Kepa Arbizu •  Cultura •  28/09/2026

“Caso 137”, de Dóminik Moll. La violencia policial sistémica

La última película del realizador franco-alemán intercala un formato de ficticio documental con el thriller para, tomando como ejemplo las manifestaciones de los “chalecos amarillos”, diseccionar un sistema global represivo.

“Caso 137”, de Dóminik Moll. La violencia policial sistémica

La diferencia entre coyuntural y estructural, más allá de su definición que distingue lo que sucede de forma anecdótica o temporal y aquello instalado de manera permanente, compete también al método con el que abordar su posible resolución. Mientras que el primer diagnóstico es subsanable por medio de una sutura parcial que corrija un fallo concreto, la segunda demanda una intervención global con destino a modificar una esencia corrupta que infecta a todo expresión surgida desde ese “cuerpo infeccioso”. Pero incluso, y al igual que en un proceso penal la suma de evidencias desembocan en la existencia de una prueba sólida, el goteo incesante de episodios particulares acaba por definir el paisaje general, porque la acumulación de síntomas solo puede valorarse como la existencia de una grave enfermedad, por mucho que el paciente se maquille para ocultar su rostro demacrado y el entorno prefiera negar la evidencia, una ceguera que suele quedar interrumpida cuando las consecuencias golpean -hasta derribar- la propia puerta.

La carrera del director franco-germano, Dóminik Moll,digna ya de ser referenciada por su interés creativo y reflexivo, es especialmente proclive a sumergirse en esas corrientes que habitan en el subsuelo y que, de una manera u otra, terminan por adoptar una representación especialmente virulenta en su toma de contacto con la superficie. Desde la perturbadora aparición de ese compañero inesperado, espléndidamente interpretado por Sergi López, en la ya lejana “Harry, un amigo que os quiere”, hasta la opresiva atmósfera repleta de secretos en “Solo las bestias”, sus trabajos se han dedicado a hurgar tras las rutinarias cortinas que cubren la cotidianidad. Sin embargo, su más reciente obra, “Caso 137”, encuentra su vínculo morfológico más natural con la vestimenta de thriller clásico, embalaje para una afilada sentencia sobre la misoginia colectiva, adoptada por su inminente predecesora, la extraordinaria “La noche del 12”. En ambas realizaciones, tan hermandas como identificativas desde su singularidad, será la determinación por esclarecer un caso repleto de interrogantes el motor de arranque de su historia, aunque en esta ocasión esté ligada a la violencia policial ejercida durante las reclamaciones populares que vistieron a París, y parte de Francia, con unos chalecos amarillos que demandaban visibilidad para el proceso de pauperización al que es sometido el ciudadano.

“Caso 137” es, en ese sentido, hija de un cine negro y/o de suspense de raíz “hitchcockiana” sazonado convenientemente con una escenificación de (ficticio) documental que le aporta al sentido global una urgencia social muy notable y una sobriedad ensayística dispuesta a no diluir entre despliegues estéticos su condición fundamental, lo que le separa formalmente de otros retratos de la misma crispación social más grandilocuentes y espectaculares, como “Atenea” y “Los Miserables”, o incluso de la más jadeante “La fractura”, con la que comparte “apellido” en las protestas. Pese a la lógica recreación cinematográfica, y por lo tanto sustentado en la inventiva, de la grave lesión sufrida por un manifestante a causa del lanzamiento de una pelota de goma a escasa distancia, la historia no deja de ser un trasunto de los informes, investigaciones y entrevistas que Dóminik Moll llevó a cabo como proceso documentalista. Un conocimiento in situ de la situación que propicia que su lenguaje jurídico-policial sea el espejo de la realidad y por lo tanto nos convierta en invitados al recorrido casi verídico que supone intentar inmiscuirse en un territorio donde la opacidad y la omertá gremial zancadillea constantemente a cualquier intento por hallar la verdad.

Ese personaje casi canónico que representa al policía (llámese “asuntos internos” o cualquier otra denominación) encargado de investigar a sus propios compañeros, aquí encarnado con una apabullante serenidad por Léa Drucker, siempre sujeto a la mirada desafiante y despreciativa de sus correligionarios, en esta cinta tiene tanto de ese continuo de “profesionales” dispuestos a ofrendar su reputación en aras de la justicia, un muestrario que desfila desde “Los sobornados”, de Fritz Lang, a “Copland”, como de figuras femeninas cargadas de determinación por llevar adelante su misión, aspecto exprimido con perfección, en otro contexto no tan alejado como podría parecer, por medio del film “En tierra hostil”. Entorno a dicha figura se arremolinará un proceso abierto tras la denuncia interpuesta como consecuencia de la actuación policial que acaba con un joven gravemente herido durante una de las manifestaciones de los “chalecos amarillos”. Un clima social, contemporáneo a nosotros pero ya con trazas de significación histórica, al que la falta de dedicación para ilustrar su naturaleza durante la película, un cometido por ejemplo asumido por el documental “Quiero el sol”, no significa una dejación o falta de interés por exponer sus motivaciones, sino la confirmación de que su presencia no pretende centralizar el objeto de reflexión ligado a un caso concreto ni excepcional, al contrario persigue la universalización del mismo. Porque haber caído en la explícita y constante adulación del movimiento ciudadano podría restringir la verdadera trascendencia que alcanza la violencia institucional, siempre ilegítima sin importar la condición del agraviado.

