Misión Verdad •  Opinión • 19/10/2020

El MAS gana las elecciones en Bolivia: evolución y recuento de un hito político

El MAS gana las elecciones en Bolivia: evolución y recuento de un hito político
Luis Arce y David Choquehuanca, presidente y vicepresidente electos de Bolivia este 18 de octubre (Foto: Ueslei Marcelino / Reuters)

Bolivia se alza con un nuevo hito político para sí misma y para la región, mediante la victoria, hasta ahora certificada por conteos boca de urna, de Luis Arce a la presidencia del Estado Plurinacional.

Este evento de suma conmoción política debe calificarse de emblemático por sus particularidades y evolución.

De Buenos Aires a Cochabamba, luego al Palacio Quemado

Una Bolivia institucionalmente ultrajada veía a sus poderes desmembrarse en el proceso de escalamiento y consumación definitiva del golpe de Estado de noviembre de 2019. Con la renuncia forzada militarmente de Evo Morales, su salida a México y consolidado el golpe, los días que siguieron fueron de sangre y caos.

Ello produjo una herida en el tejido político del Movimiento al Socialismo (MAS), desde el descalabro en cascada de sus dirigentes antes de consumado el golpe y la persecución política que siguió semanas luego. Todo ello significó un momento inédito de desmoralización.

Al unísono del ascenso de Jeanine Áñez, la élite económica y los cruceños a la estructura del poder, sobrevino la dispersión de los componentes del MAS y otras avanzadas sociales seguidoras de Morales. Desgastadas las fuerzas que intentaron repeler y degradar el golpe, el escenario parecía de resignación e imposibilidad.

Sin embargo, Evo Morales reapareció en el exilio en Argentina. Su tarea inmediata fue la recomposición de las fuerzas políticas más allá de su figura y se dedicó a reagrupar y reorganizar su base de apoyo: una posición difícil para un presidente derrocado y en el exilio, abordado por críticas y en un cuadro generalizado de atribulación.

Para diciembre de 2019, el MAS en el Parlamento incurrió en la estrategia, polémica pero inteligente, de «convivir» y maniobrar con la institucionalidad emergente en la dictadura, preservando los espacios parlamentarios para presionar, desde esa instancia, la permanencia del MAS como fuerza política legal e impulsar la agenda electoral.

Evo Morales se reunió en Buenos Aires con factores de la Central Obrera Boliviana, sectores mineros, indígenas, campesinos, cocaleros y otras fuerzas de base, reunificando y reacoplando perspectivas para una hoja de ruta común frente a las nuevas realidades.

En enero de 2020 el MAS se alza en una fórmula unitaria. Pese a las discrepancias del momento y la posibilidad de que el abanderado político fuera David Choquehuanca, a causa de las mismas presiones que emergieron luego del descalabro que significó el desplazamiento de Morales, el mandatario derrocado logró amalgamar bajo su conducción a las fuerzas sociales y aceptaron el liderazgo de Luis Arce en la fórmula.

La estrategia parecía obvia. Arce venía de conducir el mejor ciclo económico en la historia contemporánea de Bolivia y era una figura de gran aceptación en sectores afectos a Morales y más allá de él. Sin embargo, la figura de Arce habría sido floja por sí sola, sin el respaldo del tejido político profundo. Morales se aseguró de conseguir los apoyos que Arce necesitaba.

El ascenso de esta nueva fórmula guardaba sus paradojas. Una de ellas es que, luego del golpe, la figura del ex vicepresidente Álvaro García Linera, ampliamente seguido por la izquierda latinoamericana y, en teoría, sucesor de Morales, desapareció del radar político.

Arce y Choquehuanca impusieron un nuevo momentum y se abocaron inmediatamente a liderar a la oposición interna a Áñez, recomponiendo las fuerzas políticas desde abajo, en una sinergia entre la indignación y la hoja de ruta electoral, rumbo al rescate del Palacio Quemado, sede tradicional de la presidencia boliviana, tomada por los golpistas.

 

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El pueblo boliviano fue a votar masivamente por el MAS (Foto: Página/12)

La escalada en la presión social

El advenimiento de la pandemia por la Covid-19 se decantó en la dilación electoral. La presidenta de facto Jeanine Áñez procedía a construir una institucionalidad artificial a la medida de su gobierno, prolongando el lapso electoral.

Su última dilación electoral fue la de las elecciones pautadas para el 6 de septiembre. Aplazadas hasta este domino 18 de octubre, la mandataria nuevamente intentó otra suspensión, esta vez, fallidamente.

En esta reversión fue clave la respuesta social, que reapareció con un nivel de cohesión que no se vio en el descalabro de noviembre de 2019. Los bloqueos convocados por la Central Obrera Boliviana (COB) y el Pacto de la Unidad exigiendo respeto a la fecha de las elecciones tuvo como resultado la paralización casi total de las principales rutas del país, se extendieron por más de 10 días y generaron controversia tanto en la opinión pública nacional como a lo interno de las fuerzas populares y el MAS.

El bloqueo de rutas permitió también la entrada en escena de la COB contra el gobierno de facto, quienes hasta la fecha se habían mantenido al margen de las acciones de calle limitándose a confrontaciones declarativas y amenazas de movilización. La COB tiene sobre sus espaldas el peso, recordemos, de haber contribuido a la consumación del golpe de noviembre tras exigir la renuncia de Evo Morales horas después de la misma exigencia del alto mando militar.

El saldo de los bloqueos representó un punto de inflexión que anunció una nueva ventaja para las fuerzas populares. El gobierno de facto, las fuerzas armadas y las organizaciones fascistas no pudieron desmontar las acciones de calle mostrándose vulnerables por primera vez después del golpe de noviembre. El gobierno golpista concentró todo su argumento contra Evo Morales, declarándolo «terrorista» por organizar las movilizaciones.

