Paco Campos •  Opinión • 30/08/2020

Ironismo vs. euforia

Ironismo vs. euforia

Muchas veces quedo aturdido cuando reflexiono sobre lo que muchos de nosotros -gente culta y afortunada- hemos asumido por mor de esa educación violenta y carpetovetónica insuflada ambiental y culturalmente por el franquismo y el catolicismo: que debe haber un orden y una jerarquía que determine la existencia del hombre y fije sus responsabilidades. Claro que puede decirse que más o menos pasa esto en todos los países y es inherente a la condición humana, y claro que cuando decimos esto no hacemos otra cosa que reafirmar la creencia a la que ataca el ironismo liberal que defiende el neopragmatismo de Rorty. Y leyendo sobre lo que ahora escribo, recuerdo a John Hospers de mi época de estudiante en aquéllos capítulos que cuestionaba los deberes prima facie con ejemplos límite que apelaban a nuestros progenitores.

Pregunto irónicamente por el porqué de ese orden y jerarquía, por qué salvo a mi hijo en un naufragio y dejo morir al negro. Los ironistas no aceptan la crueldad ni la prioridad ni la responsabilidad que atienda a un apriorismo como el del deber, el de la familia, la política o la religión. No aceptan que ese orden tenga que establecerse para obedecerse y preguntan si es posible poder pensar de otra manera y a la vez ser escuchados, preguntan por la pertinencia de una buena acción sobre otra, de si ha de haber un condicionante para una elección, o si ha de haber una elección, siquiera.

Nuestra moral es una jodida moral que va más allá de la llamada ‘doble moral’, porque nuestra moral responde fundamentalmente al egoísmo que es la manera más pija de la euforia: primero están las buenas palabras, pero después si quemas una bandera o rompes un coche vas a cárcel diez años acusado de rebelión, como acusaban en los Mares del Sur a los filibusteros. La euforia no es sólo futbolística o política, es una forma de intolerancia contraria a la humanidad misma que no es otra cosa que el conjunto de todos nosotros. Si no empezamos a cuestionar las pautas culturales que fomentan y justifican la norma y el deber, no habrá lugar para la prudencia y la solidaridad, seremos una comunidad de teólogos y metafísicos sin saberlo, esto es, una comunidad de listillos.


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