Isaac Enríquez Pérez •  Opinión •  28/04/2026

El capitalismo de la alienación, el delicado tema de la formación de opinión pública y los sicarios de la palabra

A lo largo del siglo XX, los mass media se instalaron como cruciales dispositivos en la formación de la opinión pública. Desde la radio y los periódicos, hasta las pantallas de televisión y la entronización de la comunicación satelital, los ciudadanos recibieron múltiples mensajes que le brindaron forma a sus comportamientos, actitudes y formas de pensar. Infinidad de ocasiones este proceso fue unidireccional, disminuyendo a mínimos las posibilidades en los escuchas, lectores y auditorios para decodificar, pensar y resignificar esos mensajes.

Idealmente, se considera que la formación de opinión pública puede contribuir a realimentar los procesos de democratización tras influir en los ámbitos de la toma de decisiones relativas a los problemas públicos. Se trata de los puntos de vista, las creencias y las actitudes que comparten un cúmulo representativo de individuos y grupos sociales, en un abierto alineamiento con esos líderes de opinion.

En el contexto de un cambio de ciclo histórico como el que caracteriza al mundo contemporáneo, las guerras no solo tienen como fin el control del territorio, sino también la ocupación de la mente o la invasión y sitiamiento del neocortex. Las disputas se despliegan en torno a las significaciones y al control del sentido. De ahí que la guerra cognitiva (https://shre.ink/7ytO) tiene como escenario central la mente humana y como protagonista principal a la palabra y su tergiversación semántica.

El capitalismo, en tanto proceso civilizatorio, para su funcionamiento como sistema económico y para el despliegue de su psicopolítica, requiere de la alienación para encubrir los problemas profundos que le son consustanciales. Especialmente para eludir las nuevas formas de explotación y de desigualdad social que se ciernen en esta sociedad de los prescindibles. Ese capitalismo de alienación requiere del control del sentido y de las significaciones para succionar la identidad del individuo y de las colectividades humanas. Se trata de dispositivos psicológicos que abren paso a la deshumanización al exacerbar el odio y las emociones pulsivas. Con ello no solo se pierde o es socavada la identidad, sino los vínculos de los individuos con la esencia humana.

Los formadores de opinión pública están conscientes de ello. Saben que apretando las teclas justas de esas emociones pulsivas pueden inclinar hacia un lado u otro las preferencias, las posturas, las ideologías y los fanatísmos. Saben también que esa tergiversación semántica contribuye a eludir los debates en torno a los temas cruciales para la vida cotidiana de los ciudadanos y a encubrir el carácter contradictorio y complejo de la realidad social. Si se instala el odio en torno a algún personaje que sea definido como un enemigo imaginario –sea Saddam Hussein, Osama Bin Laden, Donald Trump, Hugo Chávez, Nicolás Maduro, etc.–, se nulifica toda posibilidad de ejercicio del razonamiento, y entonces el individuo queda expuesto a mensajes que incentiva esos sentimientos negativos. Es un problema ético –aunque no únicamente– por cuanto supone contribuir a esa guerra cognitiva que se aleja no solo del principio de la verdad, sino que atenta contra la propia integridad emocional de los auditorios y lectores. 

Las redes sociodigitales se convirtieron –con la anuencia de las tecno-aristocracias que las dirigen y lucran con ellas y con la permisividad convenida de los Estados– en esas plataformas donde se distorsiona la palabra y se irradian con celeridad esos mensajes que atizan las emociones de quienes los consumen. Se trata –estas redes sociodigitales– de escenarios desregulados por antonomasia y donde, por supuesto, el caos parece ordenado.

