El imperio naufraga en Ormuz
Tradicionalmente, las guerras se libraban, entre otras razones, para que los fabricantes de armas obtuvieran grandes beneficios durante la destrucción originada por la contienda y después, tras la llegada de la paz, hicieran su agosto las empresas dedicadas a la reconstrucción.
Con Trump la cosa ha cambiado. En cuanto máximo representante de ese capital financiero que se dedica a ir al casino todos los días en lugar de producir bienes y servicios, aprovecha el ataque contra Irán, al que ha sido arrastrado por Netanyahu, para que él y sus amigos jueguen a la bolsa cada día con la sangre que se derrama en Oriente Medio. Así, cuando el desequilibrado que está al frente de la Casa Blanca anuncia negociaciones con los persas con la intención de que bajen los activos vinculados al petróleo y las armas, todo su entorno de multimillonarios, conocedores con antelación de ese movimiento del presidente, han vendido esos instrumentos financieros. Cuando el anuncio es de amenaza y de recrudecimiento del conflicto, los compran justo antes de que suban.
Así se están enriqueciendo en esta crisis los oligarcas estadounidenses y los fondos que especulan en los mercados internacionales, en su mayoría de ámbito anglosajón y vinculados al sionismo.
No obstante estos fines oportunistas y sobrevenidos de un conflicto en el que Washington se ha visto implicado por las presiones y chantajes de Tel Aviv, EEUU aprovecha su presencia en la escena para intentar forzar un cambio geopolítico en Oriente Medio acabando con el gobierno de Irán, apoderándose de su petróleo y arrinconando a China. Sin embargo, los estrategas militares del Pentágono albergan serias dudas sobre la viabilidad de esta empresa, pese a los intentos del Mossad por convencerles de que, habiendo decapitado a la dirección iraní, Teherán caerá como una breva madura.
Trump se lanza a la aventura y muy pronto el fiasco resulta evidente: el país agredido se cohesiona en torno a su gobierno y despliega unas capacidades de respuesta militar que sorprenden a sus agresores. Implementa una estrategia destinada a minar las bases económicas del poder estadounidense, condensadas en una sola palabra: el petrodólar.
Hasta ahora, la economía norteamericana aguanta, a pesar de sus colosales déficits, por dos razones. La primera porque que el dólar sigue siendo la principal moneda de reserva mundial, lo que permite al país emisor darle a la máquina de hacer billetes sin generar inflación interna, debido a la persistente demanda internacional de esta divisa para comprar energía. La segunda radica en que los dólares obtenidos de la venta del petróleo del Golfo se reinvierten en la economía norteamericana, tanto en bonos del Tesoro como en sectores tecnológicos de vanguardia, como la inteligencia artificial, los centros de datos y la industria armamentística.
Irán se ha lanzado contra las fuentes de petrodólares por dos vías complementarias: atacando la infraestructura energética de las petromonarquías del Golfo, reduciendo así el flujo de dólares para reciclar en EEUU; y bloqueando el Estrecho de Ormuz, dejando pasar a los buques que acrediten haber pagado el crudo en yuanes o criptomonedas.
Si a esto se suma el encarecimiento de los combustibles en EEUU -lo que provoca una verdadera conmoción en esa sociedad-, llegamos a la conclusión de que Trump estaba perdiendo, desde el principio, una guerra que cada día clavaba un clavo más en el ataúd de un imperio que sucumbe ante la irrupción de un mundo multipolar.
En este contexto de desconcierto y caos, se producen dimisiones de mandos militares y de inteligencia estadounidenses en desacuerdo con la ausencia de cualquier atisbo de plan para salir del atolladero. Se baraja una inversión terrestre en el entorno de Ormuz que es desaconsejada por el Pentágono; y es entonces cuando Trump decide lanzar la madre de todas las amenazas -poner fin a la civilización persa- como cobertura previa al anuncio de unas negociaciones sobre la base del plan iraní de 10 puntos. Se trataba de presentar lo que son unas evidentes cesiones a la parte contraria como una victoria resultado de aquella terrible admonición. Trumpismo en estado puro.
El alto el fuego que precede al inicio de las conversaciones es saboteado por Israel, que intensifica su ofensiva sobre Líbano provocando matanzas y desplazamiento de población. Netanyahu no se siente interpelado por este cese de hostilidades porque su plan es incendiar todo Oriente Medio, en el convencimiento de que de ese escenario apocalíptico sacará partido en su proyecto del Gran Israel.
Trump se desespera: busca imperiosamente una puerta de salida. Pero Netanyahu lo mantiene atado a una guerra imposible y no encuentra otra solución que fugarse hacia adelante bloqueando el bloqueo iraní, agravando así el deterioro de la economía mundial.
Llegados a este punto, con un Irán fortalecido que tiene la sartén por el mango a través del control de Ormuz, el capitalismo global presiona para garantizar la apertura de las rutas comerciales y el suministro de petróleo, fertilizantes y otras materias primas.
EEUU ha perdido, en la práctica, la guerra: no ha destruido el Estado persa y no puede plantearse una invasión terrestre porque sería un desastre. Washington necesita urgentemente un acuerdo cuya retórica ofrezca a Trump resquicios para presentarlo como una victoria y retirarse si Israel se lo permite. Irán, por su parte, tiene capacidad de resistir una larga guerra de desgaste, aunque también precisa del acuerdo para escapar de las sanciones y evitar más destrucción. En este marco tiene lugar ese escenario desquiciante y surrealista en el que se alternan las amenazas y escaramuzas con los intentos de negociación.
En todo caso, de todo esto se extrae una conclusión clara: el imperio está naufragando en Ormuz. Y le cuesta asumirlo.
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