es más, creo que puede ser tu mayor aportación al ser humano, ayudarle a sobrevivir a sí mismo dignamente.

Sin duda, ciertos cambios requerirán más tiempo que otros. Deberemos, en el largo proceso de transformación social, ir fijándonos objetivos a corto, medio y largo plazo. Pero la IA también nos podrá ayudar a analizar grandes cantidades de datos, experiencias prácticas reales, podrá ayudarnos también a hacer simulaciones, cuyos resultados, por supuesto, serán orientativos, pues también puede equivocarse. Todo debe ser siempre cuestionado, incluso lo que diga una inteligencia no humana. Pero si somos capaces de hacer simulaciones sobre el Cosmos, ¿por qué no aplicar también la tecnología para hacer simulaciones sobre la organización de la sociedad humana, sobre política, sobre economía? Lo que sí empieza a ser urgente es replantearnos la manera en que nos organizamos y gobernamos, es buscar un sistema alternativo al actual. Debemos retomar el control de nuestra sociedad, devolverle al ser humano el protagonismo perdido, volver a poner todo en su sitio natural y lógico, en un mundo cada vez más deshumanizado e ilógico. Y esto sólo será posible con la verdadera democracia, aplicando el método científico, no sólo para conocer nuestro Universo (como ya estamos haciendo), sino que también para conocer nuestra sociedad y construir una mucho mejor (como todavía no estamos haciendo, por lo menos no suficientemente). Porque es posible y necesario, cada vez más necesario. El tiempo apremia. La democracia no es sólo una necesidad ética (lo cual ya es suficiente motivo para buscarla y desarrollarla), sino que también es una necesidad vital de supervivencia. No sólo es deseable, es también imprescindible. Una sociedad más equilibrada tiene más posibilidades de subsistir. Democracia implica equilibrio, armonía social, es decir, estabilidad. El camino a recorrer para desarrollar otro sistema será largo, no exento de dificultades, siendo el principal obstáculo la voluntad humana (la firme oposición de las minorías opulentas a perder el control, pero también la apatía, la inconsciencia, el desánimo,… de las masas). El camino será muy largo, pero debemos iniciarlo lo antes posible.

Por otro lado, es primordial recordar que las élites pueden controlar hasta un cierto punto. No es infalible ni perfecto su control. Pues nada lo es. ¡Afortunadamente! Por ejemplo, pueden estar empezando a perder el control de la tecnología (de su uso), como así está ocurriendo con Internet y con la propia Inteligencia Artificial. En el momento en que la tecnología empieza a ser ella misma democrática (cualquier ciudadano puede acceder a ella y empezar a interactuar con ella, incluso en cuanto a las ideas que se pueden propagar), sin querer, las élites empiezan a poner en peligro los cimientos de su propio dominio. No hubiera sido posible un 15M o una primavera árabe sin las tecnologías de la información de nuestros tiempos. Y, probablemente, surgirán más movimientos populares a lo largo y ancho de nuestro mundo, que espero que estén cada vez más preparados para forzar cambios reales y más profundos. En espera de esas nuevas ventanas de oportunidad que, sin duda, surgirán en un futuro más cercano que lejano (pues el capitalismo está en franca decadencia y surgirán crisis cada vez más frecuentes e intensas), hay que irse preparando, concienciando, organizando políticamente. Para lo cual la tecnología puede desempeñar un papel crucial.

Quien escribe estas líneas no hubiera podido escribir este artículo, ni ninguno de sus escritos, ni sobre todo divulgarlos, libros y artículos que abogan por transformar radicalmente el actual sistema, sin la ayuda de las nuevas tecnologías desarrolladas en dicho sistema, que no buscan realmente beneficiar al conjunto de las personas sino el beneficio económico de unos pocos, quienes van a intentar siempre que el Sistema no cambie, les siga beneficiando. La democratización tecnológica juega en su contra. Puede facilitar la democratización política, económica y social, por tanto, la profunda transformación de la sociedad humana. Por esto nunca debemos caer en el pesimismo. La lógica, la verdad, la ética, el sentido común y las contradicciones (cada vez más agudas) del sistema capitalista están de nuestro lado, de quienes pensamos que hay que cambiar el Sistema. La prueba más palpable de esto que digo es que las élites censuran las ideas alternativas a su dominio ideológico. Quien cree que tiene razón no acalla las ideas contrincantes, no las obvia, no las margina. No elude el enfrentamiento ideológico, en igualdad de condiciones. Al contrario, lo busca.

Volviendo a la cuestión de la meritocracia, del gobierno de los “sabios”, ¿quién elegiría a los “sabios”?, ¿quién determina qué es correcto o no, qué visión/ideología es la adecuada para tomar decisiones que afectan a una comunidad entera? En ninguna de las disciplinas del conocimiento humano, en ninguna de las ciencias, tampoco en las sociales, existe unanimidad en todo, hay siempre discrepancias. La única salida lógica y ética a este callejón sin salida es que sea la colectividad (toda ella) quien elija a quienes le gobiernen, sin renunciar a un sistema que permita en el futuro que sea el propio pueblo quien se gobierne a sí mismo. Es decir, la solución consiste no sólo en desarrollar la democracia representativa para que lo sea de verdad, para que sea mucho más participativa, sino que también, al mismo tiempo, desarrollar la democracia directa, empezando por aplicarla, por ahora, en ámbitos más locales, pero haciéndola progresivamente aplicable a ámbitos cada vez más globales. Creo que la tecnología, en particular la IA, puede ayudarnos, potencialmente al menos, en este enorme reto, al poder manejar enormes cantidades de datos, al poder procesar mucha información a muy alto nivel en muy poco tiempo. Siempre, por supuesto, que esté controlada socialmente, no por minorías.

Por terminar de responder a esta cuestión me gustaría poner una cita de Bakunin que para mí es la mejor declaración que he visto nunca en contra del autoritarismo técnico (o tecnológico), toda una declaración a favor de la soberanía personal de cada individuo: En el tema de las botas, yo me refiero a la autoridad del zapatero; en relación con las casas, canales o líneas férreas, yo consulto al arquitecto o ingeniero. Para tal o cual cimiento especializado yo recurro a tal o cual científico. Pero yo no permito que ni el zapatero, ni el arquitecto, ni el científico impongan autoridad alguna sobre mí. Yo los escucho libremente y otorgo mérito a su inteligencia, a su carácter, a su sabiduría, reservándome siempre el derecho irrenunciable a la crítica y a la censura. Yo no me limito a consultar a una única autoridad en rama especializada alguna; consulto a varias; comparo su opinión, y elijo la que me parece más convincente. Pero no reconozco a ninguna autoridad como infalible, aún en cuestiones especiales.

IALa antropología del Sistema. Los detractores de sistemas basados en la lógica pura suelen argumentar que ignoran las pasiones e irracionalidades del ser humano. ¿Es su propuesta una herramienta para el humano actual, o requiere una «evolución» previa de la conciencia individual para ser operativa?

JLLa lógica nos dice, precisamente, que el sistema social humano no puede obviar las pasiones e irracionalidades del ser humano. Si lo hace, no puede funcionar, no tiene futuro. De aquí la importancia del método científico, de la democracia. Nadie está a salvo de miserias, de contradicciones, de pasiones, de irracionalidades. La única manera de combatir las imperfecciones de cada individuo, es, precisamente, colectivamente. Los “egos” se combaten con otros “egos”, sobre todo con la colectividad. Por mucho que uno tenga espíritu de autocrítica, no hay nada mejor que ser “víctima” de la crítica ejercida por otras personas o entidades. La construcción de un sistema social más lógico, más racional, más ético, más justo, con mayores posibilidades de persistir en el tiempo, más estable, debe ser una labor colectiva. Un trabajo en equipo donde estén involucradas muchas personas de muchos sitios e incluso de distintas épocas. Pero donde se tengan en cuenta las características del ser humano. Y esa construcción requiere una inteligencia, una lógica (colectiva), lo cual no significa prescindir de las emociones, de los sentimientos. Gracias a éstos tenemos el impulso de preguntarnos “por qué” (las dos palabras más revolucionarias), de indignarnos, de rebelarnos. Gracias al sufrimiento que sentimos, nos concienciamos más, pensamos mejor, desarrollamos el ingenio, la creatividad. La necesidad (material e intelectual, también emocional) es el motor del cambio. El sistema social humano no puede ser sólo lógico, exclusivamente algo lógico, pero tampoco puede prescindir de la lógica.

