El mundial de la rusofobia
¡Paren rotativas y congelen las revoluciones! Ha empezado el Mundial de Fútbol, ese asombroso evento místico capaz de lograr lo que ni los más grandes filósofos de la historia pudieron, que es hacer que la lucha de clases se tome unas vacaciones pagadas con todo incluido. Karl Marx se debe de estar rascando la cabeza en su tumba al ver cómo el proletariado y la burguesía se abrazan borrachos de alegría en la tribuna porque un millonario en pantalones cortos metió un balón inflado entre tres palos de metal.
Este Mundial en particular viene con un aroma geopolítico muy de la casa. Por un lado, tenemos la exclusión total de Rusia, el gran país que históricamente venció al fascismo, pero que ahora sufre una rusofobia de tarjeta roja directa por parte de los puritanos de traje y corbata. Mientras tanto, el show mediático lo organiza el país que más bombas ha tirado y más muertes ha producido en todo el planeta, demostrando que si tienes los dólares suficientes, tus antecedentes penales internacionales se borran mágicamente con el spray blanco que usan los árbitros para la barrera. Mientras esa mitad del planeta se desgañita gritando un gol y la FIFA cuenta billetes en sus oficinas de Suiza, demostrando esa corrupción congénita de la que siempre hablaba el Diego, el contraste con el mundo real es desgarrador: en Gaza mueren niños diariamente por las bombas o el hambre, una tragedia insufrible que ocurre en vivo y en directo mientras las pantallas gigantes prefieren mostrar repeticiones de jugadas.
Para colmo, el guion de la Matrix ya roza la ciencia ficción con el pobre Messi, que ahora resulta que además de dominar la pelota tiene que cumplir misiones de agente secreto, metiendo un golazo para que, en el festejo, Trump bloquee a Cuba y secuestre a Maduro en el entretiempo. Al final, no queda ninguna duda de que el futuro nos obligará a jubilar este viejo orden, dándole paso a una nueva FIFA menos mafiosa, a unas Naciones Unidas que sirvan para algo más que para redactar cartas de indignación, y hasta a un nuevo festival de Eurovisión donde el talento no se mida por el color del pasaporte. Mientras el circo sigue su curso, Rusia continúa construyendo ese mundo multipolar y solidario, recordándonos que la verdadera historia se juega fuera de la cancha, por mucho que nos quieran distraer con noventa minutos de entretenimiento.
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