No estamos, ya que la película tiene demasiada enjundia como para acortar de esa manera su alcance, ante el retrato de una esforzada agente enfrentada al sistema en busca de la verdad, o por lo menos no en una primera instancia. Porque dicho personaje es perfectamente sabedor, como confesará en una conversación, de que su tarea es poco más que decorativa, ya que nunca su trabajo ha desembocado en sanciones efectivas a los culpables, y simplemente sirve para hacer pasar frente a la opinión pública por una labor honrosa lo que no es más que una muy leve pátina sin contenido práctico. De hecho, no será hasta el descubrimiento de los vínculos cercanos que le unen a los demandantes, cuando su interés vaya más allá de lo que hasta ese momento, a través de interrogatorios exhaustivos, suponía intentar encontrar un salvoconducto para inutilizar y revertir las responsabilidades, haciendo pasar a los golpeados por individuos violentos. La misma ley que embistió con inmediatez, sin pruebas ni ningún proceso de investigación, en forma de prisión provisional para el acompañante del damnificado, se presenta llena de vericuetos y excusas cuando se trata de depurar las responsabilidades institucionales. Una balanza de la justicia premeditadamente desajustada y donde cualquier individuo es susceptible de cargar con la culpa de los magistrados siempre que no lleve un uniforme y tengan por misión “mantener el orden”.

Esa distrofia sistémica, que es la línea argumental de la película, es alimentada, gracias a las sustanciales migajas que sueltan algunos de los personajes secundarios, por breves pero jugosos recovecos argumentales que no hacen sino sustentar con mayor profundidad esa común reflexión. La capital aparición de una testigo, y su aportación definitiva para que la investigación avance obligada por unas evidencias incluso negadas con insultante cinismo por quien se sabe inmune, reacia en un primer momento a colaborar dada una condición de migrante que le ha enseñado a desconfiar de los uniformes y a no creer en sus honestas intenciones, ampliará el rango de las cavilaciones sobre la represión endémica al cuestionar el interés demostrado por esos “chicos blancos” golpeados frente al totalmente olvidado día a día de los barrios marginales sacudidos por un reiterado e “invisible” uso excesivo de la fuerza. Tampoco el ámbito familiar de la encargada de la investigación será inmune al propio proceso, verbalizando su hijo el resquemor y desafección que sus compañeros expresan constantemente por la labor policial, un trabajo que comparten, desde diversos ámbitos, su madre y padre. Elementos tangenciales pero de potente calado que colaboran en incrementar la envergadura del diagnóstico proyectado por la película, convirtiendo a eso que llaman “cuerpos de seguridad” en un ente sombrío y opaco incapaz de hacer honor a su nombre, más bien al contrario, han logrado que el ciudadano prefiere cruzar de acera cuando escucha acercarse sus botas golpeando el suelo.

“Defender la República”, ese mantra que irá de boca en boca, desde los mandos a los oficiales rasos que pasan por la rueda de interrogatorios, se convierte en esta película en una frase de terror que esconde tras su enunciación un idioma de violencia y represión. Lejos de querer mantener aquel espíritu de la “libertad, igualdad y fraternidad”, las demandas de un pueblo que -de forma transversal y sin gurús políticos- tomó la calles en busca de dignidad, fueron convertidas en un peligro de estabilidad institucional al que golpear con saña. Es en el desenlace de esta clarividente película donde quizás se encuentre el detonante más desesperanzador, al ser la protagonista apartada del caso y por extensión cerrado con la excusa, con la sensación de que cualquiera hubiera servido, de haber asumido una excesiva implicación emocional, culpable por lo tanto de esa imperdonable actitud de entender que tras ese anónimo expediente numérico existe una realidad arruinada. Su delito, en palabras de su superiora, consistió en ser demasiado humana, ya que buscar la incómoda verdad que se esconde tras las reglas firmadas por los Estados se ha convertido en un acto de desobediencia intolerable. Y poca importa el color de la bandera, porque esa máxima es asumida y expandida como un virus dictatorial a lo largo del mundo. Frente a ello, hay quienes, como la madre de la protagonista, anestesian los gritos de la calle observando de forma bobalicona videos de gatos en su teléfono, un metafórico analgésico que legará a su hija y que cada vez se comporta más como el soma colectivo de una sociedad que no es consciente de que, también cuando sea nuestro rostro el que aparezca deformado por los golpes policiales, desde millones de dispositivos móviles será una imagen de la que escapar en busca de otro meme banal que induzca al sueño placentero, uno en el que sin embargo habitarán agentes armados que amenazan con convertirlo en pesadilla.

Kepa Arbizu.


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