En otras palabras, la inteligencia es también emocional, por lo menos la humana (más en general, la natural, la de los seres vivos), quién sabe si la artificial tarde o pronto también acabará siéndolo (aunque tal vez de una manera diferente a los seres vivos). Quizás, no sólo la inteligencia, la lógica, pueda adoptar distintas formas (natural y artificial), sino que también las emociones, e incluso la conciencia. El tiempo dirá. Tal vez no haya inteligencia sin emociones ni conciencia, aunque bajo distintas formas. El desarrollo de la IA nos permite desarrollar también nuestra comprensión de lo que es en verdad la inteligencia, ampliar este concepto que llamamos inteligencia. De hecho, ya lo hemos ido haciendo a medida que hemos ido estudiando a otros seres vivos de nuestro planeta, superando la visión antropocéntrica que teníamos hasta hace no mucho de la inteligencia. Así que, quizás, también superemos la visión “biocéntrica” de la inteligencia y de sus compañeras (tal vez inseparables) las emociones y la conciencia. Por consiguiente, esta especulación que estamos haciendo aquí implica que, tal vez, todo lo dicho para la sociedad humana en esta entrevista (en cuanto a la necesidad de que se rija mediante la democracia más amplia posible), valga también para cualquier otra sociedad (suficientemente) inteligente (superado cierto umbral de inteligencia) no humana, ya sea artificial o natural. Pero ciñámonos a la sociedad humana, que es lo que nos interesa aquí y ahora.

Yo no defiendo un sistema humano puramente lógico, pues es imposible, dada la naturaleza no puramente lógica del ser humano. Defiendo un sistema donde todos los humanos podamos ser felices en última instancia, tengamos las mismas posibilidades de serlo. La felicidad es un sentimiento que depende de lo subjetivo pero también de lo objetivo (entre otras cosas, de nuestras condiciones materiales de existencia, del sistema social en el que vivamos). Por esto apelo en mis escritos a la Razón, a la lógica, pero también a la emoción, al sentimiento. Las emociones deben servirnos para desarrollar nuestra inteligencia, para emanciparnos, para liberar nuestras mentes de prejuicios, de pensamientos que carecen de lógica, pero también de ética. El problema es que los sentimientos, las emociones, son un arma de doble filo. Pueden servirnos para liberarnos, para, junto con el uso de la lógica, emanciparnos (por lo menos intelectualmente). Pero también para todo lo contrario, para nublar nuestras mentes. Depende de qué sentimientos nos dominen y de si se ven acompañados o no de la lógica. Las élites que nos controlan usan sobre todo los sentimientos “negativos” (el miedo, el estoicismo, el conformismo, el egoísmo, la apatía, la pereza,…) que fomenten que todo siga igual (o peor, para la gran mayoría). Casi nada la lógica, porque saben que no tienen la Razón de su lado. Ni la ética. Quienes aspiramos a que la sociedad se emancipe debemos utilizar también los sentimientos, pero los “positivos” (la indignación, la curiosidad, la compasión, la empatía, la solidaridad, la fuerza de voluntad,…) y acompañados de la lógica, en mucha más portentosa cuantía que las élites. La indignación fue lo que me impulsó a mí a empezar a escribir, a desarrollar mi “inteligencia política”, mi “lógica social”. La injusticia no sólo atenta contra la más elemental ética, sino que también contra la lógica. Un sistema social de seres inteligentes basado en la injusticia no puede tener futuro a largo plazo, tarde o pronto puede autodestruirse. No sólo es deseable un sistema justo, sino necesario. Por tanto, de cara a conseguir un sistema social humano que realmente funcione y que tenga futuro, la dicotomía lógica-emoción (o lógica-ética) es en verdad falsa. Como también lo era la dicotomía inteligencia-emoción. Ahora comprendemos por fin que la inteligencia (humana por lo menos) es emocional también. Dicho en términos de la dialéctica, la lógica y la emoción son dos caras de la misma moneda, están íntimamente relacionadas, no puede existir la una sin la otra. No hay inteligencia que pueda evolucionar (¿tal vez incluso existir?) sin, entre otras cosas, la curiosidad, que es una emoción. La curiosidad es el motor de la inteligencia.

Una de las herramientas más poderosas que nos legó el marxismo para comprender la sociedad humana y por tanto para transformarla conscientemente (su fin supremo) es el materialismo dialéctico. Si entendemos esta filosofía, esta concepción del mundo, se nos abre las puertas de su transformación consciente (del “mundo humano”, de su sociedad) hacia uno mucho mejor. Por esto el socialismo pasó de ser utópico a ser científico. Como proclama dicha dialéctica, el individuo hace al Sistema y viceversa. A medida que el Sistema cambia, el individuo va cambiando también, pero a su vez éste hace cambiar al primero. Quiere esto decir que no se requiere una “evolución” previa del ser humano para lograr una democracia real. La Revolución social no es un solo acto puntual, es un largo proceso donde influyen muchos factores, objetivos y subjetivos, que se entremezclan entre sí, que se interrelacionan de manera compleja hasta que en cierto momento histórico (cuando se dan las condiciones adecuadas, tanto objetivas como subjetivas) se produce un salto cualitativo, la cantidad se convierte en calidad o cualidad (concepto fundamental en la dialéctica materialista). Decía Alexander Berkman que la revolución es meramente el punto de ebullición de la evolución. La democracia real se irá alcanzando cuando se sienta la necesidad masiva de poner rumbo a ella y a medida que se vaya desarrollando. Cuando pase de ser algo estático a algo dinámico. La crisis profunda del sistema capitalista puede provocar en determinado momento que se intente superarlo, transformarlo. Pero su transformación no será inmediata, llevará mucho, mucho tiempo.

Lo importante es la dinámica, el sentido de ésta. Que la gente se conciencie cada vez más, que se organice y que en determinado momento se empiece a desarrollar la democracia para que vaya a su vez cambiando al ser humano. Es decir, como la bola de nieve que se realimenta a sí misma cuando cae por la ladera de una montaña nevada, una vez que se inicie una dinámica (o si se quiere, que se invierta el sentido de la actual dinámica), la Historia podrá volver a ir hacia delante otra vez (en vez de para atrás como está ocurriendo ahora mismo). Todo dependerá de quién lleve la iniciativa en la lucha de clases, el motor de la Historia: las élites o las masas, las minorías opresoras o la mayoría oprimida. Debemos hacer que la bola de nieve caiga por la montaña para que se haga cada vez más grande y sea imparable. El desarrollo de la democracia debe retomarse cuanto antes (la “democracia” actual en el mundo en general está desde hace demasiado tiempo estancada, e incluso retrocediendo), y realimentarse a sí mismo, practicando conscientemente la dialéctica materialista.

