Daniel Espinosa •  Opinión • 26/05/2020

Mentiras en la respuesta global al coronavirus

La pandemia que atraviesa la humanidad pudo haberse evitado. Como informamos anteriormente, epidemias recientes –como la de SARS, de 2003, o la de gripe aviar H1N1, de 2009– fueron claras advertencias sobre peligro al que nuestra sociedad globalizada estaba expuesta debido a brotes de tipo zoonótico, es decir, las que saltan de un animal a otro.

En 2016, por ejemplo, el Dr. Peter Hotez, virólogo del Texas Children’s Hospital, se encontraban a la búsqueda de alguna agencia gubernamental o compañía farmacéutica que financiara las pruebas en seres humanos de una vacuna que él y su equipo venían desarrollando para una versión anterior del coronavirus. No encontró el dinero. Ya en 2020 –pero antes de la expansión del virus por el mundo–, Hotez se acercaría de nuevo a Big Pharma para obtener esta respuesta: “Bueno, vamos a esperar a ver si esta cosa regresa año tras año”.

La forma como se financia la investigación médica en el siglo XXI, según Jason Schwartz de la Escuela de Salud Pública de Yale, obedece a las prioridades del lucro privado y son “reactivas en lugar de proactivas” (NBC News, 05/03/20). Como explica David Harvey, uno de los críticos más lúcidos del orden neoliberal impuesto desde Reagan y Thatcher: “las circunstancias en las que una mutación se convierte en amenaza para la vida dependen de acciones humanas”.

Además de notar los factores políticos estructurales y hacer una justa crítica al sistema, debemos observar críticamente de dónde vinieron y cómo se implementaron las distintas medidas gubernamentales diseñadas para paliar los efectos del Covid-19 en el mundo (en este artículo nos centraremos en dos potencias occidentales). Entre esas medidas tenemos la imposición de una cuarentena global inaudita, no solo por su alcance sino por el hecho de incorporar en ella a la población sana y, como veremos, fuera de peligro. Su nefasto efecto colateral, la paralización de la economía mundial, ha condenado al mundo a una grave depresión que podría hundir en la pobreza a decenas o cientos de millones de seres humanos (Oxfam, 09/04/20).

Neil Ferguson y el Imperial College

Si la prevención de una nueva pandemia no era del interés de las grandes farmacéuticas, ¿por qué, no asumieron los gobiernos esa tarea? ¿No es acaso parte de sus funciones garantizar el acceso de sus ciudadanos a la salud? La respuesta es muy sencilla: gobiernos como el británico y el estadounidense –a la cabeza en muertes atribuidas Covid-19–, se encuentran desde hace mucho capturados por lobistas. Y las grandes farmacéuticas son las que más gastan en cabildeo: en 2018 invirtieron $280 millones (EE.UU.). Pero lo más nocivo es de lejos el abuso de la “puerta giratoria”, pues son esos mismos lobistas los que luego de integrar los directorios de las más poderosas farmacéuticas pasan a conducir la política sanitaria oficial, desde adentro, así como la investigación científica.

Otra forma de capturar la política sanitaria gubernamental es financiándola desde organismos “filantrópicos”. Con el mecenazgo por palanca, hombres como Bill Gates pueden ejercer un control extenso sobre esas políticas sin haber sido elegidos por nadie y sin la necesidad de cursar la larga y esforzada carrera médica.

Tanto Estados Unidos como Reino Unido siguieron las recomendaciones del epidemiólogo Neil Ferguson, del Imperial College de Londres. Pero sus proyecciones –que hablaban de 2.2 millones de muertos para Estados Unidos y 500 mil para su país, en los peores escenarios– han sido señaladas como “desastrosas” por gran cantidad de especialistas. Ferguson, además, tiene un largo historial en alarmismo y proyecciones alucinadas. No solo eso, el programa computacional usado por su equipo para realizarlas fue ridiculizado y calificado de “poco confiable”; un sencillo análisis dio a conocer que estaba repleto de errores en su código fuente (Telegraph, 16/05/20). A pesar de eso, sus cifras más alarmistas fueron tomadas por los presidentes de dos importantes potencias globales. Como explica un artículo del American Institute for Economic Research (AIER, 23/04/20):

“…las astronómicas cifras de muertes proyectadas (por el Imperial College) fueron extensamente citadas por influir en las decisiones de varios gobiernos… que adoptaron las duras políticas de cuarentena bajo las que estamos viviendo”. 

Donald Trump citó las cifras de Ferguson y el Imperial College a mediados de marzo como justificación para un importante pivote en su política de cara al virus, que hasta entonces había sido bastante escéptica (por no decir negligente). En Reino Unido, donde Boris Johnson había apostado por la inmunidad de rebaño, también fueron las estadísticas de terror de Ferguson las que produjeron el viraje hacia las cuarentenas. Cuando al epidemiólogo se le preguntó sobre los potenciales muertos en EEUU, ya no en el peor, sino, en el mejor escenario posible, la respuesta bajó a solo la mitad: 1.1 millones de fallecidos (NYT, 20/03/20). La cifra oficial de decesos para EEUU, ya acabando mayo, no ha alcanzado el 10% de lo pronosticado y se considera que el pico de casos de Covid-19 ya ha sido superado. En el caso británico, el peor escenario pronosticaba 280 mil muertes, pero de momento la cifra no supera los 40 mil.

