Pablo Méndez •  Cultura •  21/05/2026

Entrevista a la escritora Eliana Montemayor: “México y España están aprendiendo a hablar de la herida sin convertirla siempre en arma”

Entrevista a la escritora Eliana Montemayor: “México y España están aprendiendo a hablar de la herida sin convertirla siempre en arma”

La escritora mexicana, autora del libro “Soltar para sanar”, estará invitada a la 85 Feria del Libro de Madrid, en el Parque de El Retiro, los días 29, 30 y 31 de mayo, en la caseta 309. En esta entrevista la escritora reafirma que su libro es todo lo contrario a un manual de recetas y declara con claridad que “Sanar no es borrar el pasado ni pedirle a nadie que olvide. Sanar es poder mirar la historia de frente, con dignidad, sin soberbia y sin resentimiento”.

Pregunta: – ¿La sociedad del siglo XXI está agotada de acontecimientos?

Respuesta: – Creo que no estamos agotados de la vida, sino de la velocidad con la que se nos exige procesarla. Antes, un acontecimiento tenía tiempo de asentarse… hoy, una tragedia, una noticia, una polémica y una tendencia de moda pueden convivir en la misma pantalla en cuestión de minutos. Eso produce una especie de cansancio emocional.

Vivimos informados, sí, pero no siempre más conscientes. Hay una diferencia enorme entre estar expuestos a todo y comprender algo. El siglo XXI nos ha dado acceso a un volumen inmenso de información, pero también nos ha quitado silencio. Y sin silencio, incluso la alegría puede convertirse en ruido.

P: – ¿Cómo despejar la mirada y el oído en medio de tanto ruido?

R: – Primero, dejando de confundir urgencia con importancia. No todo lo que grita merece nuestra atención. Despejar la mirada consiste en apagar un poco el mundo exterior para escuchar qué está ocurriendo dentro de uno. El celular tiene modo avión, nosotros también deberíamos aprender a tener un modo de silencio interior. También creo que hay que recuperar la lentitud como una forma de resistencia: leer, caminar, respirar, conversar sin prisa, mirar a alguien a los ojos. Son gestos sencillos, pero en una época de estímulos constantes se vuelven casi revolucionarios. Despejar la mirada y el oído es, al final, volver a elegir qué dejamos entrar en nuestra vida.

P: – Se dice que tu libro es todo lo contrario a un manual. ¿Por qué?

R: – Porque un manual suele prometer instrucciones exactas: paso uno, paso dos, resultado garantizado. Y la vida emocional no funciona así. Nadie sana igual que otra persona, nadie suelta al mismo ritmo, nadie atraviesa una pérdida con el mismo mapa.

Mi libro no pretende decirle al lector: “haz esto y serás feliz en diez días”. Eso sería muy cómodo, pero también muy falso. Más bien lo acompaña a hacerse preguntas, a reconocer lo que le duele, a mirar sus vínculos, sus culpas, sus miedos y sus formas de aferrarse. No es una receta… es una conversación íntima. Y quizá por eso mismo puede resultar más honesto.

P: – ¿Este libro nace de tus propias experiencias?

R: – Sí, pero no únicamente. Nace, ante todo, de una búsqueda personal, de preguntas que también me atravesaban: por qué nos cuesta tanto soltar, por qué seguimos cargando historias que ya terminaron, pero que aún ocupan espacio dentro de nosotros como si pagaran alquiler.

Al mismo tiempo, el libro fue creciendo al observar algo mucho más amplio: personas que funcionan, trabajan, sonríen, cumplen con todo, pero por dentro están cansadas o atrapadas en culpas, duelos, expectativas y vínculos que ya no les hacen bien. Entonces entendí que no era solo una inquietud íntima, sino una conversación necesaria para este tiempo.

Por eso diría que el libro nace en ese cruce: entre mi propia experiencia interior y la observación de un dolor compartido. Lo personal abrió la puerta, pero lo humano le dio sentido. Porque soltar no significa borrar lo vivido, significa impedir que lo vivido nos gobierne.

P: – ¿El ser humano puede aprender a través de las vivencias de otro?

R: – Sí; no vivimos la experiencia del otro de forma exacta, pero una historia honesta puede prestarnos palabras para nombrar lo que nosotros no sabíamos decir. La literatura tiene esa fuerza: no vive por nosotros, pero nos permite mirar la vida desde otro lugar. Cuando alguien cuenta su herida con verdad, esa experiencia deja de pertenecerle solo a él. Se convierte en espejo, en advertencia, en compañía. A veces uno lee una página y piensa: “esto me pasa a mí”. Y ese reconocimiento puede ser el primer paso para empezar a cambiar algo.

P: – ¿Tu literatura conmociona o tranquiliza?

R: – Me gustaría pensar que hace las dos cosas. Conmociona porque invita a mirar aquello que muchas veces preferimos evitar: el resentimiento, la culpa, la dependencia, la necesidad de aprobación, el miedo a poner límites. Pero también tranquiliza porque no juzga al lector. No le dice “estás mal”; le dice “ven, miremos esto con calma”.

Yo no escribo para anestesiar. Escribo para acompañar. La paz no llega porque alguien nos repita que todo está bien, sino porque alguien se sienta a nuestro lado mientras aceptamos que algo dolió. Esa clase de tranquilidad me interesa, la que nace después de mirar la verdad.

P: – ¿Es la primera vez que vienes invitada a la Feria del Libro de Madrid?

R: – Sí, y lo vivo con muchísima ilusión. La Feria del Libro de Madrid tiene algo muy especial: no es solo un espacio de venta de libros, es un encuentro humano. Los libros salen de las estanterías y se vuelven conversación, firma, abrazo, pregunta, complicidad. Para una escritora, venir invitada es un honor, pero también una responsabilidad. Una nunca sabe qué lector va a acercarse ni qué parte del libro pudo tocar algo en su vida. Y eso me parece increíble… descubrir que una página escrita en soledad puede terminar acompañando a alguien en otro país, en otro momento, con otra historia.

P: – ¿México y España han sanado las últimas controversias políticas?

R: – No diría que México y España ya hayan sanado sus controversias políticas. Más bien diría que están aprendiendo a hablar de la herida sin convertirla siempre en arma.

Sanar no es borrar el pasado ni pedirle a nadie que olvide. Sanar es poder mirar la historia de frente, con dignidad, sin soberbia y sin resentimiento. México tiene derecho a exigir respeto por su memoria y por sus pueblos originarios. España, por su parte, tiene la oportunidad de revisar críticamente su pasado sin sentir que reconocer errores la hace menos grande. Al contrario: los países también se engrandecen cuando son capaces de asumir su historia completa, no solo la cómoda.

La relación entre México y España es demasiado profunda, histórica, cultural, económica, lingüística y humana, como para quedar secuestrada por una polémica diplomática o por discursos de ocasión. Hay heridas que no se cierran con una foto, una visita o un partido de fútbol. Se cierran con gestos sostenidos, respeto mutuo y una conversación adulta.

El Mundial puede ser una puerta simbólica de acercamiento, pero no debe ser el punto final de la reconciliación. El verdadero reto es que México y España dejen de usar la memoria como campo de batalla y empiecen a usarla como puente. Porque reconciliarse no significa decir “ya pasó”. Significa preguntarse, con honestidad, qué hacemos juntos con todo lo que pasó.


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