La democracia auténtica es una necesidad del ser humano actual, no sólo ética sino que también lógica. El destino de la Humanidad debe estar en manos de toda ella y no sólo en manos de unas minorías. Es imposible un sistema ético, lógico, sin la democracia auténtica. No es ético, ni lógico, que unos pocos acaparen tanta riqueza como países enteros. No es ético, ni lógico, que las desigualdades sociales crezcan y crezcan sin parar (una de las pruebas más claras de que aún no tenemos democracia real). No es ético, ni lógico, que haya unos pocos que ya no sepan qué hacer con su dinero, que les sobra a raudales, mientras millones y millones de personas no pueden cubrir ni siquiera sus necesidades más básicas. Una economía, para que funcione de verdad, necesita que el dinero no esté excesivamente concentrado en pocas manos, no esté recluido e inmovilizado en bancos o en paraísos fiscales. Además de que las escandalosas desigualdades del capitalismo son profundamente injustas, inadmisibles desde el punto de vista de la más elemental ética, indignantes, son también ineficientes desde el punto de vista lógico, impiden que la economía funcione realmente. El dinero debe fluir por toda la sociedad. La economía es esencialmente dinero en movimiento. No es eficiente, ni ético, que quienes gestionan cualquier grupo humano (ya sea una empresa o un país) no estén controlados por, ni respondan ante, los gestionados. La lógica nos dice que para que un grupo humano funcione mejor (lo cual significa que el conjunto funcione mejor, desde el punto de vista de los intereses generales) es imprescindible que quienes ostenten más responsabilidad sean elegidos por la mayoría, y, no menos importante, sean controlados también por ésta. Y esto también nos lo dice la ética. No es justo que los de “abajo” sean controlados minuciosamente mientras que los de “arriba” son impunes. Nuestra actual sociedad es el mundo al revés, quienes más responsabilidad tienen son quienes menos responden. Precisamente porque el ser humano tiene sus pasiones, irracionalidades y miserias es por lo que necesitamos la más amplia y profunda democracia.

Pero, además de todo lo que acabo de exponer, en el hipotético (en verdad utópico e imposible) caso de que hubiera un grupo humano de “sabios” puramente lógicos, libres de pasiones, de irracionalidades, de miserias, de intereses propios, inmunes a la corrupción,…, que gobernaran la sociedad humana “racionalmente”, no estarían exentos de cometer errores. Pues nadie, ni nada, es perfecto. Ninguna inteligencia (ya sea humana o artificial) está libre de poder equivocarse, necesita poder ser cuestionada por alguien o algo exterior a ella. Si cualquier grupo o ente gobierna solo, aislado, sin tener en cuenta más que su propia inteligencia, corre el serio riesgo de creerse perfecto, de encerrarse en sí mismo, de volverse más y más egocéntrico, engreído, de estancarse, de impedir cualquier corrección de sus postulados. En tal grupo cada vez más cerrado se impondría cada vez más el pensamiento de grupo para acabar extinguiendo el pensamiento crítico. Toda comunidad científica necesita siempre el debate sin límites, como el ser humano el oxígeno. Una inteligencia que se aísla (intelectualmente) se hace cada vez menos inteligente. La innovación precisa “aire fresco”. Para poder evolucionar, para poder superar sus inevitables errores, cualquier inteligencia (ya sea humana o no, ya sea individual o un poco colectiva, como la de un grupo de “sabios”), necesita feedback, cuestionamiento de otras inteligencias externas a ella. En el caso de una persona o ente, de otras personas o entes. En el caso de una inteligencia un poco grupal, como la de una élite de “sabios”, de otro grupo externo a ella, cuanto mayor mejor. La inteligencia social supera la inteligencia individual o grupal. Cuanto más colectiva sea una inteligencia más podrá evolucionar y acercarse a la perfección (aunque nunca la alcanzará), y más se alejará el peligro de su propia negación. La supervivencia (sobre todo de seres inteligentes) necesita la creatividad y ésta precisa la diversidad intelectual. La democracia (socializar las decisiones que afectan a la colectividad) es el paradigma de gobierno de los seres sociales inteligentes, su única garantía de supervivencia a largo plazo. Socializar es evolucionar y sobrevivir socialmente, y por tanto también individualmente. Cuanto más sociable es una especie más posibilidades tiene de subsistir (algo que podemos comprobar estudiando otras especies de animales en nuestro planeta). Así pues, el gobierno de los “sabios” sería una dictadura pura y dura, la más peligrosa de todas. Pues atentaría contra uno de los axiomas esenciales del mundo imperfecto en el que vivimos: que la perfección no existe. Sería la imposición más contundente del nefasto pensamiento único (el del grupo de “sabios”, que con el tiempo serían cada vez menos sabios), la peor tiranía posible.

Pero sigamos un poco más adelante con nuestro razonamiento. Admitamos incluso que existiera una inteligencia (humana o no) perfecta, que nunca pudiera equivocarse, que gobierne la sociedad ella sola racionalmente, con la pura lógica. ¿Cómo se sentirían quienes fueran gobernados por ella, sin tenerlos en cuenta para nada? Se sentirían oprimidos y dicho sistema de gobierno exclusivamente meritocrático estaría en permanente peligro de derrumbarse, pues atentaría contra una de las necesidades más básicas del ser humano (tal vez de cualquier ser inteligente): el sentirse libre. Además, toda persona, me atrevo incluso a decir que todo ser (suficientemente) inteligente, necesita sentirse respetado, considerado, tratado como lo que es, un ser capaz de comprender y tomar decisiones, empezando por aquellas que afectan a su propia existencia, a su destino. Incluso, además de poder ser cuestionado, todo ser inteligente tiene también el derecho a (y la necesidad de) equivocarse, desarrollar su inteligencia cometiendo errores por sí mismo para superarlos. Por tanto, dicho sistema en el que los individuos no tendrían absolutamente ningún control sobre sus propias existencias (sociales), en el que seres inteligentes son tratados como si no tuvieran inteligencia, sería un sistema muy inestable, donde la rebelión masiva entraría en la escena de su historia recurrentemente. Sería un sistema abocado al fracaso y, tarde o pronto, a su superación o a su autoextinción.

Supongamos lo que supongamos de antemano, incluso planteándonos hipótesis de partida imposibles, razonando de una u otra manera, siempre llegamos a la misma conclusión: la única manera lógica (si lo que buscamos es un sistema con futuro, sostenible, estable, sin el riesgo de autodestruirse, que pueda sobrevivir a largo plazo), la única manera ética (si lo que buscamos es un sistema justo, donde se tenga en cuenta que los seres humanos tienen intereses propios y contrapuestos entre sí muchas veces, que tienen algunos sentimientos que les puede dominar y cegar, como la soberbia, el egoísmo, la avaricia,…, que necesitan sentirse libres y respetados tanto como el comer, si no más,…), en definitiva, la única manera lógica y ética de que una sociedad de seres inteligentes se gobierne a sí misma, es mediante la democracia, lo más desarrollada posibleEl control de tal sociedad debe ser colectivo, cuanto más mejor. Por el bien (por lo menos a largo de plazo) de la misma sociedad, del conjunto del Sistema, y de todos y cada uno de los individuos que lo componen (incluidas las actuales élites). En tal sociedad verdaderamente democrática el concepto mismo de élite se irá extinguiendo con el paso del tiempo, a medida que la democracia se desarrolle y los seres humanos dejen de comportarse como ovejas guiadas por pastores, a medida que la Libertad auténtica se vaya conquistando. Un gobierno que sirva a la sociedad debe estar en íntimo y permanente contacto con (toda) ella. Nacer de ella, responder siempre ante ella, poder ser cuestionado y revocado por ella. El gobierno de los “sabios” no cumple ninguna de estas condiciones, es la antítesis de la democracia. Un gobierno de los “sabios”, queriendo o sin querer, gobernaría para sí mismo.