Vale la pena notar que uno de los principales donantes del Imperial College es –¿ya adivinó?– nada más y nada menos que la Fundación Bill & Melinda Gates. Como explicamos en “El Tramposo Bill Gates” (01/05/20), su fundación tiene dos cabezas, con una invierte mucho dinero en compañías farmacéuticas como Pfizer o Novartis y con la otra dona millones de dólares a proyectos “filantrópicos” que las benefician directamente.

Ferguson es recordado por otra falsa alarma –o fiasco– con relación al mal de la “vaca loca”. En ese caso, el London School of Hygiene and Tropical Medicine realizó varios pronósticos mesurados sobre las posibles muertes humanas a raíz del mal. El más pesimista no pasaba de los 10 mil posibles decesos. La proyección que obtuvo preferencia en los medios de comunicación del mundo fue, sin embargo, la de Ferguson, que hablaba de la posibilidad de 50 mil muertes. ¡La cifra real solo llegó a 177!

Recientemente, Timothy Russell, de la escuela mencionada en el párrafo anterior, explicó que el método para calcular el ratio de mortalidad del coronavirus solo considera “una fracción” de los infectados –los que llegan a pasar por un test–, “eso hace que parezca más mortífero de lo que es” (Nature, 26/03/20).

Cuando quedó claro que sus proyecciones para el coronavirus estaban completamente fuera de la realidad, Ferguson y compañía retrocedieron a escenarios bastante más conservadores, ya no pronosticando millones de muertos –ni siquiera cientos de miles– sino solo decenas de miles. “Pero el daño ya estaba hecho”, señala AIER.

Aislando a los sanos

Pronto empezaría la crítica de importantes especialistas al estudio mencionado. Economistas de la salud de Harvard y el MIT concluirían que “el grado de certeza con el que (el Imperial College) comunicó sus hallazgos, simplemente, no estaba justificado”.

Un investigador griego de la Universidad de Stanford, John Ioannidis, considera que las decisiones de cara a la pandemia se están tomando sin la información necesaria: “la presente plaga (provocada por un) coronavirus, el Covid-19, ha sido llamada la pandemia del siglo. Pero también podría ser el fiasco del siglo en cuanto a evidencias”. La incapacidad de la mayoría de gobiernos para realizar pruebas masivas a sus ciudadanos equivale a trabajar en la oscuridad con respecto a qué tan letal es realmente el virus y qué medidas de protección serían las más eficaces.

Tomando el conocido caso del crucero Diamond Princess como ejemplo de un universo cerrado donde todos los potenciales infectados pasaron por su respectivo test, verificando si eran portadores el coronavirus, Ioannidis explica: “El porcentaje de fatalidades fue de 1.0%, pero eso se debió a que se trataba de una población mayoritariamente anciana, en cuyo caso el ratio de muertes es mucho mayor” (Statnews, 17/03/20). El especialista considera que la mortalidad entre la población en general sería incluso menor.

En la misma línea, un reciente estudio en Italia, que consideró 1625 fallecimientos atribuidos al Covid-19, da cuenta de uno de los factores fundamentales que las políticas de varios países, incluido el Perú, parecieran haber pasado por alto: el 87.88% de los decesos correspondieron a personas por encima de los 70 años (Euronews, 18/05/20). La inferencia es obvia: se debió proteger a los ancianos, localizando los esfuerzos en su atención y cuidado, en lugar de encerrar a toda la población en sus casas sin calcular que el costo económico y social podría ser mucho peor que el beneficio de una cuarentena llevada de manera sumaria. Otro epidemiólogo, el finlandés Mikko Paunio, evaluó una serie de estudios de todo el mundo y concluyó que la rápida expansión del virus –particularmente en hogares multigeneracionales en Italia y España– es lo que ha creado la falsa impresión de su letalidad; en realidad, su ratio de mortalidad no superaría al de otros virus ya conocidos entre nosotros. 

Lo anterior no quiere decir que un brote súbito de Covid-19 no fuera a rebasar la capacidad de la infraestructura sanitaria de varios países del mundo, produciendo un problema mayor y gran sufrimiento humano, como ha ocurrido en Guayaquil, Manaos o Iquitos, solo por citar algunos casos extremos de Latinoamérica.

En el próximo número tocaremos un tema íntimamente relacionado: el mundo avanza hacia sociedades hipervigiladas.

-Publicado en Hildebrandt en sus trece (Perú)  el 22 de mayo de 2020

https://www.alainet.org/es/articulo/206755

 


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