Argentina: Cristina vs. Axel
La realidad política argentina atraviesa un momento de esterilidad asfixiante. Mientras el peronismo superestructural se consume en un canibalismo que parece ignorar el pulso de la calle, el debate sobre el liderazgo de Cristina Fernández de Kirchner se convierte en el epicentro de una disputa donde se juega la última carta de una identidad agotada. Quien observa con honestidad histórica sabe que el movimiento peronista, en su encarnación actual, ha dejado atrás su impronta revolucionaria. Es lícito preguntarse, incluso, si un Perón contemporáneo no terminaría siendo expulsado por su propia estructura, tildado de «ultraizquierda» por una dirigencia que parece haber hecho las paces con la moderación y con la quimera de un capitalismo con rostro humano.
Esta búsqueda de un «capitalismo bueno» se apoya en un error conceptual que la ex presidenta ha defendido con insistencia: la idea de que las categorías de izquierda y derecha han dejado de tener sentido. Nada más alejado de la realidad. Mientras Cristina diluye las definiciones ideológicas, figuras como la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, demuestran que la claridad programática es el único camino para la transformación. Sheinbaum asume plenamente su condición de izquierda, utilizando esta identidad no como una etiqueta obsoleta, sino como la trinchera ética necesaria para gobernar. El contraste es evidente: frente a la ambigüedad que ha permitido que el peronismo se desdibuje, la contundencia de la líder mexicana marca una línea divisoria clara que no busca el consenso con el adversario, sino la consolidación de un modelo popular sin medias tintas.
Es en esta encrucijada donde figuras como Axel Kicillof emergen como alternativas posibles. Nadie puede negar la inteligencia ni la capacidad técnica del gobernador bonaerense, cuya gestión exhibe virtudes innegables. Sin embargo, su construcción política actual —una amalgama que incluye a los sectores más conservadores de la estructura sindical, como los jerarcas de la CGT— corre el riesgo de convertirse en una «bolsa de gatos» incapaz de ofrecer la ruptura necesaria. A Kicillof le falta aún ese largo recorrido de comunión profunda y volcánica con el pueblo que distingue al estadista del simple funcionario.
Frente a este escenario, Cristina Fernández se erige como la única figura con la estatura de una verdadera líder popular, capaz de capitalizar la indignación acumulada, a pesar de los evidentes errores de su trayectoria. Su historial de decisiones es una mancha difícil de ignorar: ha cometido desaciertos estratégicos profundos al nombrar cuadros de poder y, sobre todo, al ungir candidatos que terminaron distanciándose de la esencia del movimiento. La designación de Daniel Scioli fue un síntoma temprano de esta deriva, pero la lista de desaciertos se profundizó con figuras como Alberto Fernández, Sergio Massa y Martín Insaurralde, cuyos pasos por el poder —lejos de representar los valores populares— terminaron debilitando la propuesta política y fracturando la confianza de la base militante. Estas designaciones no fueron simples traspiés, sino señales de una desconexión severa con la profundidad que el momento histórico exigía.
Sin embargo, precisamente por esa capacidad de mando que ha demostrado, es la única que tiene el peso específico para revertir la inercia del fracaso. Si la próxima etapa implica la capacidad de arrancarla de las garras de la oligarquía en el espacio público, la apuesta cambia de naturaleza. El apoyo electoral no sería una rendición a la superestructura, sino un acto de rescate. Solo si el liderazgo de Cristina se libera de la pesada mochila de la moderación, abandona la negación de las categorías ideológicas y, recuperando la firmeza de izquierda que hoy muestra Sheinbaum, vuelve a ser la vanguardia de una lucha frontal, el retorno dejaría de ser una ilusión nostálgica para transformarse en una posibilidad real de transformación. En ese escenario, y solo en ese, el voto recupera su sentido como herramienta de combate. Si es así, la votaría; de lo contrario, lo haría por Myriam Bregman.
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