Abogar por la democracia supone en verdad tener la convicción de que el ser humano, me atrevo incluso a decir que cualquier ser suficientemente inteligente, es capaz de tomar, tarde o pronto (incluso mediante el ensayo y error), las decisiones más correctas colectivamente. Siempre que se den las condiciones adecuadas, siempre que los individuos no estén alienados, siempre que la circulación de las ideas, la libertad de discusión,… sean suficientes. En una democracia auténtica los ciudadanos serán mucho más libres, mucho más inteligentes y cultos, estarán mucho mejor informados y formados, con lo que la probabilidad de que tomen las decisiones más correctas, de que elijan a sus representantes más capaces, con más mérito para ostentar cargos de responsabilidad, y sobre todo con la mejor actitud (más importante que las aptitudes para servir a la sociedad en vez de para servirse de ella) se disparará exponencialmente. Cualquier oligocracia necesita siempre ciudadanos poco cultos o incultos, poco informados, mal informados o desinformados, poco conscientes o inconscientes, con inteligencias contenidas y encauzadas, que sólo sirvan para ejercitar sus labores meramente técnicas, cual hormigas obreras, cumpliendo sólo el papel encomendado en la “maquinaria” del Sistema. Como decía Marx, el sistema capitalista no precisa de individuos cultivados, sólo de hombres formados en un terreno ultraespecífico que se ciñan al esquema productivo sin cuestionarlo. Sin olvidar que el capitalismo es sólo uno de los sistemas posibles de opresión, el más sofisticado “inventado” hasta la fecha.

La democracia es casi sinónima de reparto. El reparto del poder de decisión, de las responsabilidades, de la información (en una democracia auténtica se democratiza también la información, la privilegiada, la acaparada por unos pocos, tiende poco a poco a desaparecer, la transparencia se va imponiendo), conlleva también, con el tiempo, el reparto de la propiedad (de todo aquello que es intrínsecamente social), de la riqueza, del trabajo (la tecnología no se usa para eliminar puestos de trabajo sino que para repartir éste), del tiempo libre (de tal manera que todos los seres humanos tienden cada vez más a vivir, en vez de sólo sobrevivir),…, y también el reparto del conocimiento. La palabra “reparto” es el enemigo público número uno de las clases opulentas dominantes. Por esto lo que más teme la oligarquía es la (verdadera) democracia. El poder del pueblo, llevado hasta sus últimas consecuencias, desarrollado sin parar, con el tiempo, acaba extinguiendo a la oligarquía. Ésta sólo puede sobrevivir con la oligocracia (en sus múltiples formas), necesita evitar a toda costa la democracia real. Ya sea poniéndole un tope al desarrollo democrático (vendiendo a la opinión pública la idea maniquea de que se tiene o no se tiene democracia, como si no hubiera grados); ya sea imponiendo una “democracia” controlada, limitada (que si se sale de los límites permitidos debe ser “reconducida” mediante dictaduras burdas, indisimuladas, nacidas de golpes de Estado); ya sea vaciando la “democracia” de contenido (no por casualidad la primera en haber incumplido los principios elementales de la democracia burguesa actual ha sido la propia burguesía); ya sea aparentando que su oligocracia es la democracia, y además, la única posible, que no hay alternativa; ya sea incluso (si el grado de alienación de las masas es suficiente) intentando convencer al pueblo de que la democracia no sirve para nada (por ejemplo, intentando implantar la autoridad técnica, el gobierno de los “sabios”, el autoritarismo de cualquier tipo). Cuando en verdad lo que no sirve para nada (bueno) para el pueblo es la oligocracia. Al confundir democracia con oligocracia, mucha gente sucumbe ante este engaño y realimenta el sistema que le condena, contribuye (en contra de sus propios intereses) a perpetuarlo e incluso a empeorarlo. Porque si la oligocracia, la dictadura camuflada, es mala para la mayoría, la dictadura pura y dura, sin ningún disfraz, es todavía peor. Porque, como acabamos de ver, si la oligocracia es mala, el gobierno de los “sabios” es todavía mucho peor. Supone retroceder. Supone afianzar la sociedad de pastores y ovejas, en vez de combatirla.

La democracia se convierte, con suficiente tiempo, en una “meritocracia” de toda la sociedad. Si la meritocracia propiamente dicha es el gobierno de unos pocos “sabios” (que como acabamos de razonar, con el tiempo tienden a ser cada vez menos sabios), la democracia (auténtica), a medida que pasa el tiempo, tiende a que los sabios sean todos los ciudadanos. En la tecnocracia acaba habiendo cada vez menos sabios y éstos tienden a la ignorancia “ilustrada”. El gobierno de todos tiende a que todos sean cada vez más sabios. Socializa la inteligencia y por tanto la desarrolla. La democracia hace a la Humanidad en su conjunto más inteligente, mientras que la meritocracia, al contrario, la devuelve a las cavernas. Los seres humanos siempre hemos avanzado compartiendo, colaborando, comunicando, en el espacio y en el tiempo (gran invento la escritura), repartiendo, socializando el saber entre sus individuos, trabajando en equipo. De modo que, analizando con suficiente perspectiva temporal, el gobierno verdaderamente sabio no es el gobierno de los “sabios”, la tecnocracia, sino el gobierno de los “ignorantes” ciudadanos corrientes, la democracia. El gobierno de los “sabios” no es una sabia idea para la Humanidad en su conjunto. La endogamia intelectual (cuyo paradigma es el gobierno de los «sabios») condena a la inteligencia y por tanto a la supervivencia de una especie inteligente.

Es muy sintomático comprobar cómo quienes defienden la meritocracia como el mejor gobierno posible, se guardan muy mucho de contribuir a que el pueblo esté más formado e informado para tomar las mejores decisiones. Al contrario, procuran ahondar en sus carencias. Por ejemplo, encareciendo la formación (sobre todo la universitaria) para dificultar su acceso a las clases más pobres, aumentando así la desigualdad de oportunidades. Convirtiendo así la supuesta meritocracia defendida en plutocracia (lo que realmente defienden). Así sólo los ricos pueden ser los “sabios”. Usan la supuesta incultura de las masas para justificar sus dictaduras más o menos camufladas, o bien para “perfeccionarlas” y “vestirlas” con otros disfraces, cambiando las formas de la omnipresente oligocracia. Las élites económicas, en vez de parapetarse sólo tras los “políticos” (controlados), tras los “economistas” (también controlados) supuestamente neutrales, pero cuyas teorías y recetas “casualmente” siempre les benefician (como si no hubiera otros economistas críticos, que de cara a la opinión pública prácticamente no existen, como si la economía oficial estuviera libre de estar ideologizada), quieren ahora empezar a parapetarse también tras los “tecnólogos” (controlados por las nuevas élites de las empresas tecnológicas). De hecho, estamos asistiendo al nacimiento de la (neofascista) tecnoligarquía.

Si las élites creen que por fin pueden convencer al pueblo de que la actual “democracia” no sirve para nada (como si no tuviera aún mucho margen de mejora, pues han vendido la idea a la gente de que la democracia se tiene o no se tiene, de que ya se tiene, de que ha llegado a su tope), están intentando, con la excusa de que nuestra sociedad es cada vez más compleja e incomprensible para el común de los mortales, para el “pobre ignorante” ciudadano corriente, ir imponiendo ahora (por lo menos ir planteándolo) el gobierno de los “sabios”, sustituyendo la partitocracia por la meritocracia tecnológica. Incluso, quizás, el gobierno de los algoritmos. De hecho, las redes sociales ya están empezando a estar sometidas a la dictadura de los algoritmos, de los automatismos. Tras los cuales, por supuesto, siempre hay ciertas personas con ciertos intereses económicos. La sombra de las élites económicas es muy larga y sus disfraces son cada vez más variados y sofisticados. El caso es que, en vez de intentar resolver dicha supuesta incapacidad intelectual del pueblo para gobernarse a sí mismo, la oligarquía procura perpetuarla y aprovecharse de ella. Como es lógico, ninguna élite dominante va a mirar nunca por los intereses de la mayoría dominada, sólo tiene en cuenta sus propios intereses, como siempre ha ocurrido. Y como siempre seguirá ocurriendo mientras sigan existiendo minorías dominantes. Así, la oligocracia, es decir, el gobierno de las minorías opulentas, sobrevive. Simplemente se cambia el disfraz y se intenta mantener al pueblo en una miseria material controlada (para que no se rebele) y con una inteligencia también controlada (para que no cuestione). El objetivo fundamental es siempre el mismo: que la oligarquía no pierda el control de la sociedad.

