“Anniversary”, de Jan Komasa. Inoculando el gen totalitario
La nueva película del realizador polaco, disponible ahora en el catálogo de Amazon Prime, es una parábola distópica -aunque actual- sobre la paulatina introducción y expansión en el organigrama social del pensamiento ultraconservador.

Aunque parezca paradójico, dada su innata naturaleza futurible, no hay nada más efectivo, en lo concerniente a expandir una amplia sensación de incertidumbre, para cualquier ejercicio distópico que no demandar un excesivo aporte imaginativo para dar credibilidad instantánea a su propuesta. La atropellada realidad política, especialmente voraz en su apetito por conquistar espacios más reaccionarios y antidemocráticos, y los constantes desmanes exhibidos en su nombre, exigen a este tipo de formatos artísticos aumentar hasta niveles realmente extremos sus lúgubres predicciones para convidarnos a una mirada más allá de nuestras fronteras temporales. En esa diatriba se halla la nueva película de Jan Komasa, “Anniversary”, donde articula el surgimiento y desarrollo de un movimiento patriótico y dictatorial en la sociedad estadounidense, siendo sus constantes más un retrato presente de lo exhibido en las calles que una premonición de lo que está por llegar, lo que restringe su posible condición de trama dictada por la ciencia ficción para otorgarle el poderoso e incómodo sello de estar basada en hechos reales.
El realizador polaco posee ya una filmografía lo suficientemente amplia, y sobre todo alumbrada por un alto baremo de calidad, valoración a la que ayuda la existencia de títulos como “La sala de los suicidas” o “Corpus Christi”, como para no contextualizar debidamente su nueva realización dentro de un discurso creativo propio. Un nudo gordiano conceptual que puede establecerse entorno a esa quiebra surgida cuando la búsqueda de la identidad colisiona con el escenario colectivo y las consecuencias que, en ambos planos, produce su impacto. Posiblemente no haya un elemento en las sociedades occidentales, y especialmente en la estadounidense, adherida a las tradiciones de forma casi consustancial a su naturaleza, que ejerza de molécula primigenia como la familia. Un término sometido con el paso del tiempo ha modulaciones en su fisionomía pero siempre valorado como un vínculo insustituible para condicionar el clima emocional de nuestro ser. Por eso, su presencia aquí como epicentro del conflicto desatado, resulta especialmente relevante por su innata trascendencia para moldear las relaciones humanas pero también por todo lo simbólico que tiene a nivel de primario constructo social. Un árbol genealógico que en este caso será sacudido por la incorporación a sus ramificaciones de un esqueje externo que verterá su tóxica sustancia en ese torrente consanguíneo, lo que es también la metáfora de esa especie invasora, con tendencia a erguir su brazo derecho, que deposita su particular huevo de la serpiente.
La inquisitorial mirada que la madre -respetada profesora universitaria- lanza a la que será pronto su nuera, duelo visual encarnado respectivamente por las actrices Diane Lane y Phoebe Dynevor, no es consecuencia de un espíritu protector, ni incluso pretende dictar sentencia sobre dicha nueva compañera sentimental, se trata exclusivamente del desagrado surgido al recordar el académico pasado de la joven como instigadora de un pensamiento preocupantemente conservador. Una posición ideológica que ya entró en confrontación con las ideas progresistas de su maestra en las aulas universitarias y que ahora se traslada hasta los fastos de la celebración del aniversario conyugal- serán las sucesivas representaciones de esa onomástica las que astutamente canalizarán la división de la historia- de un matrimonio de clase social acomodada y residente pacíficamente en su paraíso demócrata. Un primer encontronazo y unas pesquisas de desconfianza que rápidamente serán disuadidas bajo el señalamiento de su posible origen en el ánimo controlador materno, momentánea claudicación a erigir un muro de contención contra la inoculación en su terreno privado del gen reaccionario portado por el nuevo miembro.
