El imperio de lo obvio
En Argentina hay una palabra que ha conseguido una hazaña extraordinaria: explicar absolutamente todo sin necesidad de explicar nada. Esa palabra es «obvio».
Ganó Milei. Obvio.
Milei irá preso. Obvio.
Cristina se robó todo. Obvio.
Las Malvinas son argentinas. Obvio.
La Bregnan no será presidenta. Obvio.
Cristina odia a Axel. Obvio.
Axel odia a Cristina. Obvio.
Y si alguien pregunta por qué, la respuesta ya está preparada: obvio.
El «obvio» argentino es una especie de comodín nacional. Sirve para confirmar una noticia, cerrar una discusión, evitar una explicación y, sobre todo, para tener razón antes de que empiece la conversación.
No importa que dos personas sostengan exactamente lo contrario. Las dos pueden tener razón porque, naturalmente, las dos cosas son obvias.
—Cristina odia a Axel.
—Obvio.
—Axel odia a Cristina.
—Obvio.
—Entonces, ¿quién tiene razón?
—Obvio.
Ante semejante fenómeno lingüístico, uno empieza a pensar que quizá estamos ante una nueva categoría filosófica. Descartes dijo: «Pienso, luego existo». Un argentino moderno podría decir: «Es obvio, luego existe».
Hasta Gramsci tendría que actualizar sus conceptos. Habría que crear una nueva categoría de hegemonía cultural: la hegemonía de lo obvio.
Porque lo obvio ya no es solamente una palabra. Es una ideología.
Y lo más peligroso de lo obvio es que no necesita demostración. Si algo es obvio, ¿para qué vamos a perder tiempo con pruebas, argumentos, estadísticas o documentos? Basta con levantar una ceja, poner cara de entendido y pronunciar las dos sílabas mágicas:
Ob-vio.
Pero creo que estamos ante un problema mucho más grave. El obvio argentino está empezando a invadir el mundo.
Ayer, en Moscú, decidí hacer una pequeña prueba.
Le pregunté a Igor, mi traductor de español:
—¿Tú crees que el socialismo tiene futuro?
Me miró tranquilamente y me respondió:
—Obvio.
Para mí fue una alegría.
Obvio.
Y entonces comprendí que quizá el «obvio» tenga también una función revolucionaria.
Porque hay cosas que deberían ser verdaderamente obvias.
Que ningún niño debería pasar hambre.
Que todo ser humano debería tener derecho a una vivienda digna.
Que el trabajo debería permitir vivir y no simplemente sobrevivir.
Que la educación y la salud deberían ser derechos y no mercancías.
Que los pueblos deberían poder decidir libremente su destino.
Que no debería haber guerras para resolver las contradicciones y los problemas generados por el capitalismo.
Que deberíamos ser capaces de construir una sociedad que supere la explotación, la desigualdad y la miseria.
Y, para quienes defendemos la democracia, también debería ser obvio que Cristina Fernández de Kirchner esté en libertad y tenga el derecho de ser candidata.
Eso sí debería ser obvio.
Quizá el problema no sea utilizar demasiado la palabra «obvio», sino utilizarla para las cosas equivocadas.
Porque mientras discutimos si Milei ganó, si Cristina odia a Axel, si Axel odia a Cristina o si alguien será presidente, hay una pregunta mucho más importante:
¿Por qué no hacemos que la justicia social, la paz, el trabajo, el pan y la superación de los problemas del capitalismo sean también obvios?
Y si algún día conseguimos que eso sea realmente obvio, entonces podremos decir todos juntos, desde Buenos Aires hasta Moscú:
—¿El mundo puede ser más justo?
—Obvio.
—¿Puede haber un mundo sin guerras?
—Obvio.
—¿Puede existir un futuro socialista?
—Obvio.
Y esta vez, por suerte, no sería solamente una palabra.
Sería una realidad.
