Arturo Prado Lima •  Opinión • 08/06/2019

De la Justicia Especial para la Paz, el Gran Colombiano y la continuación de la guerra

De la Justicia Especial para la Paz, el Gran Colombiano y la continuación de la guerra

En todas las guerras, en todos los países, se han creado tribunales especiales para criminales de guerra, para aquellos que, sabiendo que están fuera de la “ética” de la confrontación, ordenan auténticas carnicerías humanas sin piedad ni compasión. La Organización de Naciones Unidas ha sido la garante de estas instancias encargadas de pacificar a los bandos en guerra y sembrar sobre ese objetivo las semillas de unas condiciones especiales que permitan en el tiempo la construcción de la paz.

Dentro de este marco, la Justicia Especial para la Paz, JEP, se creó en Colombia para que todos aquellos que han participado en el conflicto armado puedan acogerse a un armisticio, amnistía o perdón, siempre y cuando revelen o declaren todas sus acciones de guerra, justas o injustas cuyo único fin es reconocerse como actores armados, indemnizar a las víctimas y garantizar la no repetición de sus actos.

La JEP, en tanto es reconocida como Tribunal para la paz, tiene jurisdicción sobre todos los agentes, grupos, territorios o leyes internacionales, que limiten el derecho a la paz del pueblo colombiano, y en este sentido los países garantes (Venezuela, Cuba, Bélgica, Alemania), la Unión Europea y la misma ONU, trabajaron unidos para que el Acuerdo de Paz acordado en La Habana entre el Gobierno de Juan Manuel Santos y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo, FARC-EP, sean un manual de instrucciones y ejemplo aplicable a otros conflictos que hoy se dirimen en el planeta a través de las armas.

Es por eso que el mundo no entiende por qué en la misma Colombia haya enemigos de la JEP, y que se haya lanzado una ofensiva contra su existencia encabezada por el propio gobierno de Iván Duque lo cual tiene al país al borde de otra guerra. Lo natural sería acogerse a ella como actores de la guerra, confesar sus crímenes y retirarse a vivir en paz, en vez de atacarla y volver por los caminos fallidos de una guerra interminable.

Álvaro Uribe Vélez, expresidente colombiano sobre el que pesan muchas denuncias a nivel nacional e internacional sobre crímenes de Lesa Humanidad, tiene en la JEP, el instrumento necesario para saldar cuentas con el país y obtener sus beneficios. Ya lo han hecho, además del cuerpo de comandantes, mandos medios y fuerza armada fariana, generales, comandantes, soldados de las Fuerzas Armadas del gobierno, incluso civiles que se han visto involucrados en acciones de guerra en favor de cualquiera de los actores armados, incluidos los grupos paramilitares que utilizaron los cuarteles como bases de operaciones para acometer sus crímenes.

Colombia y el mundo lo entenderían, sin embargo, el expresidente Uribe ha apostado por destruir la JEP: manipula en todos los sentidos, ahora con la complicidad del gobierno que ayudó a posicionar en el poder, el Departamento de Estado de Estados Unidos, la fiscalía colombiana, las bancadas de congresistas de su partido político (Centro Democrático) y presumiblemente, con nuevas bandas paramilitares que encuentran en su ideología la base de su accionar criminal.

Hace muchos años, Álvaro Uribe fue designado como el Gran Colombiano, dejando atrás, incluso, a un ciudadano universal como Gabriel García Márquez. No, no merece tal título. Pero lo podría merecer. Ser un gran colombiano significa haber hecho todo lo posible y lo imposible por el bienestar del país. Y uno de esos nobles actos habría sido luchar a hombro partido por la paz nacional. Por el contrario, hoy es el principal obstáculo para la paz colombiana.

Esa sufrida Colombia estaría dispuesta a perdonar al señor Uribe Vélez, a su séquito de guerreros y a las bases civiles que los sostienen si dejan de hostigar a la JEP y emprenden con ella el objetivo más noble de ese alto tribunal: la paz de un país. Incluso, creo que se le reconocería el título de Gran Colombiano si el expresidente decide cambiar los fusiles por la diplomacia de la paz.

A estas alturas, cuando el mundo cabalga por otros rumbos y se adentra con decisión en la IV Revolución Industrial, en la digitalización de la realidad, incluso en otras formas de guerra que ya no se libran en las montañas y en las urbes sino en el ciberespacio; es necesario cambiar ese pensamiento medieval de las guerras locales y campesinas y apostar por otra forma de pensamiento que deje fuera de lugar esa corriente guerrerista como forma de vida.

La Justicia Especial para la Paz es un organismo que representa la esperanza de cientos de miles de colombianos de vivir en paz. Se debe al esfuerzo no solo de colombianos, sino del mundo entero. La JEP debe ser un santuario en el que exorcizar crímenes e idealizaciones de exterminio del enemigo y como tal profesar el debido respeto a la historia de los sueños que la humanidad ha engendrado en el ser colombiano, no se trata de defender haciendas y privilegios de clase.

He ahí que, ser el Gran Colombiano tiene un mérito histórico inigualable, y el país y el mundo estarían dispuestos a otorgárselo al señor Uribe Vélez si por fin deja la espada y se une al mundo civilizado de la paz.


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