Kepa Arbizu •  Cultura •  21/12/2020

“La mentira es una flor”, Leopoldo María Panero. El silencio del hombre

Ve ahora la luz un manuscrito inédito aportado por el escritor madrileño pocos años antes de su muerte en el 2014. Dominado por la exacerbación de algunas de sus constantes estilísticas, se trata de otro capítulo en su particular y extraordinario perfil creativo.

“La mentira es una flor”, Leopoldo María Panero. El silencio del hombre

Uno de los recuerdos que guardo en la memoria sobre Leopoldo María Panero, cuando todavía le conocía más por su “personaje” que por su obra, es su imagen en un programa literario de televisión a finales del siglo pasado. En él, el escritor aparecía fumando compulsivamente mientras hacía lo propio bebiendo una Coca-Cola light tras otra entre ausencias para dirigirse al cuarto de baño. Una estampa, la de un hombre realizando actos repetitivos y obsesivos mientras disertaba con entrecortada erudición, que ha regresado con nitidez a mi cabeza según iba avanzando en la lectura de su poemario inédito “La mentira es una flor”. Pese a no ser ni mucho menos el primer libro póstumo que aparece con su nombre, sí contiene la particularidad, como ha hecho saber la editorial encargada de su publicación, Huerga y Fierro, de estar construido originalmente con entidad propia y unitaria, siendo entregada de esa forma por el propio autor tres años antes de su fallecimiento en 2014.

A estas alturas es de sobra conocida la vida -y consiguiente leyenda- del mediano de la estirpe de los Panero. De hecho, tienden a ser destacados por encima de otras consideraciones sus polémicos episodios, ya fomentados desde la propia filmación de la imprescindible cinta “El desencanto”, donde quedaba recogida su dramática relación familiar, o sus continuas reclusiones en centros psiquiátricos. Elementos todos ellos, junto a su inseparable, y también odiada pero de alguna manera cultivada, etiqueta de maldito que sirven, o resultan complementarios, para llegar a entender y darle toda la dimensión y el significado que merece su escritura. Por eso resulta del todo razonable que este libro, realizado en las postrimerías de su existencia, contenga la versión más cruda y al mismo tiempo excesiva de muchas de esas constantes que han ido poblando su fecunda carrera.

Si importante se revela ese conocimiento de su biografía, en buena medida lo es con el fin de acceder a descifrar con más exactitud ese camino de absoluta desolación que inunda estos versos (“Y en la nada veo mi único tesoro”) y la desafección y desconfianza con la que se comporta respecto al destino del ser humano (“La muerte no es terror sino bendición, / la vida, por el contrario, es un cuento de terror”). Panero escenifica sin condescendencia alguna su papel de excluido, de paria, un individuo que se sitúa alejado del mundo de los vivos y de sus tribulaciones. Como tal, el único asidero al que parece querer agarrarse para desentrañar su alma es el de la escritura y el lenguaje (“Y no tengo otra moral que la mano con que escribo”), últimas aspiraciones legítimas capaces de convertirse en el reflejo de esa naturaleza irremediablemente fatalista.

No es casualidad, y al mismo tiempo nos va a servir en la medida de lo posible como brújula del desprendimiento plasmado a lo largo de la obra, que el libro venga introducido por la famosa frase con la que da comienza el Manifiesto Comunista, en referencia a ese fantasma que recorre Europa. Nada tiene de anecdótica dicha elección, como corroborarán otras menciones, ya sea la realizada al asesinato de Karl Liebknecht, al que tilda de manera grandilocuente como “la muerte del hombre”, o la utilización de la sentencia de Karl Marx “el proletariado es aquel que está desposeído de su vida”. Alusiones que contextualizarán no ya un legado y una influencia política claramente delimitada, sino sobre todo el marco ideológico en el que imbricar esa desolada condición que expande.

Panero lanza sus versos con la precisión de Samuel Beckett, aunque sin su asepsia a pesar del común desprecio por los engalanamientos (“Porque el adorno es más terrible que la locura”), y con la desprendida virulencia con la que arremete Antonin Artaud. Siempre envuelto en ese intelectualismo que le hace recurrir a las citas, incluidas las referidas a su propia persona, lo que se desprende como un recurso habitual, aquí, dado el espíritu obsesivo y repetitivo que se impone, se convierte en prácticamente la auténtica estructura sobre la que se sostienen los poemas. Un procedimiento con el que consigue sacar adelante el complicado reto de mostrarse con crudeza autobiográfico e inconfundiblemente identificativo partiendo de palabras y pensamientos ajenos.

En muchas ocasiones la verdad se esconde en la boca del excluido, del considerado loco, en definitiva, de aquellos a los que se señala como marginados. Panero, Leopoldo María, fue un individuo que desde su nacimiento alternó la sensibilidad extrema con un desbordante afán de rebeldía, todo ello desarrollado en un entorno de gran inestabilidad. Una mezcla que han hecho de él un escritor tan imponente, más allá de cualquier adscripción a corrientes culturales como los «novísimos», que ni siquiera haber sido denostado por la sociedad ha conseguido relegar su esencial papel en la historia contemporánea de las letras. Sus palabras nacen para desenmascarar un mundo sin corazón, desnudar las mentiras que sujetan nuestros esqueletos y poner al hombre frente a la calavera, la única verdad que la poesía debe acatar.


Leopoldo María Panero /