Paco Campos •  Opinión • 11/05/2019

La autocomplacencia del anonimato

Vivimos muy tranquilos, complaciéndonos en un mundo plagado de formularios, protocolos y demás autoengaños que nadie sostiene en base a su identidad, sino por mor del espectáculo que conforma el hecho de vivir agrupados. De este modo nada cuesta admitir en nuestras vidas ciertas creencias convertidas algunas de ellas, según la conveniencia, en verdaderos actos de fe. Creencias en la vida, la verdad, el bien, la justicia y ciertos principios que nos hacen, ante los ojos de los demás, ser de tal y cual condición: demócrata, monárquico, animalista, vegetariano o europeísta. El caso es no perder ripio y pasar lo mejor posible un día tras otro.

La cosa cambia cuando ponemos en entredicho la complacencia y pensamos por nosotros mismos: qué leche es eso de los principios universales, por ejemplo. ¿Hay principios universales? ¿En qué consisten, quién los dicta, Dios, la Constitución, el derecho, la moral, quizá, la fraternidad? Mas vale que nos ocupemos de eso que llamamos mundo aparente, el sitio en el que suceden las cosas, y que pongamos en marcha nuestra imaginación, siempre siguiendo las costumbres y la prudencia para así ser útiles, servir para algo; que no subamos al púlpito, al sillón del tribunal o al palco para dar órdenes a los demás, esto es, para hacer el ridículo, haciendo gala de la ignorancia heredada.  


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