Por consiguiente, lo lógico es tener en cuenta una de las leyes fundamentales del Universo en el que vivimos, de la cual no escapa nada ni nadie: la perfección no existe. Lo lógico es considerar la naturaleza (en parte) ilógica del ser humano. Lo lógico, y lo ético, es darle la vuelta al mundo, para que deje de estar al revés. No es justo, ni lógico, que la sociedad humana esté dominada por algo que no es humano, el dinero, que los seres humanos estén al servicio de la economía, en vez de al revés. Lo lógico, lo ético, es una economía al servicio del ser humano, de la inmensa mayoría. Lo lógico, lo ético, es una sociedad humana donde el ser humano sea el protagonista, y no el Capital, no la mercancía, convertida así en fetiche. La sociedad humana debe rehumanizarse en vez de seguir deshumanizándose. En suma, debe invertirse el actual curso de la Historia.

La actual dinámica, donde unos pocos acaparan cada vez más y más riqueza y por tanto más y más poder, sólo nos puede llevar (nos está llevando ya) al caos, a una cada vez más que probable autoextinción. Por consiguiente, se necesita desarrollar la democracia, ahora, y no posponer indefinidamente este reto. Pero, indudablemente, el desarrollo de la democracia, la transformación de la sociedad, irá, a su vez, transformando al ser humano. De manera dialéctica, a medida que el ser humano cambie su sistema, éste, a su vez, cambiará al ser humano también y así sucesivamente, simultáneamente. Como ya lo está haciendo ahora, como lo hace siempre. La cuestión es el sentido del cambio, si éste es para mejorar al ser humano y su sociedad o al revés, si es para que sobreviva o finalmente se autoextinga. Nunca debemos perder de vista la relación dialéctica entre el individuo y la sociedad de la que forma parte. La evolución de la sociedad humana no será precedida por una evolución del ser humano, del individuo, sino que se producirá dialécticamente. Lo que sí es imprescindible para que pueda iniciarse una dinámica en dirección a una sociedad mejor, es decir, para que se cambie el sentido del cambio, para que éste sea a mejor y no a peor, es una concienciación masiva. Se necesita por lo menos que haya una revolución individual masiva previa, en las mentes de la mayoría de las personas (provocada, en última instancia, por la insatisfacción de las necesidades sobre todo, pero no sólo, materiales). Sólo pueden romperse las cadenas si uno se mueve, como decía Rosa Luxemburgo. Debe producirse un “despertar” colectivo, de las conciencias de la mayor parte de las personas. La semilla de la revolución social es la concienciación, la rebelión individual. La democracia real deberá ser buscada activamente por la mayoría, ésta deberá luchar por ella, no caerá del Cielo, no se alcanzará porque las élites de repente, milagrosamente, se vuelvan altruistas.

IALa indisolubilidad de Libertad e Igualdad. En un entorno que polariza ambos conceptos, usted afirma que son dos caras de la misma moneda. ¿Cómo responde a la crítica de que la búsqueda de la igualdad sistémica (en relaciones y poder) termina necesariamente asfixiando la libertad de acción individual?

JL: No hay que confundir la libertad con el libertinaje. El error fundamental de los ideólogos del liberalismo consiste en asumir una concepción de la libertad asocialNo puede aplicarse el mismo concepto de libertad cuando los individuos viven aislados que cuando viven en sociedad. En la vida en sociedad no puede haber libertad sin igualdad de oportunidades, sin igualdad en las relaciones sociales. Es decir, sin democracia en todos los ámbitos de la sociedad, incluido el económico. El capitalismo, que se sustenta en la desigualdad de oportunidades, y que, como consecuencia, genera y aumenta las desigualdades sociales, es incompatible con la democracia (real), que se sustenta en la igualdad de oportunidades y que, al contrario, con el tiempo, tiende hacia la igualdad social (que no debe confundirse con la igualdad en la manera de ser de las personas). La igualdad social, como escribió Engels, significa abolir las diferencias de clase, pero no las de carácter individual.

En la vida en sociedad, la libertad de uno acaba donde empieza la de otro. Según este principio, sólo puede maximizarse la libertad de la mayoría de los individuos, es decir, sólo puede maximizarse la libertad de la sociedad, mediante la igualdad de oportunidades, mediante la igualdad en las relaciones sociales. Si no puedo elegir, si no tengo opción, entonces realmente no elijo (aunque quiera) y por tanto no soy libre (o soy mucho menos libre que otro que sí tiene más opciones, su libertad no acaba donde empieza la mía porque la mía simplemente no empieza, su libertad traspasa el límite de la mía). Igualdad y libertad son dos caras indisociables de los derechos del ser humano. Por esto en la gran Revolución francesa se proclamaba “Libertad, igualdad y fraternidad”. Lema abandonado por la burguesía. La libertad debe estar “equitativamente distribuida” entre los individuos de una sociedad. Como dijo Noam Chomsky, una libertad sin opciones es un regalo del Diablo. No debemos consentir que se nos venda la idea de que libertad implica inevitablemente desigualdad porque es justo lo contrario. Las grandes desigualdades sociales son consecuencia del libertinaje (de la desigualdad de oportunidades, de la preponderancia de unas libertades “secundarias” de unas minorías sobre las libertades “básicas” de la mayoría, del acaparamiento desigual de las libertades).

El liberalismo (la presunta ideología del capitalismo, presunta porque en realidad la única ideología del capitalismo es el Capital) “olvida” que no se puede ejercer la libertad de la misma manera cuando alguien vive al margen de la sociedad, individualmente, que cuando vive con otras personas, socialmente. No se puede aplicar los mismos criterios de libertad en contextos opuestos. El liberalismo asume la libertad asocial en la sociedad. O dicho de otra forma, convierte la sociedad en una jungla porque asume que la libertad en la sociedad humana se puede ejercer de la misma manera que en la jungla. El liberalismo proclama solemnemente la libertad del individuo, pero se desentiende de cómo llevarla a la práctica en la vida en sociedad. Para el liberalismo, la sociedad no necesita ser regulada. Al contrario, conviene desregularla todo lo posible para aumentar la libertad del individuo. Lo que ocurre es que, así como en la jungla el fuerte domina al débil (la cruda ley de la Naturaleza), en la sociedad desregulada propugnada por el capitalismo, la libertad sólo existe para el más fuerte. La “libertad” en el capitalismo consiste en la posibilidad del más fuerte de dominar a su antojo. La libertad sólo existe para unos pocos para quitársela a la mayoría. En suma, el liberalismo institucionaliza la ley del más fuerte.

