Isaac Enríquez Pérez •  Opinión • 06/08/2020

El cine y el reino de la corrupción

Ni las ciencias sociales ni el periodismo son tan tajantes, contundentes y efectivos en la denuncia e impugnación de las múltiples contradicciones de las sociedades contemporáneas; ni, mucho menos, gozan de un impacto masivo que abone a la reflexión en torno a los problemas públicos.

De ahí que sea preciso hurgar en el arte cinematográfico para encontrar resquicios que permitan la entrada del pensamiento crítico y ventilen el hedor de una sociedad que, refugiada en el autoengaño y la hipocresía, obvia aquellos lacerantes sociales que le socavan en su cohesión y valores fundamentales.

La corrupción es uno de esos temas que, visto desde la barrera, avergüenza a las sociedades contemporáneas, pese a que es una práctica común y un estilo de vida arraigado y generalizado en sus patrones de comportamiento. Si bien la corrupción no es el origen de todos los males de una nación –tal como lo describimos en otra edición de la presente columna–, es el lubricante y el acelerador que profundiza y perpetúa la exclusión, la desigualdad y la (re)concentración del poder y de la riqueza, propios de un patrón de acumulación movido por el individualismo hedonista y la irrestricta libertad individual secuestrada por el afán de lucro y ganancia.

Porque más allá del lenguaje y el pensamiento políticamente correcto, la corrupción no solo está anidada en las altas esferas de las élites políticas, sino que hunde sus raíces en el imaginario y en las prácticas cotidianas de la sociedad: el empresario y el banquero que otorgan sobornos para ganar una licitación de obra pública; el mass media que perpetra un montaje televisivo falso para atraer audiencias; incumplir con la legislación laboral o gozar de privilegios y condonaciones fiscales; el empleado que pretende ascender de puesto apelando al amiguismo; el «aviador» que goza de la nómina sin presentarse a cumplir sus funciones; el estudiante que recurre al plagio en sus trabajos escolares o que se ausenta sin motivo de la escuela financiada con presupuesto público; el ciudadano que pretende evadir impuestos o se apropia del espacio público o de servicios como el de la energía eléctrica.

El Reino, vertiginoso thriller político español estrenado a finales del año 2018 y dirigido por Rodrigo Sorogoyen, es ese acercamiento cinematográfico que retrata las entrañas de una sociedad esclerotizada por la corrupción y la concentración del poder en élites guiadas por la pulsión de la avaricia y el saqueo desmedidos.

Ambientada en la España de inicios del tercer milenio, El Reino se interna en las entrañas del uso patrimonialista de lo público, con su consustancial mundillo de filtraciones mediáticas, intrigas, cinismos y traiciones. Al ritmo del naufragio de la llamada economía del ladrillo y de la crisis inmobiliaria estallada durante la década previa, la película retrata el clásico tráfico de influencias suscitado entre empresas contratistas, administraciones públicas y cúpulas de partidos políticos que manejan una contabilidad paralela. Pese a ese énfasis, el mensaje de la cinta estriba en señalar que es en la sociedad misma donde se encuentra ese caldo de cultivo de la corrupción. Es allí donde se tolera y reproduce a partir de la indiferencia y soterrada complicidad del ciudadano que vota y se olvida de sus responsabilidades cívicas.

Una escena fulminante evidencia a la perfección esto último: en un bar, un cliente paga al encargado con un billete de diez euros y sin enterarse el empleado, le devuelve una cantidad superior. El cliente se enfrenta al férreo dilema de mostrarse decente y honrado, y optar entre devolver la cantidad de dinero que no le corresponde, o simplemente apropiárselo y retirarse. Decide por esto último sin rechistar.

Aceitada y funcionando a la perfección, la maquinaria de la corrupción corroe toda posibilidad de cohesión social y entroniza el individualismo rapaz. Sin embargo, el reino de la corrupción se especializa no en un abdicar ni autoinmolarse, pero sí en segregar del sistema político a reyes efímeros que, en su momento, alcanzaron la cúspide a través de la ilegalidad, las triquiñuelas y la red infinita de complicidades.

Aunque instalada en la ficción, El Reino rememora el caso de corrupción de la llamada «Trama Gürtel» –investigada desde el 2007 y llevada a la Audiencia Nacional española en el año 2009–, en la que altos cargos del Partido Popular despliegan todo un mecanismo de donaciones privadas –encabezadas por Francisco Correa– que, al estar fuera de la ley, conforman una contabilidad B en las comunidades autonómicas de Madrid y Valencia. Lo cual, en última instancia, beneficia a múltiples empresas constructoras e inmobiliarias. Por su parte, Luis Bárcenas, el principal político imputado de la trama, destapó en el juicio la cloaca del más importante caso de corrupción tras la endeble transición española. El mismo Correa Sánchez, el 12 de marzo del presente año declaró ante la Audiencia Nacional que el entonces Rey Juan Carlos I, compartía con él una cuenta –llamada Soleado– en un banco suizo para evadir capitales ilícitos fuera de España.

La torre de marfil construida sobre los cimientos de la corrupción y el capricho de una élite sin escrúpulos y envilecida en la juerga a pagar por un pueblo que no es convidado, encierra en sus recovecos un hedor putrefacto que impide mirar hacia abajo, hacia los desposeídos y marginados de las estructuras de poder y riqueza. Una praxis política sin ideología ni ideales, y más cercana al mundillo descarnado y calculador de las mafias criminales, y donde la ausencia de principios y escrúpulos hace que nadie reclame al otro la larga cola en su andar. «El que no transa, no avanza» o “Un político pobre, es un pobre político”, como máximas inquebrantables que lo mismo seducen a políticos que a empresarios o medios de difusión.

Y aquí entra en escena México, con su monumental práctica y cultura de la corrupción, abierta, encubierta, soterrada, invisiblizada o silenciada. Con su clase política como «nuevos ricos» sin fundamento y a golpe de ambición, avaricia y patrimonialismo, dejando putrefacción a su paso. Desde las triangulaciones del Caso Odebrecht y la “Estafa Maestra”, hasta los contratos con la constructora española OHL y un sinfín de operaciones corruptas en los tres poderes del Estado y en los tres niveles de la administración pública, la sociedad mexicana está obligada a desvelar las entrañas de esta maquinaria de la simulación y el negocio en que se convirtió el servicio público al amparo de la impunidad y el encubrimiento.

Más que apostar a la indignación colectiva ante la caída en desgracia de algún corrupto o corruptor, es preciso cuestionarnos seriamente como sociedad la cultura auto-inoculada de la corrupción y excavar en la red de beneficiarios que –con mucho– sobrepasa a quienes son exhibidos mediáticamente. De igual manera, el cine y toda aquella actividad de difusión masiva, están llamados a adentrarse en el submundo de la construcción del poder y desentrañar sus estructuras y prácticas perversas orientadas a la reconcentración de la riqueza.

Más que refugiarse en la autocomplacencia dada por un mundo trivial que no existe, o por la exaltación de la cultura del crimen y de la muerte, el cine mexicano está obligado a abordar problemas públicos reales y a crear “espejos” que evidencien las miserias sociales que nos hieren y consumen. El Reino es una muestra de ese potencial creador e impugnador que puede tener el séptimo arte.

Académico en la Universidad Nacional Autónoma de México.

Twitter: @isaacepunam


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