La reciente sentencia del caso Nóos, que podríamos llamar caso Cristina de Borbón e Iñaki Urdangarín, ha sido la amarga gota de que ha colmado el vaso de la paciencia de los súbditos del reino de España: los indignados tenían que salir a la calle de nuevo y así, afortunadamente, lo hicieron ayer en Madrid, avanzando espontáneamente por el Paseo de Recoletos para asaltar el Congreso.
Cristina de Borbón, condenada, encabezó la protesta ciudadana. Ella, que nunca sabe nada de nada, sabía que tenía derecho a indignarse por su marido, el delincuente
Duque Empalmado, condenado a menos de un tercio de lo que pedía
un fiscal que a veces parecía el abogado de la Infanta.
Dispersos entre los indignados, cual policías de paisano, se camuflaban los miembros de un grupo político parlamentario muy popular, que lanzaban consignas indignadas, aunque un poco confusas, en las que mezclaban la defensa de la Guardia Civil y de España con el sueldazo que iba a cobrar el pobre Arsenio Fernández de Mesa por asistir calladito a unas reuniones de Red Eléctrica de España, el pobre, y que estaba sufriendo el indignante acoso de un montón de ciudadanos ignorantes de las leyes básicas de la Electrotecnia, la primera de la cual es: enchufe + caradura = kilosueldazo.
A su lado, bueno, un paso más atrás, gritaba
Artur Más, indignado manostijeras, enfadado con que la justicia del Estado Español (así, con mayúsculas franquistas) persiga políticamente un partido al que él ya no pertenece, y que por lo visto se llamaba Convergencia Democrática de Cataluña, porque ha cobrado y malversado millones de pelas, aunque él no sabía nada de eso.
Al final, unos metros más atrás, cerrando la manifestación, caminaba el último indignado. Solitario, sintiéndose uno más pero sabiéndose diferente,
poderoso mentalmente gracias a sus clases de yoga, Rodrigo Rato no gritaba, sonreía tranquila y silenciosamente. Porque él
sí que sabía. Sabía, después de dirigir todas las esferas del poder económico, que ni la Infanta, ni el Duque, ni él, ni ningún otro delincuente poderoso pasarían en la cárcel ni una décima parte de lo que merecían. Por eso sacó de su traje su teléfono y tecleó:
“Cristina, sé fuerte”. Y se marchó.
Fuente: http://colectivopuentemadera.blogspot.com.es/2017/02/sentencias-indignantes.html