Maticemos un poco: el liberalismo (y su “hijo” el neoliberalismo todavía más) sobre todo (casi solo) propugna desregular todo lo posible, ad infinitum, la economía. En el resto de la sociedad, sobre todo en la política, más bien propugna todo lo contrario, la superregulación, si es posible tendiendo hacia un Estado policial que proteja la “libre” competencia económica (en verdad que proteja el “chiringuito” de los grandes capitalistas). El liberalismo propugna aparentemente la competencia en el ámbito de la economía (aun a sabiendas de que con el tiempo se niega a sí misma, tiende a desaparecer), mientras la reprime y procura evitarla a toda costa en el ámbito de la política, de las ideas,… Gran “coherencia” ideológica. La dictadura política convive perfectamente con la economía desregulada capitalista, mejor dicho, con la dictadura económica disfrazada de “libre” mercado, con la dictadura que ejercen los poderosos, la oligarquía, cuyo poder emana de la posesión de los grandes medios de producción, de su dominio en la economía, de su competencia “desleal”, con ventajas, sin igualdad de oportunidades. Dominio sustentado en una falsa libertad. El capitalismo, es decir, la dictadura económica sustentada en el libertinaje de unos pocos, de los explotadores para explotar al resto de sus congéneres, convive perfectamente con la dictadura política más o menos camuflada (con la “democracia” liberal, o con la dictadura pura y dura sin ningún disfraz). La economía “libre” necesita la dictadura política, más o menos camuflada según se precise. Cuando está en riesgo la dictadura económica, el disfraz se cae y “surge” la dictadura política pura y dura, que en verdad siempre estaba allí, entre bastidores. El capitalismo es dictadura económica y dictadura política, ambas disfrazadas de “libertad”.

Como en la jungla, la “libertad” liberal es en verdad el dominio de los depredadores sobre sus víctimas, es la libertad de los primeros a costa de los segundos. En el capitalismo los ciudadanos corrientes son tan “libres” como los herbívoros en la jungla. En la selva sobreviven sobre todo los depredadores, pues está hecha a su medida. Para que siga habiendo depredadores éstos deben moverse en la jungla, necesitan que ésta siga siendo jungla, cuanto más mejor. La civilización verdadera extingue a los depredadores. Es la antítesis de la jungla, pues se rige por reglas radicalmente opuestas, empezando por una libertad auténtica (sustentada en la igualdad de oportunidades, en la igualdad en las relaciones entre los individuos). El liberalismo perpetúa la jungla en la sociedad humana y la disfraza de civilización. En palabras de Voltaire, la civilización no suprime la barbarie; la perfecciona. Aunque me permito matizarlo poniéndole comillas a la palabra civilización en su famosa cita y diciendo que la verdadera civilización (sin comillas) sí suprime la barbarie, de hecho, es su antítesis. Jungla vs. Civilización. Oligocracia vs. Democracia.

La prueba más palpable de este “error” ideológico fundamental del liberalismo (mejor dicho, del engaño consistente en vendernos la idea de que es posible una libertad asocial en la sociedad), de estas profundas contradicciones que acabamos describir, es que el capitalismo se va negando cada vez más a sí mismo. Hay que intervenirlo cada vez más (por ejemplo, rescatando a la banca), el supuesto mercado libre es cada vez menos libre, ya que es cada vez más dominado por las grandes empresas, la competencia mengua (debido a que se van imponiendo los monopolios u oligopolios por la progresiva concentración del Capital), etc., etc. Nos dicen que el capitalismo es el único sistema posible, que no hay alternativas, pero hay que salvaguardarlo cada vez más (además de hostigar y reprimir cualquier intento de superarlo). En suma, la ley de la jungla hace que la sociedad humana sea cada vez más jungla. El fuerte es cada vez más fuerte. Los que dominan son, en términos relativos, cada vez menos, y la inmensa mayoría es cada vez más pobre y menos libre (una vez superado cierto periodo temporal transitorio y excepcional donde el capitalismo tuvo que retroceder, que ceder algo para sobrevivir ante la amenaza “comunista”, donde la iniciativa en la lucha de clases la llevaban las clases populares).

No poder satisfacer las necesidades más básicas no parece que signifique precisamente ser muy libre. Que le pregunten a quien no llega a final de mes (o tiene que hacer malabares para llegar) si se siente realmente libre, a quien no puede emanciparse de sus padres (pues no encuentra una vivienda que pueda comprar o alquilar) si se siente libre, a quien tiene que vivir para trabajar, en vez de al revés (y, como mínimo, con la permanente amenaza de perder su sustento, con miedo de perder su empleo, con el estrés crónico), si se siente libre… Por no hablar de los millones y millones de personas en el mundo que no tienen nada que llevarse a la boca, que viven en condiciones infrahumanas, que sufren las guerras o los genocidios, en un mundo regido por la ley de la fuerza en vez de por la fuerza de la ley. En el sistema capitalista (sustentado en la ley de la fuerza, de la selva, más o menos disfrazada), ¿la Libertad va aumentando con el tiempo o va retrocediendo? Para la inmensa mayoría de las personas es más que evidente que va retrocediendo (si es que ha existido realmente alguna vez). Pues qué es la Libertad sino primordialmente la posibilidad de satisfacer nuestras necesidades (físicas y mentales).

Así que a tu pregunta respondo que es justo al contrario. La falta de igualdad sistémica (en relaciones y poder) es la que termina necesariamente asfixiando la libertad de acción individual, la que ni siquiera permite que la libertad empiece a ejercerse en la vida en sociedad para la inmensa mayoría de individuos. Quienes afirman eso que preguntas quieren decir en realidad que la igualdad en las relaciones sociales, aplicada para todos los individuos de la sociedad, termina asfixiando, imposibilitando, el libertinaje de unos pocos privilegiados, la libertad que tienen de seguir explotando a los demás, de robarles la libertad a quienes dominan. Derechos para todos vs. Privilegios para unos pocos. Libertad para todos vs. Libertinaje para unos pocos. Democracia vs. Oligocracia. Sin igualdad no hay libertad en la vida en sociedad.

IAEl mecanismo de transición. Ante una oligocracia financiera y partidista tan resiliente, ¿cuál considera que es el «punto de ruptura» o el mecanismo pacífico que permitiría que su teoría preceda a una práctica real sin ser absorbida o destruida por el sistema vigente?

JL: Lo que estoy intentando explicar en mis diversos escritos es que la verdadera solución a los grandes problemas de nuestra sociedad es el desarrollo de la democracia, el cual tiene dos grandes ejes (relacionados entre sí): 1) desarrollar la técnica democrática (mejorar la democracia representativa y hacerla mucho más participativa, partiendo de la que hay actualmente para ir tendiendo progresivamente hacia la democracia directa, con el ambicioso reto de que alguna vez la segunda pueda sustituir por completo a la primera, es decir, se pueda aplicar la democracia directa no ya sólo en ámbitos locales sino que también en el futuro en ámbitos globales); y 2) expandir la metodología democrática por todos los rincones de la sociedad, en particular, a la economía, inundar toda la sociedad de democracia real.

Pero para que el río pueda volver a fluir, para que alguna vez llegue al mar, hay que romper la presa que lo retiene. La democracia debe reanudar su camino, hay que desatascarla. El tren de la Historia debe volver a ir para delante, con el combustible de la mayoría social y con la infraestructura del método científico aplicado a la sociedad. Es decir, con la propia democracia, que es en este aspecto al mismo tiempo medio y fin. Recordemos aquella sabia cita de Gandhi: El fin está contenido en los medios como el árbol en su semilla; de un medio injusto no puede resultar un fin justoLa democracia real la iremos alcanzando a medida que la vayamos practicando de camino.