El extremo en el que incurren algunos formadores de opinión pública y que raya en una desviación antropológica al alejarse de toda razón y toda ética se suscita cuando alguno de ellos desea la muerte de algún personaje público, por muy deleznable que sea el proceder, el discurso y el pensamiento de ese personaje. En un video del pasado 17 de marzo del año en curso y que aquí referimos (https://shre.ink/7ytt), titulado “¿Importaría la muerte de Netanyahu?”, y transmitido por Chamuco Media, donde la entrevistadora y el entrevistado hablan en torno al proyecto geopolítico y militar sionista y a la victimización de sus élites, llega un momento en que aflora la irresponsabilidad –entre el minuto 30:55 y el 35:00– donde plantean que la muerte de ese líder israelí no importa. El entrevistado señala ”¡sí se trata de desearle la muerte! El no desearle la muerte, de alguna otra manera visibiliza que estamos felices con nuestro rol de víctimas. Porque para que exista el victimario tiene que estar la víctima. Si nosotros no le deseamos la muerte, o lo peor, o que esté en la cárcel, o que sea juzgado o que sea torturado. No sé, lo que sea, cualquier mal a ese personaje, nosotros estamos participando, estamos legitimando al victimario, al torturador, al explotador, al invasor, al colonialista, ¿me explico? ¡Sí le deseo la muerte! Porque él te desea la muerte. Hay como esta lógica cristiana, por ejemplo, de que si te hacen el mal en una mejilla hay que poner automáticamente la otra. Lo cual es perverso; es más perverso que responder. También hay una lógica de placer en la violencia. Tenemos que ser políticamente correctos. Pero no sé si le deseo la muerte, pero sí le deseo el mal absoluto a Netanyahu, un dolor absoluto; creo que mas que muerte, le deseo dolor, que sienta en carne propia lo que ha hecho él y su gente”.  

Podría analizarse detenidamente este mensaje con todo y las implicaciones hasta psicológicas y de incoherencia intelectual de quien lo emite, pero nos limitamos a unas cuantas palabras.

Los excesos es la constante en este tipo de programas y mesas de análisis que deambulan en la televisión y en las redes sociodigitales, donde los conductores e invitados dan rienda suelta a su irresponsabilidad y gozan de total impunidad. Estos supuestos comunicadores –que abundan a cantidades industriales en los mass media– no cuentan –ni les importa contar– con solvencia intelectual alguna ni con la mínima ética para esgrimir mensajes como el referido. Lo mismo estos mensajes son esbozados por comunicadores neo-conservadores que por aquellos que se asumen progresistas y/o críticos. Estos comentócratas suelen disfrazarse de amplios conocedores de la historia, del análisis político, de la geopolítica, y hasta de una cultura universal, cuando en realidad bordean las fronteras de la ignorancia y se tornan ávidos del ejercicio de la ignominia y del linchamiento mediático.  

El antídoto para estas calamidades mediáticas, provengan de quien provengan, solo es el conocimiento y la información razonados que apunten al principio de la verdad y que reivindiquen el pensamiento crítico en los auditorios y lectores. Los sicarios digitales que nutren el capitalismo de la alienación tienen propósitos ampliamente definidos y los cultivan sin miramientos y con disciplina porque son parte de las mismas estructuras de poder y dominación que dicen cuestionar. Los algoritmos les favorecen de amplia forma. Sin embargo, los lectores, escuchas, televidentes e internautas se encuentran ante la orfandad institucional global porque estos sicarios de la palabra no cuentan con límites y se escudan en el frágil derecho de la libertad de expresión. Cualquier límite que pueda caer sobre sus excesos sería tomado como una censura. De ahí que también sea necesario pensar en un sistema de regulación de las plataformas digitales que considere los derechos de las audiencias -incluyendo el derecho a la salud mental- y en una educación pública capaz de atemperar los impactos de la tergiversación semántica que está a la orden del día en los múltiples medios.

Académico en la Universidad Autónoma de Zacatecas, escritor,  y autor del libro La gran reclusión y los vericuetos sociohistóricos del coronavirus. Miedo, dispositivos de poder, tergiversación semántica y escenarios prospectivos.

Twitter: @isaacepunam


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