Todo el metraje de la cinta se desarrolla como un constante in crescendo de tensión irradiado desde la figura central de una educada y casi virginal novia que presenta ilusionada su nuevo libro, “El cambio”, lo que no es sino un libelo de carácter antidemocrático y opresor. Si interesante es que ese papel recaiga en un personaje de tales características, alejadas de un imaginario rudo y tosco, no deja de ser cuestionable a su vez que herede esa tradición cultural conservadora, ya instaurada en los iniciáticos paisajes bíblicos, de una “femme fatale” que seduce y manipula a un desvalido hombre. Es precisamente esa figura, la de su rendido prometido y único hijo varón del clan, la que sufrirá la metamorfosis más evidente y traumática, pasando de una condición apocada a un macho alfa repeinado y soberbio. Mutación extensible a todo un contexto familiar, tan variopinto y singular como el presentado por cualquier individuo, que necesariamente acabará siendo interpelado a adoptar una postura frente a ese nacimiento de un espíritu nacional que convierte su bandera en un monstruo dispuesto a devorar a su prole.
Resulta elogioso que, a pesar del nada velado paralelismo trazado con el movimiento MAGA, Trump y toda su cohorte de peligrosos esbirros, no se escape ninguna referencia explícita a ello y que, todavía más, la fuerza devastadora acumulada por la plasmación de ese libro no se conjugue en un reiterado carrusel de escenas violentas ni de represión, a excepción de un último tramo necesariamente agitado en busca de su cénit intrigante. El buen manejo del guion no necesita esas evidencias, la mancha dictatorial que cada vez se va agrandando más, hasta a hacer de la nación un constante “gran hermano” dispuesto a penalizar a quien no baje la cabeza ante sus designios, se expande a través de su omnímoda y casi muda presencia en la vida de los personajes, algunos abrazados a su dogma bajo el instinto pecuniario, y otras, como el destacado papel de una de las hijas, cómica de lenguaraz y ácido verbo, convertida en una proscrita por sus actuaciones sobre los escenarios, siendo a la postre la figura iluminadora de la verdadera cara de ese peligro que se esconde tras la prédica de un idílica vida comunitaria ancestral.
Si todos estos elementos dotan a la cinta de su valor prioritario, con una disposición y ambiente que, escogiendo otro rango del género del terror y sin la maestría de Jordan Peele, se equipara con la sátira antiracista de “Déjame salir”, hay ciertas vedijas en la narración que no son podadas ni explotadas con detenimiento, existiendo algunos versos sueltos argumentales que podrían haber alimentado y complementado el carácter reflexivo de la película. Pasar por alto esos ojos lacrimógenos al contemplar la fotografía familiar ajena (en la que no estaría de más profundizar en sus relaciones previas al ciclón ideológico) de la joven prometida sin rastrear qué ocultan, o la evidencia de verse sometida al yugo masculino, a pesar de su condición de ideóloga principal, de su joven marido cuando se trata de dar forma tangible y belicosa a todo ese “movimiento”, parecen ideas lo suficientemente sugerentes como para dejarlas en leves esbozos o arrinconadas por el discurrir principal. A pesar de esas posibles ausencias, Jan Komasa construye una más que solvente obra, porque más allá del latido sobrecogedor que respira la instauración de esa bestia incontrolable, no es menos incómoda la certificación de que su puerta de entrada se ubica muchas veces en la permisividad consentida a nuestros correligionarios.
“Anniversary” es un relato en destrucción, es una caída al abismo entre tartas de celebración y canciones de amor. Una muy estimable obra que utiliza un colectivo concreto, materializado en la familia, y un lugar determinado (Estados Unidos) como muestra de laboratorio a la que aplicar una lente de aumento para comprender lo que en verdad es una “enfermedad” a nivel universal que, pese a ser exhibida bajo un formato distópico, resuena estremecedoramente realista y actual. En esta cinta es la prometida de un hijo; pero podría ser un jovial vecino, el amable tendero o, por supuesto, un amigo de la infancia al que solo su cercanía emocional le exime de ser censurado por los allegados. Una debilidad, heredera de una interesadamente mal entendida tolerancia, que para cuando quiera ser abolida en nombre de la libertad, ésta ya habrá sido devorada y transformada en un viaje, si no lo remediamos, a un oscuro futuro donde solo existirán serviles patriotas o ciudadanos perseguidos.
Kepa Arbizu.
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