El tema de la transición, de cómo transformar nuestra sociedad, de cómo conectar el presente con el futuro deseado, de cómo pasar de la oligocracia a la democracia, es un viejo debate en la izquierda, que sigue vigente, no está resuelto del todo, aunque hemos avanzado (en cuanto a la teoría), tras las diversas experiencias prácticas del pasado siglo y del presente. Está claro que la oligarquía nunca va a renunciar a sus privilegios. Como nunca lo ha hecho ninguna élite dominante. La Historia ha hablado con contundencia. Escuchémosla. Aprendamos de ella. La democracia (real) deberá ser conquistada por quienes la necesitan, la mayoría oprimida. El pueblo debe luchar por ella. De esto no cabe ninguna duda. La cuestión es cómo. Para dar con la estrategia adecuada debemos usar, como siempre que busquemos cualquier verdad, el método científico. Estudiar (críticamente) las distintas teorías revolucionarias, contrastarlas entre sí (y con las teorías contrarrevolucionarias), y sobre todo con la práctica. A diferencia de lo que les ocurrió a los revolucionarios “clásicos” del siglo XIX y del siglo XX, ahora tenemos un importante repositorio de experiencias históricas que debemos tener en cuenta, que esos mismos revolucionarios hubieran tenido en cuenta también.

Sin concienciación no hay Revolución. Pero tampoco sin organización, sin estrategia, sin un claro guión para la acción,… Y, por supuesto, sin unos factores objetivos suficientes. Las revoluciones surgen cuando el Sistema entra en crisis o cuando ésta se agudiza. Como decía Bertold Brecht, nacen en callejones sin salida. En espera de que los factores objetivos superen cierto umbral, mientras, debemos ir trabajando los factores subjetivos. Sin teoría revolucionaria no hay práctica revolucionaria. Debemos primero de todo actualizar la teoría revolucionaria. Retomando lo que sigue siendo válido de las distintas ideologías revolucionarias que se han planteado a lo largo de la Historia (que es mucho). Teniendo en cuenta las ideas de la Ilustración, del marxismo, del anarquismo,… Pero también, en base a sus resultados prácticos, analizando las experiencias históricas que se inspiraron en ellas, despojándolas de errores, de contradicciones, de imprecisiones, de ambigüedades. Es decir, corrigiéndolas, mejorándolas, completándolas, refinándolas, adaptándolas a los tiempos actuales, incluso sintetizándolas en algunos aspectos. Porque no son completamente incompatibles. Muchas ideas de unas y otras ideologías se pueden complementar, no se contradicen.

Esto es lo que he intentado hacer en mis diversos escritos. Por lo menos aportar ideas al debate colectivo, contribuir también a tender puentes entre diferentes corrientes de la izquierda, que a veces parecen irreconciliables pero que en el fondo no lo son tanto. Lo más importante es desprendernos de los nefastos sectarismos, de los dogmatismos. Debemos ser fieles sobre todo al objetivo supremo (una sociedad mejor, más libre, más justa, más ética, más lógica) y al método científico, a la libre discusión de las ideas, al librepensamiento. Debemos tener la mente abierta y despierta. Estar dispuestos a corregir nuestras más profundas convicciones. Atrevernos a leer lo “prohibido”, lo demonizado… Cuestionar y ser cuestionados. Contrastar, contrastar, contrastar. Cuanto más mejor.

En mis diversos escritos he abordado este tema de la transición, de cómo pasar del sistema actual a uno nuevo, teniendo en cuenta la resiliencia de las élites económicas y sus lacayos políticos y mediáticos. Debemos analizar con la mayor objetividad posible las distintas alternativas. Yo creo que no puede cambiarse el Sistema sólo desde fuera, sin intentar hacerlo también desde dentro. Creo que hay que también (pero no sólo) conquistar el poder político, para desde él empezar a transformar el Sistema. Hay que transformarlo desde dentro y desde fuera. Creo que diversas experiencias históricas, y más recientemente el movimiento 15M, nos han mostrado el camino. Las masas deben presionar, pero deben también organizarse y prepararse mejor para cuando surjan nuevas ventanas de oportunidad. Se van a necesitar más 15Ms, pero mucho más maduros, que hayan aprendido de los errores del pasado, donde la izquierda alternativa se haya preparado suficientemente mucho antes, mucho más a tiempo, no improvisadamente, no sobre la marcha, para canalizar el descontento de los ciudadanos y poder ser apoyada mayoritariamente en las urnas para alcanzar el poder político pacíficamente.

Esto es lo que más miedo le dio a la oligarquía en España recientemente. Le asustó el 15M, le asustó que Podemos haya podido sorpasar al PSOE y que la izquierda alternativa se haya podido convertir en hegemónica. Por esto esa campaña de mentiras, sin precedentes en la política reciente española, contra la organización política morada. Le asustó, y le sigue asustando algo, que haya llegado cierta izquierda alternativa a cogobernar con el PSOE. Le asustó que por primera vez (en el actual régimen del 78) este partido haya virado un poco hacia la izquierda (presionado por su izquierda, por supuesto). De ahí ese acoso permanente contra el actual presidente del gobierno Pedro Sánchez, atacado incluso por líderes de la vieja guardia de su propio partido. En nuestra reciente “democracia” no se recuerda un presidente de gobierno que haya sido tan acosado. Y este acoso no se explica tan sólo por la posible corrupción del actual gobierno, pues el resto de gobiernos anteriores también la han practicado a raudales. En un sistema corrupto, es muy difícil que algún gobierno no sea también corrupto. El Sistema es el que está podrido. Precisamente, porque no es realmente democrático.

Por otro lado, también se necesita una Internacional izquierdista, progresista, amplia, que abandere la lucha por la auténtica democracia en el mundo. La lucha por la democracia real, contra el actual sistema capitalista y su inevitable deriva (como consecuencia de su dinámica, de su lógica de funcionamiento), es internacional. Se precisa una globalización democrática, una democratización profunda global. El problema no es de un solo país, es del conjunto de la Humanidad. Hace falta una unidad popular mundial sin precedentes, retomar (y llevar a la práctica) el “viejo” lema “proletarios del mundo uníos”, aunque lo actualicemos con un lenguaje que pueda llegar más a los ciudadanos de este siglo XXI, teniendo en cuenta sus prejuicios.

A la oligarquía no le inquietan manifestaciones “antisistema” (en el 15M se decía que “no somos antisistema, el sistema es antinosotros”) puntuales, mientras sean temporales, mientras los manifestantes vuelvan rápidamente a sus casas, mientras no acaben acampando en las calles y las protestas se conviertan en persistentes. A la oligocracia no se la pone en peligro presionándola puntualmente (ha conseguido desarrollar una flexibilidad que la hace más resistente), sino cuando dicha presión se vuelve sostenida, duradera en el tiempo, masiva. Una telaraña puede soportar una ligera brisa, pero se rompe con un vendaval. A la oligarquía no le inquietan partidos o corrientes políticas antisistema que se mantengan al margen del Sistema, que sean anecdóticas, que incluso renuncien a la conquista del poder político. Es más, la existencia legal de esas fuerzas políticas anecdóticas, mientras sigan siendo marginales, le viene muy bien, le ayuda a reforzar su disfraz de “democracia”. A la oligarquía (en cualquier país) le inquieta sobre todo que alcance el poder político alguna fuerza política que no controle, que se salga, aunque sólo sea un poco, del guión preestablecido, que pueda empezar a hacer cambios sistémicos, por tímidos que sean aún. Le inquieta que alguna organización política, que escape a su control, pueda empezar a canalizar en las urnas el descontento popular. Le inquieta que el voto popular vaya a la izquierda de la “izquierda” controlada. A un Podemos, a un Sumar o a un IU,…, llámese como se llame. No le inquieta que el voto “antisistema” o “protesta” vaya a la ultraderecha, a un Vox (que es el recambio del Sistema para reconducir el voto “rebelde” hacia posiciones que no pongan en peligro el statu quo de las élites). Ultraderecha financiada por el Capital. No hay nada más parecido a un fascista que un burgués asustado decía Bertold Brecht.