Esto puso en la mesa un nuevo ingrediente: el del poder de fuerza social en simultáneo a una campaña política. Ambos, ingredientes muy poderosos en la agitación y moralización de masas.

Bajo la propia narrativa de los golpistas, Evo Morales conducía una fuerza de masas indignadas sumamente articulada y eficaz. Al mismo tiempo, Arce lideraba vigorosamente una campaña electoral, cuyos lapsos extendidos por decisión de los golpistas terminaron desgastando a sus adversarios y consolidando su propia figura como hombre de masas. Todo esto en un ámbito de conflictividad social en espiral ascendente, por el empeoramiento de la economía y la pésima gestión de Áñez frente a la pandemia Covid-19 y en la gobernabilidad en general (incluyendo las masacres de Sacaba y Senkata a finales del año pasado).

Dicho de otra manera, tuvo lugar la alineación de componentes que hicieron una «tormenta perfecta» con vientos favorables al MAS.

Jeanine Áñez decidió retirar su candidatura en septiembre para intentar favorecer una segunda vuelta electoral con Carlos Mesa a la cabeza. Signo evidente de que el afianzamiento electoral del MAS y su respuesta social estaban dando un gran saldo.

La jornada electoral

Indiscutidamente, la institucionalidad fundada por Áñez y su equipo dieron todas las señales de preparar un golpe electoral. A sólo un día de las elecciones y empleando denuncias legítimas del MAS sobre su metodología, eliminan el conteo rápido de votos y la publicación inmediata de resultados. Una trampa de último momento.

Al instante, la observación electoral de la Organización de Estados Americanos (OEA) y de la Unión Europea (UE) presentes en Bolivia refrendaron la polémica decisión.

Ello significaba que el país tendría que esperar algunos días por un resultado electoral que fuera presentado luego del conteo total de votos y actas, es decir, el hábitat perfecto de dilación de los resultados, idóneo para su manipulación fraudulenta.

Sin embargo, vale decir que la elección venía precedida por diversas encuestas que, aunque daban ventaja a Arce para ganar la primera vuelta, no eran del todo concluyentes para definir la elección el 18 de octubre.

Para ganar en primera vuelta Arce tendría que alcanzar más de 40% y tener más de 10% de ventaja sobre Mesa, el favorito de la dividida oposición boliviana y artífice político del golpe de 2019. De ahí que la elección lucía en entredicho a definirse en primera vuelta, escenario electoral idóneo para el MAS.

Pero un dato que resultaba poco sobresaliente en las proyecciones terminó siendo devastador en el hecho. En la mayoría de las encuestas, había entre un 19% y 24% de encuestados que se declaraba indeciso, o que no respondía. Se trataba de seguidores del MAS, quienes en un contexto de persecución y hostigamiento se rehusaban a revelar su militancia política por temor a represalias.

Este 18 de octubre concurrió la elección y tuvo lugar el hito estadístico del «voto oculto» como pocas veces se ha visto en la historia electoral latinoamericana. Ese porcentaje de indecisos se inclinó de manera claramente mayoritaria a favor de Arce y definieron su victoria en primera vuelta.

La espera se hizo prolongada luego del cierre de mesas este domingo 18. La autoridad electoral se encargó de dilatar el proceso de conteo, anunciando incluso una paralización en horas de la madrugada. El escenario de desconcierto fue agravado por la no publicación de resultados en encuestas a boca de urna, que se prolongaron por cinco horas luego del cierre de mesas hasta su lanzamiento público.

El momento parecía idóneo para el desarrollo de un fraude en marcha, pero tal parece que la contundencia del resultado en votos desmembró tal posibilidad.

La encuesta a boca de urna del medio antimasista Unitel y la firma Ciesmori fueron los primeros en publicar el resultado en boca de urna favorable a Luis Arce, con un 52,4%, seguido de Carlos Mesa con 31,5%; el líder cruceño Fernando Camacho tenía apenas 10%. Otras encuestas a boca de urna han arrojado tendencias similares.

La magnitud de la cifra infiere que la discrepancia entre el resultado a boca de urna, frente al resultado definitivo del conteo, no puede ser tan distinto al punto de cambiar el resultado final. Arce resulta electo en primera vuelta.

En estas instancias son indescifrables los entretelones que generaron la dilación por los resultados preliminares y el retroceso en las evidentes intenciones de la institucionalidad de facto en consolidar su usurpación del poder mediante fraude electoral. Lo que sí parece evidente es que, de ser otro el resultado presentado, la reacción social habría tenido lugar de maneras impredecibles, frente a una cada vez más sedimentada estructura de poder.

Aunque el conteo oficial de votos continúa y el resultado está en vías de ser refrendado por vías oficiales, Jeanine Añez proclamó la victoria de Arce y Choquehuanca en un desganado tuit.

Otro actor del golpe en Bolivia el año pasado, el secretario general de la OEA, Luis Almagro, también felicitó a Arce y Choquehuanca por los resultados.

El cuadro político en Bolivia cambia en circunstancias en las que parecía improbable que ocurriera. Bajo condiciones impuestas por un gobierno de facto, el MAS retoma el poder político por la vía del voto, luego de un intenso y duro periplo con Evo Morales en el exilio, pero como indiscutible líder conductor y articulador.

Las claves de la gesta boliviana yacen en un tejido social y político que se mantuvieron cohesionados, que se recompuso en tiempo récord, en una pragmática e inteligente estrategia política presentada en todos los plazos y en un efectivo uso de la agitación electoral y la agenda de calle. Son esos los componentes perfectos para una embestida política de gran magnitud y ha tenido lugar justo en el corazón de Sudamérica.

Fuente: Misión Verdad


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