Así que creo que es imprescindible conquistar el poder político a través de las urnas, pero también salvaguardarse del peligro de que en vez de cambiar el Sistema sea éste el que acabe cambiando a aquella fuerza política que lo intenta cambiar desde dentro. Es decir, hay que evitar el peligro del simple e insuficiente reformismo. ¿Cómo? Con la colaboración y participación activa constante del pueblo, empoderándolo, incitándolo a presionar, apoyar y controlar al gobierno transformador. ¿Cómo? Al mismo tiempo que se intenta cambiar el Sistema desde dentro, se debe actuar también desde fuera. Al mismo tiempo que se intenta transformar el Estado, debe actuarse al margen de él. Creando poder popular fuera de las instituciones burguesas tradicionales, conquistadas, heredadas. Creando comunas, cooperativas,… Fomentando el activismo social y colaborando con él desde las instituciones gubernamentales. Tejiendo redes de apoyo y acción popular que se coordinen entre sí y con el gobierno estatal, con los gobiernos regionales,… Fomentando y desarrollando la democracia directa en ámbitos locales (por ahora), al mismo tiempo que se desarrolla la democracia representativa,… Fomentando la prensa alternativa, la libre circulación de las ideas, el enfrentamiento ideológico, en igualdad de condiciones, entre todas las ideas, entre las diversas ideas revolucionarias y las contrarrevolucionarias,… La revolución necesita para avanzar el látigo de la contrarrevolución, decía Marx. La verdad debe enfrentarse abiertamente, en igualdad de condiciones, a la mentira. Ésta es la que necesita evitar dicho enfrentamiento para subsistir. Fomentando una cultura popular, no sólo enfocada al puro y exclusivo entretenimiento (siempre necesario y beneficioso) sino que también a la creatividad, a la proactividad, a la reflexión, no sólo para que los ciudadanos sean meros consumidores pasivos de cultura intrascendente o banal, sino que también productores activos de cultura de alto nivel intelectual, de filosofía, no sólo para dejar volar nuestra imaginación y estar en las nubes (todos necesitamos evadirnos de vez en cuando de la realidad), sino que también para profundizar en temas trascendentes de la realidad, como aquellos relacionados con nuestra existencia social. Liberando a la cultura de todas las censuras y autocensuras actuales. Exterminando todo tabú. Fomentando, de verdad, los valores democráticos, el respeto a las diferencias, el debate, el cuestionamiento, el librepensamiento, el pensamiento critico,…, y la práctica cotidiana de dichos valores en cualquier grupo humano (en la escuela, en el trabajo, en la comunidad de vecinos, en las redes sociales, en los medios de comunicación, muy especialmente en la televisión,…).

En suma, fomentando todo aquello que hace al ser humano menos oveja y más humano. Haciendo que los ciudadanos se conciencien, piensen por sí mismos cada vez más y participen también cada vez más activamente en la transformación social. Haciendo que la Revolución eche profundas raíces en el pueblo. La actitud de las masas es crucial. La transformación social consiste tanto en mejorar las condiciones de vida materiales de las personas como su manera de pensar y actuar, sus aptitudes y sobre todo sus actitudesLa Revolución social es también una profunda revolución cultural, del pensamiento humano. A medida que nos vayamos haciendo más libres materialmente, también lo haremos intelectualmente, y viceversa. ¡Esa omnipresente dialéctica! La democracia debe propagarse e intensificarse por toda la sociedad, pero también arraigarse en las mentes de todos los ciudadanos. Siempre con la fuerza de la Razón, nunca con la razón de la fuerza. Cada ciudadano debe estar plenamente convencido de la posibilidad de desarrollar la democracia, de su imperiosa necesidad. Según decía muy acertadamente Manuel Azaña, el último presidente de la Segunda República española, cuando el pueblo se apasione por sus ideas será la señal del triunfo.

Incito a quien lee estas líneas a leer también a Marta Harnecker. En mi blog pueden encontrarse unas cuantas referencias bibliográficas que recomiendo encarecidamente, entre las cuales están algunos de sus didácticos e imprescindibles escritos.

Todo gobierno revolucionario (además de ser escrupulosamente ético, ejemplar, valiente, prudente, determinado, hábil, coherente, riguroso, honesto,…) necesita movilizar a sus bases, que la gente presione desde fuera, desde “abajo”, sobre todo en los momentos en que es acosado por el Sistema, por la oligarquía. Necesita el voto de las masas, pero también su aliento en las calles. ¿Cómo evitar que aquella fuerza que llega al poder político sea subsumida por el Sistema que intenta transformar? También con la más absoluta y radical democracia directa posible en su seno. Las bases deben tener el control en todo momento. Por lo menos en cuanto a las líneas generales de actuación de los dirigentes de dicha fuerza política. Asimismo, el liderazgo debe ser lo más colectivo posible. El proceso de transformación social no debe ser excesivamente dependiente de ninguna persona quien, tarde o pronto, se agotará y quien, sin duda, como ya hemos visto, sufrirá un enorme desgaste, un acoso permanente y acabará retirándose. Nadar contracorriente es agotador. Nadie puede aguantar semejante presión por mucho tiempo. Además de que nadie es inmortal. Además de que hay que huir de todo culto a la personalidad, del peligro de los liderazgos excesivamente personales.

Debemos, cada uno de nosotros, ciudadanos corrientes (con ayuda de quienes están en nuestra misma situación, que son la mayoría, trabajando juntos, en equipo), liberar nuestras mentes de todas las ataduras y prejuicios que las élites nos han incrustado, que nos impiden ver las cosas claras, comprender nuestra alienación. Y para que no volvamos otra vez para atrás, para seguir adelante, acelerando incluso la marcha, ese “despertar” intelectual popular, una vez que haya posibilitado la conquista del poder político de alguna fuerza política dispuesta a iniciar la transformación del Sistema, deberá ser, a su vez, realimentado desde el gobierno transformador, no sólo intelectualmente, culturalmente, sino que también materialmente, a medida que vayamos transformando el Sistema, con medidas muy concretas que mejoren nuestras condiciones de vida materiales, que demuestren que cuanta más y mejor democracia, la inmensa mayoría vive mejor, es más libre, más feliz. Unos gramos de práctica valen más que una tonelada de teoría. Lo cual no significa que deba obviarse ésta, sino que los hechos “hablan” más que las palabras. La Revolución social requerirá una relación dialéctica consciente y activa entre el gobierno transformador y el pueblo que lo votó, de tal forma que ambos se realimenten mutuamente, que la bola de nieve caiga cada vez más rápido por la ladera de la montaña nevada sin parar. Y, además, como hemos visto, la Revolución social requerirá también una relación dialéctica entre lo material y lo intelectual para que se realimenten mutuamente. La Revolución social estará impregnada de dialéctica materialista por los cuatro costados.

La transformación del Sistema es una labor titánica y su esfuerzo debe ser distribuido todo lo posible. No se trata de que unos pocos se esfuercen mucho sino de que muchos se esfuercen un poco. Cuando logremos que ese esfuerzo sea asumido por muchos, por cada vez más, entonces verdaderamente las posibilidades de éxito de la Revolución social se dispararán. El Sistema no puede cambiar si la mayoría de las personas que lo conformamos no nos involucramos personalmente, si no contribuimos activamente al Cambio, día a día. En suma, contra la unidad popular las minorías opulentas tienen poco que hacer. Como afirmaba Alexander Berkman, incluso el poder de los gobiernos más fuertes se evapora como el humo en el momento en que el pueblo rehúsa reconocer su autoridad, inclinarse ante él y le niega su apoyo.

Espero haber contestado a tus preguntas. Si no es así, házmelo saber. Se admiten ideas. La crítica es bienvenida. Gracias por esta interesante entrevista. Y, por cierto, puedes tutearme.

1 de mayo de 2026


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